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Escribir un libro #4: Magalí, tengo novedades*

Di muchas vueltas antes de sentarme a escribir esta entrega y es que, lo que quiero contarte, no tiene que ver directamente con el proceso de escritura, sino más bien con todo lo que pasa después. Es decir: todas las cosas necesarias para que mi archivo de Drive se convierta en un libro y llegue hasta la puerta de tu casa. Si yo fuese autora de una editorial grande, seguramente habría un equipo de personas dedicadas exclusivamente a cada etapa del proceso, pero como yo soy mi propia jefa (inserte aquí su meme preferido), todo depende de mí.

Cuando empecé a publicar mis propios libros, hace ya más de diez años, la decisión de hacerlo de modo independiente no tuvo que ver con un tema de rechazo. De hecho, para Caminos Invisibles (el primero, escrito de a dos) había un acuerdo con la editorial Del Nuevo Extremo. Había interés en la historia pero había también reglas rígidas, universales, bastante desalentadoras. Cuando vos comprás un libro en una librería el autor recibe entre el 8% y el 10% del PVP, que es el precio de venta al público. Y con las grandes editoriales, por lo general, ese dinero te llega dos veces al año. Los cortes se hacen en julio y en diciembre y vos cobrás, más o menos, en octubre y en marzo. El porcentaje es bajo, la inflación te come y, además, no tenés control de nada. Tenés que confiar ciegamente en que los reportes que te pasan son honestos, en que la tapa que eligieron es la mejor, en que esa editorial va a hacer el esfuerzo necesario para que tu libro se venda. Y los contratos son por 8 o 10 años. Durante ese tiempo, vos no tenés derecho sobre tu obra. La mayoría de los autores tiene otra profesión, porque con esta reglas no hay bolsillo que aguante. La contraparte de ese tipo de contratos es que vos solamente te encargás de escribir. No tenés que hacer ningún tipo de inversión, moverte de tu casa, almacenar libros debajo de la escalera. Hay muchos factores en el camino que pueden “arruinar” o “potenciar” tu trabajo, pero las decisiones se basan en los libros que se vendieron durante el primer mes post lanzamiento y eso, en un país tan inestable como el nuestro, es muy tirano. Pero no fue solamente eso lo que nos llevó, en ese entonces, a independizarnos. Después de un año y medio de viajar por Sudamérica, de publicar en el blog, de responder emails y chats de Facebook, entregar nuestro libro a una empresa significaba perder control (y contacto) con ese público que nos había alentado a seguir: no poder firmar copias; no poder llevar libros a eventos viajeros (para esto teníamos que comprar ejemplares a la misma editorial y convertirnos en nuestros clientes); no poder regalar copias; y, lo más triste, no saber qué pasaba después. Hicimos matemáticas rápido: teníamos 12 mil seguidores en Facebook, con que un 5% o un 6% de esas personas quisieran pagar para leernos, estábamos hechos.  Así que besito chau a la editorial y nos lanzamos con una preventa el 13 de noviembre de 2013. En apenas un mes teníamos 600 libros reservados. 

Aquella maniobra inocente (nosotros queríamos cubrir costos y juntar plata para el próximo viaje) fue el inicio de un camino que continúa hasta hoy. (Seguramente me habrás visto cargando libros en mi valija rosa acá, en Rosario, en Madrid o en Mendoza). Aunque a veces es muy agotador, muy desgastante y MUY solitario, lo sigo eligiendo (al menos para libros como esta trilogía). Eso, igual, no me salva del estrés.

Como te conté hace dos entregas, me vine a pasar el verano a Oliva, un pueblo de la Comunidad Valenciana, a orillas del mar. Vivo en un departamento amplio con tres personas más, pero durante julio fuimos solamente dos: Magalí y yo. Una noche, tarde, después de cenar, le conté a Maga que estaba bloqueada. Ya había llegado a mi tope de páginas (352) y todavía me quedaban cosas por escribir. 

—¿Y qué pasa si te pasas una o dos páginas más?

—Tengo que pagar un pliego entero. El número de páginas tiene que ser múltiplo de 16.

Magalí me miró, preocupada. Tuve que explicarle que no me había agarrado un mambo místico sino que se trataba de una cuestión técnica. Las imprentas, según me explicaron, compran el papel en pliegos y cada uno de esos pliegos rinde 16 páginas de un libro tamaño estándar, como el mío. Así que si en vez de 352, el libro tiene 358, el presupuesto se va a encarecer y voy a pagar 10 páginas en blanco por cada libro. Desconozco qué se hace con ese papel, pero sé que, por cómo funcionan las máquinas, no se pueden dividir ese pliego extra entre distintas copias. 

—Mirá, no sabía.

—Sí, y además es un tema de peso. El libro no puede pesar más de 500 gramos porque sube la categoría del correo y el envío te sale carísimo. —¿Y se te pasa el peso por un pliego más? 

—No sé… depende también la tapa, pero ya es un libro largo…

—Yo creo que el que leyó 352, te lee 15 páginas más. ¿Se te va mucho de precio?

—Tendría que preguntar.

Y esa, señoras y señores, fue la conversación que detonó la bomba. 

Para poder responderle a Magalí, y también para saber en dónde estaba parada, tomé los parámetros del libro anterior y pedí presupuesto de todo. En España eran las diez de la noche, pero en Argentina todavía era horario laboral, así que algunas respuestas me llegaron cuando yo todavía estaba despierta.

—Magalí, tengo novedades: me contestaron de la imprenta —dije, con el corazón en malambo.

No sé qué me pasó primero: si los nervios de saber que en ese PDF podía haber cualquier cosa, o los nervios de darme cuenta de que eso era real, estaba pasando. Le leí en voz alta el correo de Fabián, el chico de la imprenta con la que trabajo hace años: “Hola Laura, te paso los números que me pediste. Como siempre, los costos están desafasadísimos, pero ya sabés cómo es acá. El presupuesto es válido por 5 días. Si lo vas a querer, avisame pronto, porque hay escasez de materiales, parece que a Urtubey le confiscaron Celulosa y no están entregando papel ahuesado”. El importe final era, efectivamente, estrambótico. Entré en pánico. 

—Boluda, se fue todo a la mierda.

—¿Che, y si imprimís en otro lado y mandás para allá?

—Ya pedí prespuesto en mi imprenta en Madrid y estoy viendo si consigo en México, para abaratar costos de correo.

—Sí, pero yo te digo imprimir en China, por ejemplo, y mandártelos a traer. 

No era mala la idea, pero me sentí sobrepasada. La última vez, con África Madre – La iniciación, pedí una tirada. Correo Argentino brindaba un servicio de envíos internacionales decente, los precios estaban bastante bien y yo centralicé todo en el living de mi casa. Así que cuando se agotaron los primeros mil quinientos ejemplares, volví a encargar más, dejé todo organizado y me fui de viaje. El día en que intentaba cruzar la frontera con Venezuela, mientras imprimía unos documentos, me entró un mensaje de Fabián:

—Laura, ¿viste las noticias? Acaba de renunciar Guzmán.

Martín Guzmán era el Ministro de Economía.

—Hola Fabián. No tengo idea. Estoy sacando fotocopias para poder entrar a Venezuela. Tengo poco WIFI.

—Bueno, el dólar se disparó al 100%. Con el adelanto que me diste no te puedo hacer los libros, lo siento mucho.

—No, vos no me podés decir esto ahora, Fabián. Yo estoy en un quilombo en la frontera entre Colombia y Venezuela, y te pagué hace un mes. ¿Cómo que todavía no se imprimieron? 

—Claro, pasa que si querías congelar el precio tendrías que haber pagado el total. Ahora hay que volver a cotizar todo. Si querés te devuelvo la plata.

—Si me devolvés la plata hoy no hago nada. Yo te pagué lo que decía el presupuesto. Nunca me dijiste nada de congelar el precio. No me tires este fardo —alcancé a decirle. Y después me quedé sin internet.

Esa vez no pude darme el lujo de abrumarme: estaba sola y necesitaba todas las luces prendidas para poder llegar a destino sana y salva, así que hice un paquetito con el tema del libro y lo guardé en un cajón cerebral. Cuando llegué a la casa de William, mi contacto venezolano, Fabián me había mandado un mensaje: “Hice que tu tirada entrara en la última tanda con el dólar a precio viejo. Necesito que mañana mandes el otro 50% y así ya está”. Ese lunes mi mamá corrió al banco, depositó el montón de billetes que faltaba, y dos semanas más tarde un camión descargó una barrabasada de cajas de libros en mi casa. Yo lloré ni sé cuántas veces, de impotencia, de rabia y de saturación. ¿Por qué todo tiene que ser TAN difícil? Yo solamente quiero escribir… 

Igual, volví al ruedo, a las valijitas de acá para allá, a las ferias. Y también volví a escribir. En enero de 2023 empecé con África Madre – La manada. Fue imposible no pensar en todas esas experiencias. Si la famosa renuncia me había complicado, el nuevo gobierno y su liberación de precios me dejaron clavada con todas las cajas en el living de mi casa, sin poder enviarlas fuera del país (para que te hagas una idea, mandar un libro desde Buenos Aires a Montevideo vale 40 usd, hacerlo desde Madrid cuesta 17). Intenté no desalentarme y me puse a escribir. “Problema para la Laura del futuro”, pensé. Y esa Laura, la del futuro, estaba ahí, en Oliva, viendo cómo el vericueto se le venía encima otra vez. Me fui a dormir colgada del techo y amanecí con cinco correos más.

—Magalí, tengo novedades. Me respondieron de la imprenta España.

—¿Y?

—Los precios no están tan mal.

—¿Y China?

—Ya les mandé.

En el lapso de tres días seguidos pedí 5 presupuestos a México. Una amiga me ayudó a averiguar allá precios de correo, otra me pasó el contacto de otras tres imprentas chinas, una imprenta de Córdoba y otra de Rosario, que aparentemente tenía buenos precios. También averigüé en Colombia. Los mails iban y venían.

—Magalí, tengo novedades.

—¿Otra vez? Pero, Laura, ¡me fui diez minutos al supermercado!

—Me contestaron las editoras, la maquetación y el collage.

—¿Y?

—Todo es mucho más que con el libro anterior. Ay, boluda, quiero llorar.

—¿Y si lo hacés solo en digital?

—No. El libro sale en papel o no sale.

Razones personales al margen (ya he hablado de la piratería muchas veces), yo quería, necesitaba ver mi trabajo materializado entre mis manos. Magalí intentó darme aliento, mientras yo bufaba frustración entre suspiro y suspiro.

—Pará que me acaba de llegar un mail de China. 

—¿Qué te dicen?

—Que a lo mejor lo pueden hacer.

—¡Bueno, pero entonces, bien! ¡Lo vas a poder imprimir, Laura Belén! 

—Sí, no sé, ayer Fabián me dijo que estaban buscando otro tipo de papel. ¿Cómo carajo hago con aduana? 

—Pará que necesito ir al baño, aguantá.

—Magalí, tengo novedades —dije, cuando salió. 

Era cierto pero se había vuelto también una cábala de esos días. 

—En Buenos Aires hay una imprenta que me pasa un precio más decente con un papel de Brasil. Y María me pasó el contacto de una amiga marplatense que me puede explicar cómo hacer el trámite para entrar los libros.

Yo creo que ninguna de las dos seguía el paso del torbellino, pero yo no me bajaba. Desde México se caían todas las posibilidades. “No llegué hasta acá solo para llegar hasta acá”, me repetía, pero todo me parecía un montón. Lo más abismal era que, al final del día, yo tenía la última palabra. Así que una lloradita y a seguir. Me pasé toda una semana con la calculadora en la mano, mails que iban y venían desde mi compu, idas al mar para poner las ideas en remojo y volver a empezar. Algunas noches no podía dormir; escuchaba la combustión de mis propias ideas. La diferencia de huso horario no me ayudaba a largar el teléfono, así que me levantaba a las nueve con la computadora en la mano y seguía mandando mails hasta casi las tres. Y en el medio, claro, seguía escribiendo.

Una semana después, con todos los presupuestos en mano, me aparecí frente al cuarto de mi amiga por vez número mil.

—Magalí… —dije, en tono de suspenso.

—¿Tengo novedades? —preguntó.

Y le extendí un cuaderno con todos los números.

—No voy a imprimir en China, pero conseguí un número decente en Argentina, y yo creo que voy a llegar. Este libro sale —dije. Y Magalí fue a comprar vermú.

Ahora, con las respuestas más o menos acomodadas, puedo decirte que sale muy en breve. Necesitaba contarte esto para que sepas todo lo que apoyás cuando comprás un libro de un autor independiente, y para que, si estás en un proceso similar (de cualquier categoría), te sientas menos sola. La entrega es total, pero total también es la recompensa, la paz de sentir que lo dimos todo, que pudimos, que no nos quedamos con el “qué hubiera sido sí”. Y eso, número al márgen, siempre vale la pena (o las lloraditas 😉)

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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