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Diarios de Venezuela #1: Nosotras, las de antes (ya no)

07 de agosto de 2022 – A las dos y media de la mañana abro los ojos con el ímpetu de los asustados. Faltan quince minutos para que suene el despertador, Bogotá todavía está en silencio, pero yo me destapo de un tirón y empiezo a vestirme a oscuras. Lo que me espera, al menos por hoy, es una carrera de postas desorganizada, un rally colgado con brochecitos de la ropa.

En agosto de 2022 volví a Venezuela, después de once años desde mi último viaje y de haber dicho mil veces que ese era «el único destino al que no volvería». Lo hice porque sentí que era el momento de abandonar posturas viejas y porque estaba convencida de que me estaba perdiendo de muchas cosas. Estuve un mes viajando sola por el país. Esta serie, a la que titulé «Diarios de Venezuela», son una invitación a viajar conmigo: posteos largos, escritos para lectores curiosos, como en las viejas épocas del blog. Bienvenidas a bordo.

Diarios de Venezuela #1: Nosotras, las de antes (parte I)

07 de agosto de 2022

Ya

A las dos y media de la mañana abro los ojos con el ímpetu de los asustados. Faltan quince minutos para que suene el despertador, Bogotá todavía está en silencio, pero yo me destapo de un tirón y empiezo a vestirme a oscuras. Lo que me espera, al menos por hoy, es una carrera de postas desorganizada, un rally colgado con brochecitos de la ropa. Voy a tomarme un taxi hasta el aeropuerto, un vuelo hasta Cúcuta y una vez allí voy a seguir las instrucciones que William me pasó por celular. William. Ni lo conozco. Salió al rescate vía Couchsurfing (larga vida a esa red) cuando mi contacto me falló. “Yo te espero en Venezuela, claro”, me dijo, y me mandó un correo detalladísimo, paso por paso. 

“Si estás en el terminal de pasajeros de Cúcuta sales y al frente tomas un bus (el pasaje cuesta 2,400 pesos colombianos) hacia el sector La Parada, ahí es la ruta final del bus, una vez allí trata, como dice una amiga, de actuar zombimente”. 

Me anoté todo, punto por punto, sin entender demasiado. Pienso en eso mientras me ato los cordones. Que en unas horas voy a cruzar el puente que separa la frontera de Colombia con Venezuela, que llevo años esperando este momento, que tengo unos nervios eléctricos, y que todo este plan está atado a una soga de fe. 

Esta primera entrega va con pocas fotos por razones obvias ❤

La primera vez que entré a Venezuela fue en el año 2011 y no fue por esta frontera sino por la Guajira. Me acuerdo de muchas cosas: el calor seco y recalcitrante, la marea de gente, las filas desordenadas, las cinco horas de espera, los sellos VIP. No me acuerdo haber estado nerviosa pero no porque no lo estuviera: es tan natural en mí ese estado en las fronteras, tan potente la alarma que se incendia cuando me paro frente a un puesto de migración, que mi memoria ya lo suprime: no hace falta recordar lo obvio. 

Miro debajo de la cama, chequeo que no haya quedado nada entre las sábanas y salgo caminando por el pasillo del hotel, mochila al hombro. Frunzo los pensamientos. No pienso en la oscuridad. Camino como hay que caminar cuando una tiene miedo: con la cabeza en alto, el paso firme y la mirada hacia el frente. Entonces escucho una voz, una voz que no es pero se parece mucho a la mía, que dice: “ahí va la chica que está a punto de viajar a Venezuela”.

Me acuerdo de David. A David lo conocí en abril de este año, en las Jornadas de los Grandes Viajes, donde ambos éramos oradores. Hace unos años, David puso en pausa su agencia de publicidad, y se fue a dar la vuelta al mundo solo, a bordo de un velero. Vivió mil aventuras, pero nada más límite que el momento en que se vio atrapado en un estrecho —no recuerdo bien en dónde— , en medio de una tormenta. El viento lo empujaba contra los acantilados y él, solo, no lograba maniobrar ni salir a aguas abiertas. Cuando David estaba contando el momento épico en que casi naufraga, alguien levantó la mano y le preguntó que cómo había hecho, “no para salvar el velero, sino para no dejarte caer”. Y me pareció una pregunta excelente, porque al fin y al cabo, eso es lo que nos preocupa a todas cuando pensamos en viajar solas: que todo, hasta el empuje para seguir andando, dependa de nosotras. David sonrió, y dijo: “Puse música. Verás, yo estaba viviendo mi película, así que tenía que actuar como el actor principal que era. Y ninguna escena como esa va sin banda sonora”. Así que en medio del caos y la tragedia, David se había tomado el tiempo de poner las Valkirias a todo trapo, “porque ninguna escena puede acabar mal con semejante música”. 

¿Será que me estoy narrando el viaje a mí misma para darme seguridad?

Bajo las escaleras apoyando la mano en la pared, para no perder el equilibrio. Antes de llegar a la recepción, otra voz aterriza en mi cabeza. “Estás protegida”, me dice. Y como un instinto, llevo mi mano al amuleto que cuelga de mi cuello.

Unas horas más tarde el calor de Cúcuta me da un cachetazo apenas pongo pie fuera del avión. No son ni siquiera las 8 de la mañana, pero el sol es una babosa húmeda y caliente. No tengo tiempo que perder: quiero estar en el puente lo más temprano posible para tener la mayor cantidad de tiempo posible, frente a cualquier inconveniente posible. Saco las notas de William. Tengo que buscar el colectivo que me lleve hasta el otro, el que va a la Parada. Antes, igual, tengo otra misión: esconderme en el cuerpo toda la plata. Me meto en un baño de 2×2, saco los dólares de la mochila, y pienso: ¿en dónde? Desparramados, sí, ¿pero cómo? Número de la suerte. Tres. Un fajito debajo de una plantilla, otro fajito debajo de la otra y el tercero en la teta izquierda. Pienso, primero, en la hermosa metáfora de ir por la vida con los dólares bajo mis pies. Después se me va el romanticismo. Tengo todos los ahorros para este viaje bautizados con mi sagrada traspiración.

El primer colectivo lo encuentro fácil. Tras un viaje corto llego hasta la estación. Me obligo a controlar mis emociones: todo a mi alrededor grita “frontera”. Hay gente vendiendo golosinas, gente gritando cosas, carros con fruta, carros con jugo. Y hay color, mucho color. A mí me agarran unos ovillos estomacales bárbaros, porque tardo nada en caer que esta es la primera frontera que voy a cruzar después de la pandemia, y la primera vez que voy a hacer un viaje rock and roll sola, en mucho tiempo. No quiero, necesito, que todo salga bien.

En una esquina hay un hombre desquiciado. Grita algo que no entiendo. Es un chapoteo, masa amorfa de sonido que me cuesta desmenuzar. Aguzo el oído. Dice algo así como laparedelaparedelaparedelaparede. “¿Usted va hasta La Parada?”, le digo mientras me acerco. Y él, con una habilidad que solo se la he visto a los ayudantes de autobuses latinoamericanos, me arría hacia la escalera, sin dejar de repetir su canto. Un rato más tarde llegamos, por fin, al puente.

No

No sé qué me imaginaba del puente. Antes de viajar leí tantas cosas, vi tantos videos camuflados en internet, que apenas bajo del autobús siento algo parecido al alivio. El paisaje que tengo delante es muy similar a otras fronteras que ya he cruzado antes. No quiero bajar la guardia, así que recuerdo las palabras de William y empiezo a caminar. Por el Puente Internacional Simón Bolivar no pueden pasar autos —no, al menos, al momento de hacer este viaje—. Hay, no obstante, un centenar de personas que caminan de un lado y del otro, sin prisa. A simple vista veo de todo: estudiantes con sus uniformes, familias enteras, personas con mercancías. Lo que no se ve son turistas.

Tomo aire y hago el primer paso: sellar la salida de Colombia, antes de cruzar el puente. El trámite me lleva media hora. Aprovecho el Wifi del puesto de migraciones y le mando mensaje a todo Dios: a mi mamá, le digo “estoy protegida”. Y ya con el pasaporte sellado me dispongo a cruzar.

Camino tranquila. Cada dos por tres aparecen: vendedores de chip, vendedores de viaje, ayudantes de cualquier cosa. No, gracias, no gracias, no gracias. A mitad de puente la policía colombiana me controla la salida y me desea buen viaje. Camino unos metros más. Entonces, empieza el juego.

Policía #1

Me detienen en medio del malón, al azar. Son dos, más allá otros dos, y adelante de todo uno solo que parece harto con la vida. Hace un calor intenso. Ellos, sus botas de cuero y su traje militar se pasean de lado a lado, al rayo del sol. El que me frena me pide pasaporte. Se lo doy. Lo mira de arriba abajo, de atrás hacia adelante.

—No la puedo dejar pasar porque usted necesita visa —me dice, sin devolverme el documento.
—No, señor. Yo soy argentina. Somos Mercosur.

No estoy segura, a esta altura del partido, de qué categoría de miembro es Venezuela, pero estoy 100% convencida de que visa no. Me queda mirando.

—Es que hay algunos países de Europa que necesitan.
—Pero yo soy de América del Sur.
—Pero igual.

El policía no debe llegar a los treinta, pero se mueve con una altanería militar que me genera desprecio. No me devuelve el pasaporte. Llama a otro, todavía más jóven, que tampoco sabe qué hacer. 

—¿Y este sello de qué es?
—De Turquía
—¿Y por qué tienes una visa de Canadá si no eres canadiense?

El primero está llamando por teléfono a un tal Diego. Es el superior, me explica. Y sin la confirmación del superior no me puede dejar pasar. Le digo que está bien, que espero. Me pregunta si estoy apurada. Le digo que no. Me manda a sentar —a dónde, solo Dios sabe—. Sonrío. “Prefiero quedarme acá”, respondo.

—¿Tienes miedo por tu pasaporte?
—Estoy más cómoda así.

Quince minutos más tarde Diego sigue sin responder y ellos siguen sin estar seguros de que Argentina no precisa visa. “Por lo de Europa”, repiten. Y yo me limito a sonreír, sorprendida como estoy de mi propia paciencia.

El policía primero se mete mi pasaporte en el bolsillo y sigue parando gente “al azar”. Es decir: jóvenes, preferentemente mujeres, preferentemente atractivas. A todas les pide la cédula y las deja ir. Veinte minutos más tarde Diego llama por teléfono y confirma que no, que Argentina no necesita visa, y me dejan ir —no sin antes preguntarme si no quiero un novio venezolano, ya que estamos—.

Policía #2

La salida del puente es un hormiguero en ebullición. No quiero parecer perdida: así es como empiezan las historias de terror. Me acerco a una mujer policía que está sentada en un pupitre, en la vereda. Le pregunto adónde hay que sellar. Me pide la cédula. Le doy mi pasaporte.

—¿Usted no tiene cédula colombiana o venezolana?
—No, soy argentina.
—¿Pero usted nació allá? ¿No tiene cédula venezolana?
—No, nací en Argentina.
—Ah…¿usted es autóctona de allá?

Policía #3

Viene cuando lo llama la policía #2. Me pide el pasaporte y se dedica los siguientes diez minutos a mirar sello por sello. Siempre me pareció una buena idea viajar con un pasaporte usado (tengo la creencia de que despierta menos sospechas) pero acá empiezo a dudar de mi estrategia. Pasa las páginas con una lentitud que me parece ensayada. Me pregunta a qué me dedico. Le digo que soy maestra (es el alter ego que me invento en situaciones en las que decir “escritora” se puede confundir con “periodista” y terminar mal). Me pregunta si tengo carta de invitación. Le digo que no necesito, que el señor Diego me dejo pasar. Entonces, sin devolverme mi pasaporte y sin mirarme a la cara me pregunta si me va bien. Le digo que normal (¿qué corno se responde ante semejante pregunta?). Que de dónde soy.

—De Rosario.
—¡Rosario! ¿Y qué tal Messi?
—Messi…¡a ese sí que le va bien! Si yo tuviera la plata que tiene Messi, ¿sabe qué? Ya me hubiera venido así fiuuuuuuu derechito en avión privado hasta Los Roques.
—Jajaaja ¡si! ¡Derechito en avión! Mire, tenga su pasaporte. Usté tiene que sellar en esa fila de allá. Pero le digo algo: allí está lleno de malandros, no se deje robar. Si alguien le ofrece un sello “vi ai pi” mejor me llama a mí que yo se lo dejo más barato.

Con el pasaporte en mano voy hasta la fila. La oficina se ve grande. A diferencia de la de Colombia, no está abierta al público. No hay tinglado, ni butacas. Hay unas cinco o seis ventanillas que dan a un patio, donde la gente hace fila. Una sola está en funcionamiento. Gracias al cielo hay un árbol que da sombra. 

Tengo unas treinta personas en frente. Pero está bien, es temprano. Bajo mi mochila y me acomodo, pero al poco tiempo un señor se acerca y me dice que si no tengo fotocopia del pasaporte no me van a sellar. Y me insiste. Que fotocopia, que sí o sí, que vaya hasta el kiosco de más allá. Así que junto los bártulos y emprendo el camino. A menos de cien metros, me frena él.

Policía #4

Me pregunta si tengo pasaporte, le digo que sí. Vacuna del Covid, sí. Fiebre amarilla, sí. Asistencia médica, sí. Carta de invitación. Jaque. Le digo que no. Que eso no figuraba en los requisitos de la embajada venezolana. 

—Pues la necesita. Una carta de invitación de la persona que la va a hospedar, donde conste su número de cédula, su dirección, su teléfono y su firma. Y si la encontramos a usted sin esa persona, la vamos a buscar y la vamos a meter presa. A usted y a esa persona también.

No me queda muy en claro ni quién me va a encontrar, ni cómo funciona el turismo en la cabeza de estos policías, pero no me dejo amedrentar.

—Ok, entendido. No la tengo, pero ya estoy acá. Dígame qué puedo hacer.
—Eso a mí no me interesa. Usted está aquí y yo no la puedo devolver pa’llá.

Policía #5

Se acerca de puro curioso, cuando me escucha hablar con su colega. 

—¿Por dónde va a salir de Venezuela?
—Por aquí mismo, por el puente.
—Necesita un pasaje de salida de Venezuela.
—Tengo pasaje desde Colombia.
—No sirve. Tiene que ser desde Venezuela.
—Pero el puente se cruza únicamente a pie. Está cerrado para los vehículos.
—Usté mi amor tiene que tener un pasaje de salida.

Sigo camino a la fotocopiadora. A esta altura, pienso, debería estar frustrada. Ni siquiera llegué a la ventanilla de migraciones. ¿Qué tan real es todo esto? Decido no amargarme. Me parece ridículo, pero no es la primera vez que vivo algo así. Así que voy a la fotocopiadora, saco copias de mis documentos y pago minutos de WIFI (un invento genial). En media hora consigo todo: una reserva de vuelo, y una carta de invitación autoredactada que completo con los datos de William por Whatsapp. Imprimo todo. Cuando vuelvo a la fila, los chicos venezolanos que estaban detrás de mí, están a punto de pasar. “¡Chama ven, es tu turno, no hagas fila de nuevo!”, me gritan. Y paso. El oficial me pide mi pasaporte, la fotocopia, y me estampa un sello sonoro en menos de dos minutos. “Bienvenida a Venezuela”, me dice. “Bienvenida”, repito yo. El viaje acababa de comenzar.

Si querés leer las próximas entregas de esta serie ni bien salgan del horno, podés suscribirte en este enlace y recibir el Blog a Domicilio en tu bandeja de entrada. Mando lunes por medio, y va con texto extra que no está abierto al público. Alerta spoiler: el viaje estuvo buenísimo, y no veo la hora de volver.

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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