No estaba en mis planes. No me pregunten por qué, pero del tiempo que llevo viajando nunca se me había pasado por la cabeza visitar los Mercados Navideños de Alemania. Supongo que por eso recibí la invitación con tanto entusiasmo: desde este lado del hemisferio, con un termómetro que sobre pasaba (y con ganas) los 30°, la imagen de un diciembre frío en escenarios medievales me parecía de película. La propuesta era sencilla: una semana cubriendo los mercados de Núremberg, Dresde y Colonia. En esta serie de post, un compilado de lo que viví y lo que aprendí en este viaje.

Era la última en mi lista de ganas. Cuando me recibí la invitación, y más tarde el itinerario, Dresde se puso al final de la fila de mis expectativas. De Núremberg había visto unas fotos on line que parecían cuadros al óleo. Sabía de su Mercado Navideño tradicional, tenía un listado de comidas que quería probar. Colonia, que estaba pautado para lo último, se vendía como la cereza el postre con su diversidad y su pluralidad de culturas. Dresde me quedaba ensanguchada. La habían reconstruido y quizá esa idea de imitación de lo viejo pero sin karma me pasaba un poco por agua el entusiasmo. Bajé del tren cerca de las cuatro y puse el hotel en mi GPS dispuesta a caminar. Tenía por delante ─casi─ tres días para visitar Dresde por mi cuenta.

“Cuando me zambullo en los mercados, creo que me confundí de hotel y no sé salir de mi asombro”

Tres de la tarde. Atravieso la estación central con la certeza de que hoy el frío se siente más que ayer. Hace apenas unos días que llegué a Alemania, y aunque vine especialmente preparada para este clima y estas latitudes no me acostumbro: ni a los dedos congelados que de pronto no pueden prescindir de guantes, ni al vaso diario de Caramel Macchiato que el cuerpo me pide como marcando tarjeta (desde cuando yo tomando café) ni a que el sol se asome a las ocho para volverse a esconder antes de las cinco.

Según Google Maps tengo unas casi diez cuadras hasta el hotel y, según mi cuerpo, media hora antes de que la piel me empiece a gritar por una ducha. Dresde se ve vacía. Pienso que no debe haber en el mundo un lugar junto a las vías del tren que sea lindo. Puede que más limpio, puede que más seguro, pero al final todos se parecen un poco: un no-lugar donde abundan las construcciones de cemento, donde casi siempre todo el gris.

Tiziano Terzani ─un escritor italiano que si no conocen deberían estar googleando ya─ decía que lo bueno del tren es que te deja en el corazón de una ciudad. A diferencia del aeropuerto, que siempre queda a trasmano, que es artificial y que casi nunca es auténtico, uno sale de la estación de tren y en pocos pasos ya está viajando. No hay que hacer largas filas, no hay que esperar transfer, no hay que nada. Se abren las puertas, salís del andén, y pum, ya estás donde querías estar. Yo cruzo un par de calles, sigo achicando trayecto con los puntitos, y pum: adelante mío empiezan a florecer puestos de comida de uno de los mercados.

Me siento pesada pero quiero husmear todo: el stand de los que venden salchichas, el de los panes rellenos, el de los kurtos (esa especie de factura húngara en forma de cucurucho que me volvió loca en Rumania y que acá venden rellena de Nutella). En el Winterlichter Markt, o Mercado de las Luces Navideñas, los puestos parecen estarse armando con lentitud, pero los aromas ya coparon el cielo. Esquivo el perfume de la parrilla, atajo olor a canela y extiendo mi mano para degustar una especie de pionono al pasar. (Más tarde, mi amigo Marcelo me dirá que tengo ojos de gaviota para encontrar comida gratis y no voy a tener argumento para refutarle la idea). Cruzo una calle con la mochila empujándome hacia el suelo y entonces aparecen: cercos hechos de pinos, puestos más opulentos y una vuelta al mundo que me indica que aunque todavía no llego a destino, en cierto modo ya he llegado.

Existe una buena razón para incluir a Dresde en esta trilogía de ciudades con Mercados Navideños. El Striezelmarkt ─que viene a ser el mercado principal de toda la ciudad─ es de los más antiguos de Europa. El primer registro que se tiene es del año 1434 y ahora, en 2019, se celebra su edición 585. Quiero sacarme ya la mochila. Quiero llegar al hotel, darme una ducha express y venir corriendo con mi cámara a zambullirme en este mercado al que, acabo de darme cuenta, entré por la parte de atrás.

Son más de 240 puestos los que conforman esta feria, que cada año tiene lugar en la plaza de Altmarkt. Apenas paseo un poco entre sus calles para entender eso de que el mercado de Núremberg es el más tradicional. A diferencia de lo que había visto hasta ahora, en Dresde cada puesto es diferente. Hay algunos con muchas luces, otros angostitos como pasillos, otros con muñecos en el techo. “Más tarde, más tarde”, me repito, con el cansancio apostado en los hombros, y sigo viaje.

El hotel al que me mandaron está cerca. Eso dice el GPS de mi teléfono, mientras yo vuelvo a cruzar otra avenida y me meto por los pasillos de un mercado nuevo. Ya no me importan los estímulos al hambre porque ─no sé en qué momento─ aparece delante de mis ojos la cúpula más hermosa que recuerdo haber tenido en frente. Estoy en una plaza. Hay un árbol de navidad gigante con estrellas iluminadas gigantes, esta iglesia a la que no puedo quitarle los ojos mientras camino y un hotel, también gigante. El mapa me dice que estoy en destino. Yo digo que no puede ser.

Cinco y media de la tarde. La ventana del piso cinco del hotel de cuatro estrellas me avisa que ya es de noche. Suena el teléfono. Nikola, de la Oficina de Turismo de Dresde, me espera en la recepción.

Sí, siento más frío que todos estos días, pero más ganas de salir también. Dresde, de la que no esperaba mucho, de la que no sabía mucho, tiene algo que se parece mucho a un imán: no hay noche, ni llovizna, ni cama obscena de hotel que te convenza de quedarte adentro.

Apenas en la vereda el Advent auf dem Neumarkt rebalsa de gente. Es un mercado casi circular, como la plaza, y sólo se vende comida. Hay de todo: desde salchichas hasta platos orientales, pasando por cuestiones veganas, cazuelas y el infaltable glüwein. Nikola y yo damos una vuelta. La Frauenkirche parece mirarnos desde todos los rincones.

Antes de venir, Juan me había contado de una iglesia que había quedado totalmente destruida con los bombardeos y cuyos escombros permanecían apilados a modo de recordatorio. Y es que a Dresde la destrozaron en el 45. No había motivos en realidad: la guerra estaba casi acabada y aunque hay quienes alegan que la ciudad era un objetivo estratégico, la mayoría coincide en que se trató de una demostración de poder. Casi 40.000 personas perdieron su vida en manos del ejército británico y el centro histórico de la ciudad quedó reducido a cenizas. La iglesia de los recuerdos de Juan es, ni más ni menos, que esta que tengo en frente. Parte de su reconstrucción se hizo utilizando los cascotes originales. Yo no salgo de mi asombro.

Siete de la tarde. El arco del Striezelmarkt está iluminado como una torta de cumpleaños. Llueve finito, se mojan mi cámara y mis dedos, pero no veo la hora de cruzar la calle para poder entrar. Si hace unas horas con el sol de la tarde y todo este mercado me parecía fascinante, ahora que es todo lucecitas, marionetas y Papá Noel, sólo sé que no quiero irme de acá. 

Lo primero que hacemos es subir. Desde arriba ─que tampoco es tan arriba─ el mercado parece un cielo de colores. Se ve bien la vuelta al mundo, los puestos de pasillos anchos y la pirámide.

Yo no sabía hasta entonces, pero resulta que las pirámides son una decoración típica de Navidad en Alemania, y la más grande de todo el país es justamente esta que tengo enfrente. Este adorno típico ─hay quien dice que es el tatarabuelo del arbolito─ es una especie de torre piramidal, que tiene entre dos y cinco pisos cargados de personajes navideños y una hélice en la punta. En la base hay una velas y es el calor de la llama lo que mueve a la hélice y hace que la torre gire, dando vida a los personajes.

Caminamos entre los puestos. Hasta acá creía haber visto todo lo referido a adornos navideños pero estaba equivocada. Si en Núremberg abundaban colgantes de piñas, coronas y casitas, en Dresde hay figuras de madera de todo tipo, tamaño y color. Eso y móviles: renos que bajan en paracaídas, Papá Noel en trineo, angelitos en globos aerostáticos.

Ocho de la noche. Nos salimos un poco del mercado y empezamos a caminar por el caso histórico de la ciudad. Está oscuro pero la iluminación y la falta de gente le dan un toque solemne que hace que Dresde se vea más hermosa. Nikola enumera bellezas como si fueran una lista de mercado: “Este es el Fürstenzug es el mural de porcelana más grande del mundo”, “Al Palacio Zwinger tienes que volver mañana, es lo más hermoso de la ciudad”, “Aquella es la Catedral, y lo que se ve detrás es la Ópera”. No se me ocurren las palabras. Nikola no es de Dresde, pero pasea con la actitud de lo acostumbrados. Por contraste, mi asombro resalta todavía más. Me pregunto cómo será haber nacido con semejante carga histórica en las venas, cuáles serán los filtros de sus ojos.

Nueve y media. Ya recorrimos puestos. Ya compré regalos para llevar, ya saqué doscientas fotos, ya paseamos por el Mercado de la Frauenkirche ─donde venden unas manzanas acarameladas que son de otra galaxia─. Es temprano pero en este viaje la noche se estira tanto que ya siento ganas de volver. Nikola se despidió de mí hace un rato y yo emprendo el retorno despacio. Dresde es tan caminable que ya no dependo de mapas. Las estrellas cerca de la iglesia me dan la bienvenida a mi plaza. Todavía hay gente brindando con vino caliente y humo en los puestos de pan. “Dresde es exuberante”, dice el mensaje de Whatsapp que mando antes de acostarme a dormir. Creo que me quedo corta.

“Cuando visito una casa que hace música con lluvia, me pierdo en el Palacio Real y pruebo un pan inspirado en un pañal de bebé”

Nueve de la mañana. De todos los que hacemos fila para desayunar, yo soy esa persona que se sirve lo más tentador del buffet. Me desentiendo descaradamente de los horarios y elijo una me mesa para uno con un plato lleno de papas al horno, salmón rosado con salsa de jengibre, champiñones asados y té, siempre té. Afuera está nublado y el comedor del hotel rebalsa de gente. Hoy es el único día completo que tengo en Dresde y trato de no abrumarme con el tic tac. Me cuesta: ayer me fui a dormir con la ansiedad de una ciudad nueva en la almohada y hoy me desperté sabiendo que el mapa es grande y los días son cortos, muy cortos. Nikola ayer me dejó un sobre con la leyenda “blogger kit” y me gusta pensar en kit como todo eso que puedo necesitar en una emergencia viajera. Hay una entrada para el Palacio Real, un ticket para subirme al colectivo de dos pisos que pasea por la ciudad y una Dresde Card que me da acceso a casi todos los museos. Le doy un sorbo al té y ataco las papas. Tengo que hacer rendir el tiempo que va contra el sol. Hoy quiero ver todo, y no quiero estar corriendo.

Diez de la mañana. Camino con pasos apretados hasta Postplatz y llego a subirme al bus justo antes de que comience el recorrido. Soy la única hispanohablante de todo el colectivo, así que me sumerjo en los audífonos a la vez que veo Dresde pasar por la ventanilla. La audioguía habla del Centro Histórico, del bombardeo, de la Dresde de hoy. Estar de este lado del río significa estar en la parte vieja de la ciudad, a la que alguna vez se la conoció como la Florencia del Elba. Miro los edificios reconstruidos del otro lado del cristal. Va a llover en cualquier momento. Pero qué ciudad más hermosa.

Fürstenzug, el mural de mosaicos más grande del mundo

Once y diez. Cruzamos el río atravesando unos barrios residenciales que me dan ganas de saltar por la ventanilla. Los marco en Google maps. No tiene caso: tengo el tiempo contado pero la ilusión sin tocar. “A esta ciudad tengo que volver”, me consuelo. El Elba, con la bruma que no termina de formarse, desdibuja las siluetas en el fondo.

El itinerario que Nikola me dejó ayer dice que hay una parada que no puedo perderme. Se trata de Pfunds Molkerei, una lechería histórica. Estoy de suerte: el otro punto que quiero recorrer en Neustadt ─o el lado nuevo de la ciudad─ está apenas a unas cuadras de distancia.

Once y media. Le lechería es preciosa, pero no dejan sacar fotos. Venden quesos, hay azulejos de piso a techo y se abarrota de gente que quiere comprar en esta reliquita histórica que logró sobrevivir al bombardeo. En el piso de arriba hay un restaurante. Me tienta, pero prefiero seguir paso. Pienso en que seguramente termine bajando una foto de internet. Me ofuscan ciertas reglas arbitrarias.

Fuente: Wikimedia 🙂

Doce menos cuarto. Parada técnica. Chocolate caliente y una cookie que sabe a manteca deliciosa. “Zu nehmen, bitte”, le digo al camarero en un alemán susurrado y que no recibe sonrisa de vuelto. Al menos lo intento. Salgo con mi botín para llevar y emprendo el camino hasta el Kunsthofpassage, pero me detengo a los pocos metros. Con el chocolate endulzándome el paladar y la llovizna en su infaltable cita diaria, me acerco a la Iglesia Martin Luther King y empiezo, de a poco, a familiarizarme con los paisajes de este lado.

Parecen dos ciudades. Hace frío y es hora de siesta ─¿se dormirá la siesta por acá?─ y las calles de Neustadt están casi vacías. No hay muchos turistas. Me cruzo a un chico alternativo que carga cajones de cerveza en manga corta y lleva un chiguagua prendido del cinturón. Más allá, una chica con rastas fuma provocativamente delante de un mural que grita algo que no puedo entender. Lo demás parece escenografía. En esta ciudad podría quedarme mucho más tiempo, estoy segura.

Doce y media del mediodía. Hay una puerta chiquita que no dice mucho, y un punto rojo en mi mapa que insiste en que estoy ahí. Atravieso el portal. Del otro lado le dan la razón: acabo de entrar al Kunsthofpassage, esta suerte de vecindad de colores donde las tuberías de desagüe van por fuera y forman instrumentos difíciles de ignorar. Xilofones, trompetas, embudos. Los caños bajan por las paredes formando un espectáculo estético que cobra vida cuando cae agua. La propiedad es privada, pero está abierta todo el año. Pertenece a un grupo de amigos artistas que idearon el lugar a pura creatividad. Es raro: uno nunca quiere que llueva pero ahora mismo me muero por un diluvio universal.

Tres y media. El bus vuelve a cruzar el Elba. Me paro a tomar fotos y pienso en lo que leí en mi guía hace un rato. Dresde es la segunda ciudad del mundo en haber perdido su categoría de Patrimonio de la Humanidad. Desde el año 2009 la UNESCO decidió retirarla de la lista después de objetar durante tres años la construcción de un puente de cuatro carriles que dañaría las vistas y el ecosistema de la ciudad. Dicen que cuando eso ocurrió algún político (ir)responsable dijo algo así como “la gente ya viene a Dresde, no va a dejar de hacerlo porque nos saquen de la lista”. Y el señor tenía razón, pienso.

Cinco menos cuarto. Ya me di la ducha obligatoria, ya me tomé el café de cada tarde, ya volví a entrar en calor. No termino de decidirme si me encanta o si m ofusca esto de las noches cortas, pero el reloj aún no marca las seis y el cielo hoy no admite estrellas. Tengo una hora para recorrer el Palacio Real de Dresde, ese mismo que hace semanas estaba en los titulares por haber sufrido un robo de película, diamantes y todo.

El Palacio de Dresde, que a pesar de su opulencia no es tan conocido, fue la residencia de los electores y reyes de Sajonia. Quedó destruido al igual que la mayoría de la ciudad con el bombardeo del 45 ─se salvaron sus obras porque habían sido trasladadas fuera de la ciudad─ y, con el tiempo, fue reconstruido hasta lo que es hoy en día: un edificio barroco que desborda la vista ni bien uno se adentra en el casco histórico. Yo lo recorro don dos consignas: ver la vajilla real y dejar que la curiosidad me guíe.

La foto es de Wikipedia, para que vean a qué me refiero con eso de “barroco que desborda la vista”.

Siete de la tarde. Es mi última noche en Dresde y no puedo irme a dormir sin volver a pasear por el Striezelmarkt. Ayer, mientras caminábamos sin rumbo, Nikola me habló del Christstollen, un pan de Navidad típico de Dresde. Incluso alcancé a degustar. A ella, alemana de pura cepa, le parecía demasiado dulce. Hoy, que tengo más tiempo, lucho con los laberintos de duendes y luces para volverlo a encontrar, hasta que lo consigo.

El Christstollen es una especie de pan dulce con varias curiosidades. Primero, lo llaman así porque su forma recuerda a un niño envuelto en pañales (por eso el azúcar impalpable que se le coloca encima). Segundo, se trata de un alimento antiquísimo: el Christstollen data del año 1329. En esa época se les obsequiaba estos panes a los clérigos, y como éstos ayunaban de productos lácteos, el pan se hacía a base de levadura, aceite y harina. En 1430 le pidieron al Papa (¡al Papa!) que autorizara el uso de manteca porque parece ser que el Stollen era un poco insulso. Dijo que no. Recién en 1491, y por medio de una carta, Inocencio VIII dio permiso ─que vino con impuesto al clérigo incluido─. Se dice que esa carta es la primera receta oficial. Con esta historia cierro la noche.

“Cuando finalmente entro en la iglesia reconstruida, miro Dresde desde balcones imposibles y siento vergüenza de mi placard”

Nueve de la mañana. Tengo la mochila lista, un tren que sale antes del mediodía y ganas, muchas ganas de fotografiar la ciudad. Con el desayuno todavía en el paladar salgo por última vez a la puerta de mi hotel de princesa. La Frauenkirche me da un abrazo visual de bienvenida. “Hoy nos toca”, le digo. Y preparo la cámara.

En la puerta hay una guía que habla en japonés y muestra una foto de la montaña de escombros ─esa misma que Juan tenía grabada en la retina─ previa a lo que vemos hoy en día. A pocos metros de acá hay un monumento a las Trümmerfrau (“mujeres de escombro”). Y es que después de la guerra fueron ellas las que se dedicaron a limpiar las ciudades, separar los escombros reutilizables, desmantelar edificios en ruinas para poder reconstruir. Todo a mano, sin tecnología. Me abruma la propia historia.

Entro a la iglesia del mismo modo que lo hago cada vez que pongo pie en un templo nuevo: con respeto, agradeciendo a mis pies por el camino recorrido y pidiendo un deseo al porvenir. Frauenkirche parece un teatro. Es bella, bella como ella misma, y aunque no puedo quedarme demasiado me rebalsa una gratitud difícil de explicar.

Diez y diez. Camino por el centro histórico buscando fotos. Voy a la famosa Terraza De Brühl ─también llamada “el balcón de Europa─, camino por los sitios que Nikola había marcado, me asomo al Palacio Swinger ─que está en reconstrucción─. Soy una máquina de gatillar: Dresde es una foto con vida.

Esto de viajar sola tiene mucho de conversaciones que nunca llegan a dibujarse en el aire. No tengo a quién decirle lo que pienso. Saco entonces mi cuaderno y anoto, a modo de final de viaje.

“Pensamientos sueltos de Dresde”

  • Alguien me dijo una vez ─con mucha claridad y confianza─ que Europa es un continente de viejos. O para viajar de viejos, ya no me acuerdo. Esta mañana salí a caminar por la ciudad para poder sacar todas esas fotos que ayer no pude por falta de luz y me di cuenta de dos cosas: que por momentos se me hacía difícil encontrar a alguien sub60 que se le animara a mi réflex y que a lo mejor hace falta tener cierta edad en el alma para poder apreciar algunas cosas. A mí (creo que ya lo dije) este casco histórico me dejó sin palabras.
  • No vi el sol ni un solo día desde que estoy acá. A las casi 8 aclara y a las 17.00 más o menos ya empieza a oscurecer otra vez. No recuerdo haber tomado tanto café en mi vida, pero creo que así la ciudad es más hermosa. Hay cosas que, me parece, no pegan con la primavera.
  • A Dresden la bombardearon en el 45. La hicieron pedazos. Hoy, si nadie te dice nada, casi que caminás sin darte cuenta. Todo reconstruyeron. En algunos edificios, incluso, usaron parte de los escombros. En la audioguía de ayer dijeron que los habían enumerado “como piezas de un puzzle”. Me quedo boquiabierta por dos. Pienso en la fiaca espantosa que me da acomodar mi placard, y casi que siento vergüenza. No sé cómo hacer para que esto no me inspire. De verdad, no sé.

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Laura Lazzarino

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