El otro día me hicieron una entrevista en la que tuve que hablar de mi trabajo, y cuando empecé a hablar sobre el libro, me preguntaron cómo hacía para manejar los bloqueos. Dije algo así que cuando estaba cansada me servía darme una ducha o salir a caminar, pero la chica no se quedó conforme y volvió a repreguntar. “¿Y nunca te pasó de que con eso no te alcanzara? ¿O de que un bloqueo te durara días?” No llegué a contestar, porque antes de que pudiera decir algo ella empezó a hablar de su propia experiencia, y de ahí saltó al síndrome de la página en blanco, que es ese supuesto pánico escénico que a una le da cuando se tiene que sentar a escribir desde cero. Acabamos hablando de técnicas “para aflojar la muñeca”, como dice mi editora, que no son otra cosa que ejercicios simples para escribir cualquier cosa y entrar en calor. Fue una salida airosa, por suerte, porque hubiera quedado un poco snob decir que yo nunca me bloqueo.
Hubiera sido mentira también.
Quiero decir: no me pasa eso de sentarme a escribir y que ver el documento vacío me genere pánico. Cuando llego a sentarme es porque sé que hay algo sobre lo que quiero escribir y hace días que lo vengo masticando. Para mí —ojo eh, para mí— lo más importante es tener un buen comienzo. Saber, al menos, por dónde voy a entrar a la historia. A veces me pasa que se me ocurre una frase genial y todo se vuelve más fácil. No porque la frase sea, precisamente, de una calidad literaria superior —de hecho, muchas veces vuela en la edición, o la cambio, o la corrijo, pero eso no importa—. Lo que la hace genial es que me abre la puerta. Como si fuera una llave, me basta con teclearla, verla escrita en la página y pum! todo lo demás empieza a aparecer solo. A veces quisiera —aunque no sé si quiero— que alguien me explicara de un modo detallado cómo funciona mi cerebro o qué es lo que le pasa a mi cuerpo cuando me pongo a escribir así, porque a mí no me sale. Es como si mis ojos dejaran de ver el teclado o la pantalla y empezaran a ver las escenas que tengo que escribir, y a la vez una vocecita me dictara en susurros palabra por palabra. La escucho con claridad, incluso cuando viene embaladísima y de pronto se traba. Me dice cosas como “esta frase tiene que terminar en “ón”, qué palabra podemos buscar, y yo reordeno las oración, busco sinónimos, le doy vueltas hasta que lo consigo, y no cuestiono por qué, por qué tiene que ser en “ón” y no en cualquier otra sílaba. No cuestiono porque si me lo dice ella es así, que seguro entiende más de música que yo —porque sí, los textos tienen música—. Pero ojo: no es que esa voz me habla y de fondo hay, no sé, música clásica o motivacional. En la vida real, con suerte, está el ventilador, porque yo soy desde siempre una señora mayor que necesita el silencio para poder concentrarse. Pero en mi cabeza habla ella y otras le contestan y se cuestionan y me dan órdenes, eso sí, siempre me dan órdenes que yo acato sin preguntar. Cuando yo escribo, ellas mandan. Entonces mi pantalla tiene abierto el documento donde escribo y al lado una colección de pestañas absurdas que solo tienen sentido para mí, donde podemos encontrar búsquedas tan dispares como “cuánto tiempo gestan los hipopótamos”, “partes de un barco dibujo”, “hierro del 8”, “nombres de mujer en suajili”, “cómo se llama flor nacional Kenia”, “señorial sinónimo”, “historia del tren lunático”, “existe cura para la bilharzia”. Y así. Es espectacular porque cuando dejo de escribir y vuelvo a la vida cotidiana, mi cuerpo queda como mareado, con la sensación de estar ahí, en ese mismo lugar sobre el que estaba escribiendo. Las sensaciones son reales, me vienen recuerdos que no recordaba, se conectan el pasado y el presente de una forma que no puedo explicar. Pero eso, como te digo, pasa cuando encuentro esa frase/llave y lo demás fluye como un río.

El problema es cuando no.
Ahí entonces lo que yo veo no es una página en blanco sino más bien una pared. Un muro de concreto, ancho, sin ventanas, que llega hasta el cielo. Es imposible saltar y es imposible excavar para pasar por abajo, como hacía el perro de mi vecino cada vez que se quería escapar. La única manera de atravesar el muro es encontrar la puerta, que es invisible y puede estar en cualquier lado. Así que lo que toca es empezar a golpear. A ver dónde suena hueco, a ver dónde se prende una luz. Ese golpear soy yo pensando y pensando y pensando qué es lo que quiero decir, cómo es la mejor forma de entrar al texto. Y, como te decía, cuando la encuentro atravieso la pared como si no fuera de hierro sino de humo, o como si yo fuera un fastasma que está más allá. Porque descifré el mensaje, porque encontré la salida. El asunto, y acá viene el problema, es que a veces esa pared se levanta de la nada. No es que porque encontré la llave de ingreso lo demás es un camino asfaltado y vos dale que va. A veces pasa que vengo re bien, pisteando como una campeona tres páginas, otras tres, y hoy metí cuatro y de repente me levanto y chau, una pared. No sé si es peor o mejor que la página en blanco. A mí en realidad me parece peor pero porque soy de piscis y a veces trago dramas sin masticar. Entonces el documento se carga, veo el numerito de páginas que crece y crece —qué placer— y digo todo esto lo escribí yo, cómo puede ser que hoy no me salga nada. Y no, a veces no me sale.
En esos casos recurro a la regla que ya te recontraremil comenté, que es la de 3 o 3 —tres horas o tres páginas, antes de eso no me levanto de la silla— pero no te voy a mentir: a veces la frustración es más grande y me voy mucho antes. Ahí sí, hago lo que le dije a esta chica: me ducho —eso me funciona muchísimo, sobre todo en invierno, sobre todo en verano— o salgo a caminar o las dos cosas. No sé qué poder curativo tiene el agua pero me meto en la ducha y es como si me reseteara. Se me cambia la energía, pongo las ideas a remojar. Lo mismo me pasa con las caminatas. Cuando estoy en mi casa en San Nicolás a eso, además, le sumo dos factores, que son mis perros y el río, y ahí tenemos un combo de serotonina que me acomoda bastante los patitos. No es que después de eso me pueda sentar a escribir como si nada, no. Lo que me pasa, más bien, es que vuelvo con más energía para empezar a darle golpecitos a esa pared hasta que, por fin, encuentro la puerta —que a veces es ancha y liviana y otras veces me raspa los brazos para dejarme pasar—. Lo bueno es que ya no me enojo cuando se lo cuento a alguien y me dice “ya te va a salir” —antes me daba una bronca tremenda, no sé por qué—. Ahora sé que es verdad. Ya me va a salir, ya voy a encontrar la llave.
Esta semana, por ejemplo, llegué a la parte final de África Madre – La manada. Alcancé las 360 páginas —que en libro de papel van a ser un poquito menos—, llegué al final de Uganda, taché todos los ítems que tenía para trabajar en este texto. Y aunque ya está, ya estoy conforme con el primer borrador, hace días que no consigo mi momento Adorni: no me sale el FIN. Le doy vueltas, y vueltas, y leo y vuelvo a leer, y releo mi libro anterior como para entender cómo fue que llegué a ese final —que me encanta—, ver si en el recuerdo de ese razonamiento encuentro respuestas para este ahora que me tiene a mal traer. Llevo días dándole golpecitos y no hay con qué darle: la pared es de hormigón.
¿Será que me da miedo terminar?
En otro momento de la entrevista —ya no me acuerdo si durante o después de la grabación— me preguntaron cómo se hacía para encarar un texto tan largo. Yo sé que hay respuestas técnicas de planeación y orden de la información. Se hace algo llamado brújula, se estructuran los capítulos. Pero la pregunta no iba al tema práctico sino a uno más mental: cómo se hace para escribir un libro —tres, en este caso— de un viaje tan largo, sin agobiarte de entrada. Y la verdad, la pura verdad, es que no sé. Yo a veces leo libros maravillosos, largos, y pienso: ¿cómo hizo esta mina para escribir esta maravilla en la página 63, sabiendo que le quedaban otras 200 por delante? ¿Cómo hice yo, con el libro anterior, para poner el ojo y describir con tanto detalle esta escena del mercado de camellos de Omdurman sin que me ganara la paja de saber que me quedaban muchas, muchísimas páginas por delante?
Sí, a lo mejor no quiero terminar. A lo mejor esa es la pared.
Supongo que el cómo es complejísimo pero a la vez es muy simple: me senté y lo hice. Hice foco ahí, en esa escena, y disfruté sin pensar que me faltaba un montón, del mismo modo que no pensé cuánto me quedaba de viaje mientras la estaba viviendo. Un día de viaje a la vez, tres hojas de libro por día. Pero me abruma. Así que trato de no pensarlo, cambio las duchas por metidas al mar, las caminatas por idas a la playa. A veces me siento a releer a ver si del tirón la voz de mi cabeza se despierta y me canta las palabras justas para acabar el libro de la forma en que deseo. No me viene resultando. Al final, me dedico a editar, corregir, cambiar cosas, pero cuando llego hasta donde llegué, se hace un silencio. Otros días, como hoy, me olvido por completo y me pongo a escribir otras cosas, pero ya me ves: hoy es domingo, son las seis menos cuarto de la tarde y este es el segundo boletín que escribo: el primero lo terminé y acabé escribiendo esto de un tirón. Escribo sobre no poder escribir. Qué paradoja. Igual no me importa. Ya va a salir. Lo sé. Dentro de muy poco, vas a ver, voy a atravesar esta pared. Y voy a tener un nuevo libro.
* «Escribir un libro #2: Un cuarto ajeno» es la entrega número #25 de Blog a domicilio, la newsletter que mando lunes por medio a quienes tengas ganas de leerme en su bandeja de entrada. Aunque de vez en cuando repostee alguno en el blog, la mayoría de esos textos no se encuentran abiertos al público. Si querés vos también recibir mi blog a domicilio, suscribite en este enlace.


Qué lindo texto, Laura. Me sumergí en ese divague hermoso sobre tu experiencia corporal al escribir. Suerte con el final del libro
Hola Laura, aunque tú no sepas quien soy, yo tengo la impresión de que te conozco de siempre…Hace muchos años que empecé a seguir tus aventuras ,porque además de que me encanta viajar, me gusta leer relatos en primera persona y sobre todo soy una fan de la forma de escribir que tenéis los argentinos… Me gusta escribir y alguna vez he escrito algo que me ha convencido, pero con los años noto qeu cada día me cuesta más, no sé si será que estoy perdiendo la ilusión… hasta en alguna ocasión me he planteado hacer uno de esos cursos de escritura de viajes que dabas con Aniko Villalba, de la que sigo recibiendo mensajes con anuncios de cursos en el correo electrónico. Me encanta como cuentas que te llega la inspiración, si se puede llamar inspiración … en algunas cosas me parezco a tí y googleo datos todo el tiempo de las cosas más raras; buscando dar datos fiables y correctos pero me quedo muy lejos de tus 3 horas 3 hojas… y una vez termino de escribir una hoja, sufre tantos cambios , que la mayor parte de las veces no se parece en nada a lo que quería escribir 😉
Gracias por seguirme inspirando y mucha suerte en tus proyectos.
Saludos