– Historias de viajes y cremaciones en la ciudad sagrada de la India –

Como todo, la llegada a Varanasi es caótica. Son muchas personas por todas partes, todas felices de haber llegado a la ciudad sagrada. Son las seis de la mañana y ya hay mucho movimiento. Tomamos un rickshaw que nos lleva hasta donde puede, y de ahí a caminar. Toda la margen del río Ganges es peatonal, y los barrios de alrededor también. Después de algunas vueltas terminamos en una Guest House cerca del río e intentamos dormir hasta el mediodía.

Describir todo lo que es esta ciudad es y representa es muy complejo. Son muchos contrastes pesados y no se bien por donde empezar, para no caer en absolutismos u obviedades. Pero es una mezcla de todo, nada parecido a lo que hayamos visto hasta ahora.

Por muy místico que sea, lo primero que se nota es la suciedad. El río es precioso, pero esta todo cubierto de una nube de humo espesa, además de la basura que se ve por todas partes . Las callecitas son angostas y laberínticas, con muchas escaleras. Hay vacas sueltas por doquier, cabras, perros y monos. Hay que esquivar no solo los animales sino también la suciedad, al mismo tiempo que se quiere mirar todo, porque todo es distinto.

Estamos cerca del Ghat principal que es donde se hacen las cremaciones: todo el tiempo se está cremando gente, y cuando digo todo créanme que no exagero. A medida que uno va llegando se ve madera apilada por todas partes y unas telas finitas a la venta. Eso es lo que se usa para envolver el cuerpo de las personas.

Nos acercamos un poco y alguien enseguida comienza a darnos una breve explicación: cada montículo de troncos que vemos (que deben ser como diez) es una cremación. Los niños, los babas, las embarazadas, los leprosos y los que han muerto por picadura de serpiente no se creman, sino que se atan a una piedra y se tiran al río, porque son sagrados. El resto – los que pueden – se creman. Entonces: cuando alguien muere la familia lleva el cuerpo en una especie de camilla hecha con tela, sobre los hombros de los parientes al Ganges, a lavar el cuerpo. Después vuelven, compran madera – hay de diferentes clases y precios, el sándalo es la madera más cara, y solo los ricos pueden comprarla. Vuelven a la orilla del río, queman el cuerpo con esa madera, tiran incienso sobre las llamas y el pariente más cercano al muerto (hombre) se rapa, dejando un pequeño mechón en la parte posterior de la cabeza, en señal de duelo. Cuando el cuerpo está casi consumido, cuando queda solo el pecho en los hombres o las caderas en las mujeres, entonces se tira al río, se toma un poco de agua en unas vasijas chiquitas hechas de barro y se la tira por sobre los hombros – todo, claro, acompañado de cantos – . Haciendo esto se separa el cuerpo del alma para que ésta pueda viajar en paz. El pelo que se le corto al familiar se quema en un templo en honor al dios Shiva. Se dice que es fuego sigue encendido desde hace más de 3 mil años.

Aunque estamos muy lejos, la impresión es realmente muy fuerte. Me oprime el pecho ver como revuelven la leña con el cuerpo dentro, consumiéndose. Quiero, pero no puedo dejar de mirar. Me genera muchas sensaciones, pero definitivamente yo estoy más angustiada que ellos. Nadie llora. Todo es normal, lo viven como una parte más de la vida, con alegría de poder cremar el cuerpo en el Ganges, en Varanasi, la ciudad más sagrada.

Tomar fotos no se puede, aunque la realidad es que te dicen que no para luego pedirte plata o armar lío. Después de semejante espectáculo seguimos caminando por la orilla del río. Se ve gente de todo tipo. Hay muchas vacas, vendedores, botes, templos. Hay un encantador de serpientes con una cobra en la canasta, una vaca que se come la ropa tendida, unos monos que tiran caca desde el techo a unos perros famélicos que ni siquiera pueden ladrar. Hay turistas, gente que caza -a esos mismos turistas- y gente que se casa entre sí. Y todo con una dinámica de perfecto caos. Hay que subirse a esta ola voraz que es Varanasi, y surfear. Al menos, los primers días, va a ser normal darse de cabeza contra el suelo un par de veces. Con el tiempo, como todo, uno se acostumbra.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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