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Un techo para mi mochila

Yo siempre intuí que para viajar no era necesario tener un montón de plata. Me costaba un poco ordenar mis ideas, y mucho más convencer a alguien de que mis corazonadas no podían estar erradas, pero aún así yo insistía. Miraba Rosario desde un séptimo piso y las luces de los demás departamentos de estudiantes parecían guiñarme el ojo. Con tanta gente en una ciudad, ¿por qué preocuparse si no alcanza para el hotel?  ¿Nos cerrarían las puertas si pidiésemos ayuda en una iglesia, en los bomberos, o a cualquier persona que nos viera viajando? ¿O es que el alojamiento para mochileros se reduce únicamente a hostels? Para alguien que está acostumbrado a viajar con paquetes cerrados, seguro médico y una linda valija de rueditas, mi razonamiento podría sonar desesperante. Y como por aquellos años universitarios toda la gente que me rodeaba pertenecía a ese grupo de vacacionistas asegurados, tuve que esperar mucho tiempo hasta encontrar a alguien con quien compartir mis locuras.

San Juan de las galdonas

Apostados en Cumaná, en el estado Sucre, los caminos proponían dos opciones: o comenzábamos a rodar rumbo sur hacia la Gran Sabana, o seguíamos firuleteando la ruta hacia el oriente. Elegimos la segunda alternativa. Alejados de la comodidad de Couchsurfing y aún viajando en triunvirato, nos dejamos tentar por la Ruta de Humboldt, y empezamos a bordear el Río Manzanares. El apellido que da nombre a muchas calles de nuestro país perteneció a un naturalista y explorador alemán que llevó a cabo una gran cantidad de investigaciones en el Nuevo Continente. Y esta ruta fue la que lo guió hasta la famosa Cueva de los Guácharos, una caverna muy profunda en que viven estos pájaros ciegos, únicos en el mundo. Honestamente, la biología no era el principal motivo de nuestra desviación, sino más bien una excusa para alejarnos de la ruta costera y morder un poco de montaña, aunque fuera por unos días.

Hicimos la primera parada en Cumanacoa, un pueblo cuya belleza era inversamente proporcional a la cantidad de recomendaciones que habíamos recibido al respecto. Nos quedamos el tiempo suficiente para almorzar unos sándwiches de queso, y seguimos hacia San Lorenzo, el próximo pueblo. Allí nos encontramos con que este era el pueblo de Cruz Quinal, un famoso luthier venezolano, que sin instrucción formal logró no sólo inventar el cuatro, un instrumento de cuerdas de dos puentes, sino que fabricó más de diez mil instrumentos a lo largo de su vida. Nos sentamos en la plaza a esperar la señal.

Cumanacoa

No teníamos contactos, pero de la misma manera en que yo presentía años atrás, los tres sabíamos que la noche no iba a encontrarnos desamparados. La señora del museo nos insistió con que visitáramos a las monjitas del pueblo, y tras varios rechazos por parte de las pacatas señoras de la iglesia, que se negaban a darnos la dirección de las religiosas, logramos dar con la vivienda. Para ser sincera, yo no albergaba esperanza alguna. La experiencia me ha demostrado que tenemos más posibilidades de ser asistidos por personas evangelistas, mormones, judíos, musulmanes y hasta gnósticos, antes que por los católicos profesantes, pero aún así nos aventuramos. Contrario a toda expectativa, fuimos recibidos por tres apacibles mujeres vestidas de civiles. Españolas, de la orden de la Compasión, no tardaron en prepararnos una suculenta merienda que fue precedida por una cena. Mientras afuera unos predicadores de dudosa veracidad incitaban a los vecinos a sentir el “aceite de Dios”, refiriéndose a la llovizna, asegurando de que allí había “algo sobrenatural”, nosotros nos duchábamos con agua caliente después de casi cinco meses a puro balde de agua “al natural”. Nos quedamos a dormir en su casa y tuve que agregar esta experiencia a la lista de sitios únicos en los que hemos dormido. Y me fui a la cama acordándome de aquellas tardes rosarinas en que las luces de los departamentos me daban la razón.

hermanas compasionistas

El camino siguió hacia El Guácharo. Llegamos a tiempo para escuchar las bandadas de pájaros salir de la cueva a buscar alimento, pero la incipiente lluvia nos impidió acampar y visitar la cueva. En el pueblo, la ruleta iba a darnos otra sorpresa. Nuevamente estábamos a la deriva. Ana tomó la posta y encaró hacia el Centro de Salud Ambulatorio. Una de las cosas que me gusta de viajar con Ana es la falta de vueltas que tiene. Ella pone primera y va, sin rodeos, sin discreción, sin censura. Un rato antes habíamos estado aprovisionándonos en una verdulería, y ante los precios carísimos de los ananás, nuestra compañera arremetió sin culpa: “Y no tendrá una piña que le sobre para regalarnos?” Y volvió con la fruta bajo el brazo. Del ambulatorio también regresó con buenas noticias, y antes de que la lluvia nos volviera a sorprender, ya estábamos en un campamento para turistas, como invitados especiales. Segundo destino, segunda alternativa.

cacao de Venezuela

Dos noches después, y hartos de mojarnos para todo, retomamos el camino hacia la costa, esperando encontrar mejor clima. La Península de Paria se presentaba como la próxima tentación, y hacia allá apuntamos nuestro pulgar. Con la plegaria del niño bolivariano siempre a la orden, logramos llegar hasta Río Caribe en la caja de una camioneta de PDVSA (Petróleos de Venezuela, SA). William, el chofer, estuvo a punto de dejarnos en la plaza, pero cuando le dijimos que íbamos a acampar, nos subió de nuevo a la chata y nos llevó hasta su casa. Dijo que vivía con su mujer y sus hijas, y cuando le pregunté si su señora no se molestaría de que él llegara con visitas, se golpeó el pecho y me dijo: “en mi casa se hace lo que yo digo, y ustedes son mis invitados”. No supe si alarmarme o sentirme halagada. Por momentos sentí incomodidad por Ceci, la mujer de William, porque era evidente que no esperaba que su marido viniera con tres peludos de regalo, ni mucho menos tener que atenderlos. Pero  condicionados por la lluvia, no teníamos más opción que quedarnos, y fueron tres días antes de partir. La estadía fue una experiencia netamente venezolana, donde no faltó ni la Cerveza Polar, ni la excursión multitudinaria en familia, ni la comilona al mejor estilo romano: sin orden, control, ni moderación.  Cuando volvimos a salir a la ruta sentimos la calma de estar nuevamente los tres independientes, y nos dimos cuenta de que tal vez habíamos abusado un poco de nuestras plegarias, porque ésta había sido una demostración sólida de hospitalidad bolivariana. Nuestro tercer destino de esta ruta, y una tercera experiencia anti-hotel: casa de familia.

laguna transparente

El próximo punto en el mapa fue San Juan de las Galdonas, una playa donde cada año llegan a desovar cientos de tortugas marinas, entre las que se encuentran las más grandes del mundo. Amo las tortugas. Como un código secreto entre mi mejor amiga y yo, estos animales han pasado a ser una referencia entre nuestros viajes, un símbolo de buena suerte y de perseverancia, porque sabemos que aunque a paso lento, las tortugas siempre llegan. No quería perderme la posibilidad de ver este espectáculo de la naturaleza. Sin embargo, sin importar cuánto nos alejásemos, la lluvia parecía perseguirnos con ahínco. Nos refugiamos bajo el techo de unos pescadores. Otra vez a la deriva, otra vez tentando a la suerte. Pero este menú de techos parecía no tener límites, y aunque la gente local no se sintió conmovida con los mochileros desamparados, el camino nos tenía preparada otra sorpresa. Golpeamos la puerta de la Guardia Marina y fuimos bien recibidos. En una terraza digna de un hotel 5 estrellas, los militares custodiaban la fauna y las embarcaciones. La tropa cuasi adolescente estaba completa con unos cuantos perros callejeros y un gallo de pelea con quien casi compartimos el cuarto. Mientras los soldados limpiaban sus armas o izaban la bandera, el reggaetón se colaba en el ambiente y la curiosidad por los tres vagabundos superaba cualquier barrera de formalidad. Cenamos pescado frito hasta el cansancio y cuando fue el momento de ir en busca de las tortugas formamos parte de una escena peculiar: caminando en la oscuridad, alertas de ver las madres depositar sus huevos, este trío de mochileros iba escoltado por dos soldados que en ningún momento se deshicieron de sus lustrosas AK47. No tuvimos suerte, pues la lluvia tenía el mar revuelto, pero sí vimos el vivero en donde un habitante de la comunidad deposita los huevos nuevamente para salvarlos de predadores, especialmente, de los turistas rapaces. Nos fuimos al día siguiente con la panza bien llena. Nuestro cuarto destino agregaba otro menú a esta carta: en la Guardia Marina también se puede dormir.

tortugas península de paria

Como el mal tiempo había destruido algunas carreteras, fijamos el norte en Güiria, el extremo oriental de la península. Juan y Ana querían ir a Macuro, primera tierra continental que pisó Cristóbal Colón. Pero las vueltas del camino nos llevaron a Irapa, un pequeño pueblo de pescadores en donde terminamos alojados por el Jefe de la Defensa Civil. Con un gran entusiasmo nos abrió las puertas de una casa que tenía desocupada, en la misma manzana en donde vivían todos sus hermanos. Cristianos hasta la médula, los siete hermanos de Giovanni se pusieron a nuestro servicio. Y cuando su excursión hubo concluido, seguimos viaje rumbo sur. El último destino nos volvió a acoger en familia, lo que demuestra que aquellas corazonadas estudiantiles terminarían convirtiéndose en certeza: sí se puede. Se puede viajar con poco dinero, se puede confiar en la gente, se puede dormir bajo techo ajeno. Hay que confiar en el azar, perder el temor y desempolvar la astucia. Después de todo, las anécdotas memorables nacen de ese bamboleo de barriletes que no entra en ningún tour con coordinador.

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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