Hassan pega un frenazo en seco y nos dice que llegamos, que es acá. Acabamos de surfear unas huellas en el barro que generosamente alguien ha denominado como rutas, y todavía nos rebota la espalda a pesar de ya estar quietos. Antes fuimos a ver el río, y un hombre a quien nos presentaron como el maestro del lugar abandonó su cucha de barro para ponerse de pie, extendernos sus manos negras de mugre arcaica y decirnos a los ojos que allí, en su pueblo, podíamos quedarnos en casa de quien quisiéramos.
Hace apenas un día que llegamos a Sudán, y los códigos y las promesas todavía no nos quedan en claro, pero le creemos.
La casa de la señora tiene paredes de abanicos y una puerta color pileta que encandila, a pesar de las nubes. Por encima del muro que rodea la vivienda una línea blanca pone límites a la casa: hasta allí llega la construcción; lo demás es puro cielo. La ausencia casi total de lluvia ha dado rienda libre a una arquitectura de barro que no se resignó a ser sencilla, y mientras Hassan avanza hacia el recinto donde evidentemente nos quedaremos a dormir, yo miro con fascinación esas casas humildes cuya existencia parece estar marcada por los movimientos semicirculares de las manos que le fueron dando forma. “Parecen olas”, me dice Juan. “Abanicos perfectos”, susurro. Una mujer encorvada y con la cabeza a medio cubrir sale a recibirnos con los brazos extendidos.
No sabemos si la doña es la mamá de Hassan, una tía, o simplemente la dueña de una de esas casas donde el maestro nos aseguró que podíamos quedarnos. Tampoco sabemos si estamos allí en calidad de huéspedes o de clientes porque, como dije, los códigos y las promesas de Sudán nos son tan ajenos, que hasta nos da vergüenza preguntar. La mujer le extiende la mano a Juan con una sonrisa independiente de idiomas, pero cuando me toca a mí, me quedo con la mano en el aire. Ella, de nombre irrecordable, bajita por el paso de los años y con dientes que apenas se cuentan con los dedos de una mano, estira su existencia y me abraza, como si supiera que hace meses estoy lejos de casa. Después me besa una mejilla, y la otra, y vuelve a la primera y se va a la segunda hasta que cuento unos siete besos, que le devuelvo con risas y el cuerpo flojo, mientras ella me aprieta la cara como queriendo asegurarse de que nada se va a escapar de su lugar. Antes de que pueda darme cuenta estamos en su patio, que también tiene piso de abanicos de barro sólido, y ella me está indicando que debemos ir hasta el fondo de la casa, siguiendo un pasillo que veo asomarse a mi izquierda.
Esa incursión, involuntaria y emotiva, sería el primer acercamiento con todos los elementos mágicos que confirman la arquitectura Nubia pero no solamente eso: también dirigen un estilo de vida donde los límites internos-externos no están muy claros, donde las camas son el protagonista principal de cada casa y tienen que ser prolíferas, donde el techo que más importa es el de las estrellas y donde hay que cuidarse de los escorpiones que disfrutan de merodear por las noches, justo cuando nadie los ve. Pero de todo eso voy a hablar más adelante porque ahora, ahora estoy fascinada con esta casa de paredes blanqueadas a la cal, de arcadas redondas donde pronto van a verse los luceros, de ventanas pequeñas y sin vidrios y de camas que florecen horondas en todos los rincones. No se desprende tierra del piso de barro, y tengo que vencer la tentación de caminar en medias por estas olas, como dice Juan, o de sentarme en una de esas camas medio adentro medio afuera a dejar que el viento de Sudán me peine un poco la cara.
Hassan no tarda en aparecer. Nos hace señas de que esa puerta de chapa esconde detrás una habitación, donde también hay muchas camas, y que ahí es donde debemos dormir. Cuando abre la puerta, una golondrina sale volando a toda velocidad, y me agacho por instinto porque casi casi se me enreda en el pelo. Dejamos las mochilas en la habitación oscura, y creo que adivinando nuestra cara de dudas, Hassan se apresura a decir que nos quedemos tranquilos, que no tenemos que pagar por nada de esto, “que estamos en Nubia”. Lo que ahora me parece una obviedad, me llevaría días entender, y es que para imaginarse lo que es esta región norte del país hay que vivirlo en carne propia: todo lo que pueda ser contado correrá el riesgo de parecer exageración.
Una chica entra en escena, nos invita a sentarnos en una de las camas del pasillo, y acerca pronto una mesa con galletas de vainilla y té con leche. Habla poco inglés y nosotros poco árabe, pero más por timidez que por ignorancia, debemos sacarle las palabras con tirabuzón. Que es la hija de la mujer besadora; que la casa la construyó su mamá, porque en Nubia ese es trabajo de mujeres; que más tarde alguien va a prepararnos el baño; que podemos descansar o salir al patio, o pasear por el pueblo. Después se cubre la boca con el mismo pañuelo amarillo y negro con que cubre su cabeza y su cuerpo, y se retira mirando para abajo, para desaparecer en las fauces de la cocina. Nos terminamos el té esquivando las golondrinas y los gorriones que entran y salen por las ventanas desnudas, quizá confundidos por este adentro-afuera que parece no quedar muy claro.
Afuera de la casa, en un cuadrilátero rodeado de más viviendas donde no hay calles ni veredas, la mujer de los besos y una vecina limpian trigo en una palangana azul, acuclilladas sobre mantas de arpillera. La vida transcurre en una paz tan inconmensurable que nadie se alborota cuando tomo un plato y me sumo a la tarde. Las mujeres hablan cerrado y se ríen, y me hacen señas de cómo es mejor separar los granos, me celebran tonteras para hacerme sentir parte, y retan a los niños que juegan a saltar mis zapatillas tiradas en el piso. A lo lejos, un señor acuna a un nene en el umbral de su casa. Una familia completa se acerca en un carro tirado por un burro cansado, y tras preguntar por la gringa sentada chinito que limpia el trigo, me saludan enérgicamente. Otra mujer se arrima a la ronda y así, sin más, me pide que le tome una foto junto a sus hija, que acaba de despertarse. La imagen que refleja mi visor le roba una sonrisa que va más allá de ella, y envuelta en su túnica también colorida me abraza y me besa como si me debiera algo, cuando a esta altura la que está que explota de gratitud soy yo.
Esa misma noche dormimos con la puerta cerrada porque el viento del desierto corre rápido por las ventanas sin vidrio. Nos convertimos en rescatistas involuntarios de un pichón de golondrina que se tira de cabeza sobre nuestra cama, y nos hace saltar del susto pensando que es un murciélago. Lo devolvemos a su nido seguro, sobre los tirantes del techo de la habitación, y comprendemos por qué los pájaros estaban enloquecidos con nuestra presencia, y nos acordamos del Gran Duca en Toscana, y adoramos esa convivencia impensada de hombres y aves en un ambiente tan hostil como es el Sahara. De Akasha, ese pueblo donde nos vimos cara a cara con la cultura Nubia por primera vez, nos llevamos el arsenal de besos de todas sus mujeres, y la sensación de que lo que viene va a gustarnos, y va a gustarnos mucho.





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