Son las nueve de la mañana y en el Parque Nacional Serengeti buena parte de los animales ya ha comido. Lo sabemos porque nos despertamos a las seis. Vimos a un león enterrar el hocico en el estómago de un búfalo destripado, a las hienas reírse y robarse lo que podían, a los buitres revolotear por encima del cadáver de una cebra. Emile, nuestro guía local, habla de cada especie con la voz que tendría Wikipedia si un día se le diera por hablar. “Allá a lo lejos, en la rama de aquel árbol, hay un leopardo durmiendo”, dice y señala.
El árbol en cuestión está lejísimos pero Emile, no lo duda. Con la certeza de los elegidos, conduce a marcha firme por ese pastizal donde a nosotros todo nos parede amarillo, ajeno, salvaje. Vamos despacio: las huellas están firmes pero no debemos olvidar —nunca debemos olvidar— que estamos de visita en un área vasta y protegida.
Los safaris en África tienen un ranking al que todos conocen como “Big Five”. Son los cinco grandes: el elefante, el búfalo, el rinoceronte, el león y el leopardo. No son, necesariamente, los animales más espectaculares. La lista, de hecho, fue confeccionada a finales del siglo XIX por los colonos y refiere a los animales más difíciles de cazar. No mucha gente lo sabe. Los Big Five aparecen en postales, en camisetas y en folletos, y los turistas que llegan a Tanzania cada año disparan ya no sus armas pero sí sus cámaras en busca de la figurita para la colección. Después del rinoceronte —que está prácticamente extinto y es imposible de ver—, el leopardo es el más difícil.
Así que arriba del jeep el entusiasmo se traduce en un silencio expectante, como si nuestras voces o algarabías pudieran ser más fuerte, acaso que el ruido del motor. Estamos bastante cerca del árbol en cuestión cuando, desde mi ventanilla, veo un reptil bajando de una acacia. Tiene la cabeza de un celeste furioso, parte del cuerpo verde esmeralda y la cola marrón, casi camuflada.
—Emile, ¿podés parar dos segundos? —susurro.
Él, que al igual que el resto está en busca de un gato grande o de un milagro, detiene el auto de sopetón.
—¿Has visto algo, Laura?
—Hay un bicho en el árbol de ahí atrás. Le quiero sacar una foto.
Emile retrocede, yo bajo la ventanilla y disparo. Dos clics después doy el visto bueno y retomamos la marcha, ahora sí, hacia lo importante.
El leopardo está, tal como predijo Emile, echado encima de una rama. La cola gorda cae por debajo de rama y él, un gato gordo y precioso, duerme la siesta en un equilibrio digno de admiración. Arriba del jeep vuelan los codazos y las cámaras de fotos. Yo tomo un par desde el techo desplegable y después bajo el vidrio de la ventanilla, y me quedo mirando. Es maravilloso. Como todo lo otro que hemos visto desde que llegamos.
De regreso al campamento frenamos a ver una tortuga que cruza el camino con toda parsimonia, un búho blanco que nos mira desde lo alto y un dik dik, el antílope más pequeño de todo el parque. Cada vez que ve algo que puede llamarnos la atención, Emile frena y lo señala. Pero también se detiene cuando alguno de nosotros cree ver algo o cuando quiere sacar una foto, sin importar de lo que sea.
Esa noche, cuando llegamos al campamento y mientras esperamos que nos traigan la comida, el grupo de cinco que viajamos a bordo del jeep charlamos sobre lo que hemos visto y compartimos fotos. Las cámaras de los demás están llenas de hienas, elefantes, ñus, leones y, por supuesto, el leopardo. Yo también tengo, claro, pero es notoria la diferencia. En mi tarjeta SD, además de gatos grandes y animales de documental, había fotos de vidas imperceptibles. La iguana en primera instancia, un pájaro de cola azul parado en la punta de una rama, una bandada de mariposas anaranjadas, la tortuga lenta.
—La mayoría de las personas solo toman fotografías de los animales hermosos.
—¿Y no te parecen hermosos estos pájaros, Emile? Mirá el color de estas plumas.
—Claro que sí, pero más hermoso es el león. Bueno, tal vez más impresionante.
—Mmmm. No sé. Imponente sí, pero a mí el color de esta iguana me impresiona.
Emile se ríe y dice que sí. Después me pide la cámara y empieza a mirar mis fotos. Cuando ve algo que le parece ínfimo, sacude la cabeza. En un momento se choca con una imagen vacía: allí, en el horizonte, reposa una hilera de baobabs y a mí me pareció que merecían un retrato. “Pero es que aquí no hay animal”, dice y vuelve a menear la cabeza. Después ve pájaros que no recordaba haber visto ese día, un escarabajo de lomo verde flúor que enganché afuera de la carpa, varias tomas de algo parecido a un cuis.
Después de haberlas visto a todas, me devuelve la cámara y sonríe.
—Me gusta cuando la gente que viene de viaje conmigo se detiene a ver otras cosas, ¿sabes? Es como que yo también las veo por primera vez —me dice.
Yo no sé si en sus palabras hay honestidad o condescendencia. Lo que sí sé es que quedan por delante varios días de safari. Que todavía no vimos guepardos y eso tiene entusiasmado al grupo entero y que, aunque los gatos veloces me parezcan hermosos, voy a seguir llenando mi cámara de bellezas pequeñas. Esas a las que casi nadie mira. De las que nadie habla. Esas que, por pequeñas, me parecen excepcionales.





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