Eran las diez de la mañana y el viento se había despertado hacía rato, amenazando a nuestra pobre casa por quién temí en más de una oportunidad. Era momento de levantar campamento pero considerando el desierto que afuera nos esperaba decidimos implementar una nueva estrategia. La facilidad con que nuestra carpa se arma y desarma nos permitió juntar absolutamente todas nuestras cosas y quedarnos refugiados en ella, a la espera de algún vehículo. Para la una del mediodía sólo habían pasado dos, uno ni frenó, el otro iba a Gregores. No habiendo ningún obstáculo en kilómetros, era fácil adivinar los motores acercarse y esperarlos preparados. Por eso, cuando a lo lejos vimos un punto rojo que se aproximaba tuvimos tiempo de desplegar nuestro número: me asomé de la carpa levantando los brazos al tiempo que Juan corría hacia la ruta.

El vehículo frenó y este fue el diálogo que tuvo lugar en esa deshabitada banquina:

Juan: -Qué tal, buen día. Mi novia y yo estamos viajando pero anoche nos quedamos varados y necesitamos llegar hasta Bajo Caracoles, ¿ustedes van para allá?

Conductor Vinagre: – Ehm…sí, pero no llevamos gente.

Juan: – Ah…es que realmente nos harían un favor, no pasa mucha gente por acá. Además nos estamos quedando sin agua.

Conductor Forro: – Yo les puedo dejar agua, nada más.

Juan: – No, está bien. Necesitamos alguien que nos ayude y nos acerque hasta el próximo pueblo.

Conductor HDP: -Mirá acá tengo lugar para uno sólo.

Juan: – No importa, nos acomodamos los dos. No me voy a subir yo y dejarla a mi novia acá sola.

Conductor demasiado HDP: ¡Y no querido! ¡Quedate vos y que se suba ella!

Juan: -Es lo mismo, cuando se baje va a estar sola. No importa, alguien nos va a ayudar.

Conductor con culpa: – Bueno a ver, vengan. ¡Pero no toquen nada que se rompe! ¡Y tienen que llevar todo en las piernas porque no tengo más lugar!

Allá fuimos muy a nuestro pesar, sabiendo que en una ruta así no había que desperdiciar oportunidades, aunque esto significara viajar casi 300km con Hitler y La Bruja Malvada en el asiento delantero. El recorrido fue tortuoso, mientras Juan y yo nos acomodábamos con nuestras cuatro mochilas en un espacio para uno (porque según nos habían dicho el baúl estaba lleno), el conductor resoplaba sin parar y la mujer deslizaba comentarios capciosos. Rogué que el tiempo volara. Está demás decir que no es su obligación ayudarnos, ni llevarnos en su coche. Pero no deja de indignarme que, habiendo frenado en un sitio tan inhóspito como aquél y viendo cuál era nuestras situación, sintieran tanto disgusto en ayudarnos, eso sí, rosario colgando del espejo retrovisor. Mientras ellos hablaban entre sí no podía evitar preguntarme: ¿No sentirían pesar dejándonos allí a la vera de Dios? ¿De qué les vale las calcomanías religiosas en las ventanillas?

Justo cuando estaba quedándome dormida el auto frena y escucho que al conductor enojarse porque se pinchó una rueda. Ruego a todos los santos que no sea una trasera, pues ya se habían quejado del sobrepeso que causábamos, y tendrían entonces la excusa perfecta para bajarnos. De no ser porque realmente necesitábamos llegar, mi orgullo no me hubiera permitido seguir allí dentro. Tuvimos suerte, la cubierta dañada era delantera. Nos bajamos todos del auto y entonces la inoperancia se hizo presente. Mientras yo buscaba piedras para poner debajo de las ruedas, el señor sin nombre le gritaba a Juan que hiciera algo (porque era vidente que él no podía). En un baúl completamente vacío se ve que tampoco había espacio para una llave o un gato. Tremenda fue la sorpresa-indignación de la señora cuando yo, al ver que ellos no contaban con las herramientas necesarias, me dispuse a frenar a un camión y pedir ayuda. No fue capaz de ver que tal vez ese engrasado chofer podría ser nuestra salvación. No. Lo único importante es que yo, una chica que se preciaba de bien, estaba entablando conversación de igual a igual con un trabajador. Retrogradas. El camionero nos brindó una llave, pero no fue suficiente. Juan frenó a otro vehículo y yo a una camioneta. Una pena que todos fueran en dirección contraria. En la camioneta viajaba una pareja italiana que tenía absolutamente todo lo legal, y nos facilitó los elementos. Conclusión: Juan y yo cambiándole la cubierta a esta pareja que sólo se dedicaba a observar. Cuando todo estuvo listo, volvimos a subir al auto. Las gracias se las debe haber robado el camionero morocho seguro, porque lo único que recibimos por parte de la señora fue: qué bárbaro que ustedes hablen italiano… Sí señora, hablamos inglés y alemán también. La órbita de sus ojos se dilató tanto que pensé que iba a explotar. Cuando llegamos al tan preciado pueblo de Bajo Caracoles el matrimonio oriundo de Firmat nos preguntó en dónde pensábamos pasar la noche. Les dijimos que pretendíamos llegar hasta la localidad de Perito Moreno, y tras informarnos que ellos también pero que no pensaban llevarnos, nos desearon suerte “y que llegue el más rápido”. Desee, con todas mis fuerzas interiores, que se les pinchara otra rueda. Debería haber agradecido por el transporte, pero sentí que ya había pagado mi precio y que el karma se equilibraba de algún modo. Si fuera una mejor persona debería haber entendido que no es su culpa ser como son, que al fin y al cabo (más por insistencia que por voluntad) nos habían llevado y era mi deber desearles un buen camino. Lo siento, no soy tan buena. Y en ese momento, en que me sentía despreciada por el sólo hecho de no tener un auto, en que se pusieron en duda todas mis facultades y mis valores, sólo pude liberar mi instinto natural y no desearles lo mejor.

El pueblo de Bajo Caracoles apenas si se ve en el mapa. En la realidad, se ve menos. Cuenta con un bodegón-hotel, un par de casas y una antigua pero pintoresca estación de servicio, y basta. Allí descontracturamos un poco y esperamos al próximo vehículo. Sabiendo de la mala fama de este sitio no teníamos expectativas altas. Sin embargo tuvimos suerte. Un auto alquilado por turistas se fio de nuestras caras simpáticas y aceptó llevarnos directo hasta Perito Moreno. Un belga y una tailandesa contrarrestaron el mal sabor de la mañana, en un viaje ameno directo hasta el pueblo.

Sin embargo, algo no nos convenció, y sabiendo que estábamos a pocos kilómetros de Los Antiguos, decidimos probar suerte. Este lugar, conocido como la capital nacional de la cereza, es un páramo en la ventosa región, y eso era lo que necesitábamos.

Quedándonos unos pocos tiempo de luz, pusimos límite en 15 minutos: eso sería lo máximo a esperar. Ya quedaban tan solo algunos segundos cuando un auto frena dándonos pase a esta pequeña localidad. En él tres simpáticos hermanos nos daban charla a la par que el DVD portátil transmitía a Dream Theater, una excéntrica y orquestada banda de metal gótico, que no desentonaba en la música pero sí lo hacía en nuestra realidad. A medida que avanzábamos el verde volvía a tomar su trono y la inmensidad del Lago Buenos Aires se abría paso en el camino.

Esta amable familia nos dejó en el camping municipal, con la firme invitación de pasar un día en su campo la mañana siguiente. En ese momento mi corazón saltaba de felicidad. Qué paradójica la diferencia: mientras la noche anterior nuestra casita se debatía contra el viento en el lugar más desolado en donde cerré los ojos, hoy teníamos un camping lleno de árboles a disposición. Una de cal y otra de arena, siempre.

La excursión del día siguiente no es un dato menor, y mientras Juan aprendía a carnear una vaca, yo hacía lo mío con tortas fritas. Todo para terminar cabalgando en campo abierto y comiendo un asado recién salido del horno (y de la vaca también).

La nota de color la dieron nuestros amigos de Firmat, a quienes nos encontramos al regreso e hipócritamente se mostraron alegrados de habernos visto. Mientras paseábamos por la costanera, bolsa de cerezas en mano, se acercaron hacia nosotros, bombardeándonos a preguntas porque, evidentemente, habíamos llegado primero. Ahora sí les desee buen viaje y les recomendé probar las exquisitas cerezas, mientras nos despedíamos ya más relajados. Bariloche estaba tan cerca que podía sentirlo, y la prisa ya no nos pisaba los talones.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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