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Ruta 40: El desafío de la desolación – parte I

 

Pensar en el momento en que estuviéramos situados a la vera de este mítico camino era algo que nos tenía un poco inquietos desde que decidimos emprender el viaje. La ruta 40, con más de 5.000 km, es el camino más largo de toda la Argentina, y por ello, el más mítico. No obstante, al contrario de lo que el lector pueda pensar, no está pavimentado en toda su extensión y aunque su belleza es de las más amplias, en muchos tramos resulta más conveniente optar por rutas más ágiles, por lo que le tránsito no abunda.

En esta oportunidad teníamos como objetivo unir Calafate con Bariloche, y un contratiempo importante: necesitábamos llegar a la meta para Navidad. En cifras reales el itinerario que teníamos pensado cuadraba perfecto, pero no quedaba mucho margen ni para enamorarse de algún recoveco ni para afrontar demoras extremas, tan esperables por estas latitudes. Salimos entonces de Calafate con la ambición de llegar hasta la altura de Gregores. El viento enérgico no daba tregua, alimentando nuestras ansias de querer llegar a destino. La primer espera no fue desesperante, y pronto estábamos subidos en una pequeña camioneta que nos dejaría en el cruce exacto para retomar camino. Allí, la primer muestra de lo que nos esperaba por delante. Refugiados al reparo de una alta alcantarilla esperábamos al próximo eslabón de esta cadena para poder seguir avanzando casilleros. Pero esta vez la suerte parecía jugar a nuestro favor: no sólo el transporte llegó rápido, sino que venía con paseo incluido: Marcos y su hijo Kevin estaban aprovechando para conocer la provincia, por lo que además de acordar dejarnos en Gobernador Gregores nos ofrecieron un pequeño paseo por Chaltén.

Viajar con un conductor quien también va de paseo tiene siempre grandes ventajas: el placer del trayecto de comparte, se puede parar a sacar fotos, y la distancia entre ellos y nosotros se acorta: en lugar de ser dos pasajeros terminamos siendo compañeros de viaje. Esta ruta no escatima en encantos: ríos turquesa se abren paso entre las montañas y camino al Chaltén el imponente Fitz Roy vigila en el fondo. Un verdadero espectáculo. Pero cuando retomamos la 40 y el asfalto pisa el freno abruptamente para pronto perderse en el espejo retrovisor, entonces sentimos el desierto circundante. Durante horas lo único que cruzamos son choiques y guanacos que corren a la par nuestra. El camino parece como una gran pincelada que interrumpe la escasa vegetación, hamacada por el viento. Ojalá esta noche no tengamos que acampar….

Marcos nos deja en el pueblo de Gobernador Gregores y sigue su camino. Nosotros comenzamos en la búsqueda del nuestro. Como el camping municipal posee con las dimensiones del patio de mi casa y ningún baño, decidimos recorrer el pueblo en busca de otra alternativa. Es fin de semana y los puestos municipales no atienden. Alguien nos sugiere pedir ayuda al padre Jaime, encargado de la parroquia del pueblo. Vamos sin esperanzas: jamás he recibido ayuda de ninguna autoridad de la iglesia católica. El joven hombre nos recibe en su residencia de casi media cuadra de frente, a la vez que alguien lava una 4×4 estacionada en el portón de Cáritas. Le explicamos nuestra situación: tenemos todo el equipo necesario, solo necesitamos un lugar para acampar y un acceso a un baño por una sola noche. El padre se lleva la mano al corazón, jura que si pudiera ayudarnos lo haría, pero se excusa porque su espacio es reducido y nos envía con Dios (por no decir que nos manda a la mierda). No sé por qué no me sorprende…desearía que mi experiencia con los católicos fuera un poco menos negativa…

Sin dar muchas vueltas optamos por tirar la carpa en lo que parece una pequeña costanera. Nos acercamos al único edificio en donde parece haber gente para pedir permiso, pero muy para nuestra sorpresa sale a recibirnos Luisina, una nena vestida de princesa que está celebrando su cumpleaños. Genial, entre princesas nos entendemos mejor… No necesitamos contar nuestra historia para que los papás de Lui (que cuentan menos años que nosotros) nos inviten a quedarnos en la fiesta. De esta manera terminamos comiendo asado en familia, compartiendo historias y contrarrestando la soledad que la Ruta 40 tiene preparada para nosotros.

Cuando llega el momento de dormir el viento vuelve a la carga. Nosotros, sin embargo, no tenemos de qué preocuparnos, la familia nos ha ofrecido pasar la noche en el salón de fiestas, pues ellos deben entregarlo mañana temprano. Un nuevo lugar qué agregar a la lista de sitios extraños en donde hemos dormido. Esta esta vez, tenemos un plus: además de un espacio enorme para desplegar las bolsas de dormir, una cocina y un baño de agua caliente a disposición, tenemos un castillo inflable todo para nosotros. Mi sueño de princesa de hace realidad, y aunque Juan no me quiere dar el gusto de llenarlo de aire, terminamos durmiendo encima de él, a salvo del viento y del frío.

(Aunque no parezca, aquí hay una bella princesa durmiendo en su castillo)

Por la mañana siguiente desayunamos con torta y salimos nuevamente al ruedo. En esta ocasión, una huelga de YPF será nuestro palo en la rueda. El hecho de que sea domingo no ayuda y parecemos estar, literalmente, atrapados en el pueblo. La huida viene, ya entrada la tarde, de la mano de un camionero bastante particular, que recorre el sur vendiendo cuero. Su éxito se ve reflejado en las numerosas cadenas y anillos de oro que ostenta, aunque basta con dos o tres palabras para descubrir la simpleza existencial de esta persona que confiesa, no podría vivir de otra manera que viajando. Cuando llegamos nuevamente a la 40 el paisaje es tan desolado que asusta y mis pies se rehúsan a bajar del camión. Nuestro chofer viaja en sentido contrario nuestro, pero debemos comprender que a veces para avanzar es necesario retroceder, y tomar carrera. Así que regresamos junto a él algunos km más para detenernos en la ruta frente a una estancia. Al menos, si algo sucede, podremos pedir ayuda. Allí nos quedamos con el sol como única compañía, esperando en vano.

Como Jennifer nos enseñara en Comodoro, Juan y yo pedimos al universo que nos brinde un buen lugar para pasar la noche. La gente de la estancia ha decidido tomar un buen provecho de su ubicación y cobrar una suma excesiva sólo por el derecho de poner la carpa ahí; nada de baños, electricidad, reparo. El terreno es idéntico al que está cruzando la ruta, y es en ese lugar en donde nuestra casita se planta esta noche.

El cielo enciende un centenar de estrellas y el viento pareciera irse de a dormir. El silencio es absoluto, y aunque afuera hace frío nada impide que cerremos los ojos y descansemos, aún sabiendo que estamos literalmente, en el medio de la nada. Me voy a dormir con una frase que tras leer en una vieja pared de Gregores quedó suspendida en mis pensamientos.

«SOMOS FANTASMAS PELEANDOLE AL VIENTO» 

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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