Volver a retomar el rumbo nos llevó quizá más tiempo de lo esperado, pero tras un agitado febrero en Mar del Plata y uno cuantos preparativos de último momento, el 21 de marzo estábamos nuevamente con nuestras mochilas listas. Tal vez por la cercanía con nuestras casas, quizá por la familiaridad con todo, nos costaba un poco sentirnos de viaje, y decidimos entonces tomar la ruta 11 directo con destino a Paraguay.

Como no podía ser de otra forma, el punto de partida se situó en Rosario, ciudad de mi corazón. Como las despedidas llevaron un poco más de lo pensado y el clima invariablemente invitaba a quedarse, la primer noche de nuestro itinerario nos encontró a los cuatro (Juan, La Maga, el Salmón y yo) en casa de Diego. Bohemio, despreocupado, carente de prejuicios y de prisas, Diego conversa con risa inocente y de paso nos aclara: “En realidad todos estamos locos, lo que pasa es que hay una locura estándar, y esa es la que a mí me molesta”. Este interesantísimo lector, bajo cuyo techo los muebles estilo Luis XVI se combinaban con posters de Los Simpson resultó vivir en mi antiguo barrio, aquél que amé allá en mis años mozos. Lo romántico del caso, sin embargo, estuvo dado por un pequeño detalle, de esos que sólo podemos

interpretar quienes creemos que la vida nos está enviando señales continuamente. El departamento de Diego está justo en frente a una antigua relojería que tiene en su frente un precioso reloj y un antiquísimo carillón suena a cada hora. A pesar de la molestia que ocasiona a sus vecinos, a mí siempre me llamó la atención y venir a dar justo ahora con un balcón que desemboca ahí mismo, fue para mí como una especie de mensaje. Mi calle favorita, en mi rincón del mundo, por esas veredas que soñando con mapas y aviones caminé hasta el cansancio, y que en definitiva llevo conmigo a todas partes… Ese reloj que alguna vez sentí como un tesoro al descubierto me estaba marcando ahora el tiempo de salir a andar el mundo. Sentí que la ciudad me estaba deseando suerte.

Salimos animados el martes al mediodía, y con la lluvia pisándonos los talones logramos llegar hasta Santa Fe. Allí somos recibidos por Lucas, un Ingeniero agrimensor en plena rebeldía con su profesión. Es el primero de su especie que conozco pero quizá no sea el más representativo: rengado completamente con el teodolito y la egolatría típica del rubro, las ansias por salir al mundo lo han llevado a planear una interesante vuelta por el viejo continente que ya tiene fecha de partida. La lluvia nos obliga a quedarnos dos noches en su casa, y aprovechamos entonces la cercanía con una escuela secundaria para retomar nuestro proyecto educativo.

El camino sigue a pesar del mal tiempo y de a poco vamos avanzando con una lluvia que parece sumarse en complicidad, pues cesa cada vez que bajamos de un vehículo y retoma cuando subimos al próximo. Así llegamos a la cuidad de Resistencia, tan familiar para Juan como desconocida para mí. Este extremo del país, tan poco presente en nuestra unitaria conciencia, se abre paso entre hermosos palmares para descubrirse de manera sorprendente. El Noreste pareciera ser la última región presente en la mentalidad de muchos argentinos, que asocian estas tierras con montes, carencias y calor. Por mi parte no sabía que iba a encontrarme, pero de seguro puedo decir que no estaba preparada para semejante despliegue de cultura. La ciudad de Resistencia se planta frente al arte con una soberanía que intimida: sede de una reconocida bienal de escultura, organizadora del primer campeonato argentino de escultura en nieve (desarrollado en Ushuaia) y hogar de importantes artistas plásticos, esta capital no se queda en la chatura típica de otras ciudades del interior sino que fomenta y genera. Para potenciar esta experiencia tuvimos la suerte de ser recibidos por Gustavo y Andrés, miembros de couch y trabajadores de la Casa de las Culturas. Somos invitados a un concierto de música folklórica alternativa y aprovechamos para ver una interesante muestra del polémico artista León Ferrari.

Como la lluvia no frena aprovechamos para disfrutar un poco de la casa de Gustavo, que además de ser un excelente anfitrión nos enseña bastante acerca de la cultura local y la historia del lugar. Su casa es como un pequeño museo, pero con mucho estilo. Entre los artistas que encuentran espacio en el hogar de Gustavo se encuentra el innovador Milo Lockett, autor de obras como estas:

Allí también se hospedan Sara y Mica, dos biólogas que realizan trabajos en el impenetrable, con comunidades Wichi y Qom. A pesar de que la tecnología y la globalización han hecho de lo suyo en estas culturas, su cosmovisión los lleva a creer que es imposible que la tierra se quede sin árboles o que se acabe el agua. Su inocencia me lleva a sentir algo de nostalgia por aquellas épocas en que la naturaleza dominaba al hombre, que la respetaba y adoraba como fuente de vida, y pienso en lo mucho que los países primermundistas deberían aprender.

Nuestra última parada en la madre patria se fija en la ciudad de Formosa, otra belleza nacional que pasa desapercibida. Verde por donde se la mire, esta cálida ciudad nos da la bienvenida de la mano de Lili, una amiga de la familia de Juan que luego de excusarse por la falta de tiempo para atendernos se dedica casi exclusivamente a nosotros. Allí festejamos el cumpleaños de Juan, con cerveza y torta helada de por medio, y aprovechamos el calor para pasear con nuestra anfitriona y su amigo Iván, dos militantes de la “formoseñidad”, como ellos declaran a le vez que nos pasean por Laguna Oca, la costanera y el centro de la ciudad.

Su orgullo por estas tierras contagia, y es que las bellezas naturales son dignas de admiración. El aspecto social no obstante deja entre ver algunos baches. Mientras en las afueras de la ciudad, barrios aborígenes reciben colchones a mansalva, una vez más el enorme afiche de Gildo decora la escena. Este funcionario que gobierna la ciudad desde hace más de quince años se ha encargado de empapelar cada rincón con su rostro satisfecho. Que ha hecho cosas por la provincia nadie lo niega, que hay cosas que no se explican, tampoco. Quizá su cándida sonrisa se deba a que los sueldos de los diputados de Formosa son de los más altos del país (aunque el 47% de sus pobladores estén bajo el límite de pobreza y la provincia tenga el índice más alto de mortalidad infantil), o tal vez simplemente sonría por la esperanza de sacar campeón a su equipo de vóley, ese que demanda gastos astronómicos. Sea como fuere nos quedamos con lo más lindo de Formosa, esa calidez de su gente que le da el sello de gentileza a este destino, así como sus hermosos paisajes naturales.

El 01 de abril decidimos continuar rumbo al vecino país de Paraguay, con la sospecha de que allí también nos encontraremos con una joya perdida, y con las ansias de saber de que será la primer tierra extranjera en donde los dos haremos dedo por primera vez.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

4 ComentariosDejar un comentario

  • Cada día escribís más lindo amiga, cada día tengo más ganas de verte. Cada día tengo más ganas de volver a Argentina y recorrerla entera. Te quiero nenaa!! Gracias por todo el apoyo desde allá!

  • Qué lindo post Lau =) Me encanta leerte cuando hablás de los lugares que amás. Ahora, de tanto leerte, tengo una pregunta: ¿En cuantas ciudades viviste?

    ¡Abrazo!

  • Gracias Hada Madrina! jajaj que buena pregunta, podría decirte que viví en menos lugares de los que me hubiera gustado, pero haciendo la cuenta serían: San Nicolás, Rosario, Villa General Belgrano, Iguazú y Buenos Aires. Aunque de todo esos, sin lugar a duda, el que más amé y al que siempre quiero volver es Rosario.

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