Fue el jueves 19 de diciembre. Hacía un calor viscoso y Buenos Aires estaba a más no poder. Salimos de casa al mediodía. Teníamos tres horas de kilómetros por delante, y un auto con casi 300 libros dedicados. Hacía una semana que veníamos durmiendo en cuotas. Había que sortear la General Paz, dejar algunos libros en Palermo, buscar otros en Caballito y, después de surfear las olas de tránsito y los conciertos de bocinas, llegar hasta Congreso y armar la noche.

A las 19:00 hs habíamos citado a nuestros lectores porteños, en lo que imaginábamos una reunión de amigos y viajeros, como esa que habíamos tenido hacía ya más de un año atrás. Teníamos mucho tiempo, pero se nos hizo tarde. Las distancias en Buenos Aires pueden ser imposibles de calcular. Así todo, no estaba nerviosa. Una catarata de correos había llegado la noche anterior anunciando un centenar de ausencias. ¿Iría gente después de todo? Diciembre es un mes complejo, de hartazgos, mucha sidra, exámenes, pan dulce y despedidas. Y era jueves, y mucha gente trabajaba y el calor no se aguantaba más. Bueno, con que pudiéramos entregar algunos libros y ver algunas caras amigas me iría contenta. Porque claro, septiembre hubiera sido mejor, pero Caminos Invisibles se tomó su tiempo y a los libros, como a la buena comida o a los buenos viajes, es mejor no apurarlos.

libro de viaje sudamérica

Llegamos con dos minutos de ventaja. El Mu —que para esta altura es nuestro rincón de Buenos Aires— era una sede del verano pero sin playas, ni arena, ni sol. Mi familia ya había empezado a acomodar todo y un puñado de viajeros se había apostado en la vereda. Al menos afuera corría un airecito. Empezamos a bajar cajas como baules de cartón. No andaba la compu, la gente se arrimaba y, así sin avisar, me empezó a doler la panza. ¿Por qué? ¿No era esto acaso el punto final de tantas mañanas, tardes y noches frente al monitor? Claro, eso era. Caminos Invisibles tenía forma de 2 mil libros aprisionados en 83 cajas. Esa tarde, por primera vez después de 18 meses, las palabras sobrevivientes a tantos machetazos, las que llegaron al final del camino, por fin iban a toparse con otros ojos. Ya no íbamos a ser solo nosotros dos y la mirada puntillosa de José, nuestro corrector. Ahora las historias iban a ser para otros, nuestro viaje iba a ser revivido por otros. Me empezó a dar miedo.

Lo primero que habíamos hecho al tener Caminos Invisibles en nuestras manos, fue olerlo. No, nuestro hijo no tenía perfume a libro nuevo, sino un olor único, particular. Después rayamos las hojas con el pulgar. Tampoco pasaban las páginas como un abanico, pero hacían un zumbido acelerado que me hizo pensar en la lluvia. Acariciamos el lomo y nos gustó lo suave. Y cuando finalmente lo apoyamos sobre la mesa nos dimos cuenta de que la tapa no podía quedarse pegada al resto. “A lo mejor es sólo este porque ya lo manoseamos mucho”, le dije a Juan. Pero a medida que los libros iban saliendo de las cajas, notamos que todos tenían esa particularidad. Lo que quizá sea un defecto por una solapa grande o una tapa pesada, a Juan le pareció un buen augurio.

—Es que vos no entendés, monona —me dijo, al ver mi cara de preocupación—. Este es un libro que se muere de ganas de que lo lean. Por eso la tapa se levanta, porque está estirando los brazos para que alguien lo alce.

A partir de ese entonces no pude dejar de mirar cada libro como si fuera una invitación, como si las tapas no fueran más que un par de alitas esperando despegar. (Confieso que a veces agarro uno para empaquetarlo y me quedo tildada leyendo cualquier página).

Caminos Invisibles

 Esquivando el revoloteo de alas y de bichos que florecía en mi panza, empecé a entregar los primeros ejemplares. No podía evitar mirar a la gente a los ojos, a esa gente con la que quizá había intercambiado un mundo de mails y que ahora se hacía carne y hueso. Quería preguntarles por qué, cómo, qué tal. Y aunque el plan era que mis papás y mis padrinos se encargaran de repartir libros mientras Juan y yo hacíamos sociales y disfrutábamos de ese día, yo no quería dejar de estar ahí, ni más allá. No quería perderme la cara de la gente que lo retiraba, ni la posibilidad de darles un abrazo, o de decirles gracias.

Entonces vino Juan con un anuncio inverosímil. “Monona apurate que la cola da vuelta la esquina”. Cualquiera se habría sobresaltado. Cualquiera menos yo, que conozco las predicciones findelmundistas de Juan. A lo sumo, me imaginé, habría una treintena de personas en la puerta. Decidí salir a la vereda.

Cuando en noviembre de 2011 empezamos a escribir el libro, nos zambullimos en un trabajo que nos pareció interminable. No teníamos idea de nada, salvo de que queríamos escribir, así que nos sentamos frente a nuestras netbooks con una parva de libretas sobre la mesa. Al comienzo fue difícil, como todo lo nuevo. Después encontramos el ritmo, aprendimos de tamaños de hoja, de pliegos, de cantidad de páginas, de verbos y verboides, de imprentas, de impuestos, de ISBNs, de tipografías. Siempre que avanzábamos un poco un mundo nuevo se abría y la meta, que hasta entonces parecía un poquito más cercana, volvía a alejarse cinco o seis pasos más. Hubo días en que pensé que iba a convertirme en una Penélope de los libros. El mapa del living no parecía ayudar demasiado. Cuando la cosa se ponía fulera, yo me quería ir ya, que por qué este libro, que yo quiero viajar, que no lo vamos a terminar nunca. Pataleos de nena caprichosa. Después pasaba algo, nos mandaban un boceto de la tapa, alguien nos preguntaba que para cuando, leíamos algunos capítulos en voz alta y el sueño del libro volvía a instalarse en el sillón. Un tironcito más, pero no podía imaginarme nunca el momento de tenerlo en mis manos. El día que, finalmente, dejamos los archivos en la imprenta, le dije al diseñador: “si cuando los venimos a buscar me pongo a llorar como una Magdalena y te mato de un abrazo, vos no te asustes, eh. Es que yo soy así…”. Por suerte el hombre no estaba el viernes que finalmente fuimos al depósito, porque fue abrir la caja y sentir un vacío total. Lo olimos, lo acariciamos, lo escudriñamos con todo el cuerpo. Y la emoción no estaba. Sí, que bueno, este es mi libro, es lo mismo que había visto en la compu pero de material, qué bueno que no haya ninguna sorpresa, es tal como me lo imaginaba. Y a otra cosa. Así también soy. Pensé que me iba a llorar la vida, y en lo único que podía pensar cuando llenamos el auto de cajas es en que mi libro estaba hermoso y que me moría de ganas de tomar un helado.

presentación caminos invisibles

 Juan no me mentía. La fila llegaba a la esquina. Se abría la represa dentro de mí. Hola, sí, ahora. Es ahora. Llamen al señor de la imprenta, a mi mamá, llámenlo a Juan, llámense a ustedes. Escribí un libro, lo escribí con el corazón, hay gente haciendo fila por buscar un libro (había visto alguna vez gente haciendo fila por un libro?) Es mío, es nuestro. El corazón empezó a correr como corre Juan cada vez que un auto nos frena. A los tropezones, con la alegría de que empieza un nuevo viaje, con la desesperación de no querer perder nada. Y los ojos se me inundaban como alcantarillas de emociones, y qué hago, quiero ver a alguien conocido, dónde está Andrés, donde está Marcelo. La gente me mira con una sonrisa en las pupilas. Muchos me conocen, a muchos les debo haber deseado buenos caminos, o mandado un abrazo viajero, o agradecido con el alma habernos ayudado a seguir camino. La veo a Luli y me desplomo en un abrazo.

—No llores, hermosa. Luz violeta, luz violeta para vos. Disfrutalo que es tuyo.

Y yo me agito, entrecorto la respiración porque sé que si lloro, si me dejo llevar por el huracán, lo que va a salir de mis ojos va a ser no sólo la emoción del momento, sino todo eso que fue creciendo desde que volví a Argentina. La felicidad, la emoción, la incertidumbre, el desborde.

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Sigo paseando por la fila. No puedo dejar de decir gracias. Una chica lee los “Diarios del Vocho” y pienso que se va a morir de sobredosis. Otra viene y me abraza, y lloramos juntas de felicidad. No sé quién es. Un chico me pide sacarse una foto. Que nadie me pellizque, por favor. Juan Manuel me saluda de lejos y tiene los ojos húmedos como los míos, y me abraza y me hace volar y yo creo que ya no puedo estar más arriba en mi alegría.

presentación caminos invisibles

Doscientos Caminos Invisibles estiraron sus tapitas la noche del 19 de diciembre. No sé cuántos de ellos irán a estacionarse en un estante, y cuántos alzarán la bandera de los viajes. Lo que sí sé es que fue una noche mágica. Que estabamos desbordados pero felices. Que la espontaneidad se llevó todos los premios.  Ni el calor, ni la lluvia que amagó pero se arrepintió, ni la gente que se murió del sofoque pero se comportó con todas las letras. Nada impidió que los viajes fluyeran como fluyen las rutas, que pudiéramos reír, preguntar, llorar, compartir. Como dije esa misma noche, Caminos Invisibles tuvo más de 400 editores. Fueron todos aquellos que confiaron en nuestra palabra (que hoy en día no es poca cosa), y nos dieron su aval para que el libro llegara a imprenta. Es un libro que escribimos de a dos, pero que dimos vida entre todos. La noche del 19 fue toda esa energía hecha momento. No puedo dejar de decirles gracias. Fue la mejor noche de mi vida.

Caminos Invisibles Ushuaia

El 20 de diciembre, ya sabíamos que uno de nuestros Caminos había llegado al Fin del Mundo. 🙂

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¡Y este estiró las tapas y se fue a andar en moto!

Finalmente, quiero agradecer a todos los lectores que nos mandaron las fotos de ese día, muchas de ellas son las que aparecen en este post; al centro cultural MU, que siempre nos abre las puertas; a mi familia que se puso la camiseta mochilera y nos ayudaron a que cada libro encontrara su dueño y a ustedes, que pusieron su energía para que todo saliera de diez.

* Para quienes tenían un libro en Buenos Aires y no pudieron ir el 19 de diciembre, estamos enviandolos por OCA a las distintas sucursales. Hasta febrero no tenemos un lugar por donde se los pueda pasar a retirar. Escríbanme a [email protected] y coordinamos la entrega. El pago del correo ($30) se hace al retirar el libro.

*Para quienes son del interior y tienen un libro reservado les cuento: vamos a hacer presentaciones en los siguientes lugares: Mar del Plata, Bahía Blanca, Necochea, Córdoba, Río Cuarto, Rosario, Santa Fe, Resistencia, San Nicolás, Junin y Pergamino. Las fechas no están definidas, pero serán entre enero y marzo. Si tienen paciencia, se los llevamos en persona. Si lo quieren antes, también se los podemos mandar por OCA. Escribanme a [email protected] Si no están en ninguna de esas ciudades probablemente ya tengamos sus datos y el envío esté en camino. ¡Paciencia que seguimos siendo dos!

*Para quienes todavía no se animaron a alzar uno de nuestros libros, 🙂 les cuento: tenemos muchos Caminos Invisibles esperando por salir de las cajas. El valor del libro es de $130 y, como leyeron más arriba, enviamos a todo el país con OCA. Escribanme a [email protected] y les cuento cómo hacer. ¡Y si no viven en Argentina también! Que tenemos libros que no quieren más que cruzar fronteras. 

Y de paso, aprovecho los anuncios para contarles que todavía hay algunas Promos Navideñas que no pudieron subirse al carrito de Papá Noel (se ve que no son muy buenas haciendo dedo). Para los que quieran aprovechar la sobredosis viajera, escribanme (no voy a poner el mail porque ya lo puse muchas veces en este post! Ustedes ya saben a dónde!).

Gracias y buenos caminos invisibles 🙂

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Laura Lazzarino

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