Yo pensé que era un drone. Había salido a llevarle comida a mi mamá y justo cuando estaba dejando la bolsa en su puerta ─y la noche se me hacía callada como madrugada de invierno─ lo escuché: un zumbido parejo pero extraño, que cortaba el aire en dos arriba de mi cabeza. Miré por instinto. Si me hubiese detenido a pensar así fuera un segundo me habría dado cuenta de que no: quién en su sano juicio volaría un aparato de esos de noche, en un barrio gobernado por las copas de los árboles y los techos de tejas y las piscinas sin luz. Pero miré ─la falta de razón se la atribuyo a la cuarentena─ y entonces los vi. Fue rápido, pero la V que formaban, sus cuerpos blancos volando con alas abiertas, me arrancó un grito que se pareció bastante a la felicidad. Eran patos. Hice todo lo que hubiera hecho en cualquier momento de la vida ordinara: los señalé con el dedo, solté un “¡mirá!”, sonreí. Quise compartir el descubrimiento pero claro, no había con quién (¿y qué sentido tendría explicarle la alegría de la naturaleza a mi perra, que ni siquiera fue testigo porque ni se levantó a observar?). Volví a mi casa y los patos pasaron de nuevo, probablemente en dirección al río. Yo pensé: “hoy dije *postal sonora*”.

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En mi barrio de naturaleza se escucha mucho el silencio. Ayer también, por ese silencio y ese desierto de humanidad, me pasé un buen rato mirando a un pájaro carpintero ─”picapalo”, como decimos acá─ batir su cabeza contra un tronco, bien cerca de la ventana. Escuché a las abejas, les saqué fotos. En lo alto del pino distinguí un colibrí. Juro que a este paso sería capaz de escuchar las conversaciones de las hormigas en apenas otras dos semanas.

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Mi amigo Andrea me dijo el otro día que en Italia habían aparecido ballenas no sé en qué costas, no sé después de cuántos años. Yo volví a ver abejorros ─que no son ballenas pero a escala se parecen bastante─. Los sonidos que se cuelan por la ventana me confirman la sospecha: somos innecesarios. Ya no necesito preguntarme cuánto tardaría la naturaleza en ocupar los sitios que le hemos robado. Adentro de casa se escucha el motor de la heladera y a lo lejos, creo oír, alguien corta el pasto del jardín. Por lo demás, nada: chicharras, palomas, cotorras, pájaros que no puedo descifrar.

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Hoy no hubo aviso comunitario. No pasó la policía con el altoparlante, no dio órdenes orwellianas a los vecinos, no se me estrujó el corazón. El día se disfrazó de domingo. Podría haber sido peor. Mato la medianoche horneando más magdalenas. El encierro nos vuelve cocineros y observadores. Dije postal sonora y lo único que se puedo escuchar es el gas de mi cocina. Eso y el minutero. Tic-tac, que mi horno no anda si no giro esa perilla.

Qué más hubo hoy:

– lavarropas

– la exprimidora metálica vaciando las naranjas

– el extractor del baño que me olvidé de apagar

– las teclas frenéticas de mi computadora vieja a toda velocidad

Sigue ganando la naturaleza.

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Postal sonora: la cortina musical de un instante. Esta cuarentena suena a viento en lo alto de los árboles pero también a los ruidos que ya no están. ¿Se pueden extrañar los autos? ¿Vale sentirse acompañada por los arañazos de la escoba cuando la vecina barre su vereda? ¿Alguien pensó en algún momento que los gritos de las barritas que se enfrentan en fútbol cada domingo y arengan en la calle sería algún día considerado sinónimo de vida? ¿Y si digo que me falta el ruido de la bocina del auto de mi mamá llamando a mi puerta? ¿Que tal vez estoy empezando a resentir todos esos llamadores de viento que colgué en la galería porque ahora solo gritan soledad? ¿Que no hay música que me consuele porque hasta extraño la cumbia rancia y gritona del vendedor de helados, el ladrido deprimente de sus perros cada vez que mi vecina se va a trabajar? ¿Está eso permitido?

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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