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Sin rimmel (1): Una pregunta en Omán

Yo creía estar preparada porque llevaba años de gimnasia y una vida viajera que contaba con dos dígitos. Sabía que en algún momento tendría que excusar. La falta de marido, los hijos no engendrados en este útero, mi existencia de casi cuarenta años —inútil, parece a veces, sin descendencia ni paso por el altar—. Antes, cuando era más jóven y creía que tenía mucho tiempo, respondía a todas las preguntas con sí. Sí que quería tener una familia, sí que un día dejaría de viajar, sí que criaría hijos sanos y fuertes que fueran al colegio normal, como corresponde. Pero el tic tac avanzaba, aunque yo me hiciera la otra. 

A Juma lo había conocido la tarde antes, en la cafetería de un supermercado en Sur, la ciudad bonita de Omán. Era un hombre robusto. Le adiviné unos cincuenta. Apenas se sentó en nuestra mesa supe que allí había algo distinto. Yo venía viajando con Maca y Choco, una pareja de españoles a los que había encontrado en Salalah. Llevábamos dos semanas de carretera, acampando en las playas más vírgenes y más bonitas del país, y husmeando suavemente en los pueblos de pescadores que nos encontrábamos al paso. No había problema con ellos: eran dos, heterosexuales y casados bajo la mentira del español y los ojos de un Dios al que no veíamos. Lo raro de la ecuación era yo, la mujer sola que dormía en su propia carpa y miraba a los ojos sin reparo. 

Todos preguntaban lo mismo.

Nos habíamos inventado una historia acorde que no siempre convencía: yo era la esposa del hermano de Choco, un ingeniero en petróleo que no existía pero vivía en Muscat. Me había dado permiso para vacacionar con la familia y allí estaba, al reparo y protección de un hombre que era la teórica extensión sanguínea de mi marido. A veces, la mentira, colaba. Muchas otras veces no. Nosotros igual insistíamos y nos comportábamos como familia, porque sabíamos que contar la verdad me pondría automáticamente en una situación incómoda. Querrían casarme de inmediato —por decoro o por oportunidad, nunca lo supe realmente— y dejaría de ser la humana respetable que era para convertirme en carnada, presa de carne vieja para la manada de hombres que nunca faltaba.

Por momentos era agotador y no había relativismo cultural, paciencia ni empatía que me quitara el peso, pero eran las reglas.

La primera noche en Sur, Juma nos invitó a cenar al club house del barrio privado donde vivían muchos operarios de su empresa. Le pareció fascinante que yo chapurreara algunas palabras en suajili y llamó a unos amigos para contarle la novedad. Eran hombres de dishdasha, iguales a los que había visto durante todo el viaje, pero estos tomaban alcohol. Las preguntas que me hicieron eran todas acerca del viaje. ¿Te gustó Salalah? ¿Viste muchos camellos? ¿Qué te parece Omán? Yo estaba fascinada con mi coctail y la conversación, dos cosas que hasta ese momento me parecían impensadas para un país como Omán —musulmán, de buenas costumbres— y para mí —mujer, en un país musulmán y de buenas costumbres—. Me fasciné después con el bife de cordero a la pimienta, y mucho después cuando se hicieron las dos de la mañana y todos los de la mesa seguíamos hablando sin parar, como si fuéramos amigos o parientes de un país muy lejano. Quizás por eso, y porque nunca preguntó nada que de verdad no le interesara, a Juma le contamos la verdad: nosotros tres somos amigos.  “Qué suerte que coincidieron en el mismo lugar”, dijo y después pasó a contarnos una historia de borrachos, que nos hizo reír a nosotros y molestar un poco a los que, más allá, seguían bebiendo como si no tuviesen que trabajar mañana.

El segundo día hicimos un asado en la playa. Juma tenía un amigo que tenía otro amigo que tenía a su vez una casa rodante en medio de la nada. Era una cosa hermosa: la casilla frente al mar, unas lucecitas como de navidad iluminando el frente y un fuego que servía más para dar ambiente que para cocinar. Había pinchitos de varias carnes, muchas latas de cerveza, un vino argentino que mágicamente había aparecido en Omán, pan y mejunjes varios. Y había, sobre todo, una noche oscura y abarcativa que ocultaba lo prohibido e invitaba a conversar.

Hablamos de nuestros países. Hablamos de la comida. Hablamos de la mujer de Juma. Hablamos de mi abuela. Hablamos también de los viajes, de la hipocresía de las religiones, de las limitaciones culturales de una sociedad y de la otra. Y entonces, cuando el alcohol hacía burbujitas en la cabeza y yo creí que lo había oído todo, Juma, que sabía la verdad, me miró a los ojos.

—Tengo que hacerte una pregunta, Laura.

No se detuvo el mundo. No se apagó el fuego. No se pausaron las olas del mar. Yo, sin embargo, rogué. Que de la boca de aquel hombre no saliera una propuesta indecente, que no dijese nada que tirara por tierra los recuerdos que habíamos construido en las últimas cuarenta y ocho horas. Rogué por su decencia y por su respeto. Rogué también por el nudo en la panza que ya se me había formado.

—¿Por qué? —dijo. Y lo preguntó de verdad.

Estaba acostumbrada a los clichés. Solían preguntarme qué lugar me había gustado más —como si, acaso, fuese posible dar una respuesta—; si alguna vez había tenido miedo; a qué sitio no volvería. 

Estaba también acostumbrada a las preguntas con piel de cordero. Como cuando me preguntaban qué haría cuando me cansara de viajar —y tuviera que volver “al mundo real”—, o de dónde sacaba el dinero — “porque no hay forma de pagar tantos viajes con la escritura”—. 

Nadie nunca me había preguntado la razón genuina de tanto movimiento.

Son los hombres los que se van de viaje, los héroes, los de las aventuras épicas y las conquistas, los de los poemas y las hazañas y los descubrimientos y los avistajes imposibles. Son ellos los que se enfrentan a desafíos guiados por divinidades que les ayudan a superar los obstáculos. Las mujeres, en cambio, esperamos. Consolamos al regreso, vemos partir a nuestros hijos y lloramos. 

Con mi copa de vino a medias pensé en todas las cosas que podía responderle. Hablarle de la carrera absurda que le estaba jugando a la muerte, de lo mucho que se ensanchaba la vida y lo pequeño que se hacía el mundo al viajar. Pensé en contarle de los mapas que me enseñaba mi abuelo cuando yo era pequeña, en el placer de cultivar la curiosidad aún siendo adulta, en lo imposible que resulta dejar de moverse una vez se toma el gusto. Pensé en todas mis ancestras que no habían podido: viajar, elegir, ser dueñas de sus vidas. Supuse que, pese al alcohol y el inglés, podía elaborar una respuesta pseudo poética. Tejer la elegancia y decirle que lo hacía para honrar la vida, la independencia, incluso la salud. Porque quería vencer los miedos, porque quería aprender, porque, simplemente, estaba convencida de que el mundo era un lugar maravilloso para quedarse solamente en un rincón. 

Y pensé también que, probablemente, Juma no me hubiera hecho la misma pregunta si yo fuese hombre.

—Porque me hace feliz. Y libre —dije.

Y ya no hubo más preguntas.

*”Sin rimmel” es una serie de textos escritos para la asignatura Nuevos soportes para la literatura, del Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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