Hace exactamente diez años ─un 12 de octubre de 2008, para ser más precisa─ nacía Los Viajes de Nena. No sé muy bien cómo es la relación edad humana-edad cibernética pero creo que una década on line supera la infancia y hasta la adolescencia de cualquier web, así que nos declaro adultos al blog y a mí (y voy a festejar). En esta nueva serie, un ranking de todo eso que pasó en estos primeros diez años de relación bloguera. Chin chin, salud, cheers y que vengan diez años más (pero que vengan de a uno!)

Aunque trato de ser una persona positiva y de sacarle el lado bueno a cada cosa que me pasa, a veces fallo. Empecé esta serie contado lo mejor de estos diez años, haciendo memoria y balance para volcar al papel todo ese saldo positivo de haber hecho un cambio en mi vida, de haber dejado mi trabajo, de haber apostado por las dos cosas que más me hacían feliz, que eran ─y sieguen siendo─ viajar y escribir. Este post vendría a ser el “lado B”. Un intento de sincerarme y de contar la otra parte que queda detrás de cámara. Lo que no se ve pero es tan real como cada viaje, cada logro o cada foto feliz. Con ustedes, las diez peores cosas de llevar blogueando diez años seguidos:

Lo peor de un blog de viajes que cumple 10 años

1. Tener que lidiar con la incertidumbre todo el tiempo

Vamos a rebobinar un poco. Cuando empecé con todo esto, allá por 2008, yo tenía una vida que consideraba estable. Tenía una rutina. Me levantaba todos los días a la misma hora, calentaba la misma silla del mismo escritorio de lunes a viernes, tenía un sueldo que llegaba más o menos con puntualidad los primeros días del mes. Sabía cuáles eran mis metas dentro de la empresa ─todos los meses recibía un “mínimo” al que debía llegar vendiendo paquetes turísticos─ y fuera de ella también ─como suele suceder con cualquier carrera, los pasos hacia el “éxito” eran bastante medibles y estaban establecidos─. Creía que mi aspiración máxima era comprarme un departamento. Que antes de los 30 iba a estar casada con un bebé en brazos. Que con suerte podría tomarme vacaciones de tres semanas e ir recorriendo el mundo así, de a poco. Que a lo sumo con la Working Holiday que esperaba conseguir podría darme el gusto de viajar unos meses por el Sudeste Asiático, para luego volver a “encaminarme” siguiendo los pasos de la sociedad a la que pertenezco , con los valores y estructuras con las que me criaron.

La incertidumbre es una de las peores cosas de un blog de viajes

El camino marcado…

Pero ustedes ya saben que eso no pasó. Que lo conocí a Juan, que nunca usé mi visa, que sigo sin conocer Nueva Zelanda, que me fui de viaje a dedo y que acá estoy. Y, obviamente, con todo el camino andado las cosas parecen haber sido fáciles (digamos que uno tiende a romantizar los obstáculos y a veces parece que todo tiempo pasado fue mejor). ¿Pero saben qué? Me llevó años de palabras y de ruta redimirme ante la verdad: es imposible tener todo bajo control. Y para mí, que trato siempre de tener un plan, que necesito saber hacia dónde estoy yendo y cuál es el objetivo, lanzarme de viaje con mis ahorros como todo colchón, sin saber de qué iba a vivir, si las cosas con Juan iban a funcionar o qué iba a pasar después del viaje, fue todo un desafío. Creo que no exagero si digo que, de hecho, fue el desafío más grande de toda mi vida.

Ilustración: Paio Zuloaga (@xpaio)

Diez años después sigo sin saber cuál es el próximo paso. ¿De qué voy a vivir si la gente deja de leer? ¿Qué va a pasar cuando el cuerpo no me dé más para viajar? ¿Los lectores van a envejecer conmigo y seremos “bloggeros clásicos” o vendrán hordas de millenials que sepan hacer todo y hacerlo mejor haciéndonos quedar como abuelos con mochilas? No tengo idea. Lo que sí sé es que aprendí a manejar la ansiedad que me genera no saber qué va a pasar, o al menos a no permitir que la incertidumbre me impida vivir todo lo lindo que se va presentando. A veces lo logro, a veces no.

Aprender a no pensar, lo peor de tener un blog de viajes

no pienses no pienses no pienses no pienses

2. Las comparaciones

Hace poco vi esto en Instagram, y sentí como si alguien me hiciera una traqueotomía y de repente empezara a entrarme aire en el cuerpo, así a borbotones.

Ojalá alguien me lo hubiera dicho mucho tiempo antes. Si creen que porque me gano la vida haciendo lo que me gusta y me va bien con ello estoy a salvo de las inseguridades, se equivocan. Soy como todos, y aunque voy pasando de eso a medida que corren los años, a veces mis trolls internos me mortifican con las comparaciones. Parece que mientras me esfuerzo por dar lo mejor de mí y superarme, hay una voz en mi cabeza que cuando me ve con la guardia baja susurra: “¿de verdad crees que tu viaje fue increíble? Increíble es lo que hizo Kinga, que se cruzó África en camello y sola”; “¿en serio te parece que tu perfil de IG está bien? Cualquiera con menos viaje haría fotos mejores”; “seguro mucha gente piensa que Juan escribía mejor antes de conocerte”; “¿viste que todos tienen cada vez más visitas en su blog menos vos?”.

(pero a veces vienen igual) Ilustración: Paio Zuloaga, @xpaio

Me he sentido horrible muchas veces por tener este tipo de pensamientos, hasta que entendí que no era nada personal con nadie (al contrario, el ambiente blogger en esta parte del mundo está lleno de buena gente y me ha dado muchos amigos) sino conmigo misma. Era yo contra yo: mi lado exigente, minucioso e inconformista abrumándome con inseguridades destructivas que no llevan a nada. Supongo que mientras más pasa el tiempo más fácil se me hace mandar a mi propio troll a freír churros, pero no siempre me sale.

3. Las historias que quedan a medio contar (o a medio vivir)

Esta, para mí, es una de las cosas más difíciles de vivir viajando. Y viene en dos partes igual de negativas: primero, te la pasas en primeras etapas. Conocés gente que te cae bien, le hablás de tu vida, hacés las preguntas típicas, respondés las preguntas típicas, congeniás. Todo lo normal de cualquier amistad que está en sus inicios, quizá un poco acelerado por el viaje. Y después, lo segundo: cuando ya pasaste las primeras instancias y sentís que en ese hostel de las montañas de Albania o en ese perfil de Couchsurfing que no decía mucho encontraste uno de esos amigos con quien te gustaría tomar unos mates de vez en cuando, chau, te tenés que ir. Y te quedás con esa sensación linda de haber pasado toda una noche con una persona que hasta hace días era un perfecto desconocido hablando de cosas sumamente íntimas, con los recuerdos cargados de olores y sensaciones y viento en la cara de viaje, con un perfil de Facebook recién sumado a tu lista y la promesa de seguir en contacto. Y pasa el tiempo y sí, hablás, y es hermoso descubrir que tenés amigos desparramados en lugares que ahora, gracias a eso, tienen otro sentido. Pero también te queda esa desazón de que faltó tiempo, que es siempre un volver a empezar, que quizá nunca más vuelvan a verse.

4. Darme cuenta de lo pequeños e incapaces que somos

Más viajo, más enorme me parece el mundo. Y no me refiero a distancias geográficas que, por el contrario, parecen achicarse. Me refiero a diversidades culturales, a realidades, a verdades, a opiniones, a injusticias. Me refiero a intolerancias. A mentes pequeñas que no van a ensancharse jamás, y duele. A los que que quedan afuera de los estándares y tienen que convivir con eso. A las grietas insalvables.

O a las veces que tuve frente a mis ojos situaciones que hubiese deseado cambiar con todo mi ser, y no pude hacer otra cosa que llorar o maldecir o escribir en mi cuaderno.

O a esa vez que conocí a una chica en Albania que era tan inteligente que había aprendido a hablar español perfecto sólo leyendo subtítulos de novelas, pero su padre la había sacado del colegio porque era tiempo de casarse. Y me confesó que no quería. Y me contó su sueño de escaparse a España y volver a estudiar. Y me dijo que tenía terror de que la echaran de su casa si alguien descubría que había dado su primer beso. Y me sentí tan mal, tan incapaz de hacer algo, que nunca tuve el coraje de sentarme a escribir su historia, carcomida por una culpa no sé bien de qué.

O a esa otra vez en que en Tanzania tuve que acompañar a una niña al hospital para hacerle un test de HIV que ya se sabía positivo. Y tuve que mirar hacia el techo todo el rato esperando que los ojos me reabsorbieran el llanto, y escuché con tristeza e indignación el veredicto y el relato del abuso, y no pude hacer otra cosa más que sostener su mano con fuerza.

A todo eso que muchas veces me lleva a preguntarme de qué sirve. Escribir, llorar, viajar, acompañar, padecer. Todo.

5. No saber hacia dónde va mi trabajo

Durante mucho tiempo ponerle un título a mi trabajo fue un dolor de cabeza. Parece una estupidez, pero desde la pregunta “¿y usted a qué se dedica?” hasta el simple casillero de “ocupación” de un formulario de migraciones me llenaba de preguntas. Sentía que “blogger” no decía nada (después leí este texto de Casciari y sentí que alguien por fin le ponía palabras a eso que yo no veía con tanta claridad). “Escritora” me daba vergüenza (¿En qué momento uno se consagra como tal? ¿O tiene derecho a apropiarse de la profesión? ¿Basta con escribir con para ser escritor? ¿Con publicar un libro? ¿O te lo tiene que publicar alguien para que sea válido? ¿O hay que ganar algún concurso?). Y “viajera” tampoco aplicaba al cien (aunque sin eso no podría vivir, no vivo de eso; es muy sospechoso para poner en cualquier formulario oficial).

La incertidumbre laboral: lo peor de un blog de viajes

Ponele…

¿Y todas las cosas que quedan afuera de eso, dónde van? El trabajo que hago en redes y me lleva tanto tiempo, los proyectos independientes en los que participo, los talleres de escritura, ¿dónde lo meto? Ojalá yo hubiera tenido esa mi esa certeza irrefutable de Casciari, pero no. A mí alguien una vez me dijo “¿Escritora? Escritor era Cortazar” la primera vez que lo dije en voz alta y me traumó.

Durante el rodaje de uno de los episodios de 3 Travel Bloggers, un proyecto audiovisual del que soy parte desde hace cuatro años.

Este año inauguramos taller online de relatos de viaje (y ya vamos por la tercera edición)

Disfruto mil de mis stories de Instagram, pero también llevan su tiempo.

Tuvieron que pasar muchos Caminos Invisibles ensobrados sobre mi mesa, algunas reseñas de terceros y varios ratos de autoconvencimiento para finalmente decir que sí, que eso es lo que soy, que así me gano la vida pero que eso no es todo. Y, aún más, tuvieron que pasar muchos años para que dejara de cuestionarme todo el tiempo respecto al futuro, y entendiera que por más planes que uno tenga nunca está todo dicho. Pero sobre eso ya leyeron.

No tengo ni la más ruta idea de a dónde va mi trabajo. Sé que tengo un libro sobre África que quiero publicar y sé que tengo pendiente un libro mío sobre mujeres, al que aún no termino de darle forma. Si mañana surge la posibilidad de trabajar en radio, de salir en la tele o de hacer cualquier trabajo que me entusiasme, probablemente diga que sí. Más allá de las etiquetas.

Ilustración: Paio Zuloaga (@xpaio)

6. La exposición

Yo nunca soñé con ser famosa. Siempre me cayó muy mal ser el centro de la fiesta y aunque no soy tímida, nunca estuvo entre mis prioridades que los ojos de toda la escuela o el baile o lo que fuera se posaran sobre mí. O que me reconocieran en la calle, o que hubiera paparazzis a la salida de mi casa. Y aunque nada de todo esto pase así textual, hay cosas de la exposición que me cuesta muchísimo manejar.

A veces tengo cara de oler caca y no me doy cuenta. Los paparazzis se harían un festín.

Una vez iba en el subte en hora pico, recién llegada a Buenos Aires, y empecé a ver que el chico que estaba parado al lado mío no dejaba de mirarme y de chequear su teléfono. De lejos reconocí que lo que había en su pantalla era mi perfil de Instagram y que lo que hacía era cotejar si ese ser destruido que tenía adelante por el viaje y el frío era la misma persona que aparecía en las fotos. “Sí, soy yo”, le dije a la cuarta estación de subte y no sé a quién de los dos le dio más vergüenza. Es que de verdad, no sé. No sé qué responder cuando de la nada alguien viene y me dice un montón de cosas hermosas sobre mi libro, o el blog, o una story. O me cuenta su viaje y me abraza. Les juro que no sé qué hacer, porque siento que un “gracias” es insuficiente pero es lo único que me sale. Tampoco sé qué hacer cuando veo que alguien me reconoce (no pasa muy seguido, pero pasa) pero no se anima a hablarme, y veo que cuchichea con el de al lado y todo es muy evidente.

Nos han reconocido en varios lugares, pero ni Juan ni yo imaginamos que alguien iba a gritar nuestros nombres en la entrada de las Ruinas de Pompeya. “Yo tengo su libro en mi mochila”, dijo ella, mientras la gente de alrededor no entendía nada de nada. Nosotros casi que tampoco.

Durante mucho tiempo tampoco supe cómo manejar los comentarios mala leche. Después una amiga me dijo: “si alguien viene y hace caca el living de tu casa, ¿lo dejarías ahí o lo sacarías?” entonces empecé a eliminar los comentarios destructivos. Pero del blog migraron a Instagram y esa red social me enseñó a responder con ironía y humor, pero admito que cuando me agarran en un mal día bajonean. (Me cuesta entender que haya gente que se dedique a criticar con odio porque sí).

No hay ni uno que no me mande a laburar.

7. Vivo entre dos mundos

Así como el viaje me lleva a vivir constantemente en “primeras etapas” con la gente que voy conociendo; el viaje también me llevó a “últimas etapas” (no sé si forzosas o inevitables) con amigos que tenía antes de empezar a viajar. Tuve que entender en cada regreso que aunque yo viniera llena de energías y cosas “interesantes” para contar (lo pongo entre comillas porque luego entendí que eran cosas que me importaban a mí y no a todo el mundo), la vida acá había seguido también su curso.

Y supongo que para muchos yo lo soy.

No todas las amistades fueron capaces de resistir esas distancias, y me tomó varios encuentros fallidos aceptar que quien estaba fuera de lugar era yo. Que no tenía mucho que aportar en conversaciones centradas en pañales, programas de TV del momento, chimentos del entorno o alguna situación desarrollada a lo largo de mi ausencia de las que todos estaban al tanto menos yo. Porque claro, yo era la que estaba siempre lejos. Lejos para los cumpleaños, lejos para los nacimientos, lejos para los casamientos. Después de mucho, tuve que resignarme a que no todos los amigos son para toda la vida. Y no es culpa de nadie.

Yo soy de las que cree que la distancia no es excusa…

(Por suerte mi amigui también, y siete años después de la foto anterior, pasamos su cumple juntas en Tailandia, sumergidas en el mar)

Lo positivo de todo esto es que vivir entre dos mundos me puso frente a la cara a mis amistades verdaderas, esas que aunque pasen años y kilómetros vuelven a verte un día y es como si se hubiesen visto ayer. Tengo amigas con quien nos contamos la vida vía whatsap a pesar de vivir en husos horarios distintos, otras que se llevan pésimo con la tecnología pero bárbaro con los mates, y saben esperar, y otros amigos que me fue dando el mismo viaje y este mismo blog, y con quien sé que puedo contar en cualquier momento, aunque nunca estemos en la misma ciudad para festejarnos los cumpleaños. Me siento muy afortunada por eso.

La foto es de Arturo Bullard, y @arianuchis la subió a su Instagram con este texto, que me hizo llorar: “Yo tengo una hermana argentina.
Ella revolotea por el mundo y chateamos cuando está en Namibia y yo en Vietnam para contarnos las playas.
Me cuenta que vio gorilas y yo le cuento que parí un colibrí viajero.
Me llama con susto cuando ve en llamas mi tierra y le da la loca por venirse para contar historias.
Nos hemos visto en Medellín, en Cali, en México y nos bañamos contentas en las aguas enormes del Amazonas peruano.
Compartimos el cuarto y nos prestamos ropita y nos quejamos juntas del agua fría.
Ella me entiende, yo la admiro, ella me abraza y yo lloro, ella se ríe y yo me divierto.
Tengo una hermana argentina y la abrazo apretao y le agradezco a la vida porque @3travelbloggers nos puso en el mismo camino y aprendemos la una de la otra.
Te quiero Lau, te quiero gigante”

8. Trabajo más que en cualquier otro empleo que haya tenido en mi vida

Es verdad: trabajo en pijama. Me levanto cuando me despierto, no tengo que viajar en transporte público, ni preocuparme por qué ropa ponerme todos los días. Si tengo que ir al médico, voy. Si se me antoja pasarme una tarde mirando Netflix en la cama porque bajoneé, lo hago. Como rico y casero todos los días porque la distancia entre mi escritorio y mis hornallas es de menos de veinte metros. No paso frío. No tengo un jefe que me esté galopando en la espalda. Si quiero viajar, viajo, el tiempo que quiero, en las fechas que quiero. Y todo eso, sumado otra vez a la falta de jefe es una foto que a muchos (yo incluida) les puede parecer el clímax laboral, la máxima aspiración. Y no me quejo, eh.

Mi retrato más fiel después de las seis de la tarde.

HUYAN. Si alguien les ofrece un curso sobre “Cómo despedir a tu jefe en 5 pasos y alcanzar la felicidad extrema” SALGAN CORRIENDO DE AHÍ.

Pero todo tiene un lado B, y este post viene de eso mismo. La contra cara de ser freelancer (es decir, trabajador independiente) es que a falta de horarios fijos, tenés falta de sueldo fijo: si querés llegar a fin de mes, no alcanza con calentar la silla ocho horas. Sos tu propio jefe, sí, pero también sos tu propio empleado. Un día “normal” en casa, consta de unas diez – doce horas frente a la compu en las cuales, además de escribir, vendemos, cobramos, administramos, promocionamos, ensobramos, dedicamos, enviamos, reclamamos, retiramos nuestros libros. ¿Redes sociales? Nosotros. ¿Administración? Nosotros. ¿Proyectos e ideas nuevos? Nosotros. ¿Reclamos, quejas, libros que se pierden, gente que no recibió el aviso, gente que pregunta lo que ya está explicado en el mail anterior? Nosotros. ¿Mensajes de Instagram, Fan Page, comentarios de fotos, twitter, whatsap? Nosotros. ¿Y si te piden una entrevista? Nosotros, obvio. ¿Y si los libros se están agotando y hay que volver a imprimir? Nosotros, por supuesto. ¿Y los post del blog? Nosotros (y somos dos cada quien con su blog y redes). ¿Y si se cae el blog, dejan de llegar los mails con pedidos de libro, entra un virus, nos hackean? Un técnico, claro. Pero primero, nosotros. ¿Y las fotos?…

Tengo una colección de fotos como esta.

Si les interesa leer otra experiencia de alguien que también vive de esto, no dejen de leer “Hace cuatro años que vivo de un blog de viajes y esta es mi experiencia”. 

En la época de Caminos Invisibles comíamos al pasar y había días en que las horas frente al teclado llegaban a 14 o 15. Ahora, que vivimos en un espacio más grande, que somos más conscientes y que, paradójicamente, tenemos más laburo, tratamos de ponernos límites para que cuando no estamos viajando también nos quede tiempo para otras cosas. No nos quejamos. Cuando caemos en una rueda de locura, la frase que sale sobre la mesa es “ey, no estamos hombreando bolsas en el puerto”. No, estamos viviendo nuestro sueño y aunque nos dé igual que sea viernes, martes o domingo; aunque haya días que sintamos que no llegamos con todo, después nos acordamos que este es, justamente, el lado B. Y que amamos y elegimos el lado A. Y así, balanceamos.

9. Envejecer (y madurar y evolucionar y también cambiar)

Ilustración: Paio Zuloaga (@xpaio)

Y no me refiero tanto a las canas, o las arrugas de los ojos. Me refiero a que decir que hace diez años que estoy blogueando equivale a decir que empecé con 23 y hoy tengo 33. Soy diez años más grande. No me siento mal con mi cuerpo, diría que todo lo contrario: me gusto más ahora que a los 23. Tengo más en claro quién soy, qué quiero de la vida y qué cosas realmente me importan y valen la pena. Disfruto más de mi cuerpo, de mi sexualidad, de mi libertad ahora, que diez años atrás. Tengo menos tabúes y más confianza en mi escritura. Pero, insisto, todo tiene un lado B.

Somos y no somos la misma Laura

Por mi parte, la posibilidad de quedar fuera de juego. De no adaptarme a la tecnología, a los cambios tan veloces, a la voracidad en aumento con que los contenidos se consumen día a día. A que “skere” no sea lo último que tenga que googlear. A que la gente deje de leer y todo se vuelva audiovisual y este blog, al que le he dedicado tantas horas en los últimos diez años, quede obsoleto. Sé que eso es inevitable, pero no lo quiero pensar.

10. Tener que aprender a manejar los cambios

¿Alguien en la sala puede decir que es la misma persona que hace diez años? ¿Qué le gustan las mismas cosas, que tiene las mismas opiniones, que sigue teniendo las mismas ambiciones? Abrir mi vida viajera (y a veces personal) a través de este blog me ayudó muchas veces a sentirme menos sola. Me puso en contacto con gente que estaba en la misma sintonía que yo en ese momento, me permitió “devolver” un poco de todo eso que yo fui recibiendo a lo largo del camino. Amo este blog. También, sin embargo, dejó en evidencia algo por lo que todos atravesamos, y es el crecimiento. Sí, soy la misma que hace diez años porque sigo enamorada de esta vida pero no, no soy igual. No tengo las mismas opiniones respecto de todo, ni me preocupan las mismas cosas. Y, probablemente, dentro de diez años más no sea la misma que hoy. No sé por qué es tan difícil aceptar eso.

Igual, aunque pase el tiempo, yo sigo convencida de esto.

El día en que acepté un trabajo (que además de estar bien pago me permitía viajar a otros países y de otra manera sin dejar de escribir como a mí me gustaba) alguien me mandó un mensaje diciendo “perdiste tu esencia.”

Yo sin embargo estaba feliz.

Una tarde de 2017 otro entró a un post que yo había escrito en 2009 sobre Utila, en Honduras, con una inmadurez y una frescura típica de la edad, y se sintió ofendido. Me deseó la muerte. Me quedé impactada.

Este año otra persona se dedicó a comentar sistemáticamente los post de todos los viajes que ella sentía “no cuadraban con el estilo de viaje que profeso” es decir, post de blogtrips, viajes con Avianca, mi post del viaje en crucero. No dejó pasar uno. En todos me aleccionaba sobre lo que debería hacer y lo que no para que gente como ella no se sintiera decepcionada de mí.

Ilustración: Szoka

Yo me acordé de esa historieta que dice “¡Esperaba más de vos!” pero también entendí que alguna vez tuve los mismos pensamientos sobre una banda o músico de mi adolescencia. Yo también dije “ya no canta como antes” o “me gustaba más al principio” porque lo vi aparecer en un festival con todas las pompas. Ahora entiendo que a lo mejor ese artista estaba harto de hacer lo mismo, o evolucionó musicalmente, o se sentía estancado, o simplemente tuvo ganas de tocar sobre ese escenario frente a un montón de personas que no fueron a verlo a él. Maduró, cambió, evolucionó, creció. Llámenlo como quieran. A todos nos pasa lo mismo, sólo que no todos lo contamos en un disco, en una peli o en un blog.

(Y es lo único que debería importar. Digo, no desilusionarnos a nosotros mismos) Ilustración: Paio Zuloaga @xpaio

A esta altura del partido ─porque estoy más vieja, porque trabajo más que antes, porque me llevo bien con la incertidumbre y porque aprendí a no ponerme etiquetas─ sé que mi esencia es ser yo misma, y que quizá eso no se refleje de igual modo en todas las etapas de mi vida. Que si me entusiasma, me hace sonreír y no me quita el sueño, entonces está bien, aunque la Laura de hace diez años no hubiera estado de acuerdo o ni se lo hubiera imaginado. Y que mientras nadie me ponga una mordaza, me diga cómo tengo que escribir o qué sentir de cada viaje, me llena de adrenalina el vaivén entre la carpa y el cuarto de resort.

 

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Laura Lazzarino

36 ComentariosDejar un comentario

  • Qué placer es leerte Lau! Y sentirme tan pero tan identificada con cada palabra tuya, saber que no soy la única “loca” en este mundo de viajes donde las rutas, las mochilas y la incertidumbre es moneda corriente para nosotras.
    Recientemente llegué a la Argentina luego de un año “vagabundeando” por tierras brasileras y cuando leí “vivo entre dos mundos ” sentí que pusiste en palabras lo que estoy viviendo por estos días . La primera vuelta no es fácil, pero leerte inspira y da ganas de ya ya, agarrar la mochila de vuelta. Esta vez será para Colombia.
    Buena vida Lau

  • Lloré leyendo esto porque me siento al principio de todo este hermoso proceso que describes. Viví en Tailandia un año a los 18 luego volví a Colombia y no aguanté más de 2 años sin quererme mover de nuevo, ahora estoy en Marruecos y pronto se acana mi tiempo aquí. Me siento tan identificada con tu forma de vivir la vida y de sentir el dolor ajeno y tratar de unir mundo. Es un peso y un regalo. Gracias por inspirarme a escribir más y a crecer en mi blog. Gracias por darme fuerzas en momentos en que el mundo me aterra.

  • Laura, tu blog es el mejor blog de historias viajeras que leímos. Cansados un poco de ver siempre lo mismo, repetido una y otra vez, la de “10 tips para tal cosa…” o “que hacer en tal lado en 1 día” o “3 cositas para ver en París”, encontramos en tu blog crónicas, relatos, historias que tienen tu sello y por eso decimos que, para nosotros, sos original, distinta, sos la que se corta sola entre miles de blogueros que hacen lo mismo. Nos emocionan historias como las que contaste acá, pero también nos reímos con las historias de IG.
    Gracias por compartir 💛
    -Andrés & Victoria de Proyecto MedioMundo.-

  • Laura, qué relato tan realista e inspirador. Te sigo hace un tiempo y me motivas mucho. Sigue adelante con tu vida y sé feliz como hasta ahora o más. Me sentí sumamente identificado con el punto 10: hace unos meses tomé una decisión que impactó significativamente a mi familia. Dejé la religión a la que pertenecen desde mis abuelos, yo decidí que no me gustaba y no quería estar más allí. Fue muy triste ver cómo se volcaban a señalarme por escoger la vida que quiero.

    Te sigo leyendo. Y pongan a República Dominicana en agenda, es un país maravilloso.

  • Aunque no suela escribir mucho en los comentarios, sigo a Laura de hace 5 años aprox, soy lector de Laura de Caminos Invisibles y he crecido y madurado también leyendo a Laura y sus aventuras, ahora sigo a Laura de Instagram y conecto con sus stories. Tal vez mi vida es más convencional, no viajo más allá de los días de vacaciones que mi empresa me da, pero sintonizo mucho con tu blog, con tus aventuras, con las de Juan. Me hace muy feliz leerte hoy, ayer y hace 5 años.

    Un abrazo grande a Laura y al blog!

  • Que bueno Neni! Lo peor, tambien es lo mejor. Que mejor manera de vivir: Estas haciendo lo que más te gusta! Porque 10 años son un montón y vas por 10 años más creciendo, aprendiendo, evolucionando, disfrutando. Gracias por este relato hermoso. Felicidades!

  • Hola!! Empiezo de mano desordenada. Primero: seguro que nadie ha hecho comentarios al respecto, pero me encantaron los términos y condiciones del blog, que recién leo. No pude resistirme a la tentación de leerlas porque soy abogado. Están redactadas con humor y fina ironía pero así y todo el mensaje legal es claro, así que chapeau por esa hermosa redacción que suaviza el tenor de las “advertencias” legales. Segundo: más allá del contenido de lo que contás, disfruto de la forma en que escribís. Sin duda, hay una escritora hecha y derecha en esa pluma digital. Tercero (last but not least): excelente el lado B. Está bueno decir lo que decís. Toda actividad, trabajo, oficio, etc. tiene su lado B. Lo importante es que el lado A prevalezca. Como dice el poeta “si te gusta el durazno bancate la pelusa”. Avanti con el blog, que nada te detenga.

  • Entre los dos post este es el que quería leer primero, cuando sos tan honesta y te animas a poner en palabras esa vulnerabilidad se siente como una caricia al alma. Porque sea cual sea la pasión de cada uno, apostar siempre significa exponerse, renuncia, jugarsela, ganar y perder algo y desde ese lugar me puedo identificar muchísimo. Elegir a veces genera angustia por todo lo que parece que “”no estamos eligiendo”. Cuesta sentir que uno tiene que salir a defender lo que sigue eligiendo con lo lindo y no tan lindo, y eso aplica si tu proyecto de vida (elegido y no obligado) es u formar una familia, una carrera, un negocio, pintar, cantar, viajar, escribir o vender estampitas. Tradicional o alternativo no importa. El dolor nos hace humanos y hasta nos permite acordarnos de mirarnos con cariño, no somos tan diferentes.
    En resumen, gracias

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