El Ford K de José parece ampliarse más allá de sus límites para darnos lugar a nosotros dos y nuestras dos mochilas, que si por espacio se miden cuentan como dos viajeros más. Este instructor de infantería ha frenado su coche en la estación de Piedra Buena, donde casi una hora más atrás nos dejaron Sarita y Ramón, dos habitantes de San Julián que fueron extendiendo su oferta a medida que la meta se acercaba. Así fue como de llevarnos sólo hasta la salida del pueblo pasaron a dejarnos finalmente en Piedra Buena, 100 km más al sur, no sin antes habernos hecho conocer la belleza kitch de este sitio, donde a falta de flores naturales la municipalidad ha sembrado bellos ejemplares de plástico, rodeados de cemento verde que simulan ser pasto. Una preciosa maqueta habitada.

El provechoso paseo nos consumió más tiempo del disponible, y es así como la normal ansiedad de encontrar finalmente conductor y carruaje que nos lleve a destino se ve aumentada por los nervios de saber que las horas de luz ya son contadas y que no quisiéramos vernos en la obligación de tener que acampar por estos sitios.

José demuestra un entusiasmo que supera ampliamente la capacidad de su pequeño auto, que si ya de por sí es reducido, parece mucho más teniendo en cuenta el desparramo de pertenencias que luego de casi tres días de viaje ha llegado a acumular. Tantas horas de camino monótono que aún no ha llegado a su final es lo que motiva al militar a frenarle a estos dos mochileros: por estas tierras la conversación parece ser el único entretenimiento que no necesita señal de antena, y eso lo convierte en un bien preciado. Resulta ser que a diferencia de otras veces su charla también se nos hace de gran valor: hablar de cuestiones militares con alguien del género, teniendo en cuenta el triste y fresco pasado argentino, presupone de antemano una situación incómoda, de delgados límites. Sin embargo no es éste el caso, ya que lo que genera nostalgia en este marino es el fulgor de una época donde las instituciones eran respetables y constituían un respaldo nacional frente a cualquier amenaza bélica. No se discute la dictadura, no hay objeciones ni matices: fue atroz, fue infame, punto. Lo que en cambio se echa sobre la mesa, y he aquí la novedad en mi escasa experiencia, es que esa gestión porcina tuvo, irónicamente, consecuencias devastadoras para la propia institución que era defendida y supuestamente representada. Alguien que con honestidad ha dedicado su vida a la marina compara con pena el estado de las Fuerzas Armadas cuando él era un novato y lo que ha quedado de ellas hoy en día, en donde el sólo hecho pronunciar estas palabras ya genera escalofrío. Yo soy de esa generación y lo admito: los uniformes militares me provocan un miedo y una incomodidad cuyo origen racional desconozco, pero que aún así no puedo tolerar. Y es sobre esto mismo que dos noches más tarde terminamos charlando con Ale, quien con un corazón enormemente más grande que su casa, nos brinda alojamiento junto a Luciana, su novia.

Habíamos llegado a Río Gallegos con la idea de pasar una sola noche, y nada más. José nos dejó en la enorme YPF de la entrada, donde dormiría para salir temprano al día siguiente rumbo a Río Grande. De manera que la idea era cenar algo con los chicos, charlar un rato, y arrancar temprano al día siguiente a bordo del K express que nos dejara en Tierra del Fuego. Así se lo dijimos a Lu cuando se apareció con unos flameantes pantalones hindúes a buscarnos. Se sintió algo decepcionada por la noticia pero no se resignó a perder y comenzó un plan de mensajes subliminales pero finalmente eficientes para que nos quedáramos.

Hablando azarosamente sobre prejuicios caigo otra vez en esa maldita costumbre de lanzar al aire mis pensamientos con total honestidad y convicción, sin medir la posibilidad de que mi pierna quede enterrada hasta la cadera en una irrevocable y olímpica metida de pata. Así que muy suelta de cuerpo digo que sí, que uno siempre tiene pensamientos y conceptos previos sobre ciertas profesiones, y doy como ejemplo que aunque nunca he conocido ni hablado con un soldado, tengo mis ideas al respecto (no recuerdo ahora exactamente sobre qué veníamos discutiendo, pero sí sé que mi comentario iba dirigido a refutar una afirmación de Juan que segundos antes había dicho que no se puede pensar sobre algo que se desconoce). Ale no dijo nada, pero esa misma noche mientas yo terminaba de cepillarme los dientes, y como quien no quiere la cosa, me preguntó acerca de esos pensamientos. No hay que ser muy eruditos para imaginar lo que respondí. Y, nuevamente para mi sorpresa, resultó ser que Ale había tenido un breve paso por las Fuerzas Armadas, pero había desertado por no estar de acuerdo con ciertos métodos, y porque básicamente no había encontrado aquello que había ido a buscar. Me contó también sobre la mirada de la gente, y sobre cómo mis prejuicios eran masivos, y lo feo que se había sentido el primer viernes regresando a casa en el tren, con las miradas acusadoras sobre sus hombros y sus borceguíes. Acusado por vestirse de verde, por elegir así, por portación de símbolo. Y desertó. Y se ve que mucha no era su vocación, porque tiempo más tarde cambió los duros y organizados entrenamientos del campo militar, por aquellos caóticos y desordenados de la vida real, y salió a las rutas con Luciana.

Ale y Lu arrancaron un viaje mochilero hace más o menos dos años, con una experiencia inversamente proporcional a sus ganas y entusiasmo. Recorrieron gran parte de la ruta 3 y viendo que sus cuentas decrecían a un nivel importante decidieron hacer base en Gallegos. Les costó, porque la economía del lugar es cruda, y lo que ahora recuerdan entre risas en su momento fue una prueba más de que de fuego, de frío. Sin ahorros sustanciosos y debiendo empezar de cero pasaron meses viviendo en carpa en el patio de una señora muy católica, que aunque aseguraba rezar a diario por ellos, al reparto de generosidad se ve que no había asistido, pues les cobraba indiscriminadamente todos los días por el simple hecho de plantar la carpa en su propiedad. Uso de baño y cocina, tema aparte. Teniendo en cuenta el viento asesino que sopla por estos lares y que estamos hablando de una pareja que apenas supera los 20, hay que ser muy despiadado, honestamente, para aprovecharse de ese modo y no poder perdonar ni una noche de carpa. De a poquito y con mucho esfuerzo empezaron a instalarse, pero siempre con la convicción de que estos años de sedentarismo no serán más que un escalón para poder seguir subiendo, y que todo terminará siendo un capítulo más del viaje. Consiguieron trabajo, ayuda de otra gente y empezaron a estudiar, y para no perder ni el entusiasmo ni la meta, apenas pudieron compraron una combi VW ’86 que había funcionado como ambulancia. Ahora el vehículo está listo para el quirófano, y mientras antes era símbolo de salud y emergencias, hoy se erige en plena calle de Gallegos esperando la aventura, y recordándoles a estos dos viajeros que las rutas esperan. Yo por mi parte, y siendo que la bebé no es mía, ya me quiero subir!

El pequeño departamento que ellos alquilan se encuentra en el patio de una casa bajita, en donde comparte superficie con otros dos habitáculos. Lu nos cuenta que este fenómeno habitacional es cada vez más común en Gallegos, y que cada persona que tenga un fondito más o menos aceptable, levanta cuatro paredes y ya dispone de un departamento que alquilar. Ella ya nos había advertido de la pequeñez del lugar, pero admito que cuando entramos no pude pensar en cómo íbamos a hacer para dormir cuatro personas allí. El lugar tenía más calidez de la que podía declarar, eso es cierto, pero repito, éramos cuatro. Para quienes hayan tenido el honor y placer de visitar mi castillo (el monoambiente en donde me refugié durante mis cuatro años de residencia porteña), este departamento era aún más pequeño. Ale no tardó en llegar, y a medida que la noche entraba nuestras convicciones de seguir viaje atolondradamente iban despareciendo. Y desistimos.

Cuando llegó el momento de dormir no hubo manera de elegir nosotros: ellos ya habían determinado darnos la cama, y antes de que pudiéramos chistar ya se estaban acomodando en el piso, con el pretexto de que por un lado no sabíamos nosotros cuantas camas nos esperarían, (así que teníamos que aprovechar), y que por otro a ellos nos les vendría mal recordar aquellas no tan viejas épocas de espalda contra el suelo.

Nos quedamos finalmente cerca de cuatro días en esta pequeña morada en la que ni el espacio ni los tererés faltaron nunca. Resultó ser que pese a no conocernos desde antes esta pareja tiene los mismos sueños que nosotros, las mismas metas, los mismos ideales (y la misma pasión por los helados de la Abuela Goye, – gracias Ale, vos sí que me entendés!!!!!-). Los cuatro soñamos con una casa ecológica, en un lugar donde a la naturaleza no haya que ir a buscarla a la plaza y una pequeña posada donde recibir viajeros y rememorar historias. Los días volaron a la misma velocidad que el viento, y luego de cuatro días decidimos que ya era hora de partir. Nos vamos con el corazón lleno, con muchas ganas de volver a cruzarnos con estos dos lindos viajeros, y con toda la ansiedad de poder finalmente tocar fondo en Ushuaia y rebotar con energía hacia el otro extremo.

Como para no perder la costumbre salimos tarde y nos vemos nuevamente en la YPF de la entrada. Después de varios intentos fallidos, con ridículas excusas y hasta con la amenaza de una huelga en la frontera rondando en el aire, finalmente un camionero se ofreció llevarnos hasta Río Grande. Perfecto. No será Ushuaia pero al menos el cruce a la isla lo tenemos asegurado. Alejandro, el chofer, es de Monte Hermoso y antes de intercambiar historias nos cuenta que está transportando insumos para fabricar plásticos, lo que al estar catalogado como material peligroso requiere de un carné especial que nuestro conductor no posee, así que nos adelanta que va a declarar “productos en general”.

Aunque Tierra del Fuego es una más de nuestras provincias argentinas, se encuentra separada del continente por el famoso Estrecho de Magallanes que pertenece a Chile, por lo que para poder entrar en ella hay que salir del país, hacer aduana, cruzar el estrecho, viajar un poco por Chile y volver a hacer aduana antes de entrar. Y obviamente que siendo casi las cuatro de la tarde no tenemos chances de conseguir todo esto antes de que caiga la noche, por lo que ya sabemos que lo que resta del día estaremos a merced del universo. Bien, me gustan las historias en tiempo real.

Alejandro es macanudo y el viaje se hace ameno. De a poquito, muy de a poquito, podemos ver cómo el paisaje va cambiando y se empieza a vislumbrar un verde tímido que va queriendo asomar. Sin embargo en líneas generales la carretera aún se presenta como ondulante cinta gris que se extiende sobre un terreno desértico.

Llegamos a la frontera en menos de una hora. La fila es corta y con Juan intentamos no ser nosotros el motivo de la demora. Nunca me gustaron demasiado los trámites aduaneros. Siempre tengo miedo de que me falte o sobre algo, aún cuando soy consciente de que llevo todo en regla. Definitivamente no serviría para mula o traficante, soy demasiado evidente. Finalizamos rápido nuestra parte para volver al ruedo pero al buscar a nuestro camionero lo encontramos reposando sobre uno de los marcos de la puerta que divide el área pública de la privada. Su expresión no se define bien, es una extraña mezcla entre incredulidad y resignación. Algo no anda bien. Pronto descubrimos que está esperando respuesta de un gendarme (eso definitivamente no es bueno). Sucede lo siguiente, a ver si me siguen: uno de los inventos moyanescos de la época es la evaluación psicofísica del conductor. Además de saber conducir con precaución semejante dinosaurio, hay que estar bien del aparato pensante y del sentimental. Una vez aprobado el examen su validez es de cinco años. Hasta ahí, entendible. El asunto es que, por motivos que aún desconocemos, en lugar de darle al agraciado una suerte de carné, certificado, cédula u otro tipo de papelerío transportable, el chofer debe ingresar a http://www.psicofisicos.com.ar/ y descargar él mismo su propio certificado. Sencillo para nosotros que vivimos en la era de la red interna, pero mirando a mi alrededor dudo que estos trabajadores de una profesión tan noble estén familiarizados con el arroba. Sin embargo el problema no es ese, porque Alejandro dominaba aunque fuera de forma artesanal la internet y tenía su hojita impresa. El problema es que aunque el test es válido por cinco años, el papelito (en donde claramente figura la fecha de vencimiento del examen) caduca a los tres meses. Un poco ridículo, ¿no?. Así que mientras que el examen de Alejandro sigue vigente, el papelillo venció en julio. No habiendo WI FI en menos de 50 km a la redonda, el gendarme lo obliga a volver a Río Gallegos, imprimir el fucking bendito papel y hacer nuevamente los 70 km hasta la frontera. ¿Y nosotros? Esperando en migraciones. 

Aunque Alejandro prometió volver y dejó su acoplado como garantía, no tenemos certeza de que eso vaya a suceder hoy, por lo que empezamos a preguntarle a la gente que llega, que no es mucha. No hay caso. Algunos ya nos habían visto en Gallegos y se habían negado. El tiempo pasa, nosotros ahí, charlando con los gendarmes y esperando que el universo decida por nosotros. El responsable de haber obligado a regresar a nuestro chofer se nos acerca curioso, y al ver nuestra carpeta nos sugiere presentar nuestro proyecto educativo a la Dirección Nacional de la Antártida, asegurando con entusiasmo que será de gran interés llevar nuestra charla a las bases argentinas. Alucinamos. Por un momento nos imaginamos proyectando fotos en las ya conocidas casitas naranjas rodeadas de nieve y pingüinos, pero el gendarme recuerda que Dios tiene su oficina junto al obelisco, y que aunque estemos cerca del continente blanco deberíamos regresar a Buenos Aires para tramitar todo. Será entonces al regreso de este gran viaje, algún día quizás.

Una hora y media más tarde vemos venir a Alejandro con la hojita recién sacada de la impresora, listo para seguir viaje. Minutos después entro por primera vez en territorio chileno.

Para cruzar el estrecho hay que hacer una larga fila y esperar que llegue la balsa, como se la llama comúnmente. No, en nada se parece a la que Lito Nebbia quería construir para irse a naufragar. Esta es en realidad un gran ferry que se dedica a cruzar transportes de un lado al otro. El viaje es tranquilo y corto, pero todo un evento para estos viajeros. Ya del otro lado y cerca de que la noche se haga presente, compramos unos sándwiches de carne (que si uno pregunta es de vaca, aunque es bien sabido que se trata de guanaco, solo que no se dice porque su caza es ilegal). Un poquito más de asfalto y luego, cuando ya no queda luz, comienza el ripio. Alejandro baja la velocidad y sube al mango el volumen del stereo en el que suena Arjona en vivo. “Nosotros le transportábamos los equipos de sonido”- me dice con un cierto tono de orgullo- “canta bien, pero es un asquerooooooso. Y un machista bárbaro… Y a las mujeres les encanta, yo ya no entiendo más nada”. No soy muy fanática del guatemalteco, pero me gusta el tono en que Alejandro saca conclusiones, a la vez que canturrea si el pasado te enseñó a besar asiiiiiiiiiii.

Por un momento nos olvidamos de que afuera la temperatura se recuesta casi sobre el límite entre el + y el -, pero lo cierto es que la noche es espesa y nosotros apenas si contamos con una carpa y dos bolsas de dormir.

Llegamos a la frontera chilena y es evidente que está cerrada. Momento de enfrentarse con la realidad. Pero antes siquiera de que planeemos cualquier estrategia Alejandro nos pide el mapa con el que mostramos a los conductores nuestro recorrido y se baja del camión con un destino incierto y una sonrisa pícara en la cara. Se ve que mientras Arjona aclamaba realmente no estar tan solo, Alejandro se tomaba nuestra compañía muy enserio e ideaba alguna solución a un problema que al fin y al cabo no le era propio. Allá a lo lejos se divisaban algunas pequeñas casitas iluminadas de los carabineros chilenos y es desde allí de donde nuestro chofer regresa con una sonrisa victoriosa que se ilumina y distingue a pesar de la pesadez de la oscuridad. Nos consiguió un lugar donde pasar la noche, por lo que nos despedimos hasta mañana de este conductor tan particular, y emprendemos el camino adivinando un poco hacia donde irán nuestros pasos.

Quien nos recibe nos explica que las casas están todas ocupadas, pero que tiene una deshabitada que nos puede llegar a servir. Caminamos unos cuantos metros con rumbo incierto. Cuando nos pregunta si tenemos linterna entiendo que el lugar quizá no sea de lo más acogedor… De hecho abre una puerta rechinante y nos indica el camino hacia el interior de esta vieja casa que huele a mijo y a película de terror.

Gracias Dios, Jehová, Alá, los 12 apóstoles, la Virgen desata nudos, el universo y las estrellas, la luz de lo que vendría a ser el living funciona (y no pienso apagarla en toda la noche). Desarmamos los sillones y fabricamos una suerte de colchón, sobre el que tendemos nuestras bolsas. El resto de la casa no tiene luces, pero aún así me armo de coraje y me decido a explorarla, lo cual no hace más que alimentar mis fantasías hollywoodenses. Pero es mejor cerciorarse de que esto es efectivamente una casa, y no el refugio de un psicópata enmascarado cuyo brazo derecho finaliza en una motosierra. La casa tiene una cocina pequeña, un baño con bañera que afortunadamente no tiene cortina y dos dormitorios. Uno está repleto hasta el techo de lo que supongo son bolsas de mijo (me trae recuerdos difusos del gallinero que tenía mi abuelo, o del patio de la casa de Martín, su vecino que vendía forraje, o de la comida de los canarios, no lo sé bien. Es un olor que mi mente guarda bajo el rótulo de “recuerdos de la infancia – casa de la abuela Imperio”). La otra habitación es complicada: en la penumbra se distinguen cosas colgando del techo, que lejos de ser cadenas, hachas y elementos varios de tortura, son monturas y otros artículos relacionados con caballos, aunque necesito de la voz convencida de Juan para creerlo. Se ven bien cuando uno entiende su forma, pero me da miedo. Mejor me meto en la bolsa (sí, mejor, mucho mejor). Al menos acá no corre viento, hay luz y mi espalda se relaja contra una superficie acolchada.

Juan tose sin cesar y yo intento dormir. Le pido que me hable para distraerme y me duermo enseguida, confiada con egoísmo de que su tos no lo va a dejar dormir y se va a quedar despierto para cuidarme. No se cuando tiempo después abro los ojos. Juan ronca. Desgraciado. Intento conciliar el sueño pero me cuesta. Igual no siento frío y eso me reconforta. De repente la puerta se abre de manera violenta, rompiendo estrepitosamente el silencio. Mejor coordinados que cualquier ballet nos sentamos de un salto, para comprobar que sólo había sido el viento. (Otra vez gracias Dios, Jehová, Buda, el cielo, Alá, Jesús, el universo y las estrellas que había luz). Tengo miedo y es enserio. ¿Por qué será que de chica sentía un placer inexplicable al ver cualquier tipo de película de terror carente de todo argumento? ¿Qué tiene de excitante ver durante dos horas a un tipo con máscara que asesina repetitivamente a chicas que una y otra vez corren escaleras arriba de donde bien sabemos no se puede escapar? No lo sé, pero me las vi todas a escondidas de mi mamá, quién para evitar que siguiera mirándolas me prohibía quejarme del miedo. Maldita adrenalina adictiva. Lo peor es que de grande no me curé. Vienen a mi mente todas y cada una de esas imágenes, en especial la de Dollface, de la película The Strangers. Tengo miedo. El cuadro de la pared no ayuda mucho: un viejo jugando a las cartas con cara de desquiciado. Parece el novio de la abuela del Once J que relataba Elsa Bornemann (porque si mi mamá no me dejaba mirar tele buscaba terror en los libros) Sí, una masoquista definitivamente. Y ahora sola, porque Juan roncando no es de gran ayuda, tapada hasta la nariz en la casa del terror.

Finalmente y no sé bien cómo consigo dormirme para despertarme de la misma forma en que concilié el sueño acechada por el miedo: Alejandro se ha parado frente a la ventana, ñata contra el vidrio y las dos manos sobre los costados, para enfocar mejor. Desde allí nos observa, y yo pego un grito y un salto a la vez, haciéndolo reír a él y a Juan a quien envidio por haber descansado toda la noche.

Hace un par de semanas una amiga nos preguntaba dónde íbamos a estar para recibir al censo. Jamás pensé que en Chile… Hoy que el país se semi congela por tal evento, nosotros esperamos poder entrar sin problemas y finalmente llegar hasta Ushuaia. Así ingresamos a nuestra madre patria, declarando todo aquello que ya traemos del país –o mejor dicho del norte, como ellos le dicen a todo lo que quede del Estrecho de Magallanes para arriba-. Después de la frontera se divisan las primeras vacas junto con ovejas y corderitos. Un rato más tarde llegamos a Río Grande y nos despedimos de Alejandro, con la increíble noticia de que murió Nestor K, y todas las repercusiones que ello implica. No hay aquí mucho transito y no estamos tan lejos, pero sí muy ansiosos.

No esperamos mucho porque enseguida nos frenan con destino a Tolhuin, y siguiendo la costumbre de a avanzar de a pequeños tramos, nos subimos. Ahora sí el paisaje definitivamente es otro. Ver vacas implica redescubrir un tesoro, y el verde señaliza el inicio de una nueva naturaleza que deja atrás la seca y árida ruta 3 que venimos viendo.

Tolhuin pasará a mi memoria como sinónimo de barro, de verde frío y humedad, con la alegría de saber que la meta está cerca. Se bien en dónde estamos, pero aún así me cuesta asociarlo en mi mente al mapa que tantas veces vi. Ya haber llegado hasta aquí es un logro.

Después de almorzar unas galletitas con paté que entramos de contrabando (aunque lo habíamos comprado en Río Gallegos, territorio nacional. Todavía no entiendo….) salimos otra vez a la ruta. Nada esperamos porque enseguida se detiene Mauricio, alertado por el playero de la estación de servicio. La felicidad y la emoción no me entran en el cuerpo. Al fin estamos llegando a la meta sur, al fin voy a conocer Ushuaia. Todo es hermoso, para cualquier lado que uno mire. Los Andes se imponen con picos nevados, el horizonte se tiñe de verde y aunque no hayamos avanzado tanto siento que el desierto ventoso quedó muy, pero muy atrás. Papá tenía razón cuando me decía: “vas a ver, flaca. Ushuaia te va a encantar”.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

3 ComentariosDejar un comentario

  • Que lindas historias Lau!!!
    Gracias por las cosas hermosas que pusiste sobre nosotros!! Nos encantó recibirlos!!!
    Espero que nuestros caminos se crucen pronto!!!
    Un abrazos enorme a los dos!!
    Los queremos!

  • Jajaja Pero Laauu!!! A que le tenías miedo?!?! Que creías?? Q iba andar quien por esos lados? Mas que a cualquier psicópata o personaje de peli de terror le tenías que tener miedo a todos los carabineros que estaban alrededor tuyo… Jajaja
    Lala

  • Laura !!!..yo tambien cuando era chico miraba pelis de terror y todavia no dejo de pensar en Masacre en texas del 80, aunque te confieso que me dan mucho miedo hoy en dia las de exorcismo ya que son cosas que pasan en la realidad, en fin, muy lindas tus historias. Saludos y Buen viaje !!!

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