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Escribir un libro #2: Un cuarto ajeno*

Hace unos días empecé a ver una serie que ni sé cómo se llama, pero va de un pibe que es un genio en matemáticas y estudia los números primos. Tiene un profesor al que alguien espía, que cuando se entera de su investigación le dice que es una locura, que debe abandonarla y pum!, al día siguiente quema todos los papeles y aparece suicidado en circunstancias misteriosas. Está clarísimo que si sigue rompiendo las bolas con los números primos el pibe también va aparecer muerto por ahí, y está clarísimo también que de ninguna manera va a abandonar el proyecto: si no, no habría serie. Pero como esta serie no la estoy viendo sola y como a mí me encanta hablarle al televisor, hace unas horas, mientras el protagonista se daba cuenta de que lo estaban espiando, dije algo así como “¡Amigo, un poquito de amor por la vida te pido!”. Mercedes, que estaba cenando al lado mío, acotó: “¡Claro, loco! Es tu vida o los número primos, tan difícil no es”. Y como si esa fuera una conversación importante, o como si acaso dependiera de mí defender al personaje, dije una obviedad pero en tono de revelación: “Es que para él… los números primos… son su vida”. ¿Qué sé yo de números primos? Un pingo, diría Mercedes, pero puedo entender esa búsqueda desmedida. Después de todo, estoy escribiendo esta entrega ni más ni menos que en Tallin.

A Mercedes la conocí hace un par de años en Marruecos. Ella fue parte del primer grupo de Maktub, y cuando me dijo que era de Tucumán pero que después de mucho vivir en Córdoba se había mudado a Estonia, yo aluciné. No sabía nada de Estonia más que “Letonia y Lituania”, ese versito geográfico que me había aprendido en algún momento en la escuela y quise saberlo todo. ¿Por qué a Estonia? ¿Y cómo es? ¿Qué comen? ¿Está bueno? Mer, que tiene el don del resumen en las palabras, armó una respuesta con tres oraciones: “Hace un frío del orto. Chancho y papa. Venite a visitarme y vas a ver”. 

Estonia, para quienes no ubican, está al norte de Europa. Es el país más chiquito de los bálticos (que son este y los otros dos que te mencioné antes) y uno de los  menos poblados de todo el continente: tiene apenas un millón trescientos mil habitantes. Hace frío casi todo el año, hablan un idioma único e imposible y por más que yo me negara a las afirmaciones reduccionistas de Mer, después de mucho leer tuve que darla razón: la comida principal es a base de chancho y papa.

Cuando alguien me dice que si un día paso por su ciudad le avise, que me puede recibir, yo lo tomo medio en serio pero la verdad es que muchas veces me olvido. No llevo una libretita roja de números y direcciones porque entiendo muchas veces que la invitación es producto del fragor del momento, y porque no me gusta poner a nadie en la incomodidad de tener que abrirme las puertas de su casa solo porque un día se entusiasmó demás. Pero Mer insistía. “Ya te dije, tengo un cuarto extra. ¿Por qué no venís a terminar tu libro? Hace un frío de cagarse, no te va a quedar otra que apoyar el culo en la silla y sentarte a escribir”. Mer ahora es amiga, pero antes de ser amiga fue lectora y estaba al tanto de los traspiés de mi proceso creativo. Sabía que a veces el dinero mandaba y que yo tenía que posponer el libro para hacer otras cosas que pagaran mis cuentas. Sabía que había tenido unas rachas hermosas a mitad de año, que para entrar en “modo libro” tenía que sortear un montón de distracciones y que, más que nada en el mundo, yo quería publicar África Madre – La Manada de una buena vez por todas. Pero sobre todo, y porque había estado conmigo en Marruecos y me había escuchado hablar de escritura con tanto amor que hasta ella se había animado a escribir, sabía que para mí esto era algo vital. No era “el libro o la vida”: las dos cosas eran lo mismo. Por eso su propuesta iba en serio.

Yo empecé a escribir más o menos a mis ocho años. De esa época datan mis primeros diarios, los primeros libros que me compraron porque yo los elegí, los primeros cuentos escritos con torpeza. Vivía en mi casa de toda la vida: una casa esencialmente chica, donde los espacios personales eran reducidos y en donde era muy difícil encontrar el silencio. Yo dormía en la cama de arriba de una cucheta que fue cambiando con los años, pero que nunca se convirtió en dos camas normales porque no había lugar. Aunque ahora que lo pienso me resulta imposible concebir la concentración en un espacio tan dinámico, como yo no conocía otra cosa (y como no había chances de tener otra cosa tampoco), aprendí a escribir así: cerrando las puertas a cada rato, ignorando la televisión siempre prendida o el ruido del extractor o las dos cosas juntas. Me metía en mi habitación y me metía también en mi mundo. A veces, como tenía viajes largos desde mi casa a la escuela, escribía arriba del colectivo. No sé cómo hacía para no marearme, pero lo conseguía. Escribía poemas que después les regalaba a mis amigas, cartas de una sensibilidad descarnada, muchos cuentos de terror que todavía andan dando vueltas por ahí. En ese caos que a veces podía ser nuestro hogar, yo encontraba refugio en la escritura, algo así como un espacio propio al que solamente yo podía entrar. 

En mi casa se respetaban los horarios, comíamos todos juntos, la luz se apagaba para todos igual. Recién en la adolescencia conseguí que me dejaran quedarme despierta y sola, y pude saborear un poquito de la paz que dan las ideas cuando llegan y alrededor no hay nadie, ni nada dispuesto a interrumpir. Así que seguí escribiendo con esa pequeña conquista, a la que después se le sumó otra, cuando me fui a vivir a Rosario con una amiga y conocí algo parecido a la independencia. La gimnasia que me había dado empezar a escribir sin ciertas comodidades me permitió crear en un sinfín de circunstancias. Cambié el colectivo por el cyber, la televisión prendida por un departamento lleno de estudiantes. Y cuando empecé a viajar descubrí que aunque las libretas caras eran lindas, lo que mejor me funcionaba eran los cuadernos baratos, livianos y fáciles de transportar. Y seguí escribiendo. He completado diarios de viaje en las escaleras de un hostel, iluminada con la linterna frontal en la oscuridad de la carpa, sentada y aburrida a la vera del camino. 

Recién en la pandemia tuve un cuarto propio en donde sentarme a escribir.

Instalada en mi casa nueva, vacié la habitación de cosas que no eran mías. Hice pintar una pared de amarillo, compré una mesa a modo de escritorio y una silla de oficina que encontré barata por internet. La mesa la situé delante de la ventana, porque quería escribir mirando los pájaros. En la pared colgué un mapa del mundo (hecho también de palabras, una cosa preciosa) y a un costado puse mi biblioteca de toda la vida, con los libros de toda la vida y los nuevos que yo había ido comprando por ahí. Y, de nuevo, me senté a escribir. Creí que con un espacio mío, que además de tener todo lo anterior tuviera también una puerta, las cosas se iban a volver mucho más fáciles. En un punto, no te voy a mentir, lo hicieron. Físicamente todo era más cómodo. Me dolía menos el cuerpo de pasar tantas horas sentadas, la luz natural era mucho más amiga para estar frente a la computadora y ser dueña (ser dueña…) del silencio y del espacio me permitía fluir con los horarios y tener muchas menos limitaciones a la hora de crear.

Tardé nada en descubrir que había un lado B, sobre el que nunca había pensado.

El cuarto propio venía también con un montón de responsabilidades y si antes me fastidiaba mi mamá cocinando o mi hermana abriendo y cerrando puertas sin preguntar, ahora tenía que atender al cartero, un jardín que amenazaba constantemente con volverse selva, un millar de hendijas por donde siempre entraba polvo. Empecé a hacerme preguntas sin sentido. ¿Será que es más fácil escribir en una casa pequeña que en una grande? ¿Será que un departamento es mejor que una casa para sentarse a escribir? Porque sí, era hermoso cuando el “modo libro” encendía su maquinaria y las palabras fluían y fluían pero que ni se te ocurriera venir a visitarme porque ahí sí ibas a conocer el verdadero significado de la palabra caos. ¿Cómo hacer para poder con todo? 

—Venite a Estonia.

Entonces hice lo que hacen muchos grandes artistas independientes (Lali te amo) pero con menos pompa y menos inversión: junté todas mis cosas, agarré mis cuadernos y mis ahorros, y aposté todas las fichas a mi proyecto editorial. Así, el 06 de marzo, puse un pie en Tallin sin tener ni pájara idea de cómo iban a resultar las cosas.

Si te tengo que decir la verdad, yo siempre quise ganar alguno de esos concursos de escritura que tienen como premio un retiro para terminar de escribir la obra. No participé en muchos, no te voy a mentir, pero que los miré, los miré. Y siempre prometían algo parecido: un cuarto en un edificio monumental (muchas veces es un castillo o una casa de campo) en un entorno natural precioso, aislado de los ruidos mundanos de la civilización, con paz y los gastos básicos cubiertos para no tener que pensar en nada más que en escribir. Alguno que otro, incluso, daba un paso más y enarbolaba la bandera de la falta de Wifi, cosa que para mí ya se pasaba tres pueblos. Pero fuera del detalle de la conexión, la fantasía que me ganaba era la de tener todo el tiempo libre del mundo para escribir sin tener que preocuparme por nada. Imaginar un silencio total, comidas que aparecían mágicamente sobre la mesa y una limpieza que se hacía sola mientras yo no hacía más que pensar y trabajar y enfocarme en el libro. El caso es que, aunque yo soy ciento por ciento autogestiva, nunca se me había ocurrido que a lo mejor eso mismo me lo podía armar yo, de alguna manera. Hizo falta la propuesta de Mer, un lugar remoto como Estonia, y una alineación de calendarios para que todo eso empezara a cobrar forma.

El 06 de marzo fue jueves. Mi avión aterrizó de noche, Mer me fue a buscar al aeropuerto, y después de dar una vuelta más o menos larga por la ciudad llegamos a su casa. El departamento, en cuarto piso al frente, es un refugio de varios metros cuadrados con balcón a la calle. Tiene una sala enorme con un sillón, un televisor tamaño cine y un cuarto de huéspedes con escritorio, sofá cama y algo que apenas vi me enamoró: ventanales enormes en dos de sus cuatro paredes. Ahí mismo Mer me armó la cama, me pasó la clave del wifi y estableció el contrato de convivencia en apenas pocas palabras: “Vos, hacé tu vida, que somos dos personas independientes compartiendo un lugar”.

Ese viernes (y ese sábado, y el domingo también) hizo un frío tremendo, tal como ella me había dicho. Yo venía de un viaje que me había hecho caminar demás, con dolor de rodilla y necesidad de estar quieta así que pasamos todo el fin de semana tiradas en el sillón. Cuando llegó el lunes yo levanté los blackout a eso de las diez, dejé que el cuarto se llenara de luz y prendí la computadora. Por primera vez en casi dos meses me encontré cara a cara con el texto y entonces la fantasía, esa que en mi cabeza sonaba perfecta, se volvió realidad. ¿Podría? ¿No sería el televisor una gran tentación? ¿Iría bien la convivencia? ¿No encontraría mil y un maneras de evitar la concentración?

Había una sola forma de averiguarlo y esa era sentarse de una vez. Para mi sorpresa, me pasé toda la mañana corroborando los datos sobre cebras que tenía anotados en mis diarios de viaje. A media tarde ya había escrito tres páginas de un tirón. El martes hice lo mismo pero con hipopótamos, y en lugar de tres escribí cuatro. El miércoles trabajé con antílopes, metí cinco páginas y, por primera vez, salí de la casa. No había sentido antes la necesidad. El jueves me levanté tarde pero no me importó. Me hice un té, me senté en la computadora y me olvidé del mundo. Estaba meta leer sobre las hienas y su sociedad matriarcal cuando, de repente, Windows me tiró una alarma en la barra de tareas. “Tallin, -2º, está nevando”, decía. “Pero si acá no está…”, dije, y giré la cabeza para darme cuenta de que sí: por esas ventanas enormes caían copitos suaves que molestaban a los cuervos y cubrían todo de blanco. No sé qué me dio más felicidad: si ver el frío despedazarse de un modo tan tierno, o el hecho de que, de no haber sido por esa alerta, yo no me hubiese enterado; así de concentrada estaba.

Hoy es lunes y comienza mi tercera semana. He armado una rutina que incluye texto, Netflix con Mer, salidas diarias al supermercado, cocina rica y alguna que otra exploración por la ciudad. No tengo ganas genuinas de hacer otra cosa. Las páginas avanzan, las ideas se van encadenando como si una mano invisible las tejiera, surgen unas sincronicidades que no logro explicar. El otro día, por ejemplo, recibí un mensaje vía Facebook de Emilie, una viajera canadiense que conocí en Etiopía. No hablábamos desde 2018 pero dos días antes yo había estado escribiendo sobre ella. ¿Era casualidad? Esa noche, mientras cenábamos, se lo comenté a Mer y  terminamos hablando de los modos raros que tiene la vida de conspirar a nuestro favor. Hay magias que se abren, puertas que aparecen solas cuando uno se propone un camino y lo entrega todo. Claro que no siempre sale, y que casi nunca es como queremos, pero admito que a veces me tiro al vacío contando con que va a haber una red. Confío como confiaba el personaje de la serie que siempre salvaba su vida por un pelín, aunque él no se diera cuenta.

Así que mientras había persecuciones por Bagdad y nosotras nos terminábamos el guiso de lentejas, yo pensé que incluso Mer era parte de ese plan invisible que me acompañaba en mi búsqueda, que Estonia estaba ahí para darme las dosis justas de independencia y libertad. No sé cuándo voy a terminar, ni sé si esta estancia en Estonia será suficiente (quién sabe qué toca después) pero sí sé una cosa: falta poco. Y es por acá.

* «Escribir un libro #2: Un cuarto ajeno» es la entrega número #25 de Blog a domicilio, la newsletter que mando lunes por medio a quienes tengas ganas de leerme en su bandeja de entrada. Aunque de vez en cuando repostee alguno en el blog, la mayoría de esos textos no se encuentran abiertos al público. Si querés vos también recibir mi blog a domicilio, suscribite en este enlace. 

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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