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Escribir un libro #1: Modo libro*

El otro día dije en voz alta que estaba escribiendo un libro y alguien me preguntó cuánto tiempo tardaba. Me desconcertó la pregunta. Estoy más acostumbrada a que quieran saber de qué se trata, si trabajo para una editorial, si vivo de eso. Acostumbrada, incluso, a que me pregunten si eso es un trabajo.

—Y, depende del libro, pero más o menos un año —dije, muuuuy en el aire. 

—Un año es un montón de tiempo. ¿Cuántas horas al día le dedicás?

La conversación transcurría en medio de una reunión en donde yo no conocía a mucha gente y en donde la mayoría de las personas tenían profesiones completamente desligadas a lo artístico.  Eran más bien trabajos mecánicos,  que podían regirse bajo la lógica de “si me lleva quince minutos completar esta planilla, cuántas planillas puedo completar en una jornada laboral”. Desde ese punto de vista, era lógica la pregunta. Me trajo recuerdos.

Durante todo el proceso de escritura de África Madre – La iniciación me encontré a mí misma en más de una oportunidad compartiendo mis frustraciones o tratando de explicar por qué me costaba tanto avanzar en la trama a personas que me preguntaban con muy buena intención cómo iba el libro y terminaban por darme un montón de consejos que no tenían nada que ver y que al final me hacían sentir mal.

Preguntarle a alguien cómo va con su libro es como preguntarle a alguien cuánto le falta para recibirse.

Todos los collages que ilustran esta entrega son obra de Marina Roqueiro @marinar.collage, la arista encargada de hacer las tapas de África Madre

A mí me costó mucho aquella vez por varias razones que ustedes ya conocen (pero que, por las dudas, voy a recordar: era mi primer libro sola, había mucha expectativa, acabábamos de salir de la pandemia —ponele— y era mucho, muchísimo lo que tenía para contar). No tenía, además, un parámetro del que agarrarme porque Caminos Invisibles, mi libro anterior, lo habíamos escrito de a dos y casi que apenas concluir el viaje, con lo cual, el proceso había sido muy distinto.

Recuerdo que los consejos que más recibía eran del estilo matemático. “Si son 300 páginas, con que escribas tres páginas al día en tres meses el libro está”. Es hermosa esa cuenta. Admito que muchas veces he caído en esa trampa, pero no es así. El proceso creativo no es lineal. A veces tengo días buenos. Me rinde el tiempo. Doy con una idea novedosa. Escribo lo que me había propuesto de un solo tirón. Esos días siento que puedo conquistar el mundo, pero son los menos. La mayoría de los días tengo que luchar. Primero, con el impulso. El impulso de hacer la cama, de trapear el piso, de limpiar la bandeja de entrada, de pasear a los perros, de hacer dulce con cinco kilos de tomate, de mirar otro capítulo en Netflix, de contestar todos los mails, de acomodar mis impuestos, de levantar la ropa de la soga, de ir al supermercado. Siempre, siempre hay cosas para hacer. Después, con la distracción. Porque tengo notificaciones en Instagram, porque tengo que leer el diario a ver qué pasó hoy, porque debería subir un reel, porque en Twitter dijeron no sé qué cosa, porque mi teléfono vibra, porque hace un montón que no abro Facebook (seguro me olvidé de algún cumpleaños). Por último, con el cuerpo. Escribir duele, y no es que me esté poniendo en plan poeta emo. Después de un rato de estar sentada —y eso que tengo una buena silla, no sé cómo hacía antes— las piernas me piden cambiar de posición. Después me hincha la cintura, después empiezo a sentir que las costillas se me clavan en la panza y me tengo que parar. Sí, ya sé que lo más saludable es moverse de vez en cuando, el problema es cuando cualquier picor es buena excusa para levantarse de la silla, y entonces el lavarropas y te vibra el teléfono y así sabés cómo terminás: con un día de ocho horas que apenas rindieron medio párrafo. Así que no, no es 3 x 100 = a un libro en tres meses. A lo sumo lo que tendrías sería un buen borrador, pero ni siquiera.

Igual, aunque yo intentaba explicar esto, terminaba sonando como excusa. 

El segundo tipo de recomendaciones venían por el lado de la comparación. “Si te distraen las apps podés bloquearlas, Gulanita dice que con eso resuelve el tema de las redes”. “¿Por qué no te encerrás? ¿Sabías que Victor Hugo escribía vestido como un linyera para no tentarse a salir de su casa?” Sí, sabía. Leí por ahí que guardaba la ropa linda bajo llave. También que tardó quince años en escribir Los miserables. A Jack Kerouac le llevó tres semanas tener listo En el camino. Hemingway escribía parado. Me muero si tengo que escribir parada. Kheseyo. El proceso creativo tampoco es una receta mágica, es algo personal. Y, supongo, yo tenía que descubrir cómo funcionaba el mío. Así que en la creación de ese primer libro, y en un contexto tan raro como el de 2020 – 2021, yo tuve que empezar a descubrir el mío.

Lo primero que hice fue leer un montón. Quería saber cómo lo hacían otros pero de las bocas de esos otros, esos que escribían, esos que publicaban. Había de todo, claro, pero fue un alivio saber que lo que a mí me pasaba era normal. Después, empecé a experimentar. Una vez leí que M.B., un escritor que en mi adolescencia me encantaba pero después lo vi borracho en una fiesta y me pareció un pajero, comparaba el oficio de escribir con el de ser almacenero. Y decía algo así como que si vos tenés un almacén abrís de diez a seis y te sentás atrás del mostrador a esperar a que tus clientes vengan. Cuando no hay clientes acomodás las mercadería, limpiás los estantes, barrés el piso, pero no te vas a tu casa porque tu trabajo es de diez a seis y vos tenés que estar ahí cuando el cliente venga. Si viene, a lo mejor uno que pasa por la vereda ve gente y entra y capaz se te llena el boliche y vendés un montón, pero si no viene nadie vos igual fuiste a hacer el trabajo. Porque si te vas a tu casa puede que el cliente vea el almacén cerrado y pase de largo. A lo mejor te toca el timbre y vos no lo escuchás, o lo escuchás pero te estás duchando y no podés salir, a lo mejor cuando salís ya es tarde y el cliente se fue y perdiste la venta. Con las ideas es lo mismo. Si te vas a tender la ropa capaz viene una idea, pero de acá hasta que dejaste de hacer lo que estabas haciendo y te sentás a escribir, a lo mejor se te va.

La comparación me resultó razonable, así que hice una mezcolanza con todo lo que venía leyendo o escuchando y creé mi propia regla: 3 páginas o 3 horas, lo que suceda primero. Empecé a aplicarlo a diario. Me sentaba a las dos o tres de la tarde y me proponía escribir 3 páginas. Si lo conseguía antes de las 3 horas, me liberaba. Si no, me conformaba con lo que hubiese logrado en ese tiempo y la conciencia de haberlo intentado, de haberme presentado a trabajar. Al principio pasaba que no lograba demasiado e igual me frustraba. Después en un momento me resultó mejor hacerlo de noche, y entonces me iba a dormir a las dos de la mañana, a veces a las tres y no salía de la cama hasta las diez y media – once. 

Si vivís sola en una ciudad grande o en un departamento, esto puede parecer un detalle menor. Pero cuando vivís en una casa con ventanas a la calle, cuando todo el mundo te conoce y se aparece en tu vereda sin avisar —porque total estás en tu casa y podés abrir la puerta— no queda muy bien que salgas en pijama. Menos que menos si después vas a decir que no te sale escribir, que no llegás con el libro, que estás cansada. Lo escribo y me parece una estupidez, pero en ese momento me afectaba un montón porque aunque yo sabía que iba a estar frente a la compu hasta las once de la noche, me levantara a las siete de la mañana o las diez, la mirada ajena me pesaba. Así que intenté los métodos de otros: 

  • levantarme temprano y escribir a la mañana para “sacarmelo de encima” (no funcionó porque yo no funciono a la mañana, directamente)
  • levantarme temprano y hacer todas las otras cosas más mecánicas para tener la tarde libre y escribir sin distracciones (funciona solo en primavera-verano porque me deprime salir de la cama cuando todavía no hay sol).

Después de mucho ensayo y error empecé a respetar esas tres horas sin interrupción. Y cuando el libro empezó a tener cuerpo y las páginas a acumularse, las tres horas pasaron a cuatro y en algún momento dejé de contar. Fue como hacer gimnasia. Estaba en tan buena forma literaria que no me costaba avanzar, no me dolía el cuerpo, las palabras iban apareciendo solas. Fue de las cosas más satisfactorias que hice en mi vida.

Para esta segunda entrega quise repetir el modus operandi. En enero me propuse sacar el libro a fin de año y volví al mecanismo de 3 o 3. Creí que la experiencia me iba a jugar a favor, que sin pandemia ni fantasmas yo iba a escribir más liviana, pero sorprendentemente no fue así. Si ya no me pesaba el mote de “primer libro sola”, tenía la presión de que este segundo estuviera a la altura del primero porque, encima, era una continuación. Empezaron a aparecer un montón de miedos nuevos que tuve que batallar uno por uno. Tenía, además, compromisos grandes que había subestimado en tiempo y energía y, al principio, me costó escribir a diario. 

El asunto es que, como yo misma decía, el proceso creativo ni es lineal ni es igual para todas las personas y esa segunda parte a veces aplica a nosotras mismas, a las que fuimos antes. Volví a leer esos libros que en su momento me habían servido y ahora no podía terminarlos. Sí, entendía lo que decían, pero no me daban las respuestas que yo precisaba. Igual no me desanimé. Volví al método de 3 o 3 y empecé a tomar registro de los avances. Cada lunes anotaba con cuántas páginas empezaba la semana y así me daba cuenta de cómo venía. Pero además de eso, empecé a prestarle atención a mis pensamientos.

Yo no sé si a todo el mundo le pasa igual pero yo tengo una voz en mi cabeza que está en constante diálogo. Me habla a mí, me lee en voz alta, se pelea con otros, dice las cosas que yo no me animo a decir. Reflexiona, inventa, corrige, se burla, investiga, me reta. A veces me conversa y yo le contesto y debe ser genial verlo de afuera porque yo no me doy cuenta y termino haciendo caras y muecas y gestos que tienen todo el sentido del mundo pero nadie más entiende. A veces se le da por  salirse de mi boca y suelta frases al aire que, fuera de mí, no vienen a cuento de nada. Es incansable. Y se pone muy activa cuando salgo a caminar o cuando entro a la ducha. En algún momento de mi vida intenté hacerla callar o, al menos, hacer que aguantara hasta que yo pudiera sentarme a escribir pero después entendí que era inutil. Así que la dejo y la escucho. No es que sea algo nuevo, siempre estuvo ahí, pero yo la daba por sentada (nunca den ningún vínculo por sentado, no está bien). 

El asunto, les decía, es que yo arranqué el año retomando un libro que, en realidad, había empezado a escribir el año anterior. Cada vez que podía me sentaba, pasaba tres horas o tres páginas y seguía con la vida. Se iban acumulando las historias, las leía y estaba bien pero…yo sentía que me faltaba algo, que todavía no había llegado al punto, que podía dar más. Pero no sabía cómo. En mayo retomé las mentorías con mis editoras, les conté los objetivos que tenía, los campos semánticos que quería trabajar y ellas, igual que la otra vez, me dieron pautas y puntos de vista muy valiosos, que yo anoté en el mismo cuadernito azul que usé para el libro anterior. 

Un día volvía caminando del gimnasio y a la voz de mi cabeza se le dio por ponerse a cantar toda la discografía que recordaba de Bersuit Vergarabat. No me preguntes, no tengo idea. El caso es que ahí estaba yo en la calle meta gritar mentalmente ellos tienen el poder y lo van a perder cuando mi cabeza pasó a otro hitazo y de pronto escuché jadea de alegría apenas huele sangre y la voz dejó de cantar. “Jadea. Es una buena palabra. No la usaste. ¿Qué otro bicho jadea?” Llegué a mi casa y la escribí. Un rato más tarde, mientras cenaba, mi hermana me mandó un audio largo. Me estaba hablando de un problema en el laburo, cuando de pronto soltó: “Yo tengo una espontaneidad muy chiquita, a mí estas cosas me sacan de eje” y la voz me dijo: “¡Pausa! ‘Espontaneidad chiquita’ es una combinación rara. Anotala, puede servir”. Cuando quise acordar estaba así con todo. Una palabra escuchada al azar maridaba muy pero muy bien con otra que yo estaba intentando meter. Eso que me dijo la vecina de que la gente platuda es menos empática porque paga por todo también puede ir  bien con lo de que los conocimientos ancestrales se están perdiendo por culpa de las tecnologías que decía el guía etíope. Puedo darle una vuelta de tuerca a esas reflexiones. Y mirá qué lindo ese poema que apareció en el feed. Y hoy me acordé de que cuando era chica iba a ver a los caballos al campo pero nunca me quería subir, ¿no puedo relacionar eso con lo del maltrato animal y los camellos?

Así con todo.

No empezó a pasar hace mucho, ponele que dos o tres semanas, pero de golpe sentí que entré en un portal desconocido, que me puse en “modo libro” y todo empezó a tener un sentido y una dimensión distinta a todo lo demás. Me di cuenta de que mi cabeza no me hablaba de otra cosa más que de eso. Hacíamos equipo. Empecé a levantarme tarde —muy tarde— y me dio igual porque a las diez, once o doce de la noche me venían unas ganas de escribir que tenían toda la lógica y el sentido y a esa hora ya no había nadie en el chat, no me daban ganas de tender la ropa ni de salir a pasear. En modo libro me da lo mismo que los platos queden sin lavar, comer de parada para volver a la computadora, que el piso esté sucio, que me duela la muñeca, que lleve tres días con el mismo pantalón. Las hojas avanzan y avanzan y no quiero hacer otra cosa, no me interesa hacer otra cosa aunque no esté entrando plata a la cuenta, aunque las voces de afuera sigan hablando —el otro día alguien me preguntó si valía la pena escribir un libro ahora que “no hay plata” y que se “acabó el curro de la cultura”, lo juro por mis hijos perros—, aunque esto sea insostenible en el tiempo. La sensación que tengo es de que la inspiración, o como sea que se llame esta chispa, es un jarabe concentrado en un frasquito y cualquier cosa que haga lo puede derramar. Así que no quiero salir de mi casa, no quiero ir a Buenos Aires, no quiero dejar de escribir aunque sea sábado y el olor a asado entre por la ventana. Dudo, honestamente, que llegue a tenerlo terminado a fin de año porque tengo otros compromisos que en quince días me llevan a Europa, África y Asia por tres meses —Fua El Diego—. Pero no me importa. Va a estar listo cuando sea el momento, cuando tenga que estar y va a estar bien porque, de un modo distinto al anterior, estoy dándolo todo y estoy disfrutando mucho esta soledad, ese proceso, este libro, este modo.

* «Escribir un libro #1: modo libro» es la entrega número #22 de Blog a domicilio, la newsletter que mando lunes por medio a quienes tengas ganas de leerme en su bandeja de entrada. Aunque de vez en cuando repostee alguno en el blog, la mayoría de esos textos no se encuentran abiertos al público. Si querés vos también recibir mi blog a domicilio, suscribite en este enlace. 

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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