Voy recopilando frases que leo en estos días y que le dan sentido a esta prisión domiciliaria nivel mundial. Anoto:

“Ahora ya sabemos que la vida es comer con un amigo en una terraza, ir de librerías, tomar el sol, ver una película, perderte por una calle desconocida, coger un tren. Por eso, cuando la vida regrese, le pediremos menos cosas. Y tendrá sentido esto”.

Abajo:

“Cuanto más anormal hoy, más normal mañana”.

Abajo:

“Tal vez lo que sucede es que el planeta necesitaba unas vacaciones de nosotros”.

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Ayer se murió una planta en mis manos. Fue mi culpa: lo supe cuando le vi el tronco violáceo, cuando cayó sobre mi palma con su peso muerto y el agua excedida brotándole por los poros, cuando toda su existencia se derrumbó llevándose consigo la alegría de haberla visto crecer en mi casa.

Hace unos días le dije a alguien que me importa mucho que yo era como los helechos, que por eso me cuestan tantos los cactus: yo riego demás ─y hablo demás, y escribo demás─. Ayer maté una planta con mi exceso de cuidado maternal. El silencio blanco de las calles se siente como un duelo envolvente. Cuánto va a costarme cuadrar esta imagen de planta rendida con la tarea diaria que me he autoimpuesto de encontrar tres razones para estar feliz o agradecida o algo que me obligue a mirar más allá.

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Lunes. Cuarentena día 8. Llevo una semana haciendo vida de casa, aunque esa es la cuenta oficial. A veces tengo que mirar el calendario porque los días se me confunden. Antes sentía que las rejas de mi patio eran algo así como los límites de un bastión: yo me encerraba para trabajar, para encontrarme conmigo misma, para pensar en silencio. Afuera de mi casa quedaba el mundo y a ese mundo lo dejaba entrar cuando yo quería. De a ratitos. Ratitos de vecinos, ratitos de ruido, ratitos de preocupaciones de mundo real, que al fin y al cabo mi encierro tenía más que ver con la pantalla que con los pies en el pasto.

Ahora que las calles están vacías, que lo único que transita es el camión de la basura y el patrullero que nos viene a controlar ─acaso el último indicio de orden─ siento que mis rejas son el límite que me mantiene en la cordura. Afuera queda lo extraño, lo desconocido, la intriga de ya no saber qué hay una cuadra más allá. De a ratitos sigo eligiendo ─y cada vez menos─ cuando me dejo salir. Ratito de pasear la perra, ratito de hacer las compras para mí y para mi mamá.

Hoy, por ejemplo, tuve que ir a la farmacia. Mi mamá volvió de Brasil hace unos días y está con infección urinaria en plena cuarentena de encierro total. Llamó al CEM. Antes, mandó un mensaje al grupo de WhatsApp de los vecinos todos, a los de la cuadra, a los de más acá. No quería preocupar a nadie pero tampoco se quería preocupar: miren que me duele cuando hago pis, no estoy infectada de pandemia. Yo no quise salir a mirar. El cuadro de la ambulancia en la vereda de mi casa  ─digo mi casa porque es la costumbre, aunque ahora sea solo la casa de mi mamá y mi casa, la que sí es mía, esté media cuadra más allá─ , yo detrás de las rejas, el silencio total. Me pareció demasiado.

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A la mañana me había cambiado de ropa tres veces. Que si una remera que no me hubiese puesto hasta ahora, que si el vestido, que si mejor la misma ropa que ayer. Es un hábito estúpido que adquirí con disciplina de ritual, desde que todo esto empezó a ser cierto: todos los días me pongo algo distinto, y tiene que ser algo que me haga sentir bien.

Una parte de mí, intuyo, comprendió que las ocasiones especiales son algo muy relativo y se hartó de la ropa guardada para un no-se-qué que nunca iba a llegar. La otra, la más consciente, me lo dije serena: “Laura acordate, ya pasamos por períodos largos de estar encerrada. El pijama todo el día es la puerta de entrada hacia otras drogas”. Me río de la ocurrencia, pero hay algo de real. De ahí a estar todo el día en la cama, sin bañarme y hecha un bollo mirando series para no pensar hay un solo paso. Entonces, decía, a la mañana me había costado elegir qué ponerme y para mí ese fue un indicio de que el encierro me empezaba a pesar. No era el guardarropa, era yo que ya no me podía estar.

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“Pobre niña rica (que no) y blanca (tampoco) tiene todo (su casa, jardín, internet, espacio) excepto amor (libertad de circulación)” Como todo el mundo. Me da hasta culpa la queja. Pero siento que me asfixio. Ya no puedo ni pensar.

***

A las seis salí con Duma y la mochila al hombro con destino a la farmacia. Llegué hasta la esquina, enfilé para la ruta, y a medida que avanzábamos y nos metíamos por ese túnel de árboles empecé a sentir que el encierro se extendía, que la avenida era un apéndice de mi patio y que esto, así como estaba, era cosa de nunca antes.

Me dio miedo.

En 35 años no había visto la ruta así, jamás. Ni en enero, ni de noche, ni en nada. No se oía el motor de un solo auto. Duma quiso que le soltara la correa y yo me aventuré a caminar por la calle ─qué estúpido acto de rebeldía─ rogando que más allá, después del semáforo, los negocios estuvieran abiertos. Mi falta de tomates y de un termómetro parecía estúpida frente al terror de una ciudad desierta. Lo único que sentí fue el murmullo de las hojas que tintineaban con el viento allá arriba en la copa de los árboles. Parecía agua de arroyo, y en ese remanso-descubrimiento sentí algo parecido a la paz.

Me volví cuando vi de lejos que estaba todo cerrado y me acordé de pronto que era lunes de fin de semana largo. Apenas si crucé a un señor de limpieza municipal con barbijo. No supe si su mirada fue de complicidad o de odio: yo seguía oprimida por la idea de encierro transversal.

En las calles de los barrios se veían algunas almas haciendo cosas inauditas. Una señora limpiaba los vidrios con un secador, un hombre miraba una película en el jardín de su casa. La sensación de espiarlos de lejos me dio algo de alivio. La manera de estar juntos es estando solos, me dije. Y lo anoté debajo del resto de las frases.

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

3 ComentariosDejar un comentario

  • Linda, caí en este post porque estoy haciendo tu taller de relatos de viaje. Creo que es la única manera (hasta ahora) de conectar con eso que tanto extraño. Estoy en el bosque, por suerte. En una estancia lejos de cualquier ciudad. Y aún así, con el solcito entrando por la ventana, alpacas y gallinas dando vueltas y aire puro tocándome la nariz, me siento rara. Por primera vez en mi vida, siento la soledad en el cuerpo. Creo que me mimeticé con el aislamiento y el dolor del mundo. Te abrazo fuerte, cuidate mucho.

    PD: extraño escribir cartas.

    • Jime! Qué lindo verte por acá! Uno se mimetiza, es inevitable. Qué bueno igual que, a diferencia de otras épocas, tengamos internet para conectarnos de algún modo, y podamos estar juntos aún estando solos. Yo también extraño escribir cartas, esta cuarentena me dio mucho por los cuadernos y los diarios. Cuando quieras nos mandamos una.

  • Ya te sigo desde hace tiempo. Tengo todos tus/vuestros libros. Y ahora en plena pandemia te leo desde Costa Rica, donde me cogió este tsunami camino de un viaje en barco que conocí gracias a tí hace tiempo. Travesía Cartagena de Indias – Lisboa.
    Aquí estoy varada, no sé hasta cuándo. ☺️
    Disfrutando del buen carácter, país y clima de los ticos.
    Un abrazo

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