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En sus marcas…preparados……listos………YA!

¡Largaron los acróbatas! ¡Sí! ¡No era mentira! Ya estábamos perdiendo un poco de credibilidad porque la estadía en San Nicolás se extendió más de lo que habíamos pensado, pero todo pasa por algo y finalmente valió la pena.

Costó salir entre mudanzas y reuniones familiares. Juan tiene síndrome de abstinencia desde hace dos meses y no lo culpo. No me odien lectores, pero fuimos por mis pagos con la promesa que nos íbamos el 10 de julio y por motivos que van desde un tratamiento de conducto hasta el cumpleaños 70 de mi abuela Imperio, nos fuimos quedando. A mi me hizo bien una sobredosis de vida familiar antes de partir en un viaje semejante, y puedo decir que salimos cuando realmente estábamos preparados para hacerlo.

Tuve que volver a lo escabroso de embalar todo otra vez para luego poder disfrutar de lo primero que uno palpa como real ante un viaje: armar la mochila. Para algunos es un ritual (Juan jura que tiene una técnica y yo no quiero arrancarle la ilusión), y para otros un trámite más. Yo personalmente lo disfruto muchísimo, tengo ropa que es exclusivamente de viaje por lo que doblarla sabiendo que me la voy a poner dentro de poco me redobla la alegría. Esta vez fue distinto, es difícil decidir que llevar cuando se tienen dos años y un continente por delante, y se pretende cargar poco peso. Además reconozco que al momento de seleccionar qué cosas llevar, el criterio que tuve fue un poco distinto al de otras veces… Ya son pocas las cosas que me unen a una vida sedentaria, renuncie a todo aquello a lo que podía renunciar y me lancé a la aventura. Sin embargo siento como una necesidad inexplicable de no perder ciertas mañas femeninas que tiempo atrás no me afectaban. Supongo que cuando me iba sabiendo que a los 3 meses volvía, me importaba más estar cómoda que estar linda. Pero ahora, siendo yo la misma que hace tiempo atrás le hacía chistes a Lala porque se pintaba para subir al avión, necesito no perder pequeñas cosas que me hacen sentir monona, como dice Juan. Son “nenacidades”, según él. Por eso cargué un par de vestidos lindos, algo de maquillaje, y hasta una carterita. Porque aunque pienso ser viajera (no me animo a la palabra nómada aún) durante los próximos dos años no quiero perder mis rasgos de feminidad. Soy una princesa vagabunda: vagabunda, sí, pero bien princesa (aunque a veces no lo parezca)

Salimos el miércoles a la 1. Mi papá, quien no se iba a quedar tranquilos dejándonos en la ruta de salida de San Nicolás se conformó con dejarnos en Pergamino, aunque tuve que insinuarle que hacer dedo con tribuna no es recomendable.

Ahí esperamos poco, porque en seguida nos frenó un camión en cuya lona trasera se leía bien clarito “El Sueño”. Como un guiño de ojo de la ruta, que sabe que ese era el primer paso de un largo camino. El chofer no hablaba mucho pero nos llevó hasta Junin, hogar de Lujan, mi “Mala Amiga”, compañera de estudio de toda la carrera y quien me vio soñar miles de veces con viajar el mundo. Como ya era tarde para seguir y yo quería visitarla antes de seguir viaje, aprovechamos e hicimos la primer parada, donde Juan probó las tortas de trigo, herencia de la comunidad sirio libanesa de Junín. Es al día de hoy que me pregunto cómo es que a nadie se le ocurrió llevarlas a otras partes del país.

Al día siguiente nos levantamos temprano con la intensión de llegar a Mar del Plata y para darnos una mano, Lujan y Matias nos acercaron hasta Bragado, donde por suerte no tuvimos que esperar mucho y en un periquete ya estábamos en 25 de mayo.

Íbamos avanzando de a poquito, hasta que nos frenó una camioneta que de un tirón nos llevó hasta Rauch. Desde la caja del vehículo veíamos el paisaje interrumpido por un carretón que la chata remolcaba, y no pude evitar pensar en la explicación técnica que mi hermano Gianfranco de 9 años me hubiera dando respecto a las especificaciones de éste. Me di risa de mi misma al descubrir que de tanto escucharlo a él y a mi papá al menos podía distinguir que se trataba de un carretón de dos ejes…. Con el viento constante el sol casi ni se notaba y llegamos a destino pasado el mediodía. Ahí me di cuenta de que si no cambiábamos de rutina íbamos a tener un problema: supongo que cuando Dios le sacó una costilla a Adán no pensó en que a nosotras nos vendría bien también contar con los beneficios de un sistema urinario práctico que te permita ser feliz en segundos y casi sin que nadie se de cuenta. No, Dios no estaba pensando en eso, porque si lo hubiera pensado me habría resuelto un problema… Eran casi las 2 de la tarde y yo no iba al baño desde las 8 de la mañana… salté de la chata derecho a una estación de servicio. Y ahí nomás charlamos a otro camionero que nos llevó hasta Tandil mientras nos mostraba orgulloso una foto de su moto que alcanza una velocidad de 320 km/h…

Traíamos un ritmo envidiable, y pretendíamos llegar a Mar del Plata antes de las seis, pero no contábamos con Tandil. Podríamos decir que ese fue mi primer encontronazo con la ruta, porque la alegría se me apagó como si de un interruptor de energía se tratase. Si tuviera que titular la ciudad, diría que Tandil es la capital de las señas indescifrables. Más de una hora y media esperando. No puedo decir que nos ignoraban, porque no era ese el caso. Todos y cada uno de los conductores tenía una seña distinta que hacer: con un dedito, con el otro, que más acá, que más allá… Todos parecían estar indicando un “voy hasta ahí” o “doblo en la próxima” pero como Juan y yo queríamos aunque fuere avanzar hasta la otra rotonda les decíamos que sí y en ese fugaz contacto de 80 km/h todos nos respondían algo que jamás sabremos qué era.

Malhumorados y buscando explicaciones en donde no las había, cambiamos de lugar a ver si tal vez teníamos más suerte….pero nada. Logramos a la fuerza frenar a una traffic que se apiadó de nosotros y nos acercó hasta la otra salida. Ni bien llegamos tuvimos competencia: otra parejita que se paró unos pocos metros más atrás que nosotros, y al rato otra pareja más que se fue un poquito más atrás. Era lo único que nos faltaba. Nos quedamos esperando otros casi 40 minutos hasta que el primer camión frenó y sin darle tiempo a los rivales salimos corriendo a preguntar para quién era la frenada. Era para nosotros, que a falta de cartel habíamos decidido llamar la atención con un planisferio. Horacio, el chofer, nos contó que nos había visto más temprano pero que al ver el mapa temió que fuéramos extranjeros y que no habláramos español. Le explicamos que salvo el lenguaje de señas tandilenses nos la rebuscamos con los otros idiomas y así entre historia de viaje, otra parada al baño y más historias, terminamos llegando a Mar del Plata cerca de las 8 con una luna enrojecida que desde el camión parecía gigante.

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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