La primera noche que me tocó pasar en cuarentena se cortó la luz en media ciudad. Quedé del lado oscuro. The Dark Side pero de ninguna Moon: en zona norte pasa siempre igual. Yo estaba cocinando y de repente PUM: la sensación espantosa y absoluta de que desenchufaron el mundo, de que se cerraron los ojos de la noche, de extrañeza total. Afuera había un viento y adentro mío una certeza: si había un día para soltarle la mano al miedo de estar a oscuras no era justamente ese. Busqué velas. Puse música en el celular. Revolví la olla. No sé a qué hora volvió la electricidad, pero yo ya estaba a medio dormir. La posibilidad de incendiar el parqué con alguna vela desequilibrada fue más real que el miedo a una tercera dimensión, y terminé por entregarme a las sábanas. En el inframundo, quizá, también había toque de queda.

Desde entonces me despierto con la luz del sol, todos los días más o menos a las nueve.

La primera mañana tuve una reunión de no sé qué y decidí estrenar una remera que me compré en Guatemala hace ya unos años. La segunda, me di cuenta de que no tenía ganas de pijama y me puse otra cosa que también me gustó. Y aros. Y me arreglé el pelo así fuera para quedarme a trabajar en casa. Porque hay que decirlo: mi rutina no se vio drásticamente modificada por esta cuarentena. Bien podría estar haciendo exactamente lo mismo que antes y sin embargo no lo estoy; me afecta el aislamiento del mundo. Es como si se filtrara por debajo de la puerta, por el ventiluz del baño, por las hendijas del celular. Sé, porque lo sé de sobra, que si me quedara en pijama la cama me llamaría a los gritos y terminaría todo el día prendida a la teta de Netflix con la excusa colectiva del no pensar.

Así que rutinas: si tengo comprar algo, lo hago temprano. Si no, me dedico la mañana a limpiar la casa, el mediodía a cocinar como Dios y Paulina Cocina mandan, la tarde a trabajar. Apenas si miro noticias, pero no puedo soltar las redes. Como si las sociales fueran eso: un entretejido de contención, una herramienta para pescar a mansalva y entonces vivos, transmisiones, recetas, consejos, películas gratis, documentales gratis, porno gratis. La carrera gratis de las empresas por demostrar su empatía llenando agendas con cuentas Premium hasta para paliar la soledad que ya existía antes de la pandemia. Por momentos, saturación: resulta que ahora que estamos en cuarentena hay que ser todo lo productivo que no somos el resto de la semana, del año, de la vida. De a ratos, euforia: escribo lo que hago, lo que haría, lo que quisiera hacer en caso de poder. Escribo lo que pasa en esta nueva rutina de hábitos para mantener la cordura, pero también lo que florece en la maquinaria recién estrenada de la introspección compulsiva. Y así voy pasando la vida, completando cuadernos que van quedando chicos con letras redondas y grandes que dejan registro de todo pero que, por sobre todas las cosas, llenan mi frasquito inmenso de confinamiento en soledad.

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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