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Antártida – Día 8: El pasaje de Drake, reloaded

Ya antes de la cena toda la tripulación se empeña en no dejar espacio libre de bolsitas preventivas. Desparramadas en barandas y pasamanos las bolsitas están para que si alguien es asaltado por su propio vómito en medio de un sacudón tenga en donde ubicarlo sin comprometer el bienestar de la alfombra y la comodidad y agrado de los demás pasajeros. No es una buena señal, es una alarma que anuncia que el pasaje de Drake se acerca y con él mi suplicio… Yo me refugio en la cama esperando pasar el tormento, pero cuando lo veo venir a Juan corriendo descompuesto me doy cuenta de que esta vez va a ser peor: ¿quién cuidará de quién? Mientras yo medito y controlo mi estómago en posición horizontal Juan intenta bajar el colchón al piso, maniobra que logra en 3 movimientos: primero tironea, después levanta un poco el colchón y por último sale volando. Sí, bien digo, sale volando. Juan, colchón y almohada aterrizan en un suelo inclinado a casi 45° mientras me pregunto cómo haremos esta vez para sobrevivir las 36 horas que faltan.

 ¿Así que te quejaste del viaje de ida, que vomitaste como si el barco realmente se estuviera moviendo para después ir y contarles a todos lo mal que lo pasaste y lo valiente que fuiste? ¡Ahora vas a ver lo que es bueno!

Muchas preguntas, poca luz, mucho mareo. La noche pasa entre movimientos bruscos y cosas que se caen. Desde la pared mi campera se mueve como el péndulo de un reloj invisible y la silla se debate entre mantenerse de pie o recostarse a 10 cm de mi computadora que también está en el piso. Escucho golpes aleatorios: la silla está parada, al rato vuea y se cae, al rato se vuelve a parar.

El tiempo corre en dimensiones indescifrables, y mientras mi pensamiento vuela por cielos inexplorados caigo en la conclusión de que esto es lo más similar a una tortura que jamás haya experimentado. Por el altoparlante anuncian una película, prohíben salir al exterior, cancelan el almuerzo. Si se cancela el almuerzo, la cosa es tan complicada como yo presumo. De a ratos Juan y yo charlamos para matar el tiempo, el hambre que se presenta como enemigo del propio cuerpo, y el aburrimiento. Del pasillo de los arribeños se escuchan, de vez en cuando gritos lejanos: ¡Me quiero bajaaaaaar! ¡Bastaaaaaaaaaa! Cuando me descubro a mi misma diciéndole a Juan “¡Decile que pare!” me doy cuenta de que la locura nos ha contagiado a todos y por momentos no se si estoy en un barco, en un experimento de la Iniciativa Dharma o en algún sueño demasiado real.

Juan toma valentía y decide ir en busca de algo para comer y mi duda de ¿quién cuidará a quién? parece estar resuelta. Juan desaparece por el pasillo y me rio de mi misma al notar que mi retórica pregunta bien suena a un capítulo del Chapulín Colorado. De repente, y de manera violenta, se abre la puerta y como en cámara lenta lo veo a Juan revolear un par de manzanas sobre el colchón para manotear una de las famosas bolsitas que cuelgan sobre la baranda del pasillo. Me tapo los ojos por instinto. Acto seguido, y como si mis pensamientos anteriores se materializaran en la más bizarra de las posibilidades, me lo encuentro a mi compañero, bolsita en mano cual Dr. Chapatín pidiendo auxilio. Eso, claro está, sin dejar de bailar al ritmo del Drake que no para. “¿Qué hago con esto? ¿Qué hago?” Juan agita la bolsita por los aires y tratando de no pensar demasiado respondo: “No sé, pero sacala de acá”. “Ya se, la tiro al inodoro”. No, Juan. No. Solo alcanzo a gritar, mientras me imagino los baños de todo el pasillo rebalsando, inundando todo de agua, vomito y mal olor, al compás de un Drake diabólico. “Nada nunca es tan malo que no pueda ponerse peor”, decía Murphy, y si algo nos podía faltar en esta pesadilla, eso sería que se taparan los sanitarios.

De vez en cuando una ola golpea nuestro ojo de buey y yo lamento no tener fuerzas para tomar mi cámara, asomarme a cubierta y fotografiar al Drake en plena furia. Por suerte Cristian logró hacerlo. Miro las fotos ahora y se completa mi imagen, ya se cómo se veía el interior del Ushuaia, así se veía el exterior. Por lo que estimo la agonía se va a dilatar, avanzamos más lento. Me consuela, únicamente, la continua pero firme cuenta regresiva.

Esta foto está tomada desde el mismo lugar que la anterior, el puente de mando. En la esquina inferior derecha se ve parte de la proa…el resto es ola!

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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