Recibí el mensaje un jueves al mediodía y tuve que escuchar dos veces para entender bien. Del otro lado del Whatsapp —del otro lado del mundo— S. me preguntaba si me interesaba participar de un documental sobre mujeres que estaba armando la Universidad de Teherán. No conocía a los responsables —la cadena de amigos de amigos era un tanto incierta —pero podía darme su palabra en algo: eran gente de confianza. “No van a sacar tus palabras de contexto y van a cuidar que el subtítulo respete lo que dices”. No me quedaba claro el enfoque —S. sabía que era sobre derechos de la mujer y situaciones de mujeres alrededor del mundo— ,pero acepté. Desde mi condición de viajera había visto y vivenciado experiencias de lo más diversas, y desde mi lugar como escritora las había volcado al papel siempre con una lista de preguntas al final. Creía —y sigo creyendo— que en materia de género y en cuestiones de culturas nunca está todo dicho.

S. y yo nos conocimos el año pasado durante mi viaje por Irán. No compartíamos muchas opiniones y, sin embargo, era alguien con quien siempre quería tener una conversación: inteligente, muy respetuosa y, sobre todo, una argumentadora excepcional. Que pensara en mí, lo admito, fue un halago que no esperaba.

Recibí el mensaje dos o tres semanas después, cuando ya casi me había olvidado del asunto. N. me escribió por IG, se presentó como el contacto “de la señorita S.” y me pidió mi número de Whatsapp para hacerme las preguntas. Dijo, en una línea vaga de inglés de traductor, que la entrevista era para un documental de la universidad, que pensara las respuestas y que pronto me contactaría para grabar. Media hora más tarde mi teléfono se daba la pantalla contra una catarata de campanitas y yo hacía abdominales vía streaming.

Vi las preguntas la mañana siguiente, con un café de por medio. Eran muchas, eran muy políticas, estaban muy mal encaradas. “¿En su país, la igualdad de género entre hombres y mujeres y las leyes que aceptan a las mujeres han beneficiado a las mujeres?” Supuse que era un lost in translation, que por más que la releyera no entendería nunca a qué apuntaba. Me pregunté qué sabía N. —o qué entendía N.— por “beneficiar a las mujeres”, de qué igualdad de género me estaba hablando en particular. “Si los derechos de las mujeres fueran igual que los de los hombres, ¿las mujeres alcanzarían la posición deseada?” “¿Piensa usted que las mujeres son iguales que los hombres? ¿Por qué? Fundamente”. Hice scan hasta la última, sentí que el tema me sobrepasaba para las nueve de la mañana, y cerré la ventana del chat. De fondo sonaba mi radio: en Chaco habían rociado a las niñas de una familia Qom con alcohol y después las habían abusado con la amenaza de prenderlas fuego vivas. En el sur, un fiscal había decidido que una violación en manada era apenas un “desahogo sexual” y Twitter ardía de indignación a puro hashtag. Saqué los potus al alféizar de mi ventana del living. Necesitaba que me diera el sol, dejar de escuchar, decantar la cabeza.

Volví al Whastapp a las seis de la tarde. La lista seguía: “En su país, donde la situación es normal…” Momento. ¿Qué es normal? ¿Según quién?. “En su país, donde las mujeres tienen el privilegio de no usar el hijab….?” Repasé. No había una sola pregunta que me saliera responder de modo natural, un solo tema que se pudiera resumir en dos o tres oraciones. Pegada en la estufa con el teléfono en la mano comencé a sentir arena en la boca. Se me escurría la panza justo como cuando tenía que rendir un final solo que esta vez no sabía nada: ni quién estaba del otro lado, ni cuál era el enfoque del documental, ni cuál sería la audiencia. Si decía que en mi país la situación era mejor — que, desde mi visión occidental, lo creo— podían contrastarme con estadísticas: en Argentina muere una mujer veintiséis horas. No hay hijab, sí bikinis —y más violaciones, al menos registradas—. Si trataba de ser neutral y decía que acá no alcanzamos “la posición deseada” —que igual, deseada por quién, definida cómo— entonces podrían usar mi mensaje a favor de un régimen totalitario “ven, las occidentales tienen ‘libertades’ y no están mejor que nosotras”. Todo dependía del enfoque —sin contar, claro, en la cantidad de supuestos que venían encerrados en las propias preguntas— . Había una, sin embargo, que me inquietaba aún más: “¿Qué mensaje le daría a las mujeres iraníes?” ¿Yo? ¿Y yo quién soy? 

Me fui a dormir decidida: lo primero que haría a la mañana siguiente sería decir que no.

“Prepárate porque mañana a esta hora vas a salir en vivo por la TV nacional iraní. Tienes que tener la cabeza cubierta”, decía el mensaje que me mandó N. a mi madrugada. Ya no era una documental, ni una entrevista grabada, ni algo para la universidad. Me levanté de un salto. Por un instante lo vi todo: el periodista de una televisión controlada por el gobierno paseándome con argumentos de hormigón y yo intentando meter bocado o corregir mis palabras sacadas de contexto. Me vi sudando frente a cámara con un velo, vi mis palabras tergiversadas, me vi usada para sostener políticas opresoras. Y lo peor: me vi expuesta porque sí, innecesariamente, ganándome un lugar en la lista negra, sin poder volver a solicitar una visa en Irán. O quizá no, quién sabe. Nada de todo esto era seguro excepto por algo: me vi con miedo, y eso me bastó.

Confieso que el gen de la responsabilidad me hizo un agujerito en el esternón cuando le mandé mi negativa a N. y mis profundas disculpas a S. —que entendió perfecto la situación, y se disculpó de todos modos— . De haber vivido esta misma situación unos años atrás probablemente hubiera dicho que sí: por la oportunidad, por la experiencia, porque sí. Hoy me quedo con la duda, con el “qué hubiera pasado”, con las posibilidades que cuelgan de cada flecha que me despiertan esas preguntas. Me quedo con la sensación del boomerang que vuelve: uno viaja para buscar historias pero, a veces, las historias viajan para buscarlo a uno. Y me quedo, sobre todo, con la tranquilidad de haberme escuchado a mí misma. Acaso no sea la intuición el mejor regalo de todos los viajes.

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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