Durante mis primeros años de mochila, allá por 2008, jamás me imaginé que algún día iba a poder responder correos de trabajo desde una playa en Zanzíbar o dar talleres de escritura desde una cabaña las montañas de Marruecos. En esa época, vivir de viajar sonaba a algo reservado para un puñado de privilegiados (los influencer ni siquiera existían) o emprendedores que parecían haber encontrado la fórmula secreta que al resto se nos negaba. La idea de tener un ingreso estable mientras recorría el mundo era, para mí, más una fantasía lejana que un plan real. Con el tiempo —y no de un día para el otro— esa fantasía se fue transformando en mi forma de vida.

Cuando arranqué, trabajar mientras viajaba no era una opción que nadie te ofreciera: había que inventársela. Con los años fui viendo cómo eso que al principio parecía una rareza —cobrar en dólares desde un locutorio en Bolivia, mandar un artículo desde una carpa en el desierto— se fue volviendo cada vez más común. Las empresas empezaron a aceptar las reuniones online como algo normal, los clientes dejaron de exigir una oficina física detrás de cada proveedor, y ese estilo de vida que yo venía sosteniendo con mucho ensayo y error de golpe tuvo un nombre y una categoría: trabajo remoto.
Transformando los viajes en una carrera profesional sostenible
Vivir del viaje suele imaginarse como una vacación eterna, pero la realidad es bastante distinta. En estos 18 años en ruta aprendí que esto solo es sostenible si tenés varias patas generando ingresos al mismo tiempo, y una organización bastante más rígida de lo que cualquiera se imagina.
Mi día a día se reparte entre varios frentes: escribir para el blog y para otros medios, colaborar con marcas y destinos turísticos, dar talleres de escritura de viajes, organizar mis viajes de escritura, preparar charlas y, en los últimos años, trabajar en mis libros. Cada uno de esos frentes tiene sus propios tiempos y compromisos —una nota tiene un plazo, una colaboración con una marca tiene condiciones específicas, un taller requiere preparación previa— y aprendí, a los ponchazos, a no mezclarlos todos en la misma cabeza al mismo tiempo.


Hay etapas en las que estoy más metida en la escritura —cerrando un artículo, avanzando con algún libro— y otras en las que el foco pasa a grabar contenido o coordinar campañas con marcas y oficinas de turismo. Esa flexibilidad es una de las cosas que más valoro de este trabajo, pero tiene su costo: si no gestionás bien el tiempo, terminás trabajando todo el día sin la sensación de haber avanzado en nada.
La realidad menos glamurosa del trabajo en ruta
Trabajar mientras viajás significa adaptarte todo el tiempo: la conexión a internet nunca es la misma, el lugar donde te instalás a trabajar cambia constantemente, y los husos horarios se reacomodan cada pocas semanas. He hecho videollamadas al amanecer para coincidir con horarios razonables en Europa, y otras veces cerré mi jornada laboral a la noche porque del otro lado, en América, recién estaban arrancando el día. En casi veinte años cruzando fronteras —desde Sudamérica hasta Irán, desde la Antártida hasta el sur de África— aprendí que ese tipo de reacomodo constante no es la excepción: es la rutina.

No siempre trabajás en las condiciones ideales, y ahí es donde las rutinas simples marcan la diferencia. Con los años armé las mías: bloques de tiempopara cada tarea, calendarios de proyectos bien detallados, copias de seguridad periódicas, y un chequeo casi obsesivo de la conexión a internet antes de instalarme en un alojamiento nuevo. Nada glamoroso, pero es lo que sostiene todo lo demás.
La Organización Internacional del Trabajo señala algo que confirmo cada vez que cambio de país: lo que hace que el trabajo remoto funcione no es el lugar físico, sino tener canales de comunicación claros y límites sanos entre el trabajo y la vida personal. En ese sentido, viajar todo el año y trabajar remoto desde una oficina fija se parecen más de lo que uno pensaría.
Generando confianza con los clientes desde cualquier lugar
Una de las cosas que más aprendí en estos años es que a los clientes, en el fondo, no les importa si estoy en Nairobi, en Lisboa o en la Patagonia. Lo que les importa es que responda a tiempo, entregue un trabajo prolijo y me maneje como una profesional, esté donde esté.
La constancia es, para mí, el verdadero secreto para ganarse la confianza de alguien y que después te vuelva a contratar.
Un detalle chico pero que suma: si trabajás de forma profesional, contactar clientes desde una cuenta genérica de Gmail no da la mejor imagen. Tener un correo corporativo propio, de un proveedor serio, es uno de esos gestos pequeños que hacen que una marca o una agencia te tome en serio, aunque estés escribiendo desde una estación de tren o desde un camping en medio de la nada.
Profesional, aunque viva con la mochila al hombro
Llevar una vida nómade no significa dejar el profesionalismo de lado. De hecho, trabajar así exige más disciplina que un trabajo tradicional, porque no hay una oficina que te ordene el día: ese orden lo tenés que construir vos, en cada lugar nuevo, una y otra vez.
Cada ciudad que piso es al mismo tiempo un destino para descubrir y un lugar de trabajo. Apenas llego, una de las primeras cosas que hago es probar la conexión a internet en distintos puntos. Después busco un lugar tranquilo, con buena luz, para las videollamadas, y armo mi horario laboral alrededor de los planes de viaje —no al revés. Y si algo no sale como esperaba, aprendí que casi todo puede esperar un rato más.

Trabajar desde hoteles, cafés o espacios de coworking también trae otro tema que casi nadie menciona: la privacidad y el cuidado de los datos de mis clientes. La Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad (ENISA) insiste en algo que aplico religiosamente: autenticación fuerte, comunicaciones seguras y cuidado extremo de la información sensible, sea desde donde sea que estés trabajando.
Nada de esto se ve en una foto de Instagram. Pero es exactamente lo que hace que este estilo de vida se pueda sostener durante años, y no solo unos meses.
El sueño es real, pero sigue siendo trabajo
Hoy trabajar desde cualquier parte del mundo es más viable que nunca. La tecnología avanzó, la cultura laboral cambió, y el trabajo remoto dejó de verse como una excentricidad para convertirse en una opción legítima. Ese sueño que en 2008 me parecía inalcanzable, hoy es simplemente mi vida.
Pero esa libertad de trabajar desde una playa, una montaña o el medio de una ciudad que no conocés se sostiene sobre las mismas bases que cualquier trabajo serio: fiabilidad, organización, comunicación clara y confianza. Lo único que cambia es el paisaje de fondo. Lo esencial —hacer bien tu trabajo, cumplir, ser constante— sigue siendo exactamente lo mismo.


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