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#GordasCruzadas (2): Kenia vs. Rusia

#GordasCruzadas nació en una de esas charlas, donde no se hablaba de otra cosa que no fuera de morfi. En esta serie de post, Angie D’Errico del blog Titin Round The World y yo, vamos a cruzar documentación, rankings e impresiones de la comida que nos toque mientras estamos viajando. Para eso elegimos seis categorías + un bonus track en el que cada una puede incluir un plato extra de categoría libre. Un post por cada país que visitemos, viajando por latitudes incombinables, a ver quién de las dos la está pasando mejor/peor, comiendo más rico o soñando con más asado que nunca. En este segundo post, Kenia de este lado, Rusia en el post de Angie. Buen provecho (si es que pueden).

P.D: militantes del INADI, abstenerse. #GordasCruzadas es lo más.

P.D2: ¡vamos que la cosa va mejorando!

Después de la experiencia traumática en Etiopía, de que un lector se ofreciera e insistiera vehementemente en mandarme dulce de leche por encomienda (lo juro) y de que mi mamá me mandara una cantidad ilimitada de audios preguntándome si comí bien y diciéndome que estoy “muy flaquita”, llega esta segunda edición de la dinámica más chancha de todas. Porque aunque estemos lejos, #GordasCruzadas vive, y la lucha sigue (?).

Esta vez, como bien dice el título, vamos a seguir bajando por el continente mientras Angie sigue jugando a los avioncitos y se nos va a la otra punta del mundo. Kenia, señoras y señores, es un quiebre en este viaje africano. No porque lo que hayamos visto hasta ahora no sea muy África que digamos (que de hecho, no fue muy África que digamos, pero mejor no mencionarlo a ver si viene la horda de estudiantes de la UBA con Puan a la cabeza y me prenden fuego con todos sus dilemas y discursos antropológicos). Más bien, voy a decir que Kenia es un quiebre en este viaje porque después de mucho andar, por primera vez sentí que estaba en esa África que imaginaba, combinada con esa África que nadie se imagina. Quiero decir: animales de safari, tribus y malaria, mezclados con una ciudad que se come el mundo como es Nairobi, playas de un azul increíble y una sociedad que puja y empuja sin parar. Y si el mundo me dio un giro de 180 grados pasando de Etiopía a Kenia (sí, ya sé, tengo que ir a psicólogo a superar el drama de Etiopía porque no puedo dejar de hablar de Etiopía y aunque estemos escribiendo de Kenia sigo tipeando Etiopía), la comida no podía ser menos. Con ustedes, mis seis nominados:

1. Pulpo frito (Ganador de la categoría “Le entro como un caballo”)

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Ya lo dije alguna vez: conmigo el ecosistema marino está a salvo. Yo no soy mucho de los mariscos (que en su mayoría me parecen insectos de mar…o sea, miren una langosta patas para arriba y encuentren las 7 diferencia con la cucaracha de Baygón). Y el pulpo, digamos, nunca estuvo entre mis preferidos. No sé por qué le hice caso a Juan cuando pedimos el plato la primera vez (bueno, sí sé, le hice caso porque estaba barato y había hambre, pero no queda muy lindo decirlo). Y menos mal. Menos mal señor pulpo que usted habita prolíferamente en la costa swahili y menos mal que usted es tan barato oh sí señor pulpo de los mares bendice tus tentáculos fritos con mucho limón y poco de ensalada si puede ser. U$D 3 vale el pulpo entero crudo si se lo compran a los pescadores. U$D 5 si lo quieren entero cocinado y U$D 0,6 cada tentáculo frito servido con ensalada. No probé pulpo tan pero tan rico en mi vida. No exagero si digo que me pasé casi todo el viaje por la costa swahili a base de pulpo en todas sus variedades, y menos exagero si digo que fui muy feliz con los dedos y la boca grasienta y los labios pegajosos que te quedan después de comer pulpo. De todas las variedades que probé, hay dos que se llevan todos los premios. Uno es el que hace Jaquie, la novia de Miguel, que cocina como los dioses. Jaquie además de ser una cocinera de la hostia, es tan amor, que la noche antes de que nos fuéramos de Kenia me trajo un envoltorio de papel aluminio lleno de pulpo. Amé. El otro es el que hacen en el Village Dishes, que es el pulpo de la foto. El Village Dishes está en Kilifi, punto recontra obligado si están paseando por la costa de Kenia, y está siempre lleno de gente. Vayan muy temprano. El pulpo se acaba rápido.

2. Mandioca frita en papel de diario (Ganador del premio “Cómo le acerté”)

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Snacks. Comidas en la vereda. Puestitos de cosas fritas en aceite añejo. Oh, sí, mundo de la comida callejera…esta es mi declaración de amor. Me encanta comer (bueno, ejem…creo que eso se nota) y me gusta mucho más cuando se trata de comida callejera. Así que ya saben: o hacen como Juan que sin que yo me dé cuenta me lleva esquivando puestitos callejeros, o se bancan que me antoje de todo lo que aparezca en el camino, como me pasó con estas mandiocas fritas en la plaza central de Lamu.

Para ser honesta, tengo una relación medio de amor-odio con la mandioca. Comí cantidades industriales cuando vivía en Iguazú, hace ya unos cuantos años, y si hay algo que tengo en claro es que la mandioca llena, pero no alimenta ni un poco. Sin embargo…adoro lo frito. Así que, matemáticamente: odio mandioca, amo lo frito….odio mandioca, amo lo frito, amo lo frito, amo lo frito… ¡deme dos! Y sí, no le erré. No sé si el gustito especial se lo daba el limón, el picante que le ponían sin asco, el aceite del siglo pasado o la tinta del diario que de tanta grasitud se traspasaba a la mandioca, pero qué manjar por Dios, y a tan sólo U$D 0,10!

3. Ugali (Ganador de la categoría “no me quedó otra”)

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Nosotros comemos todo con pan, los venezolanos comen todo con arepa, los italianos comen todo con pasta y los keniatas…los keniatas salieron perdieron en la repartición del acompañamiento porque les tocó el ugali. No se dejen engañar: de monono, tiene nomás el nombre.

El ugali es ese mazacote blanco que viene acompañando todas las comidas keniatas. Está hecho a base de harina de maíz blanco, y aunque nunca logré dominar la técnica, la mayoría de la gente de acá tiene la habilidad de hacer un bollito ahuecado y usarlo como pinza para agarrar el resto de los alimentos. Un modo bastante chancho pero eficaz de llenarse la panza. El ugali tiene sabor a arepa a medio camino. El problema en sí, para ser honesta, no es el gusto en sí. El gusto no está mal, pero tampoco es la pasión. El tema es la cantidad. Pedís un poco de frijoles con acelga y te chantan una pelota de fútbol de ugali. Caliente, ponele…frío, no lo bajás ni con una patada de Bruce Lee.

4. Pescado al ajo (Ganador de la categoría “premio revelación”)

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Si hay algo por lo que debo agradecerle a mi madre en lo que a comidas se refiere, es su imposición del ajo como sabor universal. No me quejo (de hecho, admito, sigo el mismo camino que ella): el ajo es un sabor salvador, que va con todo. ¿Querés darle onda a la comida? Salteá un poquito de ajo. ¿Querés que nadie se te acerque en un boliche? ¡Comé con ajo! ¿Repelente natural contra los mosquitos? ¡Sí, adivinaste! ¡Ajo! Ah, pará. ¿Sos alérgico al ajo? ¡Te vas ya mismo de mi casa y ni se te ocurra hablarme pero ni por Facebook, querido! ¡Que nos sabés lo que es bueno en esta vida!

En fin, decía. No había muchas chances de que el pescado al ajo estuviera feo. Pero el premio revelación se lo merece por otra cosa: era muy barato, y alcanzaba para que comiéramos los dos. Por apenas U$D 4 en el Tamarind Café, también en Lamu (spoiler de comida en Kenia, si quieren comer rico vayan a la costa, el resto del país se la pasa a ugali con porotos) te sirven este hermosor de pescado. Generalmente hay que esperarlo, pero lo interesante es que si te sentás en una de las mesas que dan a la calle, podés ver al señor haciendo el pescado sobre un fueguito que sale de un tacho al mejor estilo homeless de Nueva York. Eso, más los burros que pasan por la calle, más los gatos que se pelean por las sobras, más la salsa de ajo. Una delicia.

5. Samosas (Ganador de la categoría “No te mueras nunca”)

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Laura Snack, me dicen. Las samosas son el mejor invento de Dios (bueno, está bien, dije lo mismo de los tapones para los oídos, de los tarallis, de Netflix, de la chocotorta, de CouchSurfing y de la olla arrocera, pero sepan disculpar, yo soy así, cuando algo me gusta me gusta en serio!). Las samosas son la comida perfecta para calmar el hambre de media mañana, o el hambre que nos da cuando se nos hizo tarde para el almuerzo pero es todavía temprano para la cena, o cuando no tenemos hambre pero tenemos muchas ganas de comer. Se consiguen en todas partes, son muy sabrosas (je, samosa sabrosa samosa sabrosa) y tiene un aire a empanada que da nostalgia. Triangulares, chicas y fritas, las samosas son la perdición del mundo. En los lugares más baratos cada una cuesta alrededor de U$D 0,5. Las buenas, ricas (y más chicas en general) llegan al dólar. Es un problema, sobre todo si pagás después de que te las comiste sin pensar, porque de repente te encontrás con que estás debiendo cuatro dólares, y tenés un hambre para dos mil. Pero así y todo, valen la pena. Las de cangrejo, oh por Dios, son un vicio.

6. Mnazi (Ganador de la categoría “La gente me obligó” – y los odié a todos por eso –)

La Rough Guide lo define como “la contribución keniata al arte de la auto-intoxicación”, y yo creo que fue bastante generosa, porque el mnazi…el mnazi debería ser ilegal. (O sea, posta, no entiendo como penalizan la marihuana pero dejan que la gente ande tomando esto por ahí). Mnazi es, ni más ni menos, que una especie de vino de palmera, que se fabrica simplemente cortando el coco aún no maduro y dejando que esa suerte de leche (que en realidad es lo que la planta produce para que el coco siga creciendo) gotee en una botella. El líquido sale ya de por sí fermentado, y según tengo entendido se tiene que tomar fresco. Feo, es poco. El mnazi tiene un olor a rancio muy fuerte, similar al de la chicha que se toma en Amazonas, y a medida que te lo vas a acercando a la nariz sabés que nada bueno puede salir de ese líquido. A los keniatas, no obstante, les encanta. Es tan artesanal la cosa, que se vende en botellas de plástico rellenadas, y aunque es muy popular, hay un cierto tabú, y conseguir mnazi requiere, en mayor o menos medida, conocer a un proveedor que te lo pueda suministrar. No es tan simple como ir a la tiendita de la esquina a comprarlo, hay que llamar a una suerte de dealer que no tiene problemas con la ley y te lo traen en una moto. Reitero, intomable. La gente me obligó. Miguel, Juan, mi amigo keniata Goodie, la tripulación del Musafir, todos. Y fue horrible.

Nyama choma (Ganador del bonus track, que esta vez será “Hay que probarlo aunque sea una vez”)

No puedo terminar este post sobre la comida keniata sin hablar del nyama choma (aunque lo que más me guste del nyama choma sea el nombre que me cae re simpático y heme aquí otra vez escribiendo y repitiendo en silencio nyama choma).

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El nyama choma es, ni más ni menos, que carne asada. Puede ser carne de vaca, de cabra o de cordero, y se come generalmente en puestitos de los que salís sí o sí con olor a humo, pisando chapitas de cerveza, sin poder dejar de mirar un televisor en el que casi siempre pasan videoclpis de música de alguna parte de África. No sé si decir que es rico, pero digamos que no está tan mal. (Cualquiera que no lo conoce, diría que a juzgar por la cantidad de veces que Juan comió nyama choma es porque está bien. Yo, que sé que Juan es capaz de comer tuercas con salsa tártara y decir que está rico, aprendí a no fiarme de su paladar).

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Y así llegamos al final de esta nueva entrega. No puedo negar que me siento un tanto victoriosa (no respecto a Angie sino respecto de mí, que seamos honestos, di pena en la gala inaugural de esta serie). Para leer a base de qué sobrevivió Angie en Rusia, no dejen de leer su post. Y como a veces colgamos y nos olvidamos de la frecuencia, no les voy a pedir que no cambien de canal (ya me los imagino desnutridos y esquizofrénicos esperando que yo suba la siguiente entrega), pero sí que se den una vuelta por los dos blogs, que hay mucho para leer. Y post + empanada de carne en la mano, es la que va.

Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

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