Parte I

Empecé a ir a la verdulería del barrio de enfrente cuando esto de la pandemia se volvió real y las salidas en auto, limitadas. Admito que no me gustaba mucho el negocio. El garaje devenido a comercio es un lugar oscuro con poca ventilación que alterna la fruta y verdura más básica en cajones ciento por ciento honestos: fruta sin lustrar, verdura marchita mezclada con verdura nueva, moscas que van y vienen con total libertad. Y gente, siempre hay mucha gente. Haciendo fila en la vereda, charlando con el verdulero, esperando su turno sentada al sol.

Antes de la cuarentena había ido apenas un par de veces ─las suficientes, igual, para que el verdulero se acordara de mi perra y en vez de decirme “quévallevarstachica” me dijera “qué le doy a la dueña de Duma”─. Esa soy: la dueña del personaje principal de su ficha de clientes. No puedo culparlo, yo tampoco sé cómo se llama, aunque en casa le digamos “Narangas”. Así con G, así como en el cartel negro gigante que tiene pintado en la vereda con el signo $ desnudo. Narangas pinta carteles que sin precio no tienen sentido: vende, como dije, lo más básico del catálogo verduleril para un público de barrio que tampoco necesita frutas importadas.

Al principio, reconozco, me hacía las quince cuadras caminando hasta la verdulería de Damaso, la competencia más voraz de Narangas. La posibilidad de brócoli, higos y tarjeta de débito valía la caminata de vuelta con la mochila ─esa misma que ha visto mejores rutas─ cargada hasta el tope de verdura fresca. Pero un día me quedé sin papas para el puré y caí, no sin cierta resignación, en la vereda de Narangas. Lo encontré indignado con el proveedor de huevos, peleándose a los gritos vía audio de Whatsapp frente a una audiencia escasa que se enorgullecía del justiciero de barrio. “Este tipo está loco. El jueves pasado valía 130 pesos el maple, el sábado me dijo 180 y ahora me dice que para el viernes va a estar 200 pesos. ¿Qué tienen, respiradores las gallinas? ¡Prefiero cerrar antes que robarle a la gente!”, decía en voz alta, mientras los que habían ido a buscar huevos para las tortas se iban con las manos vacías pero con el corazón curiosamente contento. Cuando me llegó el turno le pedí papas y tuve que preguntarle dos veces el precio porque me pareció haber entendido mal: valían la mitad que en Damaso. Las naranjas, que tres días atrás había pagado a 60 pesos el kilo, Narangas las tenía en 2kg. por 50. Empecé a llenar la bolsa con cosas que ya tenía y con cosas que me había resignado a no comer más: 25 pesos cada palta ─dame 4─, 70 pesos el kg. de zanahorias ─Damaso lo tenía a 120─, 20 pesos la cabeza de ajo ─el chino la tiene a 45─. Crucé la ruta con los dedos marcados del nylon que tiraba para abajo de tanto peso. Por la mitad del precio que normalmente pagaba en todos lados había comprado suficiente para mí y para mi mamá. “A mí no me da la cara para abusarme de la gente. Ese al que le comprás vos paga lo mismo que pago yo en el mercado. Tiene un poco más de infraestructura, pero se le va la mano”, me había dicho antes de darme el vuelto. No hacía falta. Puede que no tuviera la rapidez de otros negocios, las verduras más hermosas o las frutas más variadas. Narangas, no obstante, tenía algo que en épocas de crisis a veces suele escasear, y es ausencia de viveza criolla.

Desde ese día nos vemos todas las semanas. Si tiene frutas pasadas, Narangas me las guarda para que yo haga dulce. Si le pido espinaca o champiñones, me los trae a pedido y me avisa por Whatsapp. No le vi el teléfono, pero estoy segura de que me tiene agendada como “la dueña de Duma”. Yo ya ni me molesto en preguntarle el nombre real.

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Parte II

En frente de mi casa (de mis dos casas, la que es mía-mía y la de mi mamá, que por infancia y afecto también me pertenece) hay una casa que fue la primera en todo el barrio y que ocupa un cuarto de manzana. La casa en sí no es muy grande, pero tiene tantos árboles y tantos perros feroces, que cuando éramos chicos nos moríamos de ganas y de miedo de atravesar la puerta.

“La casa de los alemanes”, como le decíamos, pertenece a una familia de tres. El hombre viene, efectivamente, de Alemania. En los casi treinta y cinco años que llevo viviendo acá lo debo haber visto menos de diez veces, y en la única oportunidad en que intercambiamos palabra me dejó sorprendida el acento marcado que no se le va. La hija es más grande que yo, y se fue a vivir a Chile hace muchos años así que en la casa viven ellos dos: el alemán y Ema, su señora. Ema es de Misiones, de familia alemana también, y es la única de la familia que más o menos socializa con el resto de los vecinos. Con nosotros se lleva bien, principalmente, por dos cosas: votamos en contra y en vano del pavimento, y nos oponemos a cualquier cosa que implique talar árboles, matar pájaros o fumigar a troche y moche.

Creo que empezamos a hablar de modo más fluido cuando decidimos unirnos a su cruzada por salvar un roble que estaba enfermo, y durante casi un año la ayudamos a envolver el árbol en un barro que ella preparaba y que, contra todo pronóstico, funcionó. Desde ese hecho Ema nos saluda con la mano cada vez que nos ve, trae plantas de regalo cuando es primavera y nos surte con dos bolsas generosísimas de nueces de pecán que el jardinero le junta cada año de su jardín. Nosotros le convidamos dulce, la acompañamos una vez al médico y le llevamos unos pocos limones que ella acepta contenta sin confesar si en su terreno tiene un limonero frondoso con el que no sabe qué más hacer.

Este año, sin embargo, no hubo nueces ni jardinero. Antes de que se declarara la cuarentena Ema nos había contado que el marido había sufrido un ACV y que estaban pensando seriamente dejar un cuidador y mudarse a Chile con la hija y los nietos. Después dejamos de verla y se nos ocurrió que a lo mejor la cuarentena la había agarrado del otro lado de la cordillera. El jueves pasado, sin embargo, la vimos asomarse al portón. Nos costó reconocerla detrás del barbijo, pero ella nos levantó la mano como hace siempre, y nos tiró besos que traspasaron la tela. Desde el otro lado de la vereda le preguntamos cómo estaba, si el marido estaba bien, si necesitaba algo. Se quejó de la misma incertidumbre que nos aqueja a todos, pero dijo que de esta también íbamos a salir. Antes de despedirnos, a mi mamá le salió un mimo verbal. “Cuidate Ema, cuidate mucho. Mirá que nosotros te queremos un montón.” Yo le vi la emoción desde lejos. Ema se llevó la mano al corazón, como quien le pone un freno a su soledad y sonrió con los ojos. “¡Hace bien escuchar eso! ¡Yo también!”

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Parte III

La casa en donde vivo había estado siempre a medio abandonar. De inquilinos pasajeros a períodos de total encierro, nunca antes una familia que se había asentado por un buen rato. No hubo cumpleañitos, ni tardes de pileta, ni ruidos que los vecinos pudieran identificar (como me pasa a mí ahora, que sé de qué casa son los perros, quién es el vecino de la hidrolavadora o el desquiciado que pone cumbia a nivel rompe vidrios cada vez que se pone a limpiar). Por eso cuando la compramos y plantamos plantas nuevas y sacamos la basura del parque muchos vecinos se acercaron con brotes de sus propios jardines a darnos la bienvenida. A mí ese gesto me pareció total: no era solamente una señal de aceptación, era también la alegría de la vuelta al barrio de los hijos del barrio. Ahora mi casa es “la casa de la hija de Lili” o “la casa de la chica que viaja”, y eso es toda una identidad.

A mí me pasa lo mismo: desde los años de mi infancia hasta el día de hoy han transitado muchas familias por algunas casas que cayeron en desgracia tras divorcios conflictivos o la muerte de algún familiar. De los vecinos nuevos, propietarios incluso algunos, no me sé ni los apellidos. “Los que viven en la casa de Oscar”, “en lo de los Martínez”, “la familia que vive en lo de Ángeles”. A veces pienso que esos vecinos de la infancia son somos los tíos políticos, a los que uno los sigue llamando así aunque pasen los años, aunque se hayan separado de tu familia de sangre y tengan nuevas familias. Lo que me gusta, sin embargo, es la sensación de unión que nos queda a los que estamos desde siempre, el sentido de pertenencia que se contagia vía saludos en la puerta del almacén, grupos de Whatsapp o de vereda en vereda. El otro día, por ejemplo, el señor que vive donde vivía Alicia mandó un mensaje desalentando al resto a ir al centro a hacer compras (mensaje que también vino agradeciendo a los chicos del almacén). “No hay casi diferencia de precio y si les compramos a Ricky y al hermano los ayudamos a mantener el negocio.” Firmó con un “aguante el barrio”, que siguió con agradecimiento por el delivery a los señores mayores y hasta una propuesta inusual “Cuando termine todo esto tendríamos que cortar la calle como antes y hacer un asado de vecinos, así nos conocemos con los nuevos y todo vuelve a ser como antes”. Hubo algo parecido a la alegría en las caras de todos los que me crucé esa tarde.

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Parte III

El diálogo fue tan corto como desilusión. En la puerta del almacén mi mamá pidió, primero, un saché de leche. Después un flan, que era en realidad el motivo de la ida y del antojo, pero ya con la leche sobre el mostrador Ricky le dijo que no tenía. Mi mamá se quedó pensando. No tanto por si llevar o no el saché sino porque no sabía con qué reemplazar el postre que venía comiendo en su imaginación desde que había salido de mi casa. Desde atrás, alguien le dijo: “no te preocupes Lili, yo en casa tengo. Ahora te lo mando con el nene”. Diez minutos después, el hijo de la familia que vive en la casa que era de Ángeles, aparecía en la puerta de lo de mi mamá. “Le traje uno de vainilla y otro de dulce de leche, porque mi mamá se olvidó de preguntarle cuál quería”.

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Parte IV

Cuando supe que la casa que había comprado Val tenía en el fondo un árbol de castañas, canté pri. A Valvanera la conozco desde siempre: nacimos las dos en el barrio, vivimos en casas pegadas y aunque nunca fuimos íntimas amigas guardamos muchos recuerdos compartidos de esos años-cimientos: las noches de verano jugando a las escondidas, las tardes haciendo artesanías con los caracoles que traíamos del mar, las caídas en bicicleta, los campamentos. Es un vínculo extraño. No puedo decirse que seamos amigas, y sin embargo cuando la tragedia tocó a su familia yo lloré como su hubiese sido la mía; y cuando ella y su hermano eligieron el barrio para quedarse a vivir, yo festejé esa continuidad de seguir viviendo en calle Chiclana.

Ahora que estamos en cuarentena nos vemos salir por el portón y nos saludamos desde lejos. El castaño, sin embargo, no dejó de dar frutos, así que Val cumplió su promesa y me dejó unas bolsas llenas en la puerta de casa a cambio de la promesa de un frasco de dulce que no sabía cómo iba a preparar. Yo le pasaba el reporte por teléfono: “ya conseguí los guantes” “tráeme más que salen poquitas”. Dos o tres días más tarde se supo la verdad: de castañas sé lo mismo que de ingeniería espacial. No supe darme cuenta de que todas las que pelé estaban húmedas. No servía ninguna, y las tuve que tirar. Val se lamentó. Yo me quedé con ganas de ese sabor a Estambul que tanto me traen las castañas asadas, pero no me arrepentí. Ni de las tardes al sol con guantes y cuchillo en mano, ni de haberlo intentado. Y aunque no pude comer nada de todo lo que había soñado para el botín agradecí estar viviendo donde vivo, la cuarentena rodeada de esa extensión de la familia que son los vecinos. A mí, por suerte, me tocaron de los buenos.

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

3 ComentariosDejar un comentario

  • Vivo sola en la casa de mi familia, donde vivimos desde que tengo 10 años (ando por los 40) , mi papá y hermanos están más o menos cerca. Pero lo suficientemente lejos para que por estos días no nos podamos ver. Mis vecinos me llaman todas las tarde/ noche para ver cómo estoy y si necesito algo. Alguna de ellas me cuidaron a mi y a mis hermanos cuando éramos chicos y falleció mi mama. Todos estaban atentos por sí necesitábamos algo en el tiempo que mi papá estaba en el trabajo. Son los mismos que cortaron la calle ( en aquel momento de tierra) para festejar que me recibí de abogada. Gracias por hacerme recordar. Yo también tengo buenos vecinos.

  • Como lo llevas Laura? Ya veo que el encierro no te merma la creatividad ni la sensibilidad. Y yo que pensaba que eras una escritora de viajes! Pues sí, pero de viajes interiores también, que son tanto interesantes. Aquí en España, después de mes y medio de encierro total, vamos saliendo de a poco, como dicen ustedes. Los de las grandes ciudades lo tenemos peor por estar más afectados y por tener mayor densidad de población. Espero que no nos dé el verano encerrados, cuando se pone caluroso es terrible! Un abrazo desde Madrid!

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