Declararon la cuarentena dos días antes de que se cumpliera el plazo para ir a buscar mis espejos. Hacía un año que los marcos de Zanzíbar daban vueltas por mi casa, y cuando tuve el baño listo, cuando me hice un lugar para cargarlos en el baúl, cuando me acordé de su existencia apoyada en la pared del fondo del placard, los llevé a se convirtieran en reflejo. Me deshice, entonces, de la lámina plateada que había sobrevivido a la remodelación porque ahora yo iba a mirarme la cara en esos marcos lindos que había seleccionado con tanto cuidado, y que habían viajado conmigo en la bodega de más de un avión. Pienso en ellos cada vez que me lavo los dientes frente a la pared desnuda de esta reclusión mundial de días repetidos.

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El primer reflejo de mi cara me lo da la filmación de la pantalla de mi celular. Amo los detalles que es capaz de captar en cada foto excepto cuando se trata de mi cara: en cada selfie siento que a mi piel se le agrega un pozo más. O una mancha. O que me crecen más pelos en la cejas o que se me aumenta vigorosamente la papada pero nunca nunca se reducen los poros o las canas o me crece el pedazo de diente que osó romperse alguna vez. Me filmo igual. Me pongo aros, me enchicho el pelo, sonrío. Tengo las pestañas hermosamente largas y ya descubrí que en el pasillo, justo delante de la puerta que hizo a pedido mi papá, las ojeras se vuelven invisibles. Es extraño porque en esta cuarentena tengo el rostro más descansado pero la ansiedad más a flor de piel. Extraña combinación la de de mis células alegres y desgraciadas. Sonrío. Hay algo de todo esto, algo que no puedo explicar en palabras pero que existe, que me hace pensar que sí, que este 2020 va a ser un gran año a pesar de todo, que esta pandemia es como una especie bastante retorcida de “borrón y cuenta nueva” del destino. Me invade la sensación una vez al día por lo menos, y crece de a poquito como los brotes de mis potus en agua, como las hojas nuevas que va largando el amaranto en la ventana, como las vidas de las cosas que siguen adelante sin ponerse a pensar. Ya tendré tiempo de cortarme el pelo, de comprarme un par de aros nuevos o de pintarme las uñas como ayer. Ya buscaré mis espejos, ya pasará este virus mundial.

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Vuelvo a mi cara otra vez. Alguna vez me escudriñé la línea que da inicio a mis ojos buscando el origen de mi vida, alguna vez me pregunté cómo sería operarme la nariz, alguna vez nunca pensé en ponerme aparatos para enderezar mis dientes. Será por eso tal vez que me cuesta un poco autorretratarme: porque todas esas cosas que hice murieron un rato después cuando me di cuenta de “lo importante”, lo que pasa y se queda y vive detrás de esta cara, los hilos que tejen las trenzas que amarran/sostienen quien soy. Mis pensamientos, mis ideas, mis amores. Lo que vieron estos ojos y marcaron líneas de tanta risa  ─o tanto llanto─, las historias que salieron sopladas de mi boca ─del mundo por mi boca─. De mis orejas cuelgan aros pero no puedo fotografiar ni pintar ni dibujar las canciones en lenguas raras. Tampoco los ideales que me atraviesan o el estandarte en alto de la belleza intelectual, imperceptible en los espejos. Las flores que tengo en los ojos, las palabras que se volvieron cicatrices, las tardes de playas que fueron sol que fueron poros desplegados en la piel de las mejillas.

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Sonrío lo mismo. ¿Quién acaso puede decir que su foto lo pinta todo, que no tuvo nunca autopistas colapsadas desembocando en los ojos, que las arrugas le llegaron solas con la torta de cumpleaños apenas porque sí?

A comienzos de 2020 el mundo entero se vio afectado por el coronavirus y en marzo la OMS declaró la pandemia. Parecía ciencia ficción, experiencia real. Los países empezaron a cerrar sus fronteras, colapsaron los sistemas de salud y, uno a uno, fueron declarando la cuarentena. Primero voluntaria, después obligatoria. Esta serie (que se inicia a mediados de marzo sin saber hasta cuando seguirá) recopila pequeñas anotaciones diarias de la cotidianidad del encierro. Son mis Diarios de Cuarentena, un registro de este evento mundial, desde la soledad de mi casa y mis pensamientos.


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Laura Lazzarino

Soy Laura y desde 2008 vivo con mi mochila a cuestas, con un único objetivo: viajar para contarlo. Este blog es el resultado de mis aventuras a lo largo de +70 países. ¡Bienvenido a bordo!

3 ComentariosDejar un comentario

  • Echaba de menos la intimidad compartida de sus escritos de viaje. Sin moverse del piso me ha conmovido en lo profundo. Gracias. Cuídate y ojalá vuelvan las rutas, grandes o pequeñas, que más da. Que el amor y la bondad guíen nuestros pasos en estas horas malhadadas y volvamos a encontrarnos bajo el sol. En algún sitio.

  • Laura! Hace muuchos años que no vengo de visita al blog. Pero quería comentarte que hoy empece a leer una vez mas caminos invisibles y me paso algo raririsimo que no podía dejar de compartirte, volvía a casa en el tren sarmiento de trabajar ( pese a la cuarentena nunca deje de trabajar porque lo mío es estar en una farmacia) y me paso que leyendo la introducción que vos escribiste casi me quiebro y se me pianto un lagrimon y tuve que cerrar el libro para seguir leyendolo en casa.tal cual la emoción que describias en la pagina…me pasó lo mismo. Me pregunte de inmediato si alguna vez al escribir esas páginas, antes de transformar todas esas anécdotas en libro ustedes se imaginaron el impacto que podían generar en sus lectores. Vengo en primera persona a agradecerles el libro,a contarles que se siente raro no saber cuando uno mismo podra volver a viajar..y abrazarlos fuerte en estos dias, en especia a vos Lau que para un alma hecha del material de lo inquieto debe ser raro esto de quedarse en casa. Seguí escribiendo! Ya pasará esto y vendrán nuevas historias 🙂
    Lorena🙌

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