I: Viajar

A las 12 y media de la noche anterior pasa por mí el transporte que va a llevarme hasta el aeropuerto. Los viajes, últimamente, son casi todos así: salgo de mi casa ─que queda en una burbuja verde cerca del río y lejos de la ciudad─, voy hasta El Parador ─una terminal a medias que está sobre la autopista y a la que no llega casi ningún medio de transporte─ y espero. Espero que pase el bus privado que nos va a llevar a todos los que vivimos lejos a ese gran ombligo que se llama Buenos Aires; espero que llegue en horario; espero por el asiento doble vacío que me permita dormir mientras rodamos la autopista; espero que no haya ningún piquete, marcha o accidente de tránsito que obstruya el camino y espero, finalmente, llegar bien al aeropuerto.

Esta rutina de los viajes cortos es también la de los viajes en solitario: desde que llegué de África no hubo mes en que no me tocara subir a un avión sin Juan. Eso equivale también a decir que en los últimos meses he tenido que afrontar sola todos los miedos que me dan al momento de volar: llegar tarde, que el avión se vaya sin mí, que no me dejen pasar por una frontera ─es un miedo irracional pero que me paraliza─, que no llegue mi equipaje. No me da miedo que se caiga el avión, sino más bien, lo contrario: para mí el viaje empieza ─porque también empieza la calma─ cuando me siento en mi butaca y me pongo el cinturón de seguridad. Entonces relajo todos los nervios de antes, me duermo tranquila aunque todavía no hayamos despegado, y siento que no hay vuelta atrás.

A las 4 de la mañana estoy en Aeroparque. Faltan un par de horas para que mi vuelo despegue con destino a Santiago de Chile, y mientras espero en la sala de embarque pienso que al final voy a estar menos tiempo arriba del avión de todo el tiempo que me llevó llegar hasta acá. A lo mejor sea ese el motivo por el que vengo a viajar a Santiago “ya de grande”: en mis sueños viajeros de adolescencia, la capital vecina estaba cerca y asegurada.

II: El motivo

Eso de que en octubre iba a estar en Santiago, lo sé desde marzo. Me llegó el mail cuando estaba en Botsuana y no pude reaccionar demasiado frente a tanta distancia de tiempo y espacio: la cadena de Hoteles IHG quería que, después de quince meses viajando por África, visitara tres hoteles suyos en Latinoamérica y contara la experiencia. Quito, Santiago y Panamá. Dije que sí sin dudar, y mientras Juan arreglaba el parante de la carpa y yo juntaba los trastos en ese camping de Maun a orillas del Okavango, me pregunté qué sería de mí tan pocos meses y tanta vida después de ese momento. Cómo iba a ser estar en Chile. Cómo iba a ser estar en una gran ciudad. Cómo iba a ser estar sola.  Chile me quedaba cerca en la memoria pero desde allí, con hipopótamos y cigüeñas en el paisaje, sonaba lejos. Y exótico. Pensé en ese entonces en las copas de Carmenere que iba a tomarme y terminé de desarmar la carpa haciendo un paseo mental por esas calles y mercados que en mi primera vez en Santiago no había tenido tiempo de recorrer bien. ¿Seguiría Lastarria siendo un barrio tan lindo? ¿Se acostumbraría mi paladar, finalmente, al mote con huesillo? ¿Se sentiría lejos y único y distinto todo cuando finalmente estuviera allá?

III: Cuando “cerca” quiere decir “cerca”

Primero fue aterrizar, después darme cuenta de que en Santiago hacía más frío que en mi casa, después llegar al hotel. Recordar esa carpa quebrada y las duchas de agua caliente en los baños sin techo en el camping de Maun, para luego ver la cama gigante extenderme los brazos y querer zambullirme de cabeza, como una piscina llena de mantas, a dormir hasta que el cuerpo diga basta. Así, hamacarme fuerte entre los vaivenes de la vida viajera, de la carpa al hotel, del camión al avión, de Botsuana a acá nomás.

La Estación Mapocho, una de las postales que recordaba de Santiago.

Lo mismo con el Palacio de la Moneda.

Recordaba bien el Cerro Santa Lucía por sus palmeras y por su arquitectura. Ese es otro de los atractivos que están muy cerca (pero muy) del Hotel Crowne Plaza, patrocinador de esta experiencia. 

“¿Te gusta caminar? Porque nuestro hotel está muy cerca de los atractivos principales, y puedes ir a pie a todos lados”, me dice. Y yo pienso: ¿qué tan cerca? ¿Hay que subir? ¿Hay que bajar? ¿Es seguro? Últimamente, pienso mucho en eso cada vez que viajo sola. Acabo de llegar en un taxi que atravesó embotellamientos con destreza de espadachín, y no tengo idea en dónde estamos parados. Por las dudas, pido un mapa. De papel. Después me tiro en la cama, duermo la siesta, miro el frío del otro lado de la ventana. Me levanto para la cena, vuelvo a dormir.

Dormir hasta que el cuerpo diga basta…

A las ocho del segundoprimer día bajo a desayunar y a las nueve ya estoy en marcha. Hay lugares que reconocí ayer desde el taxi ─el Mercado Central, el Río Mapocho, el parque ese donde la otra vez anduvimos en bicicleta─ pero este barrio donde está el hotel no me entra en el radar. Miro el mapa. Tengo que caminar unas cuadras a la derecha, doblar a la izquierda, cruzar el río y seguir derecho hasta toparme con el pie del Cerro San Cristóbal. No necesito bus, ni taxi, ni bici para acelerar. “Cerca” no es “ahicito nomás”, ni “recto, siempre recto”, ni “a pasitos de”. Es literalmente “cerca” lo que quiere decir que en este viaje me la voy a pasar caminando feliz. Emprendo la marcha con la satisfacción del tiempo medido.

La última vez que estuve, este punte no tenía tantos candados. El Río Mapocho, sin embargo, no ha cambiado mucho: sigue siendo un río pequeño con una fuerza que asusta.

Primero cruzo el Río Mapocho, y me quedo mirando los candados que le fueron colgando al puente ─como en París, Mar del Plata o Madrid─, y después me pierdo en esa fuerza abrazadora del río, que siempre me gustó por ser chiquito pero furioso. Saco fotos. Alguien me mira. Después son dos. Me acuerdo del documental de mis amigos Luci y Rubén, cuando dicen “qué curiosa es la curiosidad”, y al ver que me siguen mirando no puedo hacer más que sonreír. Viajar sola también es eso: hacerse cargo de los impactos de la propia presencia. Una mujer sola fotografiando candados del amor llama la atención. ¿De verdad le está sacando fotos a los candados? ¿Será que tiene nostalgia del amor?

Dejo atrás los curiosos y sigo camino por Bellavista. El barrio que alguna vez pedaleé entre grafitis y casonas viejas, hoy me guía hasta los pies del Cerro San Cristóbal, ese mirador de Santiago, al que se accede por un funicular ─monumento histórico de Santiago que data de 1925─ que siempre me impresionó por lo empinado.

Con este funicular se sube (y se baja) por la cima del Cerro San Cristóbal. Es más empinado que lo que aparece en la foto.

Así se ve Santiago desde arriba del cerro

Probé con el mote con huesillo por segunda vez, y no hubo caso…

Arriba del cerro es una feria. Hay estudiantes desparramados en los bancos, turistas que sacan fotos, gente que se abarrota en los puestos de comida, señoras que llevan ofrendas a la capilla y algunos solos que damos vueltas. Paso en silencio por entre los demás, pruebo por segunda vez una bebida que ya se de antemano que no me va a gustar ─perdonen lectores chilenos, no le cacho la onda al mote con huesillo─ y entonces la veo. Ahí, detrás de la copa de unos árboles y custodiando el horizonte, está la Cordillera de los Andes.

Hace poco escribí sobre mi relación con el río, pero a pesar de eso, confieso, esta foto es del instante en se me pone la piel de gallina. Porque sí, uno viaja a Santiago y sabe que para llegar hay que atravesar la cordillera, y sabe que las montañas están cerca pero una cosa es presentirlo, sabérselo de memoria, darlo por descontado, y otra cosa muy distinta es toparse con los picos nevados ahí, cara a cara, imponentes e inevitables. Cerca como que levantás la vista y las ves, cerca como que ahora que las viste no podés dejar de buscarlas.

Saqué boleto para subirme al teleférico ─ese que de tan nuevo, mucha gente me dijo que no sabía si ya estaba funcionando─. Así que aprovechando que la distancia es poca ─parece que “cerca” es la keyword de este viaje─ me subo a la cabina y veo Santiago pasar desde el semi cielo a estas alturas. A lo lejos, el Costanera Center y sus vidrios espejados titilan. Si Juan estuviese acá, debatiríamos sobre lo mucho/poco que pega semejante construcción en el horizonte.

El Barrio de Providencia es un contraste muy fuerte con el de Bellavista. Lo curioso es que está a dos estaciones del teleférico, y a unas pocas paradas del metro del hotel.

A mí me encantan los contrastes…

En un post de mi viaje anterior a Santiago, escribí: “La torre del Costanera Center, en el área de Providencia, es la más alta de Iberoamérica, y tiene una de las vistas panorámicas más espectaculares que vi en mi vida. Con 300 metros de altura y una vista de 360°, desde el mirador del Sky Costanera se puede ver Santiago por encima del smog, de las nubes, del sonido, de todo… (…) Así y todo, subir hasta el piso 62, a una velocidad de casi 7 metros por segundo, fue toda una experiencia. No se siente nada (ni vértigo, ni cosquilleo en la panza). Es como estar en una cápsula y de repente, salir al cielo.” 

Vuelvo a meterme en esa capsula dos años después, a comprobar que no se siente nada y salir otra vez al cielo aunque esta vuelta está nublado. Es un gris eterno a la redonda y supongo que también ese es uno de los riesgos de pasear por las alturas en una ciudad en donde la niebla y el smog juegan partidas a ver quién sale a escenario primero. El guía, de todos modos, le pone el pecho al asunto y alterna su explicación con chistes tristes sobre la eliminación de Chile en el mundial. Doy vueltas. El Sky Costanera tiene dos pisos, vidrios enormes anti sísmicos y anti locos, y una vista que da la vuelta a toda la ciudad. Cada pocos metros hay binoculares y carteles que explican los edificios que se ven en la distancia y para los que no quieren leer, el guía hace su trabajo explicando las vistas de Santiago en español, inglés y portugués. Me quedo un rato hasta que empieza a hablar de fútbol y me aburro. O será que en realidad lo que me aburre es la idea de descifrar cada punto en el horizonte. O no tener con quién compartirlo. O no poder pasear y buscar Wallys desde las alturas como hormigas que pertenecen a la propia humanidad. Empiezo a recular de a poco, tirándome de cabeza a la idea de que mi huida pase desapercibida en un grupo que supera las doce personas. “A la visita le faltan cuarenta minutos más”, me dice alguien por la espalda. “Gracias”, respondo, y continúo con mi retirada en fallido disimulo, convencida de que no necesito una explicación milimétrica para justificar los 22 U$D de la entrada: con la vista me alcanza.

IV: Vino, el amor

Desde hace dos años, pienso en Chile cada vez que alguien me pregunta si tomo vino. No es obsecuencia: antes de venir por primera vez a este país, yo siempre decía que no. “Espera a que pruebes el Carmenere”, me había advertido ese guía cuya cara no recuerdo pero que por esa pequeña frase pasó a la historia. Tenía razón. Fue amor a primer sorbo, cambio de mirada, comprensión. Me enamoré del Carmenere por ser un vino único (es una cepa que sobrevivió a la filoxera solamente en Chile y hoy es un producto estrella) y después de tanto probar, ese viaje y ese vino terminaron siendo mi puerta de entrada enológica: si hoy puedo disfrutar de una copa de Cabernet, eso de lo debo a Chile. Así que no miento tampoco si digo que estaba esperando este viaje con tantas ganas como de paladar. Quería saber si la idealización que había hecho en mi mente de ese sabor morado coincidía, si no habíamos cambiado, si todavía estaba el amor.

Esta es la Bogeda Cousiño Macul, que se encuentra en las afueras de Santiago de Chile. Se puede llegar en subte + unos minutos de taxi, y es un cambio total de aire de la ciudad. Y sí, acá producen Carmenere.

Acepto, entonces, la invitación al restaurante y antes de elegir qué comer ya estoy mirando la carta de vinos. Es raro esto de aceptar invitaciones para uno ─y es raro también comer de a uno─. Las mesas más lindas suelen estar preparadas para cuatro, y entonces me invade una culpa medio extraña de ocupar yo sola el mejor lugar. Eso, para empezar. Después me pasa que doy muchas vueltas a la hora de elegir el plato: tengo que pensarlo bien, porque no voy a poder probar del plato del otro. Y por último, tengo que amigarme con la idea de comer sin conversar. Me llevo bien con el silencio, pero a la hora de disfrutar una cena prefiero hacerlo de a dos. Empiezo, entonces, por superar la culpa. Elijo la mesa de sillones mullidos: me gusta la intimidad de la lámpara suave y los separadores de madera dan algo que se parece a la intimidad. Después, la cena. Es una invitación que voy a aprovechar: quiero setas rellenas de centolla y, por favor, una buena copa de Carmenere. No quiero mirar el teléfono en lo que resta de velada. Tampoco traje un libro para leer. Quiero estar acá, en cada bocado, en cada sorbo.

La invitación fue al Restaurante Urbano 136, dentro del hotel, y este es mi plato de setas. (Había muchas más opciones de cocina chilena, pero no pude con mi genio y mi amor al parmesano gratinado).

El mozo me mira y sonríe. Sigue sonriendo cuando destapa el vino y sonríe aún más al ver mi expresión. “No cambiamos ni vos ni yo”, pienso, y me pregunto si una copa será suficiente. Después le doy un bocado a los hongos, miro de reojo a los de la mesa de al lado, pienso si no será que esto del vino y de comer sola y de tanta reflexión sobre cosas pequeñas es algo que llega con los años. ¿Cómo hubiera sido mi vida en Buenos Aires con una botella de Carmenere a mano? ¿Será que es cierto eso que dicen, que cada cosa llega en el momento en que tiene que llegar?

Cuando el posa vasos te canta la justa. Salud.

V: De matrimonios y mercados

Hoy hay tour. Organizado y propio. A pie y más a pie, porque a Santiago uno viene a caminar. Hace mucho frío para ser que ya es octubre y que ya pasó eso que uno considera “temprano”. Salgo del hotel abrazada a mi abrigo y emprendo la marcha hasta el Palacio de Bellas Artes. Atravesando el Parque Forestal y voy haciendo un recuento mental de todos los free walking tour que hice en los últimos años. Pienso que le debo uno a Buenos Aires y me pregunto quién habrá sido el que salió con esta idea de hacer paseos organizados, a pie y a voluntad. El de hoy, acá en Santiago, está centrado en los mercados.

Como debo haber dicho ya alguna vez, yo tuve que salir de mi país para entender esto de los mercados. No podía imaginarme antes que la gente, incluso en las grandes ciudades, hacía las compras en mercados donde las cosas no venían envasadas sino frescas, y los vendedores ofrecían por doquier, unos junto a otros. Entiendan: yo vengo un país de supermercados artificiales. Desde ese primer viaje y hasta entonces soy fan, fan, fan de los mercados, y cuando se trata de mercados que quedan dentro de una gran ciudad como es Santiago, entonces me gustan mucho más ─será quizás que me dan una pequeña esperanza de que algún día eso pase también cerca de mi casa─.

Aunque no compre nada, aunque a veces me antoje, aunque haya mucha gente. A los mercados voy. Curiosear esos pasillos es una forma de conocer mejor la cultura del lugar.

La primera parada es en el Mercado de la Vega Central. El guía, advierte: nada de regateos. En Chile los precios son fijos, son justos e intentar bajarlos sería una ofensa total. Y agrega varios datos de los cuales, el último, será fundamental. “Se dice que este es un mercado representativo y republicano, llegas en cualquier medio de transporte y nadie te trata distinto por cómo te veas ni por cuánto gastes. En definitiva, todos venimos a lo mismo. (…) Hay un dicho que sale a la luz cada vez que en Chile hay una tragedia y dice que Dios proveerá, pero siempre está La Vega y es que aquí se trabaja los 361 días al año, desde muy temprano, trayendo productos frescos de todo el país. (…) A las chicas solas les digo, si alguien les propone matrimonio no se ofendan; no va en serio ni es peligroso ni es un insulto. Es una tradición de aquí para con las clientas del mercado pero no pasa nada.”

En los mercados siempre encuentro frutas o verduras que no conozco…

Colores que me llaman mucho la atención…

Aunque no siempre cosecho propuestas de matrimonio entre especias y caldo a granel…

Después comemos sopaipilla, pasamos por La Vega Chica, Tirso de Molina y terminamos en el Mercado Central, entre mariscos, congrios y pescados de todo tipo y color. Yo sigo camino rumbo al centro histórico pensando en todas esas historias que se tejen en los pasillos que nosotros transitamos sin saber. En las capas que no atravesamos con nuestro paso, en las propuestas de matrimonios que fueron un sí ¿habrá habido alguna?, en las peleas, las amistades, los hilos rojos invisibles.

VI:  A pedal

Cuando tuve que armar el itinerario y elegir cómo pasar mis días en Santiago, no quise irme de la ciudad. Tuve que hacer esfuerzos grandes por rechazar la tentación de ir hasta el Maipo o a Valparaíso; quería hacer exactamente eso que en mi primer viaje no había podido hacer por falta de tiempo: caminar sin rumbo fijo por Lastarria y Bellavista, detenerme en los puestos del mercado que más me interesaran, aceptar recomendaciones o invitaciones en la ciudad, andar en subte, disfrutar de todo ─eso incluye el hotel, el sol del mediodía, las empanadas en las veredas─. Pero sentía, al mismo tiempo, que si me iba de Chile sin siquiera visitar una viña iba a ser un viaje incompleto. Pregunté, pregunté y volví a preguntar. “¿Sabes que aquí cerca está la Bodega Cousiño Macul?”, me dijo una chica en un puesto de Bellavista. Y entonces lo resolví.

Disfrutar sin prisa de atardeceres así.

O de sentarse en un banco a disfrutar del verde y ver pasar un rato la tarde.

O de desayunos que podrían ser almuerzos…

A veinte minutos de viaje en subte desde el Barrio de Bellavista, más otros diez en taxi, se atraviesa el portón que más bien pareciera un portal. Atrás quedan los edificios, el tránsito, el ruido, la ciudad en sí. Acá, en la bodega, los cerros rodean la vista y el verde de las viñas se extiende por hileras que surcan el paisaje. Hay dos opciones: uno puede venir y hacer un recorrido normal, o puede dar todo un paseo en bicicleta por esas calles de tierra que separan unas cepas de otras y que forman corredores de una realidad que huele a tinto y se saborea por adelantado. Pueden imaginarse cuál de las dos opciones elegí.

Aunque el esfuerzo físico no es lo mío y suelo preferir los pies al pedal, esa mañana rodeada de cerros nevados y pausada entre copas de vino, todo lo que tenía, lo que me rodeaba, lo que estaba por venir, me pareció irreal. ¿De verdad estaba andando en bicicleta con el sol encima y esta noche iba a dormir en mi propia cama? Tuve un impulso fuerte de no presentarme más en ningún lado. Dejar mis cosas en el hotel, no tomar ese avión, abrazar el arrebato de irme ─o más bien quedarme─ con lo puesto y vivir la aventura de Chile por un buen rato.

VII: Todo lo demás, también

Spoiler alert: no, no lo hago. Pedaleo toda la mañana, tomo vino, escucho la historia de la bodega ─la guía habla de una señora que fue pionera y una chica interrumpe para preguntar si todavía queda un heredero soltero─ y me vuelvo al hotel en subte con un poco más de sol en la cara.

Por la tarde, y después de tanto caminar, me subo al avión de regreso sabiendo que la rutina que me espera al volver es parecida a la que conté en el inicio de este post, y me gusta pensar que es un loop, que la rueda sigue girando, que todo es un volver a empezar. “Todo”: las vueltas por Lastarria, el atardecer en el Centro Históricos, los food trucks, el Cerro Santa Lucía, las empanadas de pino. La Chascona, los viñedos, las calles de Bellavista, la música en el subte, los desayunos con todo y las otras copas de Carmenere que no conté. El aire de montaña, la gente, los centros culturales, La Moneda, los rincones escondidos, los grafitis en cualquier pared, los mensajes ocultos en cada viaje.

Este viaje fue realizado con el apoyo de Hotel Crowne Plaza Santiago, miembro de Intercontinental Hotel Group. Mantengo total control de lo que escribo (aunque a veces escriba descontroladamente). 

 

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Laura Lazzarino

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