No me decía nada. Durante mucho tiempo, cada vez que alguien me nombraba la capital ecuatoriana, mi mente ─que recordaba bien que habíamos estado allá en 2011─ se quedaba en gris. Y es que cuando visité Quito por primera vez, después de casi dos meses de viajar de arriba para abajo por Ecuador, no paró de llover ni un solo día. Así son los únicos recuerdos que tengo de ese viaje: flashes desteñidos y pasados por agua. Una plaza de armas vacía, lluvia, las manos frías en todo momento, más lluvia, las carreras buscando refugio de la tormenta, más lluvia. Por eso, cuando el Hotel Holiday Inn Express me invitó a editar mis memorias de Quito sentí que esta segunda vez iba a ser como una primera. Me entusiasmé, armé la lista de todo lo que quería ver en la ciudad, y le rogué al dios del sol me acompañara durante esos tres días.

 

“Cuando recuerdo cómo era viajar sola, subo y bajo por el centro histórico y termino tomando un té que no es té”

 

Siete y media de la mañana. Desde mi ventana del décimo piso del Holiday Inn Express el cielo es tan celeste que no me importa otra cosa: ni que sea temprano, ni que las sábanas suaves de algodón me envuelvan de pies a cabeza, ni que el colchón parezca abrazarme para no dejarme salir. Pego un salto de la cama como si fuera verano y me asomo al balcón. El horizonte de Quito está tan limpio, que allá a lo lejos se ve un volcán, y si achino los ojos hasta creo que veo nieve.

Levanto el teléfono, todavía en pijamas, y llamo a recepción.

─ Buenos días señorita Lazzarino, ¿en qué la puedo ayudar?

Acabo de darme cuenta de lo que estoy haciendo, y me invade una vergüenza que en seguida queda aplastada por esa impunidad inocente que a veces nos da el hecho de ser extranjeros.

─ Buenos días. Estoy en el cuarto 1002 y quiero saber cuál es el nombre del volcán que veo desde mi ventana.

El recepcionista se queda mudo. Me vuelve la vergüenza. “Señorita Lazzarino”. Todavía ni me lavé los dientes. Me pregunto si alguna vez alguien le hizo esa pregunta desde el conmutador.

─ Es el Cayambe, señorita. Se lo ve en días muy soleados solamente, como hoy.

Vista desde la ventana de mi habitación, en mi visita a Quito.

Vista desde mi habitación, en uno de los pisos más altos del Holiday Inn Express de Quito

Nueve de la mañana. Arriba del taxi que cruza Quito con total pericia, veo imágenes de la ciudad que se parecen bastante a las que recuerdo, y que yo me esfuerzo por unir. Luis, que mientras maneja me mira por el retrovisor y me mata a preguntas, me hace una lista de todo eso que hay que ver y que hacer en Quito, desde El Panecillo hasta los agachaditos ─unos puestos de comida callejera que son la perdición─, pasando por miradores, iglesias que no pueden faltar y rincones de la ciudad que no figuran en ninguna guía. No lo supe la primera vez que vine, pero manejarse en taxi es la mejor forma de moverse por la ciudad: los precios son mucho más baratos de lo que uno espera y los taxistas tienen respuestas para todo. Cuando por fin Luis me deja en la puerta de La Basílica, ya tengo todo el itinerario del día armado.

Nueve y veinte. Cruzo la calle. Desde la vereda se anticipa: ahí abajo, en el hueco que es la manzana de enfrente ─los cambios de relieve y perspectivas de Quito son impresionantes─ hay una iglesia que adivino descomunal. Ya desde este lado se ven sus torres góticas como anunciando el clímax, y a medida que me acerco el cuerpo del edificio se va expandiendo hacia abajo hasta que a mí ya no me cabe más asombro.

La Basílica del Voto Nacional es la iglesia neogótica más grande de América. Sus planos, ideados por el francés Emilio Tarlier a finales del siglo XIX, fueron inspirados en la Catedral de Notre Dame. La Basílica es tan inmensa, tan hermosa, que hay gente que la compara también con la Catedral de San Patricio en Nueva York, pero yo prefiero no pensar en ninguna en las dos, y quedarme un rato ahí, en las escaleras que dan acceso al predio, sintiendo esa mezcla rara de respeto, temor y admiración que me causan ciertos edificios cuando los tengo en frente por vez primera. La Basílica es de esas obras del hombre que te dejan sin palabras.

La Basílica, un imperdible si vas a viajar a Quito en 3 días.

Antes de entrar y de subir al mirador ─sus torres permiten una de las vistas panorámicas más hermosas del centro histórico─ doy una vuelta por el exterior porque La Basílica, como buena iglesia neogótica, está llena de secretos y de detalles. Las gárgolas, por ejemplo, no representan figuras mitológicas sino animales igual de espectaculares pero reales: iguanas, tortugas, caimanes, piqueros de patas azules, pumas; toda una muestra de la fauna exótica de Ecuador. A La Basílica, sin embargo, todavía no la terminan. Las proyecciones muestran espacios donde irán escudos de los países de Latinoamérica, banderas y una lista de detalles por acabar, pero la creencia popular dice que el día en que la obra se termine en Ecuador llegará el fin del mundo o, al menos, el fin del país como un Estado soberano ─y hay quienes sospechan que ese es el motivo por el que aún está si concluir─.

Diez de la mañana. Siento que se me va a salir el corazón. Sé que esto me sucede cada vez que subo escaleras tan estrechas, pero esta vuelta voy a culpar a la altitud. Con 2.850 msnm Quito es la segunda capital más alta del mundo ─y una, que viene de las pampas y las llanuras, se agita fácil─. Cada escalón rumbo al mirador se siente un poco más pesado, pero una vez arriba, el aire se recupera y parece agolparse todo junto en mi cara. Desde este punto, la vista de Quito y de la iglesia misma, es preciosa. Hay figuras de cóndores en una de las torres ─un detalle precioso, porque las aves están colocadas a 115 metros y esa es la altura mínima que estos pájaros necesitan para volar─ hay un reloj enorme que no funciona pero enmarca el paisaje lo mismo y hay un montón de gente paseando, tomando fotos, admirando Quito desde arriba.

Creo que fue cuando llegué a la parte más alta de la torre y dos adolescentes se escondieron detrás de una columna para seguir diciéndose secretos y dándose besos a escondidas, que me di cuenta de que este era mi primer viaje sola después de mucho tiempo. Había viajado muchísimo en los últimos veinte meses ─desde Egipto hasta Sudáfrica, pasando por México, el Caribe, Estados Unidos y hasta Madrid─ pero siempre, siempre, había tenido alguien conmigo para compartir la emoción y los sinsabores del viaje. Ahora, que no había ni Juan, ni tour organizado, ni bloggers amigos, volvía a sentir a conciencia esa sensación tan hermosa y a la vez tan rara de estar completamente a merced de mi antojo en una ciudad. Me invadió una mezcla de alegría, nostalgia e incertidumbre.

Once y media. Ya caminé hacia abajo por la Calle de las Siete Cruces, ya le hice la foto al cartel, ya me quedé un rato frente a la Iglesia Santa Bárbara mirando las palomas volar en círculo sobre la esquina. Ahora estoy justo en uno de los vértices de la Plaza de la Independencia, esa misma plaza que yo recordaba tan gris y vacía, y que en este casi mediodía está florida de gente. Esta, que también es conocida como Plaza Grande, es el corazón de la ciudad y el punto de partida de cualquiera de los tours tradicionales. En las calles que la rodean está el Palacio Municipal, el Palacio de Carondelet ─que además de ser la sede de gobierno es la residencia presidencial─ y el único recuerdo nítido que conservo de esa Quito cargada de lluvia: allá, en la calle opuesta, están las cúpulas de la Catedral.

Mientras atravieso la plaza y esquivo vendedores ambulantes y predicadores por igual, me vienen a la mente charlas que he tenido con otros viajeros que, con argumentos políticos/religiosos de lo más variados se negaban a entrar en iglesias, mezquitas o templos varios. Aunque coincido en muchas de esas ideas ─más de una vez he desistido de entrar en una Catedral indignada por tener que pagar─, me parece una pena no poder ver más allá. Quiero decir: ver la maravilla de arquitectura por encima de la religión o la creencia; admirar la construcción y sus detalles hechos ni más ni menos que por el hombre, sin la necesidad de comulgar con los fines o principios con los que fueron construidos.

Mediodía. Está oscuro y la cantidad de plumitas que se desparraman por los escalones me da la pauta de que acá viven muchas, muchísimas palomas. Tengo que agacharme mucho para poder avanzar, sortear fierros atravesados inoportunamente y ahuyentar al fantasma de la claustrofobia con la convicción de que sí, subir hasta el mirador de la Catedral por un pasadizo que no fue ni remotamente construido con ese fin, vale la pena.

Dos y media. Hace rato que sigo dando vueltas a mi antojo por el centro histórico de Quito. Viajar solo es así: pelearse un poco con los relojes y amigarse con los caprichos. Así que sin nadie renegando de tanta caminata patrimonial, me dediqué un buen rato a fotografiar iglesias ─pasé por la Iglesia de la Compañía, famosísima por sus interiores bañados en oro─, fachadas antiguas y perspectivas distintas de la ciudad. Cuando tuve hambre entré en el comedor que me pareció más tentador y me dejé llevar por esos sabores de olla tan típicos que me habían enamorado de la cocina ecuatoriana ─opacada muchas veces por sus países vecinos─. Para el postre paseé por una feria de platos, comí obleas, probé mistelas y me quedé un rato mirando con sospecha un puesto que vendía sándwiches de higos en almíbar con queso. No me animé.

Cinco de la tarde. “La felicidad del sol ha durado poco”, me digo en voz baja, con tono de tragedia que no es tanto. El cielo de Quito se puso gris pesado, y con el cambio de luz tuve también que hacer un cambio de vestuario. El clima acá es así: podés pasarte toda la tarde de mangas cortas y terminar el día temprano, con las manos heladas, pidiendo algo parecido a un té. Y puede pasar, también, que de repente te cruces con carteles anunciando “canelazo” y que recuerdes que a esa bebida la conocés ─aunque no puedas evocar el sabor pero estés segura de que no vas a arrepentirte─.

El canelazo es una bebida bien típica de Quito. Aunque algunos extranjeros lo confundan con té ─se toma humeante, tiene un color clarito y un aroma dulzón─ el canelazo no es una infusión. Por el contrario, se prepara a base de jugo de naranjilla (lulo) y lleva agua ardiente y panela. Es irresistible y pega tan bien con la lluvia de Quito, que regreso al hotel con el consuelo de que al menos, si no pude evitar el mal clima, encontré la forma perfecta de contrastarlo.

“Cuando me pierdo en unas manos, venzo al vértigo en la tormenta y me voy de gira por La Ronda”

 

Ocho de la mañana. Es mi segundo despertar en este cuarto del Holiday Inn Express en Quito, pero sin darme cuenta, casi que armé una rutina. Primero, me tomo unos minutos para estirar el cuerpo dentro de la cama. No sé cuál es la magia de los colchones de hotel, pero tienen un imán. Sé que tengo que salir, que lo que vine a ver está ahí afuera, pero hay una parte de mí que lo único que quiere es quedarse todo el día en la cama. Mejor dicho: en esta cama. Así que me estiro y me convenzo a mí misma de que tomar conciencia de cómo cada parte de la sábana está rozándome el cuerpo es parte esencial para despertar la sensibilidad y comenzar el día. Después, miro por la ventana, salgo al balcón a ver cómo está el clima, me ducho y finalmente bajo a desayunar.

Podés ver el día a día de mis viajes en mis stories de Instagram: @losviajesdenena

Hay algo de Disneylandia en esto de los desayunos buffet; algo que despierta el hambre más allá del hambre y hace que, sin importar la hora, lo mucho que haya comido la noche anterior o lo apurada que esté, tenga que sentarme a desayunar como si fuese la última cena. Pongo en mi plato cosas que jamás se me ocurriría comer a esas horas de la mañana, mezclo sabores como si mi paladar fuese ciego. Y, la verdad, me encanta. Me encanta ese instante de sorpresa anunciada que implica abrir las tapas panzudas de las bandejas plateadas para ver qué hay debajo, el pseudo acto de rebeldía de poner trozos de sandía y fetas de quesos varios en el mismo plato. Y así, con la panza llena y la curiosidad saciada, empiezo el día de muy buen humor.

Once menos cuarto. El cielo del Barrio de Bellavista está caliente. En este punto de la ciudad de Quito vivió el artista Oswaldo Guayasamín, y fue aquí mismo donde decidió que se construiría la Capilla del Hombre, un museo de arte dedicado a homenajear el ser humano, cuyo fin es ser un “llamamiento” a la unión de los pueblos de América Latina.

Oswaldo Guayasamín fue un importante pintor, escultor y muralista ecuatoriano. Marcado por sus raíces, Guayasamín desarrolló una obra de gran compromiso con la causa indígena y la opresión que los pueblos originarios vivían a lo largo y ancho del continente. Quizá por eso, y por su sensibilidad única, las obras de Guayasamín parecieran hablar. Nada tiene que ver la imagen de la Capilla del Hombre por fuera ─ un edificio austero, de tinte geométrico y sin ningún color─ con la exposición de adentro.

Guayasamín pinta niños, pinta madres, pinta artistas, pinta a Cristo, pinta el dolor. La guía nos da un recorrido por las tres plantas, vemos un video, aprendemos un poco sobre la vida del pintor, y nos deja algo de tiempo libre para recorrer el museo por nuestra cuenta. Compro postales de las obras que más me gustan y me quedo un rato mirando fijo alguno de los cuadros, como buscando respuestas en esas manos que son huesudas y largas, talladas como un cuerpo independiente y que son más expresivas, incluso, que los ojos mismos. Él decía que  su pintura “es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente”, y me retiro del museo con esa frase en la cabeza. Vaya si lo logra. Me pregunto si quizá esos deseos de rasguños de conciencia lo llevaron a pintar manos tan expresivas que parecen salirse del lienzo.

Son casi las tres y estoy a punto de subirme al teleférico de Quito, el más alto de toda América del Sur. Durante los veinte minutos que demora la subida, veo a la ciudad hacerse chiquita y abarcable en el horizonte. Pronto, voy a empezar a sentir frío, a buscar conejos imposibles entre los pastizales de abajo y ver con resignación la tormenta bajar por la montaña. Después voy a abrigarme compulsivamente, caminar con prisa por alguno de los senderos y regresar a la estación del teleférico justo en ese momento en que los truenos llegan con un corte breve de luz y la gente se empieza a agolpar bajo el techo de chapa rogando que, como sea, no tengamos que quedarnos allá (aunque eso implique bajar veinte minutos atravesando la tormenta).

Seis y media. Desde que llegué a Quito la gente me habla del Panecillo. El cerro que hay que subir es una vista inevitable desde cualquier punto del centro histórico. Aunque todo el mundo menciona las panorámicas ─es el mirador natural más importante de Quito y uno de los atractivos más visitados de la ciudad─ a mí lo que me llama la atención es la Virgen alada de la cima. Lo impresionante es que la escultura está compuesta por siete mil piezas distintas entre sí y es la figura construida en aluminio más grande de todo el mundo. Hasta acá vienen muchos a ver Quito de noche, pero para mí, lo más impresionante, es el ángel que no es ángel iluminado de blanco, en contraste con la noche andina que empieza a cubrirlo todo.

“Cuando pongo un pie en cada hemisferio, converso con el padre de una colmena y me despido de Quito”

 

Son las nueve de la mañana y aunque todavía no me saqué el pijama, ya me asomé al balcón. Tengo que decir, en los últimos años y a pesar de no haber abandonado mis viajes con la mochila, me ha tocado dormir varias veces en cuartos cómodos de hotel. Cuando uno se acostumbra, supongo, debe empezar a encontrar patrones, a catar colchones o comparar los distintos aromas del shampoo en botellita baby. A mí eso todavía no me pasa. Yo entro en un cuarto como este en donde estoy ahora, y todavía se me escapa un “wow” al ver las dimensiones de la cama, todavía me gana de curiosidad y abro los placares, todavía corro a la ventana y me admiro de los vidrios perfectos y de las vistas en las alturas. Hay algo, sin embargo, que siempre me genera una disrupción, y es que los cuartos en donde las ventanas no pueden abrirse me causan un poco de claustrofobia. No sé qué tanto habrá de cierto en esa suerte de mito urbano que dice que es para evitar que los huéspedes se suiciden, o si tendrá que ver con el ruido, o si será una costumbre del lujo. Lo que sí sé es que para mí este balcón es un regalo, que me provoca abrir las ventanas y sentarme a escribir al solcito quiteño de la mañana.

Diez y media. Un buen rato de viaje y trece kilómetros después de mi hotel, estoy otra vez en la famosa Mitad del Mundo. La primera vez que vine, allá por 2011, cruzar esta línea imaginaria marcaba un hito en nuestro viaje: era una meta, un cambio de hemisferio, un “sí se puede”. Me parece increíble que unos meses atrás, Juan y yo volvíamos a cruzar esa línea imaginaria pero desde otras coordenadas: en Uganda, el cartel de la línea del Ecuador marcaba la tan esperada llega al hemisferio sur. Allá, sin embargo, no había parques ni atracciones: el monolito era apenas un ícono tapado por los yuyos al costado de una ruta polvorienta, en donde algunos turistas nos frenábamos a hacer fotos para atracción de los camioneros que miraban sin entender. Acá, en Ciudad Mitad del Mundo, el complejo es un parque hecho y derecho, en donde la atracción no es solamente la famosa línea sino todos los experimentos que se pueden hacer en el museo que hay dentro del monumento ─que termina siendo interesante para chicos y no tanto─.

Dos de la tarde. Según el taxista, la recuperación de la calle La Ronda ha sido “exitosísima”, porque hasta hace unos años por acá ─como turista y como local de otra zona─ no se podía pasar. Ahora, en cambio, La Ronda es un desfiladero de gente que viene a sacar una foto a las casas de colores, a comerse una empanada de viento o a conversar con los artesanos locales que combinan su trabajo con técnicas ancestrales y contemporáneas.

“Cuando levantas tu panal te sientes padre”, me dice Renato con timidez, mientras me cuenta cómo empezó Api Real, uno de los negocios de La Ronda, donde ofrecen desde habones y esencias naturales hasta mieles saborizadas con plantas autóctonas de la región. En la casa 925, Renato da detalles del proceso de recolección de la miel. Después voy a notar que son varios los negocios que muestran videos con el making off de sus productos, pero el denominador común de estos negocios es la pasión de sus emprendedores. Desde abejas pasando por trompos, chocolates, sombreros, juguetes de hojalata y hasta helados. La Ronda es un tributo al trabajo manual, a la dedicación y a la originalidad, y es imposible resistir la tentación de dedicarle un buen rato a cada casa, de comprar miel de eucaliptus o tomarse un té de cedrón con chocolate amargo.

Casi las cuatro. Regreso al hotel por mi equipaje y antes de darme cuenta ya estoy de nuevo en la autopista, camino al aeropuerto en donde Ecuador me dio la bienvenida apenas unos días atrás. Ahora, con tanto vivido en Quito, hasta me cuesta rememorar los flashes de lluvia y el frío en las manos. Ahora, después de este viaje, me llevo un Quito con gusto a canelazo, con gárgolas mejores que las de cualquier cuento y con cuadros de manos que dan ganas de abrazar o, al menos, de saludar hasta la próxima vuelta.

Este viaje fue realizado con el apoyo de Holiday Inn Express Quito, miembro de Intercontinental Hotel Group. Mantengo total control de lo que escribo (aunque a veces escriba descontroladamente).

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Laura Lazzarino

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