Esta es una crónica inusual. Es más bien una “anacrónica”, porque se trata de un texto contado sin tiempo.Pude viajar a Barcelona por primera vez en 2012, y estuve por quinta vez hace unas semanas. No terminé de descubrir la ciudad. Barcelona es uno de esos destinos en donde es posible hacer varios viajes distintos sin moverse de la ciudad, y eso fue exactamente lo que me pasó cuando me puse a pensar en todas las veces en que la había visitado. No sé si es que Barcelona es multifacética o que yo no soy la misma persona cada vez que vuelvo; o si quizá suceden las dos cosas. (Después de todo, Barcelona recibe a tantos tipos de turistas cada año, que ¿por qué no podría mutar yo misma?) Lo cierto es que cada vez que voy la miro con ojos distintos, y cada vez que voy veo cosas por primera vez. Por eso, decía, esta es una anacrónica. Es un viaje de tres días, sí, pero son tres días de tres viajes diferentes. La misma ciudad, ojos distintos.

Las fotos son todas mías, pero están mezcladas entre todos los viajes.

“Cuando no puedo dejar de mirar para arriba, quiero abrazar a Gaudí y termino en un museo erótico”

Noviembre de 2012

Nueve de la mañana. Hace un frío de otoño bien entrado. La ciudad está teñida de amarillo, y aunque hace rato que caminamos sin llegar a ningún lado puntualmente, ya tengo la cámara llena de fotos. No necesité leer ninguna guía para entender algo que, según yo, marca la diferencia entre una ciudad linda y una ciudad extraordinaria. Y es que, si puedo caminar cuadras enteras mirando para arriba sin perder el entusiasmo, es porque estoy una ciudad del segundo tipo. Barcelona es así.  No tengo idea de por dónde estoy caminando; normalmente soy yo la que lleva el mapa, pero esta vez me estoy dejando llevar. Aniko, que es mi compañera en este viaje y tiene más experiencia en la ciudad que yo, me va nombrando barrios a medida que avanzamos. Yo saco fotos hacia arriba. Barcelona, así a primer flechazo, me parece una “ciudad-imaginación”. Es como si alguien se hubiese tomado el trabajo de pensarla en cada detalle pero sin dejarse abrumar por los límites.

Once menos cuarto. Caminamos por Paseo de Gracia, y entonces la veo. Ahí, en una esquina, está La Pedrera. Según una profesora de arte que tuve en la universidad, los balcones de La Pedrera son olas del mar. Son movimiento continuo, naturaleza, genialidad. Es una revolución en el mundo de la arquitectura precisamente por la desestructura de la fachada. Según mi papá ─que es ingeniero y piensa toda la vida bajo esos mismos términos─, lo asombroso de esta construcción es que las barandas “son un montón de fierros de descarte abollados” pero que igual “quedan lindos”, y lo asombran. A mí lo que me parece magnífico, es que La Pedrera tenga curvas que no pasan desapercibidas para nadie. Están ahí, parece estar flameando incluso cuando no hay viento y, sí o sí, hay que darse vuelta a mirarla.

Once y media. Lo primero que pienso es que parece un castillo de arena, de esos que uno hace cuando es chico, haciendo pimpollito con la mano y dejando caer la arena aguada de a chorritos. Es perfecta. A pesar de las grúas eternas, de no estar terminada, de la fila rotunda de turistas con gorritas y cámaras al cuello. La Sagrada Familia, el símbolo de Barcelona y el edificio más visitado de toda la ciudad, es la obra inconclusa de Gaudí, y uno de sus proyectos más ambiciosos. Normalmente, reconozco, no soy muy amiga de visitar iglesias ─menos aun cuando para poder entrar hay que pagar─, pero este es un caso distinto.

Primero y principal, porque la Sagrada Familia es una obra de arte en sí misma. Más allá de la religión, vale la pena visitarla por su concepto, por su arquitectura, por el modo en que los elementos juegan con la luz y hacen que la visita sea como entrar en un caleidoscopio. Si uno logra evadirse de la gente, olvidar por un momento que está en Barcelona, en este mundo, en esta vida, no es difícil pararse dentro de la Sagrada Familia y sentir que uno está dentro de los sueños de otra persona. Mirar hacia el techo es como cambiar de plano, desafiar a la realidad, entrar en una dimensión de fantasía. Segundo, porque esta es una obra inconclusa, que sigue su curso gracias al aporte de la gente. No hay una fecha precisa de terminación de obra, pero sí la certeza de que algún día, el sueño de Gaudí se concluirá. Son muchos los aristas que trabajan en base a los planos que dejó el arquitecto antes de su muerte, y poco a poco, esta obra final va tomando más y más forma.

Dos y diez. Volvemos al Paseo de Gracia. Me doy cuenta de que en frente hay algo importante porque el grupo de chinos que camina adelante nuestro se plantó en seco y empezó a sacar fotos. En la vereda opuesta, hay una fila de turistas que se enrosca como un gusano, y encima de ellos, la construcción más fantástica que alguna vez haya visto. Es la casa Battló, esa que Gaudí construyó también sobre el Paseo de Gracia. Hacemos fila para entrar, mientras recuerdo. De esta casa he leído cosas como que es “una apología a la alegría” o “una oda a la creatividad”, y ahora, que estoy parada enfrente mirando ─de nuevo─ hacia arriba, vuelvo a pensar que hay cosas que se quedan grandes para las palabras.

El edificio en donde se encuentra hoy la casa Battló fue originalmente construido en 1877, cuando la luz eléctrica todavía no había llegado a Barcelona. En 1904, y luego de que la construcción hubiera cambiado de dueño, Gaudí comienza con los trabajos de remodelación. Dicen que esta es una obra emblemática, que dejó volar la imaginación, que trabajó con los artesanos más finos de la ciudad, que es donde mejor se refleja el espíritu naturalista de esa etapa modernismo. A mí me basta entrar apenas para quedarme con la boca abierta.

Lo primero que veo es una escalera de madera única. La audio guía sugiere que se trata de la espina dorsal del dragón que envuelve la casa ─ese que luego veremos en la terraza y cuyas escamas decoran el techo que da al frente de la casa Battló─. Desde ahí, el resto: ventanas con contornos psicodélicos, vidrios con forma de flor, azules intensos como el mar y escaleras que semejan enormes caracolas asaltan nuestras pupilas vírgenes. En ese momento me vuelvo la persona más egoísta del planeta y reniego de todos los otros visitantes ─como si yo no fuera uno de ellos─, y quiero pedirles que se vayan, que se muevan de mi foto, que me dejen la casa para mí.

Mientras sigo subiendo hacia la terraza de la casa, trato de imaginar el revuelo que deben haber armado en la sociedad las ideas vanguardistas de este arquitecto. Yo, que me indigné con la famosa zeta de Sevilla o con el shopping multicolor que han hecho en Barcelona de la antigua arena, creo poder ponerme en la piel de los más rectos conservadores que se opusieron a la obra de Gaudí. Pero me basta un solo segundo de lucidez para echar por tierra mis teorías empáticas: nadie puede negar que lo que hay acá es genialidad en su más puro estado. Gaudí merece todo mi halago por su capacidad de materializar lo más bello de su imaginación. Hemos sabido de locos sordos que hacían música de lo más sensible, de poetas malditos y de pintores pasionales. Pero nunca había sentido de alguien capaz de reflejar de manera tan fiel la locura onírica en un edificio. Basta. Estoy enamorada de la Casa Battlò (¿Por qué nadie lo contrató para que diseñara toda una ciudad? O mejor… ¡todo un país con estas curvas y estos colores!).

Ya en la terraza veo el lomo del dragón. Abajo, los autos modernos pasan como si nada, y el contraste es como una cachetada de viento. La Casa Batllò es el cuarto edificio gaudiniano que visito en este viaje por Barcelona y es, por lejos, el que más me gusta. Del Palau Güell me divirtieron sus chimeneas; el Parc Güell me recordó a mis carpetas infantiles con papelitos de colores; y la Sagrada Familia me transportó al interior de un caleidoscopio gigante, con la luz como actor principal. Ésta última visita consagra a Gaudí como mi loco favorito, y me hace pensar: ¿por qué no hubo más cómo él? ¿Por qué no se construyen hoy en día edificios donde la creatividad marque la tendencia? Me voy de la casa Battló con una mezcla enorme de admiración, pero también con algo de tristeza. Quiero abrazar a Gaudí.

Cuatro de la tarde. La rambla es un hervidero de gente. Si lo miro en perspectiva, tengo la sensación de que todo el mundo está marchando. En silencio, en varios idiomas a la vez, sin mirar adelante. Gente de todos colores se entremezcla con puestos de suvenires también de todos colores. Sin darnos cuenta, llegamos al Mercado de la Boquería, pero si la idea era entrar a husmear entre los puestos, hay otra cosa que nos llama la atención y se nos hace irresistible. ¿Alguna vez se preguntaron cuál habrá sido la primera película porno de la historia, o cuánto medirá el pene más largo del mundo? Vamos, no me digan que no. En Barcelona existe un pequeño museo dedicado a satisfacer esas curiosidades llenas de tabúes, en un ambiente cálido y familiar. Bueno, no, lo de cálido puede que sí, pero lo de familiar se me ocurrió al recordar que además de Aniko y yo las otras dos visitantes eran una madre colombiana y su hija adolescente.

 

Este pequeño museo tiene una colección que va desde el erotismo en las culturas antiguas, pasando por fetiches y curiosidades de Record Guiness. Y sí, tienen también una copia de la primera película pornográfica encontrada: un film mudo en blanco y negro, al mejor estilo de Chaplin, con música y todo. Interesante, aunque en ese punto no sé si me reí por la ridiculez de alguna escenas, o por la incomodidad de escuchar a la señora comentando la porno con su hija igual de incomoda que yo. Como sea, lo cierto es que en Barcelona hay de todo, y para todos los gustos.

“Cuando viajo hacia la Edad Media, me acuerdo de mi dentista y alucino con una colección de cactus en las alturas”

Diciembre de 2015

Nueve de la mañana. Estamos parando en un departamento que queda en el Barrio de Gracia. Tenemos poco tiempo; estamos terminando un viaje de nueve meses por Europa y como nuestro vuelo de vuelta sale desde acá, decidimos venir a barcelonear un rato. Esta vez, con menos hambre de Gaudí y de museos que la vez pasada (aunque con más frío, eso sí). No tenemos rumbo fijo. Caminamos, entonces, por Gracia. Damos vueltas por plazas cuyo nombre desconocemos; dejamos que nos guíen las piernas, vamos al ritmo de las conversaciones, de las banderas que flamean desde los balcones, de los vecinos que viven su vida más allá de lo que representa Barcelona.

A las diez de la mañana siento que cruzamos alguna especie de portal del tiempo. Desde una esquina, una gárgola nos mira amenazante. Ya no hay casas de colores, ni azulejos, ni curvas en las paredes. El Barrio Gótico es otra cada de esta ciudad, una cara gris y sobre cargada, pero a la vez fascinante por lo que representa en sí: es el testimonio de otra Barcelona, de una ciudad de la Edad Media, de otra realidad, de otros habitantes.

Hay secretos que hablan en las paredes, y aunque sus calles dan un aspecto un tanto lúgubre, nos perdemos por las calles estrechas y laberínticas. No nos importan los rumores acusadores: hay quienes aseguran que parte de este barrio es una completa falsificación, que hay fachadas que fueron construidas a principios del siglo XX imitando el estilo gótico para satisfacer a la burguesía local y para atraer a los visitantes. Que hay elementos que no coinciden, que hay monumentos que no deberían ser tales. Puede que sea así, puede que no. No nos interesa hilar fino porque aún si se tratase de una imitación, es una muy bien lograda y el Barrio Gótico preserva, a pesar del tiempo, los turistas y las dudas, ese halo medieval que lo separa del resto de la ciudad.

Es mediodía. Cruzamos Las Ramblas y del otro lado nos encontramos con el Raval, un barrio donde las paredes hablan, donde los inmigrantes toman la voz y Barcelona de repente se vuelve más multicultural que de costumbre. Hay más banderas y pintadas pro independentistas y más sitios de kebab y más arte callejero concentrado del que veníamos viendo hasta ahora. Juan le saca fotos a una casa tomada, mientras otro turista dice algo que queda resonando en el aire: “El mundo entero está en estas calles”.

Hay quienes dicen que el Raval se volvió cool. El barrio, que estuvo marcado en sus orígenes por las murallas que rodeaban la ciudad y luego por las órdenes religiosas que allí se instalaron, fue mutando de a poco. De ser un barrio obrero, estigmatizado por el crimen y la prostitución, pasó a ser foco de inmigrantes y poco a poco su imagen desalineada y la estampa de autenticidad lo volvieron foco de atracción. A mí, personalmente, me gusta esa sensación de realidad desprolija que se siente al caminar sus calles.

Tres de la tarde. Estamos en Montjuic, a 172 metros sobre el nivel del mar ─ese mar que allá abajo se ve calmo y zafiro─. Hace un poco más de frío por la altura, pero se compensa con la tranquilidad y, sobre todo, el silencio que hay en la calle.

En la Fundación Joan Miró no dejan sacar fotos. Uno hace el recorrido, ve las obras del artista, y se tiene que conformar con fotografiar las esculturas que hay en la terraza y que, según un señor que está haciendo el paseo a desgano, se parecen mucho a los dibujos que hace su nieto en el jardín. Yo me río sin disimular, porque el juicio  del señor, me recuerda a una historia de mi infancia que también tiene que ver con Miró.

Hace mucho, mucho tiempo, me quebré un diente en medio de un accidente navideño. Tendría yo unos ocho o nueve años, y fue en aquel entonces cuando las visitas al dentista se empezaron a hacer más frecuentes. Naturalmente, me daba miedo. Pero una mañana en aquel consultorio, noté que en la sala de espera había un dibujo infantil enmarcado, que me llamó mucho la atención. Mi razonamiento fue: si otros nenes le hacen dibujitos a Fernando, Fernando no debe hacer doler. Y si enmarca sus cuadritos, entonces no es tan malo. Mi mamá insistió decenas de veces en repararme el diente que yo me empecinaba en volver a romper, y así fue como las visitas a lo de Ocariz incrementaron. No me hacía doler (me tenía que agregar porcelana al diente roto, nada más) y yo empecé a llevarle dibujos que nunca enmarcó. Un día, en el living de una casa me encontré con el mismo dibujo del mismo nene. Entonces pensé, o este pibe sabe hacer un solo dibujo y le hace lo mismo a todo el mundo, o este es un cuadro famoso y yo soy una paparula que recién se entera. Sí, la opción correcta es la b, y a mis 11 años supe por primera vez quién fue Mirò. Por supuesto que sus obras me encantaron desde el primer momento, pero reconozco que me sentí un poco decepcionada a la vez (al menos hasta que fui más grande, y entendí que el valor de sus obras iba mucho más allá que sus pinceladas y monigotes).

Cuatro y media. Estamos a punto de bajar de nuevo hasta el barrio de Gracia, pero antes hacemos una parada en los Jardines de Mossèn Costa i Llobera, un sitio en donde cactus de todos los tamaños parecen ser la atracción principal. No sé qué tiene esto que ver con la Barcelona a la que estamos acostumbrados, pero me gusta precisamente por eso.

“Cuando miro Barcelona de reojo, me pierdo en un laberinto por un buen rato y abrazo el regreso sin pretensiones”

Junio 2017

No hay intenciones de paseo. No estamos turisteando, ni en medio de un viaje, ni vinimos a cumplir con las cosas que nos quedaron pendientes de los viajes anteriores. No tenemos horarios. Esta vez, raro que parezca, estamos buscando un lugar en donde vivir. Vinimos a España a pasar el invierno (argentino) en el verano (español), y aunque nuestro destino elegido fue Madrid, las vueltas de la vida nos trajeron de nuevo a Barcelona. Hace calor esta vez, aunque mucho menos que en la capital.

Desde el balcón de Lucas y Ludmila se ve otra bandera catalana que flamea que cuando corre viento. Estamos de nuevo en el Barrio de Gracia, aunque esta vez, supongo, tenemos un poco más de más conciencia de todo: en dónde estamos, cómo funcionan las cosas. Como decía, vinimos a Barcelona a hacer trámites, y como estamos en “modo vivir” más que en “modo viajar”, pasamos buena parte de la semana en el departamento, escribiendo. Bajamos para ir al banco, para comprar cosas en el supermercado, para dar una vuelta y refrescar las ideas.

Un día de mucho calor, un amigo nos invita a la playa y entonces nos acordamos que Barcelona tiene mar ─ese mar al que siempre vimos de lejos porque siempre vinimos cuando hace frío─, y entonces terminamos con la lonita en la arena y los pies en el agua fría. Otro día nos vamos a tomar martes a los Laberinto de Horta, y terminamos perdidos por un rato largo entre paredes de pino que se alzan alto y conducen a cualquier lado menos a la salida.

Sacamos más fotos a los murales, nos vamos de pinchos, comemos papas bravas, caminamos más. Digo que miramos Barcelona de reojo porque hay algo ─aunque no sé decir bien qué─ que nos hace sentir diferentes a toda esa conglomeración de gente que pasea por la ciudad con mapa en una mano y cámara en otra. Le huimos a Las Ramblas. Vemos la fachada de la Casa Battló, también desde la vereda de enfrente, sabiendo que ya estuvimos ahí, que nuestro momento ahora es el de mirarla al pasar. Por primera vez desde que visito esta ciudad no sumo cosas a las listas de “qué ver y qué hacer”, ni lleno mi cámara de fotos. Vivo Barcelona, entro a husmear en negocios locales.

En mi cuaderno, escribo cosas como:

A mí me parece que #Barcelona es mujer.
– Pero Gaudí era hombre.
– Sí, pero esas curvas lo dicen todo.
***
No me salió escribir mucho en estos últimos días. Hice equilibrio entre las palabras pero por más que lo intenté, me caí siempre encima de un cliché y me desanimé un mundo. No sé cómo se hace para escribir algo nuevo de una ciudad tan gastada por las revistas. De Barcelona ya todos dijeron todo. No me sale.
***
Pero es linda. No, es más que linda, es roba palabras. Es tan única que hasta el “única” le queda corto. Es así. Y eso que la caminamos poco en comparación a la mayoría, que nos escabullimos de las filas y las cámaras y los tiquetes. Pero igual. Mirá para arriba. 

Me entiendo. No estoy enamorada, aunque entiendo que rompa corazones con amores de fuego, aunque nos vayamos sin ganas de irnos, aunque sepamos que, tarde o temprano, vamos a volver a regresar.

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Laura Lazzarino

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