“¿Y con el idioma cómo hacen?” “¿Cuántos idiomas hablan?” “¿Qué idiomas tengo que aprender para salir de viaje?” son preguntas típicas cada vez que Juan y yo hablamos de viajes. Es sencillo imaginarse mochileando en México o en Perú donde, más allá de los regionalismos, compartimos el mismo idioma. ¿Pero qué pasa si queremos viajar a Albania, a China o a Tanzania? ¿Cómo me comunico con la gente en la calle? ¿Puedo viajar igual si no sé hablar otros idiomas? Si bien no hay una respuesta única y universal ─todo depende mucho del país a dónde se quiera viajar─, lo cierto es que mientras más idiomas uno hable más chances tiene que viajar mejor.

¿Qué idiomas me conviene aprender para viajar por el mundo?

A modo de generalización, si me piden una opinión, estos son los cinco idiomas más útiles al momento de viajar:

1- Inglés: Sin lugar a dudas, y salvo algunas excepciones, el inglés es uno de los idiomas dominantes del mundo. Con más de 400 millones de hablantes nativos, y 1.600 millones de personas que lo tienen como segunda lengua, estudiar inglés es una apuesta segura. Allí donde nadie hable español, siempre será posible encontrar a alguien que hable inglés y pueda darnos una mano.

2- Español: Intuyo que si llegaron leyendo hasta acá es porque hablamos el mismo idioma, pero lo pongo de todos modos porque siento que muchas veces menospreciamos nuestra lengua, sin darnos cuenta de lo importante que es a nivel mundial, y de la ventaja que tenemos al hablarla de manera nativa. El español es el segundo idioma más hablado en el mundo después del chino mandarín, con más de 496 millones de hablantes. Es la lengua oficial de veinte países en el mundo, y aunque pueda parecer difícil de aprender, sobre todo si se quiere estudiarlo mientras se viaja, el número de estudiantes extranjeros crece año a año.

3- Árabe: Siendo el quinto idioma más hablado del mundo, con 22 países que lo tienen como lengua oficial, el árabe es un as bajo la manga al momento de viajar. No se puede negar que difícil ─leí por ahí que un niño no llega a un dominio del idioma sino hasta los siete años─, además de que existen tantas variaciones que estudiarlo de forma correcta puede resultar frustrante. Sin embargo, siendo que es el idioma del Corán, hablar un poco de árabe es sumamente útil no sólo en países de Medio Oriente sino también en aquellos donde predomine el Islam, como Sudán, Indonesia o Marruecos.

4- Ruso: Es el octavo del mundo y, junto con los mencionados en esta lista, uno de los idiomas oficiales de la ONU. Además de Rusia (que no es poca cosa), hablar ruso es una gran puerta para manejarse en todos los países de Europa del Este así como en aquellos que formaron parte de la Unión Soviética. Aunque no sea idioma oficial de estos países, no es difícil encontrar gente que lo hable como segundo idioma. Desde República Checa, Moldavia o Bulgaria, hasta todos los de Asia Central como Kirguistán o Turkmenistán. Puede ser incluso útil en Mongolia. Aunque el alfabeto cirílico puede desanimar a primera vista, el ruso no es un idioma difícil de pronunciar para quienes hablamos español.

Nunca estuve en Rusia, pero mi primer encuentro con el alfabeto cirílico fue en Bulgaria, donde se habla búlgaro. Me pareció como volver a aprender a leer, y fue todo un desafío. Por suerte, todos los carteles de ruta estaban también en inglés, entonces se podía aprender más fácil.

5- Francés: No está entre los diez idiomas más hablados del mundo en relación a la cantidad de habitantes, pero debido a la gran número de países que fueron colonia, hablar francés puede ser una gran llave al momento de viajar. Son 33 países lo que lo utilizan como primera o segunda lengua oficial, y la mayoría se encuentra en África. Desde Togo o Benín hasta la República Democrática del Congo, Yibuti o Madagascar, planificar un viaje al continente negro no puede pasar por alto unas lecciones básicas de francés.

¿Por dónde empiezo?

Pensar en aprender un idioma desde cero puede parecer abrumador, sobre todo si la experiencia con la profesora de inglés de la escuela secundaria no fue del todo positiva. Lo primero que tenemos que saber, es que si el objetivo de estudiar una lengua es poder manejarse durante el viaje, no hay que tomárselo tan a pecho ni buscar la perfección. Es decir: podemos aprender a hablar lo básico de árabe o de chino sin zambullirnos en la aventura de aprender también a leer y a escribir. Puede que no logremos leer el diario o mirar una película en el cine, pero al menos podremos hablar con la gente y mejorar la calidad del viaje. Acá van algunas opciones, con sus pros y sus contras.

Cursos intensivos orientados a los viajes: muchos institutos de idioma ofrecen cursos de verano pensados para personas que necesitan un dominio mínimo de la lengua al momento de viajar. Pueden ser una buena opción si dan con una buena profesora. La ventaja es que al ser algo orientado, no se pierde tiempo en teorías y se apunta a lo práctico. La desventaja es que, si tienen memoria fotográfica como yo y están acostumbrados al por qué de las cosas, estos cursos pueden parecer algo desordenados y avanzar muy rápido sin fijar contenidos.

Después de unas semanas en Rumania, con tanto frío como entusiasmo, viajamos a Moldavia. Mi cara de festejo es por el nombre de la calle: en rumano, “ciorva” es sopa, y se suele servir adentro de un pan. Un menú calórico delicioso, que con cinco bajo cero se apreciaba un montón. La ciorba se merecía una calle.

Viaje + cursos de idioma: si tienen la posibilidad de irse a estudiar un idioma a un país en donde se hable, no lo duden, es mucho más productivo que hacerlo en casa. El aprendizaje es continuo, se practica todo el tiempo, se aprenden modismos y palabras del lunfardo. Estudiar inglés en Nueva Zelanda o Australia, por ejemplo, puede ser una buen despegue, incluso para quienes estén empezando desde cero. Además de tratarse de dos países sumamente seguros, la inmersión cultural es total, y los precios suelen ser menores que en otros países de habla inglesa como Inglaterra o Canadá. Eso, sin contar con el hecho de que en ambos casos una visa de estudiante permite también trabajar hasta 20 horas semanales, lo que puede servir tanto para recuperar la inversión como para tomar la experiencia como punto de partida antes de empezar un gran viaje. (Y todo, además, se puede reservar on line, y en español).

Apps o webs colaborativas: si no tienen tiempo ni plata para pagarle a un profesor, hay apps como Duolingo en donde se pueden aprender idiomas con la ayuda de gente local. La ventaja es la accesibilidad. La desventaja es que muchas veces se aprende por repetición, de memoria, sin entender la estructura del idioma. (Yo soy dela vieja escuela, y este tipo de soluciones no me resultan útiles).

Juan también es de la vieja escuela, pero tiene más facilidad que yo para acordarse de palabras que escucha. Acá, está haciendo la tarea en guaraní con el hijo de la familia que nos estaba hospedado. Después de un mes en Paraguay, ¡algo aprendimos!

Phrasebooks: Lonely Planet tiene toda una colección de libros de frases para viajeros, divididas por secciones, con significados y hasta la forma correcta de pronunciarla. Las he usado y están muy bien, aunque el problema viene al momento de recibir la respuesta. ¡Entendemos lo que estamos diciendo pero no lo que nos contestan!

Diccionarios visuales: Quizá el más conocido sea Point it, y personalmente lo encuentro muy útil, sobre todo para aquellas personas tímidas que no se animan a hablar a lo Tarzán. Con un montón de fotos que vienen divididas por secciones, podemos mostrar lo que buscamos sin necesidad de apelar a ninguna lengua, y dejando bien en claro que no hablamos el idioma local. La desventaja es que cierra mucho la comunicación y que impide aprender palabras nuevas.

¿Y ustedes cómo hacen?

Juan y yo tenemos la desventaja de hablar los dos los mismos idiomas. Manejamos muy bien el inglés (de chica quería ser traductora así que además de ponerle mucho empeño mis papás hicieron un sacrificio enorme y terminé los últimos tres años de escuela en un colegio bilingüe, después de estudiar todo un verano para ponerme al día); hablamos italiano (había una oferta de un curso de verano, y como se imaginan, yo no era una chica muy popular. Estaba aburrida y me puse a estudiar, y me gustó tanto que después seguí tres años más); y hablamos algo de alemán (lo intenté, estudié casi cuatro años pero por falta de práctica y por mucha timidez desistí. Juan tiene una gramática terrible, pero se anima más que yo). Digo desventaja, porque sería mucho más útil si alguno de los dos hablara bien francés, o en vez de alemán se me hubiera dado por el ruso. Pero en fin, así las cosas.

Hablo inglés y doy abrazos gratis

De todos modos, como se podrán imaginar, con estos tres idiomas más el español, no alcanza. Por eso, Juan y yo llevamos siempre a mano algo que ya bautizamos como “El Método Acróbata”, que es algo así como un phrasebook casero y personalizado. En todos estos años ya sabemos más o menos qué frases o palabras son las que necesitamos aprender, y entonces armamos estas hojitas con las palabras en español y el espacio en blanco. Cuando llegamos a un país nuevo, buscamos a alguien que sepa hablar inglés y el idioma local, le preguntamos cómo se dice cada cosa, y así la vamos completando.

No escribimos la manera correcta, sino cómo suena cada palabra. Y cada vez que queremos decir algo, sacamos las hojitas frente al asombro de todos, y ponemos nuestro mejor esfuerzo. Además, como ya conté, tengo memoria fotográfica entonces me resulta mucho más fácil aprender algo si lo veo escrito de mi puño y letra, que si lo escucho y lo repito en el aire. Gracias al Método Acróbata combinado con varios meses de viaje en algunos países, hoy recuerdo palabras del albanés, del swahili o hasta del quechua.

Juan enseñádoles el Método Acróbata a unos hombres en Etiopía.

El amhárico, idioma oficial de Etiopía, cuenta con alfabeto propio.

Algunos mitos y verdades sobre viajar hablando (o no) el idioma local:

“Si viajás por Latinoamérica no necesitás aprender nada, todo el mundo habla español”

Mito total. Aunque el idioma oficial de la gran mayoría de los países sea el español, ese no es el único idioma que se habla. Y no me estoy refriendo solamente a Brasil, en donde el portugués es el idioma reinante. Estoy hablando de los centenares de lenguas originarias que se hablan desde Argentina hasta México. Eso, sin contar las Guayanas y Surinam, donde el inglés, el holandés y el francés son las lenguas oficiales de cada uno de estos tres países. Entonces, sí, por supuesto es que es posible moverse por toda Latinoamérica sin saber hablar otra cosa que español, pero aprender algo de guaraní, quechua o inglés, puede ser muy útil tanto para relacionarse con la gente local, como para ayudar a otros viajeros el camino.

Manejar lo básico de quichua fue escencial en nuestro viaje por los caminos Jalq’as en Bolivia.

En Paraguay se habla español y también guaraní, pero en el oeste, existen colonias menonitas en donde el alemán es el idioma principal.

En Guyana Francesa el Che te vende cigarros caros y te advierte, en francés, de los riesgos de fumar.

“Con señas todo el mundo te entiende”

Mito a medias. Quiero decir, por supuesto que si las dos partes le ponen voluntad y no hay ningún idioma en común, las señas son el mejor recurso. Pero, ¿quién puede disfrutar de un viaje sin poder comunicarse más que por medio de señas? Y además, ¿estamos seguros de las señas que vamos a usar? Porque aunque no se nos pase por la mente, no todas son universales. En nuestra cultura, por ejemplo, el pulgar arriba es gesto de que todo está bien, mientras que en Irán puede ser considerado algo obsceno. En Islandia, para decirnos que su auto estaba lleno y que no podía darnos un aventón, la gente se pasaba el dedo índice por el cuello, del mismo modo en que nosotros lo hacemos para decir “te voy a matar”. Sí, me llevó un rato entender que no eran todos asesinos seriales sino que estaban disculpándose por estar a tope. También nos hicieron una seña que bautizamos “colita de ballena” y que al día de hoy sigo sin entender. (Hay todo un catálogo de señas en el post de Aniko sobre hacer dedo en Islandia)

“Estudiar tal idioma no te sirve para nada”

Esta frase es bastante común cuando se trata de idiomas que no han sido muy difundidos el mundo. ¿Cuál es el sentido de estudiar catalán, finlandés, húngaro o italiano? Pues déjenme decirles que esa frase es un mito total. Claro que hay idiomas más útiles que otros si hablamos de contextos generalizados, pero bien decía mi abuelo que el saber no ocupa lugar, y no hay idiomas que no valgan la pena. Gracias al italiano, por ejemplo, pude comunicarme con mucha gente en Albania, que quizá no lo sabía leer ni escribir pero lo había aprendido de la tele y eso era suficiente para que pudiéramos tener una charla. Además, está científicamente comprobado que el segundo idioma es más fácil de aprender que el primero, y el tercero que el segundo, y así sucesivamente.

“Aunque no hables perfecto la gente te entiende lo mismo”

Verdad absoluta. Repito, no hace falta hablar como un experto, y no hay que tener vergüenza de sacar el cuaderno, el diccionario o lo que sea para poder comunicarse. Ese interés siempre es visto como algo positivo, y aunque no se pueda llegar a tener conversaciones muy profundas, siempre será mejor que hablar solamente con señas.

Las mejores anécdotas (las que salieron bien y las que no tanto)

En Egipto inauguramos teléfono, y se nos ocurrió usar el Google translator, esa versión que vos hablás y el teléfono te tira el subtítulo. Estábamos en un auto, con dos chicos que hablaban poco inglés y nos estaban llevando a un lugar para dormir. Según Google, el chico decía “mi hermana está cubierta sola en el departamento encerada”. Después entendimos que la chica estaba de vacaciones y que nos podía prestar el departamento. La parte de la cera sigue siendo un misterio.

En Albania, en el interior, conocimos a una señora en la caja de una camioneta. Miraba muchas novelas mexicanas y escuchaba radio en italiano. Tenía una mezcla interesante, pero cuando dijo “mio figliolo a casa” y le entendimos que su hijo estaba en su casa, empezamos a conversar en esa media lengua, y la señora se puso tan feliz como nosotros. Terminamos dos días en su campo, caminando por la montaña con ella, que estaba chocha de mostrarnos su valle. No pegábamos una gramaticalmente, pero nos enseñó a hacer el café, nos contó cómo cultivaban el campo, y hasta nos habló de sus animales a los que cuidaba como mascota. Hizo que me fuera de Albania todavía más contenta.

En México, durante mi primer viaje, se combinaron dos factores nefastos: yo estaba muy porteñizada en mi manera de hablar, y no tenía mucha noción cultural del país al que acababa de llegar. En casa de una familia que me estaba hospedando, había un nene que no paraba de hacerme morisquetas y de buscarme para jugar. En una de esas, dije: “qué pendejo más hermoso”. Y noté que había metido la pata. Mal. No importaron mis esfuerzos por explicar que en Argentina usamos la palabra “pendejo” para referirnos a alguien joven o a un niño, y que la intención la da el contexto. A menos que la palabra “pendejo” siga con un “de mierda”, no es un insulto. A la gente le cayó mal igual, y me sentí horrible.

Si hubiera sabido leer en islandés, habría entendido que este cartel nos estaba advirtiendo de esta especie de pájaros que anidan en el suelo y son por demás de territoriales. No habría terminado entonces corriendo campo traviesa unos días después, tapándome la cabeza a las carcajadas pero aterrorizada al mismo tiempo, mientras unos siete u ocho pájaros se nos lanzaban en picada a toda velocidad, nos cagaban encima, y armaban un escándalo digno de una rebelión animal. Tuve miedo.

En Tanzania saber algo de swahili me permitía ir de compras prescindiendo totalmente del inglés. Preguntaba precios, pedía algunas verduras. Me di cuenta entonces de que por “hablar” el idioma, pagaba menos que el resto de los viajeros que se manejaban con señas o que entraban preguntando en inglés.

Por eso, repito: no hace falta ser un eximio políglota; con saber defenderse alcanza para poder hablar con la gente, comprar algo en el mercado local o pedir ayuda en caso de emergencia. Pónganse del otro lado, sino, e imagínense una situación cotidiana en su barrio. ¿Qué viajero caería mejor? ¿El que entra en una panadería y saluda y pregunta un precio en un español tarzánico, o el que entra de una hablándole en inglés a Doña Rosa?

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Laura Lazzarino

7 ComentariosDejar un comentario

  • Yo colaría al Chino en ese top de idiomas a aprender. Hay tanta comunidad de chinos en el mundo que termina resultando útil.

    Te cuento que soy mexicano y obviamente me dió más risa tu experiencia con el “pendejo”. Es una palabra muy fuerte en México que sería un equivalente a boludo o hijo de put@. Por otro lado, tuve la suerte de vivir en Argentina unos años y me pasaron cosas similares con las siguiente palabras:
    – Cajeta: Por suerte me advirtió un amigo que estuvo viviendo antes, pero igual se me salió un par de veces, pero por suerte lo tomaron en joda. En México es el nombre que le damos al dulce de leche hecho con leche de cabra.
    – Cerillos: Tuve que ponerme a explicar al dependiente de la tienda como si se tratara de un niño que estaba intentando pedir. Afortunadamente, otro encargado algo mayor se acordó que lo oyó antes en el Chavo y supo que me refería a los fósforos.
    – Relevamiento: Me confundí multiples veces al inicio con esta palabra que utilizan en la oficina como si nada. En México me pedirian un reporte o investigación para los mismos efectos.
    – Devolución: Otro que me confundió en la oficina. Nosotros usamos la palabra “retroalimentación” que es más apegado al anglicismo “feedback”.
    – Recoger: Las dependientes de la lavandería se me quedaban viendo al pasar por la ropa que dejé, hasta que razonaban que quería decir “retirar”. Supongo que no tuve recriminación al darse cuenta que era extranjero.

    • Siii son muchas las palabras! Sobre el chino, sería el sexto de la lista. No lo puse porque aunque es el idioma más hablado del mundo, lo es por la superpoblación que hay en China, no por la cantidad de países en donde se hable. Y si miras el mapa, los chino hablantes están todos muy concentrados en un área en particular. Pero sí, lo pensé!

  • Ayyy Lauritaaa!! ¿Por qué siempre que me propongo metas específicas para mi viaje entras tú para darme ánimos? Justamente el fin de semana estuve fantaseando con la idea de ir a Australia a aprender inglés y trabajar !!! Gracias por el empujoncito que acabas de darme “sin querer queriendo”.
    Un abrazo!

  • Saber aunque sea algunas palabras claves del país que vas a visitar te hace vivir una mejor experiencia al viajar. A veces entrar preguntando en inglés en un país en el que no es su idioma natural suena un poco prepotente. Buen día, gracias, por favor son obligatorias. Me costó muchísimo en Islandia también, no podía entonar ni una palabra 😉

  • Laura, nos hemos reído mucho con tus anécdotas.

    También tenemos unas cuantas como por ejemplo unos chinos a los que hacíamos mil preguntas con nuestro lenguaje corporal básico y ellos se tapaban los oídos con los dedos. Obviamente dedujimos que tenían problemas con el oído, entonces les hablábamos más alto. Nos miraban sorprendidos hasta que nos dimos cuenta de que en China taparse los oídos significa “no entiendo”.

    Lo que me mata a mí personalmente es NO poder comunicarme con la gente que me abre sus corazones y sus casas. Me dolió muchísimo no entender a los iraníes que conocimos en este país tan fascinante. Al mismo tiempo agradecía mi perseverancia en aprender lo básico de ruso antes de llegar a Armenia y Georgia.

    Desde luego no hace falta hablar perfectamente, pero me parece de buena educación aprender lo básico. Por eso ahora en Tailandia me reprocho mucho la pereza… Como es un país tan turístico no aprendimos basicamente nada en tailandés. Como aquí la gente es tan acostumbrada al turista, no esperan de tí que les hables en su idioma. Y entra pereza… Hay que reconocer que es un idioma difíicil, pero me siento mal al ni siquiera hacer el esfuerzo.

    Saludo muy grande, K.

  • Grandioso posta (la primera vez que comento acá, aunque he leído varios post) sin embargo, No puedo evitar tener una duda medio tonta y superficial; ¿Esos cigarros del Ché en Guyana Francesa costaban 35 Euros según la foto?, ¿Que demonios??!!

    • ¿Sabés que cuando vi la foto y presté atención yo también quedé alucinada? La sacamos por la curiosidad de ver al Che en un atado de cigarros, y después me percaté del precio. Seguramente debe ser el valor no de cada uno, sino de un paquete más grande, como los que venden el el free shop.

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