Se la conoce como la cuna de la independencia, pero a mí lo que más me llamó la atención es la abundancia de estrenos. Boston fue la primera en muchas cosas. Tiene la primera biblioteca del país, la primera universidad, el estadio de baseball más antiguo y el primer faro. También se jacta de tener el metro más antiguo, la primera escuela y el primer parque público. Aunque podría seguir con la enumeración, me doy cuenta de que yo también tengo algo que agregar a la lista: Boston será la primera ciudad que visite en Estados Unidos. Y pasará al recuerdo por ello.

“Cuando descubro lo que es un vehículo anfibio, veo Boston desde otra perspectiva y me siento adentro de una película”

 

Siete y media de la mañana. El olor a café se cuela por debajo de la puerta y demoro unos segundos en recordar que esa cama, esas paredes de madera y ese desayuno que ya se huele en el ambiente son parte del escenario de este nuevo viaje. Hola, estamos en Boston, y por primera vez desde que trabajo para el equipo de 3 Travel Bloggers no estamos parando en un hotel sino en una casa, lo que hace que toda la dinámica del viaje sea más familiar, más local, más amena. Me levanto en pijama y cruzo la cocina mientras Manco, nuestro realizador audiovisual, fríe huevos sin piedad.  “Parece de película”, pienso ya en el baño. Me lavo los dientes y miro por la ventana el patio trasero del vecino ─evidentemente acumulador─, las casas de dos pisos de madera con sus frentes de colores, el otro vecino que sale a pasear el perro. Pienso eso porque este es mi primer viaje a Estados Unidos, y como buena parte de la humanidad, la imagen que tengo de este país es un reflejo de todo eso que vi alguna vez en televisión. De Boston, sin embargo y para ser sincera, no tengo preconceptos.

Nueve de la mañana. A los pies del Prudential Center hay una fila de barcos multicolores estacionados uno detrás del otro. Los D.U.K.W. (popularmente conocidos como “Ducks”), son réplicas de unos vehículos anfibios que sobrevivieron a la II Guerra Mundial. Si antes servían para transportar tropas y provisiones en tierra y agua, hoy llevan turistas curiosos por experimentar esa rara sensación de estar en ruta y al segundo siguiente navegando en el río, todo sin cambiar de vehículo. Mientras leo en el folleto que nos acaban de entregar ─y que cuenta, entre otras cosas, que la manufactura de estos Frankeisten motorizados estuvo a cargo de las mujeres que servían a su patria─ la gente se amontona, se saca selfies, no aguanta la ansiedad. Al poco tiempo sale el primer DUCK cargado de gente y nosotros, que esperamos el siguiente turno, vemos al barco-bus pintado con la bandera del orgullo gay mezclarse con el tráfico citadino. Cada uno de los vehículos tiene motivos diferentes, y aunque María del Mar, la hija de Jose Luis, estaba cruzando los dedos por subirse al de las flores color lila, nos toca uno con la bandera de los Red Sox.  A la media hora, partimos.

El DUCK en el que viajamos nos pasea por los puntos principales de la ciudad.  R., nuestro guía cuenta la historia, hace sonar una corneta de pato por el altavoz, asusta a los peatones desprevenidos. Pero cuando la parte terrestre pasa, y vemos que el Río Charles se acerca, todos nos asomamos por la ventana para ver las ruedas sumergirse y desaparecer bajo agua. Boston va quedando así un poco más pequeña en el horizonte.

No se siente. El movimiento del agua es muy leve y lo único que nos recuerda que estamos navegando es el viento húmedo que se cuela por los costados. Algunos bajan los cierres de las ventanillas de lona transparente, pero entonces la vista se pierde y con ella parte de la gracia. Me pregunto si los DUCKS de la guerra habrán sido más pesados, porque este mismo en que viajamos ahora parece ligero y es bastante ágil. R .nos cuenta que los originales dejaron de usarse porque era muy difícil conseguir los repuestos y la manutención se volvía muy costosa. Que la empresa tiene uno sólo y que se usa para ocasiones especiales (pienso en el Sargan Eight y me pregunto si también podría hacerle dedo a un DUCK), y que estas réplicas son más prácticas y se han vuelto todo un símbolo de la ciudad de Boston. Tomo estas últimas palabras como una mezcla simpática de merchandising y deseo genuino.

Reconozco que cuando dejamos el agua y volvemos a subirnos al asfalto, algo se quiebra y en la cara de todos se nota un poco la decepción. Siento esa misma sensación que produce sacarse los patines y empezar a caminar con los pies, después de mucho rato deslizándose sobre ruedas. Queda todavía un poco de tour, pero todos sabemos que lo mejor acaba de terminarse.

Mediodía. Almorzamos unos sándwiches a la carrera y volvemos hasta el Prudential Center en cuya cima, cincuenta pisos hacia el cielo, se encuentra el Skywalk, un mirador 360°. Hay audioguías, máquinas binoculares a dólar, y mapas que muestran eso que se ve pequeño allá abajo. Y aunque la vista es impactante, lo que más me atrapa de este sitio no son ni las alturas ni las panorámicas sino la muestra fija que hay en la galería sobre  la importancia de la inmigración tanto en la historia como en el desarrollo de la ciudad. Con juegos, mapas interactivos y hasta espejos que interpelan a quien se asoma a curiosear, el Skywalk es una cachetada a los prejuicios. Diarios que se imprimen en más de veinticinco idiomas, figuras públicas de Boston cuyos orígenes se encuentran en otras partes del mundo, y una decena de recursos para reforzar esta identidad cosmopolita y variada que es motivo de orgullo de la ciudad. Bajo los cincuenta pisos con una sonrisa diría que casi de esperanza. Que un atractivo turístico como el que acabamos de visitar siente postura frente a un tema tan escabroso como la inmigración ─en un país tan de derecha como el Estados Unidos actual─ tiene algo que se parece a la esperanza.

Desde allí caminamos hasta el Boston Common, el parque en donde se inicia el Freedom Trail (Camino de la Libertad), un paseo casi obligatorio para conocer más a fondo no sólo la historia de la ciudad sino su rol en la revolución de independencia. Allí, frente a las oficinas, nos recibe Josh, aunque sería más correcto decir que quien está esperándonos es Daniel Malcom, un bucanero, revolucionario americano y, como bien dice su epitafio “un verdadero hijo de la libertad”. Josh está tan compenetrado con su personaje, que nos lleva a través de los dieciséis pasos del Freedom Trail totalmente hechizados con sus historias. Así, visitamos la cede del estado de Massachusetts, el  Old Granary Burial ground (cementerio donde se encuentran las tumbas de los revolucionarios más famosos de Boston), Old South Meeting House (donde se reunían los revolucionarios y donde se originó el famoso motín del té) o la plaza en donde tuvo lugar la Masacre de Boston. Mientras nosotros nos pasamos los ladrillos de té compacto que imitan al modo en que se comercializaba el té en esa época, Josh cambia sus tonos de voz, hace chistes y agrega datos de color a un tour que termina siendo una de las clases de historia más entretenidas de mi vida.

La Old State House o “Antigua Casa del Estado” fue la sede del Gobierno colonial británico entre 1713 y 1776.

Old Granary Burial ground

Josh…o debería decir Daniel Malcom

Así se comercializaba el té antiguamente.

A las siete de la tarde tenemos cita en el Fenway Park, el estadio de los Red Sox, el equipo de baseball local, y el más antiguo de Estados Unidos. Todos en el auto ─realizador incluido─ tenemos una ansiedad que va totalmente en contra del tránsito y la hora pico. Whatsapeo con mi hermana ─la deportista de la familia, estudiante de educación física, fanática de todo─. Me da consejos que no entiendo, me pide que saque fotos. No sé, a esta altura, si debería o no darme vergüenza confesar que mis conocimientos de baseball se remiten a algunas películas de Hollywood ─hay una con Jimmy Fallon y Drew Barrimore que recuerdo en particular─ y basta. Pero estoy contenta, y mientras estacionamos en el parking del estadio y cumplimos al pie de la letra con todo el folklore redsoxiano correspondiente, yo no puedo dejar de sentir eso mismo que sentía esta mañana: que estoy dentro de una película, que Estados Unidos tiene cosas tan únicas y curiosas como otras partes del mundo en las que he estado, y que muchas veces nos dejamos llevar por el prejuicio aunque se supone que viajemos para demostrar lo contrario.

“Cuando desato la lujuria en los mercados, me dejo hipnotizar por los tulipanes y le explico a mi mamá que Harvard es una universidad pero no dan cursos de hechicería”

 

Ocho de la mañana. Me despierto con un color gris que entra por la ventana pequeña de mi habitación. La calefacción sigue andando, y en ese instante minúsculo de cama-sueño-pereza me despido de mi esperanza: hoy tampoco va a salir el sol. De todos modos, se supone que es primavera y el plan de hoy es ir de picnic a uno de los parques públicos que tiene la ciudad. Antes ─y acá viene la parte más interesante del asunto─ vamos a ir de compras a los mercados locales.

El Boston Public Market es un mercado donde se reúnen productores de todo el estado a ofrecer sus mercancías. Desde sales recolectadas con métodos tradicionales, pasando por verduras orgánicas, fiambres, quesos y hasta semillas. Los puestos son tan personalizados como la atención, y antes de llegar al picnic empezamos a comer con los ojos.

Mediodía. Llegamos al Boston Garden con bolsas llenas de queso, felafel pan casero y frutas. Hay estudiantes leyendo al sol, gente jugando con sus mascotas, y familias paseando a sus hijos mientras una banda de música toca sobre un puente que cruza el lago. Hay también una escultura a de una mamá pata caminando con sus pichones. La obra rinde homenaje al famoso libro infantil “Abran paso a los patitos”, que transcurre precisamente en este parque. Estamos en medio de la ciudad, pero el verde es tan circundante que se respira fresco. Hay una cosa, sin embargo, que me deja sin aliento, y tengo que sacarme los lentes para comprobar que esos colores son reales, que ningún cristal polarizado me está engañando la visión. Los tulipanes que decoran prolijamente todos los rincones del jardín, parecen resaltados con un editor de fotos. Amarillos intensos, rojos furiosos, morados profundos. Se alzan todos parejos hasta la misma altura, con sus flores en el mismo punto de ebullición, agitándose eléctricamente al ritmo del viento. Me quedo hipnotizada.

La foto no tiene ningún tipo de retoque. Miren fijo a esos tulipanes y díganme si esos colores no parecen de otro mundo.

Cuatro de la tarde. Nos subimos al auto y empezamos a enfilar con destino Harvard. La universidad de tanto renombre, esa que envía cartas de admisión que también salen en las películas y que egresa estudiantes con títulos y pechos inflados ofrece tours gratuitos, que se pueden descargar en forma de audio guía desde su página web. Intento imaginar cómo será caminar por los jardines de Harvard, me pregunto si la vida universitaria acá será tan dura como esa del colegio secundario. Suena el teléfono. Tardo en reaccionar. Es mi mamá, que quiere saber cómo va todo. Me pregunta por la comida, por el frío, por la ropa y por todas esas cosas que preguntan las madres sin importar la edad ─ni la de ella ni la mía─. Le cuento del queso con ananá que compramos más temprano en el mercado, del picnic, de los tulipanes rojos y de Harvard. “¿Harvard?”, me pregunta, y reconozco una voz de asombro que se filtra por el altoparlante del teléfono. “¡Sí, má! La universidad famosa.”, respondo. “Sí, sí, sé bien cuál es. ¡Mandale saludos a Harry Potter!”.

En la plaza central no hay ningún hechicero, pero circula gente de todo el mundo. La universidad más antigua de Estados Unidos ─ fundada en 1636, es más vieja que el país mismo─ está integrada con la ciudad, y sus campus y edificios principales se encuentran entre calles y avenidas. Es difícil moverse entre los estudiantes sin que un pensamiento puntual atraviese todo lo demás: “qué increíble debe ser estudiar acá”. Y ese pensamiento no conoce de edades. 

Hace frío y el cielo amenaza tormenta, pero Jose y yo aprovechamos para hacer un recorrido por los puntos principales antes de que se largue a llover. Cuando eso sucede, no nos queda más remedio que refugiarnos en la librería de Harvard (hay un subsuelo de libros usados que, oh sí, tiene también una sección de viajes).

“Cuando después de treinta y dos años me amigo momentáneamente con las ballenas”

 

Nueve de la mañana. Hay un viento que despeina con intención, y mientras esperamos en la fila y el ferry se acerca, no puedo dejar de pensar en que me olvidé las Dramamine. Para ser honesta, estoy acá por compromiso. No es que padezca el viaje, ni la filmación ─mucho menos la compañía─. Se trata, simplemente, que la excursión a la que vamos a dedicarle el día consta de dos elementos que casi casi están en mi lista negra: navegación y ballenas. A mis más de treinta y dos conozco bien mi cuerpo y sé que las probabilidades de terminar vomitando aferrada a la baranda del barco son de 9.5 sobre 10. Así que no, no disfruto de mares bravíos ni de embarcaciones pequeñas, mucho menos de la combinación de los dos. Por otro lado, lo he dicho ya muchas veces, las ballenas y yo no tenemos lo que se dice feeling. Durante mucho tiempo les tuve miedo. Eran mi pesadilla recurrente: soñaba con ballenas desproporcionadamente grandes que se aparecían junto a mí en el mar, y me aterraban. Nunca me herían pero en mis sueños me desesperaba la idea de que me aplastaran. Odiaba nadar con ellas, y entonces a veces se aparecían encalladas en la vereda de mi casa y yo tenía que buscar la forma de rodearlas para poder seguir. Fueron años de pesadillas cetáceas. Alguien una vez me dijo que las ballenas significaban mis decisiones, y que mi miedo era el temor de afrontarlas, de equivocarme. No sé si será así, ni sé cuándo pasó, pero hubo un día en que dejé de soñarlas. Así y todo, confieso, no son de mi mayor simpatía. Por eso, mientras un viento helado me despeinaba el jopo y nuestro barco se acercaba al muelle y mis pastillas para el mareo seguían sin aparecer en mi bolso, todo lo que podía pensar era: ¿qué estoy haciendo yo acá? Me subí lo mismo.

Fue empezar a navegar, escuchar las advertencias por el altoparlante y correr al bar a preguntar qué tenían contra las náuseas. Me vendieron un vaso de Ginger Ale que no me dejó conforme, y justo cuando estaba por llenarme la panza de gas y aferrarme a la butaca, un turista oriental se me acercó con sigilo y me extendió su pastillero. Me estaba salvando las entrañas.

Me encantaría decir que el viaje fue una aventura y que disfruté de la navegación gracias a la solidaridad inesperada, pero si las pastillas me frenan las náuseas es a costa de causarme un sueño espantoso, que me lleva a desplomarme en donde pueda, dormir con la boca abierta y no sé qué bochornos más. Tuvieron que zamarrearme para que reaccionara. Y, confieso, valió la pena.

El mar se movía desquiciado, pero a lo lejos los coletazos se asomaban de manera intermitente. Ballenas minsky salían, primero con timidez, y luego con más frecuencia. El frío era tanto, que apenas sentía los dedos gatillar la cámara, pero el espectáculo era tan hermoso que de pronto me olvidé de los miedos, de las olas y de las pesadillas. Cuando al show se sumó un grupo enorme de delfines que fueron de un lado al otro del barco, no supe más hacia dónde mirar.

Ahí, en ese barco que se bamboleaba, volví a experimentar esa magia de los safaris, de salir a cazar animales con la cámara, de tener que afilar el ojo y la paciencia porque uno nunca sabe en dónde se los va a encontrar. A veces la aparición es fugaz, pero la emoción perdura y se siente tanto, que eriza la piel, incluso bajo tanto abrigo. Por eso agradecí: no haberme quedado, la pastilla anti mareo que me vino del cielo ─o de la mano amiga del señor desconocido─, el viaje, la vida, el momento. Y por un rato, aunque sea en medio del mar, me amigué con las ballenas y las disfruté sin prejuicio alguno. Otra primera vez para sumarle a Boston, y a este primer viaje a Estados Unidos, que ya estaba a punto de terminar.

Este viaje a Boston fue parte del proyecto #3TravelBloggers y contó con el apoyo de Avianca. Mantengo total control de lo que escribo (aunque a veces escriba descontroladamente). Acá les comparto el episodio que filmamos, por si se quedaron con ganas de más:

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Laura Lazzarino

5 ComentariosDejar un comentario

  • Qué lindo relato! Siempre pensé a EEUU como uno de los últimos destinos a los que iría, pero con este relato me picó la curiosidad por Boston!

    Un abrazo!
    Te leo desde hace mucho, primera vez que me animo a comentar!

  • Voy a inaugurar los comentarios 🙂
    Estados Unidos es increíble, más allá de que no estemos estemos de acuerdo con ideologías o políticas tiene una diversidad de paisajes increíble. Literalmente te sentís dentro de una película todo el tiempo, quizás porque son los paisajes que vemos desde chicos en las películas y series. Hay que estar siempre dispuesto a la aventura y tratar de no tener prejuicios. Muy linda la crónica. Está rindiendo sus frutos estar quietos 🙂 Saludos!!

  • Y yo que pensaba que Filadelfia tenía el título de la “Cuna de la Independencia”. Tal vez es de esos títulos a disputar para siempre …

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