En la comisura contraria al lagrimal, mis ojos tienen una línea que sigue para abajo y que se parece a una arruga. Una vez, un novio al que quería mucho me dijo que eso le encantaba de mí, y desde entonces, esa línea que me vuelve la mirada triste es lo primero que noto cuando me miro el reflejo cada mañana. Panza arriba del lavabo haciendo equilibrio para no caer y a la vez cazar la mejor luz que se refleja en el espejo, me miro ese rincón de la cara. Ni a mi mamá ni a mi papá le nacen los ojos de esa manera. La nariz ─no sé en qué momento de este tiempo suspendido escudriñándome la cara salté hacia ella─ se parece a la de mi abuela, y el conjunto de mi cara en general, podríamos arriesgar a que viene del lado de mi papá. No me parezco en nada a mi hermana. No tengo los ojos claros de tres de mis abuelos, ni los pechos generosos que se suponía que debía heredar. Para ser honesta, me confieso a mí misma, he perdido la cuenta ya de las veces que me detuve frente al espejo del baño a intentar deconstruirme.

***

En la embajada de Tanzania en Nairobi hay tanto silencio, que si presto atención puedo escuchar el ruido del bolígrafo que la mujer hace correr sobre el montón de hojas. Cuando por fin nos llama para que podamos solicitar nuestra visa, la señora abre la sonrisa y nos entrega dos formularios impresos en hoja oficio para que podamos rellenar. Ahora, son tres las biromes que corren. Los casilleros son los predecibles, hasta el número seis. Juan tickea y sigue completando sus datos. Yo me tildo, con la mirada suspendida en el afiche de la pared, recordando la primera vez que tuve que enfrentarme a ese mismo dilema. Tenía 15 años y estaba en clase de inglés. La profesora ─una señora mayor, de esas que toman el té a las cinco y no se equivocan en ninguna respuesta─ nos estaba enseñando a llenar solicitudes. “¿Y en la parte de raza qué pongo?”, preguntó uno, desconcertado. La mujer alzó a vista, vio la clase que tenía en frente, y sin comprometerse a nada se limitó a responder “Pongan lo que quieran”. No fue suficiente. Aunque marcar uno u otro casillero no nos llevara a reprobar el examen, las dudas existenciales se desparramaron en el salón, y la profesora se vio obligada definir ─o al menos a intentar─ los rasgos de cada raza según los criterios internacionales. Entregué la hoja incompleta. No me atreví a encasillarme. Ahora, más de quince años después, sigo teniendo la misma duda existencial. Me siento demasiado morena para ser “caucásica”, y muy poco pueblo originario para declararme 100% latina. Soy una mezcla. Lo que no sé bien es de qué.

***

El video empieza con música de suspenso. Hay un inglés que dice que odia a los alemanes, un islandés mega soberbio que se cree más importante que todos, un cubano que asegura ser 100% cubano ─¿acaso eso es posible? ¿Cómo sería un cubano 100% cubano?─ una francesa que dice estar segura de sus genes y una iraní que tiene sus recaudos al hablar sobre los turcos. Los del otro lado de la mesa ─que no me queda claro si son jueces, staff del laboratorio o los organizadores del evento─ ponen cara de Voldemort y, desafiantes a más no poder, le preguntan a cada uno de los 67 participantes si estarían dispuestos a realizar un viaje a través de sus genes, para descubrir quiénes son en realidad. Todos, obviamente, dicen que sí. La primera parte del clip cierra con una pregunta fundamental: “¿qué me van a decir que yo ya no sepa?”. Es obvio que el video va a revelar historias desconocidas, y es obvio que los personajes van a sorprenderse y a emocionarse en cámara, pero cuando eso sucede ─cuando al cubano le encuentran genes de Europa del Este, al inglés genes de Alemania y así sucesivamente─ yo me largo a llorar igual. Me largo a llorar, primero, porque como buena argentina si hay algo de lo que estoy segura es que tengo los genes desparramados. (¿No dice el dicho que los mejicanos vienen de los mayas, los peruanos de los incas y nosotros de los barcos?). Pero me largo a llorar también por la incertidumbre esa que se muere más allá de los “Italia y España” predecibles, por la posibilidad de develar el misterio, por lo injusta y estúpida que siempre me pareció la liviandad con que el pasado se va muriendo de olvido. Ese video que había visto circulando por Facebook se sumó a mi Wish List. Yo no puedo irme de este mundo sin saber de dónde vengo.

***

Tenía 16 años cuando empecé a tramitar mi ciudadanía italiana. Tuve que revolver entre armarios, recorrer registros civiles, hacer preguntas incómodas, deducir lo que no encontraba, armar un rompecabezas. Sabía, hasta ese entonces, que uno de mis bisabuelos había llegado a Rosario escapando de la guerra, que venía de Basilicata, que era un viejo bastante renegado que jamás se había querido nacionalizar, pero que tampoco nunca había vuelto a su tierra. Los candados que no encontré en los archivos del Estado las encontré en los armarios de mi abuela. Si yo no podía entender cómo ella había vivido toda su vida junto a su padre sin hacerle preguntas sobre su país natal, ella no podía entender para qué y por qué ahora aparecía yo con todo este interés por revolver un pasado que no le pertenecía, y del que más bien quería desentenderse. Comprendí pronto que esa “italianidad” que teníamos en la sangre no se traducía solamente en los ravioles de cada domingo: los dolores de la guerra, los secretos, las vergüenzas; todo eso que había llegado en los barcos se había también transmitido de generación en generación hasta convertirse en una ignorancia desfachatada que se incomodaba únicamente ante mi insistencia. Me costó mucho aceptar que por más que me pesara, la que estaba fuera de lugar parecía ser yo. No por eso, sin embargo, abandoné mi búsqueda.

Por abogados deshonestos, falta de dinero y burocracias internacionales, mi ciudadanía italiana siguió su espera indefinidamente. En julio de 2014, sin embargo, puse un pie en Acerenza, ese pueblo fantasma en la memoria de mi abuela pero vivo en la campiña italiana. Sentí, literalmente, que mis ojos ─esos ojos tristes, los de las arrugas indescifrables, los que a lo mejor cargan con alguna pena heredada─ cerraban un ciclo en el tiempo. Que yo volvía a ver ese paisaje al que el abuelo Pepe había tenido que darle la espalda, que con mi llegada a esas calles regresaban también todos los sueños que debe haber tenido. Nadie lo entendió de esa manera, pero yo sentí cumplir ─con mi bisabuelo al que no llegué a conocer, con mis genes, con mi sangre─. Corroboré mi historia en los archivos de la iglesia, encontré primos lejanísimos con los que nos abrazamos igual y lloramos igual y celebramos igual, y volví a Argentina sabiendo que un octavo de mis raíces había empezado a tender el puente hacia América desde allí.

***

El tío de Juan está seguro de que yo tengo genes aborígenes. El día en que me conoció, hace ya unos cuantos años, yo tenía el pelo largo casi hasta la cintura, y una trenza gruesa que me caía a un costado de la cara. A él ─místico, esotérico y devoto de un sincretismo que mezcla constelaciones familiares, Bryan Wayss, la Virgen del Rosario y una curandera marplatense─ esa imagen mía le encantó. Me bautizó “la indiecita”, y aunque intenté explicarle por todos los medios de que no hay registro cercano en mi familia de algún pariente originario, él se empeñó en encontrar símbolos y señales hasta en mis estornudos, y me aseguró y recontra juró que la Pachamama se había escondido en algún rincón de mi mapa genético. Otra vez, yo no supe cómo sentirme. Porque aunque la oleada política de “Latinoamérica unida” viene calando hondo en nuestra cultura ─al igual que el repudio por ese lazo que nos une con Europa o por las diferencias innegables entre nuestro cono sur y el resto del continente─ si cuando viajo a Bolivia me maravillo con sus cholas y la cultura del maíz, es porque no mamé nada de eso, porque me identifico más con una baguette que con una humita, y porque crecí sabiendo que los Arrébola habían venido de España, los Lazzarino de Italia y la parte femenina de la familia también andaba por ahí. ¿Pero y si no? ¿Y si los secretos de estado familiar eran mucho mayores y las identidades se habían truncado bajo el silencio? No tuvo caso hacer preguntas.

***

Tengo dos días para pasarme el hisopo por las mejillas, meterlo en el tubito de plástico, sellar el sobre y correr al correo. Estamos en Madrid en medio de una pausa corta del viaje por África, y todos los ganadores en las diferentes categorías de los Premios Bitácoras hemos recibido de regalo un kit de ADN para hacer el viaje de nuestros genes. Juan sabe que para mí es importante. Me vio llorar en el video, viajó conmigo hasta Italia, ha sido cómplice y oreja de todas estas historias y dilemas a lo largo de los últimos siete años. Por eso, porque sabe además que Ansiedad debería ser mi segundo nombre, se descoloca al ver que en lugar de abrir la boca y correr al buzón, dejo la cajita arriba de la mesa. Paso el primer día como si nada, como si se tratara de un trámite más, y lo que en realidad sucede es que esta vez tengo miedo. Ya no se trata de sacarles las respuestas a mis abuelos con tirabuzón, de arrepentirme de no haber hecho las suficientes preguntas cuando mi abuelo Pilo estaba vivo, de especular con el color de mi piel o con las fechas que no están escritas. Esta vez tengo la ciencia a mi favor, y a la ciencia no se le discute.

“¿Qué te imaginás?”, me pregunta el domingo, cuando ya es de noche y bajo la lámpara de la cocina me raspo los cachetes con el hisopo hasta estar segura de que ya bastó. La verdad, es que no me imagino nada. Quiero decir, “¿cuánto va a decirme que yo ya no sepa?”. Y digo estas palabras y me detengo antes de terminar, dándome cuenta que sueno igual que el inglés anti alemán, que ahora, que tengo la posibilidad de tener las respuestas me abraza el sentimiento de que no las necesito. “A ver, seguro que tengo un… ¿qué? ¿40% italiano y 40% español? ¿Un poco más?” Entonces, recordando las paellas y la ciudadanía y las discusiones con mi abuela y la incomodidad de los genes originarios que no sé si son, cierro el sobre siguiendo las instrucciones, corro hasta el buzón amarillo haciendo de cuenta que no pasa nada, y me tomo un taxi hasta el aeropuerto para volver a África. Hago exactamente todo lo “normal”, para no admitir que no tengo ni pájara idea de qué vendrá de regreso en ese papelito.

***

Es domingo 26 de febrero, y llueve mucho en Lilongüe. La capital de Malawi se ve gris, y por más que queramos seguir viaje y que el calendario apriete las pestañas, no se puede. Sin hotel a la vista y sin lugar para acampar, caminamos desorientados por un barrio súper privado en las afueras de la ciudad, buscando una cara amiga que pueda orientarnos. El único sitio que encontramos abierto es un salón de cumpleaños infantiles, y entramos sin golpear la puerta. La mujer que regentea la fiesta que ya se acaba nos mira con cara de desaprobación ─no sé si porque estamos viajando y todas las conjeturas que se desprenden de eso, o porque le decimos que preferimos acampar a gastarnos tres cifras en el hotel de lujo que se ve desde lejos─. Meneando la cabeza con un “lo siento” que presumo falso, nos despide sin más. A la media cuadra, sin embargo, alguien nos chista. Es Diu Mercí, el cuidador del salón y empleado de la señora, que nos dice que podemos acampar en el predio o, si preferimos, pasar la noche adentro. Que a él no le molesta, que sabe lo que es viajar largo, que la mujer está de acuerdo si él también lo está. Y lo está. Tanto, que ni bien entramos al salón, Diu Mercí nos acomoda en una habitación/oficina, nos invita a pasar a la cocina, y antes de que podamos procesar toda la situación ya estamos los tres tomando un té, sentados bajo la lámpara, con el generador obligatorio como cortina musical. Diu Mercí tarda nada en contarnos que es refugiado de Congo.

Lo dice con un orgullo forzoso ─supongo que en parte como escudo ante nuestra posible reacción─ y cuando ve que más que desconfianza lo que sentimos es interés genuino, a Mercí se le afloja el cuerpo. Juan y yo estuvimos en Congo en diciembre del año pasado, y aunque pasamos poco tiempo en el país, nos fuimos sintiendo que dejábamos una gran oportunidad detrás, obligados a irnos antes de tiempo por las circunstancias políticas. Mercí dice que se fue hace tanto que le cuesta leer en francés, que no quiere saber nada con volver al país, que su vida está en Malawi. Habla de guerras, de cómo fue el viaje cruzando la frontera de ilegal en Burundi y en Tanzania, de las penurias que tuvo que recibir en manos de la policía, de lo mucho ─muchísimo─ que le cuesta sacarse el estigma de encima. Dice también que en el barrio nadie sabe que él es congolés, mucho menos refugiado. Mercí transformó su nombre en un apodo, “Messi”, y se lo atribuyó a cualidades deportivas que ─nos confiesa entre risas─ no tiene ni lejanamente. Pero la gente le cree. Habla tan bien chichewa, el idioma local, que nadie sospecha que detrás de esa mirada desafiante hay una historia cruda y valiente, una historia que Mercí quiere y a la vez no quiere contar. “La gente me pone nombres despectivos cuando se entera. Lo que no saben, es que yo no elegí ser refugiado. Yo sólo soy una persona que quiere trabajar, y vivir tranquilo”. Vamos a hablar mucho en lo que queda de la tarde ─de Argentina, del viaje, de la historia de Mercí y hasta de Gran Hermano─ y Mercí va a repetir muchas veces lo que sufre la etiqueta, lo mucho que quisiera tener documentación para quedarse fijo en Malawi, lo mucho que le duele recordar. Y en un momento de esa charla, mientras nosotros le decimos que no tiene que avergonzarse, que a nuestro país lo hicieron los inmigrantes refugiados que también se escapaban de la guerra, que con Australia, Estados Unidos, Brasil y Canadá pasó lo mismo, que Donald Trump es un payaso; van a aparecerse todos mis bisabuelos en ese salón de fiestas infantiles. Van a estar allí Pepe y mi abuela Noni ─a quien conocí y adoré en la infancia y que también era hija de padre italiano─, Anita y Julio Lazzarino, que llegaron en un barco desde Piamonte, mi nono Ramiro españolísimo junto a su mujer, el abuelo Saturnino cuyo origen sigue siendo un enigma, y la abuela Rosario que me escribía cartas cuando yo era bebé y que, según entiendo, también vino de España. Todos ahí, con sus historias de guerra como las de Diu Mercí, con sus secretos llevados a la tumba, sus motivos para querer o no querer volver, sus nuevas vidas que, a la vez, me dieron vida a mí.

Antes de despedirnos al día siguiente, Diu Mercí nos da un abrazo, y nos dice: “Las montañas no se encuentran entre ellas. Están siempre ahí, no se mueven. Nosotros no somos montañas, somos personas.” Esa noche, mientras reviso el correo por última vez antes de dejar Malawi, recibo los resultados del test.

***

─ A ver, hagamos apuestas. ¿Qué sería, dentro de lo esperable, lo más loco que podría decir?

─ No sé, Juan… sería una sorpresa que me dijera que no tengo genes italianos o españoles… Bah, eso sería decir que soy adoptada o que este test está mal. El resto, no sé. Yo supongo que en ese porcentaje que no conozco va a venir una parte turca. Mirame la cara. La nariz mirame. Yo tengo que tener un gen de por ahí.

─ O del norte del África. Capaz de Marruecos. ¿Sería muy loco que tuvieras antepasados musulmanes, no?

─ Sería un shock. Me la pasé repitiendo en todo Sudán y en todo Somalilandia que no podía entender a esas mujeres…

─ Ok, entonces: España, Italia, algo de Latinoamérica porque seguro algún mestizo se mezcló por ahí, Turquía y Marruecos.

Y con esos países sobre la mesa, le doy clic al botón. El tiempo que tarda en cargar la página ─la internet africana no es buena aliada de las ansiedades─ pienso que mis ojitos achinados de bebé, en que mi abuelo me había bautizado “la vietnamita”, en que sería desopilante tener un gen asiático revoleado por ahí. También pienso, con toda la seriedad que me es posible, qué shockeante sería descubrir que no mucho más atrás en mi mapa genético, alguna mujer anduvo defendiendo al profeta Mahoma. Me acuerdo de que mi abuela materna siempre dice que tenemos una “influencia francesa” pero que todo intento mío por obtener más información termina siempre en una disculpa y un enojo, porque en esas épocas nadie preguntaba nada. Me acuerdo de las historias que mi abuelo Pilo me contaba sobre la tía condesa que teníamos, que vivía en el campo y tenía una mesa larga “como para que comieran cien personas”. De todo eso me acuerdo. De Acerenza, de mi imagen en el espejo, del tío de Juan, de los miedos, de la ciudadanía que sigue sin llegar, del color de mi piel, de la arruga de mis ojos. Y entonces, el resultado.

Casi 97% europea.

Casi noventa-y-siete-por-ciento-europea.

Dos por ciento Latinoamérica.

Poco más de un uno por ciento sin identificar.

NO PUEDE SER.

Antes de seguir leyendo, Juan se larga a reír. No nos dan los cálculos. Siempre sospeché que mi parte originaria vendría allá lejos, lejos por mi abuela Noni ─quizá su mamá─ y por la parte borrosa de la familia de mi mamá. Un dos por ciento es tan diluido que hasta me parece necesario rescatarlo.

La segunda pantalla es todavía más sorprendente. De ese casi 97% por ciento europeo ─que yo hubiese jurado mitad español mitad italiano─, un 44% por ciento corresponde a península ibérica y un 28% a Italia. La pantalla sigue. Yo estoy mezcla de mariposas en la panza, congelación de cara modo sorpresa, lágrimas en los ojos porque así soy yo, y unos nervios irreconocibles porque no sé qué esperar. Lo que viene, realmente me deja sin palabras. Soy, y la ciencia lo respalda, 15.8% inglesa, 5.3% griega y 1.7% escocesa. Soy, a estas alturas, un enorme signo de pregunta. “Inglesa”, repito en voz baja, a la vez que me doy cuenta de que entre el veintipico porciento de italianidad y el más de diecisiete por ciento británico, la brecha numérica no es tan grande. Pienso que ese veintipico que venía definiendo mi identidad genética imaginada se ve débil entre la multitud, mientras me rio de la sorpresa porque ¿Grecia?, mientras me pregunto de dónde diablos salieron tantos genes victorianos en mi familia. “A lo mejor por eso me gusta tanto tomar té”, le digo a Juan hipnotizada, dándome cuenta de lo estúpido que suena, y largamos la carcajada los dos, conscientes de lo poco que sabemos de nuestras propias historias. Felices igual de que al final, a pesar de nuestras adivinanzas erradas, de no tener un gen árabe rastreable, de no explicar de dónde me vienen los ojos y de tener más preguntas que respuestas, el test cumplió su función.

“Ese dos por ciento lo es todo”, me dijo mi hermana cuando le compartí los resultados, renegada del mundo globalizado y aferrada a los símbolos de la latinoamericanidad. Para mí, el todo es el 100. Son esas raíces latinas que ahora tendré que buscar bien arriba en el árbol, pero también sigue siendo Italia, los palos de amasar, los abuelos. Son mis “nuevos” genes ingleses (welcome!) a los que ahora quiero descubrir, la sonrisa de ver un puntito en el mapa en Grecia, la parte escocesa que me deja desconcertada y me hace sonreír. Soy la sorpresa, los lazos invisibles, lo que desconozco pero está en mí, el desafío de descubrirlo, los nuevos ojos que acabo de ganar. Soy todo eso condensado en mí: las migraciones, las guerras, los amores, las decisiones, los barcos, las valijas, los viajes. Soy las vidas que pasaron, las historias que me parieron aún sin saberlo, sin pensarlo, sin poderse enterar. Soy la imposibilidad de estarme quieta, la convicción -ahora más fuerte que nunca- de que hay que moverse para (re)encontrarse, para conocerse, para dejar de temer. Soy una lágrima mezclada con una sonrisa, al caer en la cuenta de que soy, ni más ni menos, que el resultado del mundo.

El test de ADN recoge información de nuestros genes y las compara con patrones recolectados alrededor del mundo y clasificados científicamente. Los resultados corresponden a las últimas diez generaciones (es decir, más o menos uno 700 años). Lo bueno, es que el test no se acaba cuando llegan los resultados: las bases de datos se actualizan completamente, por lo que es probable que algún día, ese pequeño porcentaje sin poder identificar, termine por develarse.

La empresa que llevó a cabo el test se llama Living DNA. Vale U$D 160 y tarda aproximadamente tres meses desde el momento en que uno lo envía por correo. La espera puede ser tortuosa, pero el envío se puede seguir on line.

Reconozco que fue un poco frustrante ver lo detallados de mis genes ingleses y lo genérico de mis genes latinoamericanos (el mapa dice “Mesoamérica” y engloba desde Florida en EEUU hasta el norte de Ecuador). Yo creo que eso se debe, simplemente, a que no hay bases de datos suficiente de los genes nativos de este lado del charco. Espero que eso cambie en un futuro porque me gustaría saber más sobre esa parte de mí, pero imagino que para que eso suceda, más personas deben testearse. Los animo a que lo hagan. El test es confidencial, y puede ser una llave muy poderosa para derribar prejuicios y entender un poco más quiénes somos.

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Laura Lazzarino

49 ComentariosDejar un comentario

  • Que lindo relato! Me encantó lo del test! Parece que es cosa de tanos eso del silencio, a mi me pasó igual y fui yo la que empezó a reconstruir todo.
    Pregunta técnica: pudiste obtener tu ciudadanía? Yo me voy este año a tramitarla directamente a Italia, no pienso esperar al consulado ni pagarles €300, estoy haciendo todo el papelerío por mi cuenta.
    No soy una experta pero si necesitas alguna data o ayuda estamos en contacto. Un beso!

  • Hola. Yo he hecho exactamente lo mismo que tú. Nací en Venezuela pero Soy hija de españoles y de ahí para arriba todos españoles pero en mi ADN tengo un alto porcentaje irlandés e inglés que es la raza celta que comparten con el norte de Asturias de donde es la familia, lo italiano por lo menos en mi caso se remonta al paso del Imperio Romano por la península. Quede encantada. También me salió un pequeño porcentaje del norte de Africa que se corresponde a la ocupación arabe de la península. Con un libro de historia de España en mi caso quedo completo mi pasado y creo que el tuyo pues más o menos. Ahora te toca armar el árbol genealógico!! Suerte,

  • Lau, lloré siguiendo tu relato, tan sentido y literario como siempre. Siento propia tu búsqueda. Mis orígenes se detienen en mis bisabuelos europeos y ahí se transforman en una incógnita. Creo que la angustia de una es la angustia de los ancestros; somos el crisol de todas las historias rotas, enterradas, ocultas. A veces siento que nuestro deseo de “volver” es el deseo de ellos. Sentí hogar la primera vez que pisé el pueblo de mi abuelo. Siento hogar el idioma, la comida y las costumbres de mi abuela, aunque jamás haya conocido ese mítico lugar que espero pisar algún día. Los genes, pienso yo, transmiten mucho más que cualidades físicas. Transmiten historias. Transmiten sentires.
    Que ganas me diste de hacer esta prueba!

    • Hola Guada,

      Vos misma lo dijiste: los genes transmiten. Y es indescriptible esa sensación de hogar que uno siente en esas cosas que le son familiares aunque no sepa o pueda explicar el por qué. Para mí el test fue una experiencia mágica. No dejes de hacértelo, vale mucho la pena.

  • Laura!
    Yo no sé si últimamente estoy floja en cuestión de lágrimas, pero me emocionan tus palabras. Casi me largo a llorar cuando hablas de tu llegada a Acerenza y en la parte de los resultados, he afilado a gusto la uña de mi dedo meñique. Qué bonito regalo el que te hicieron por parte de los premios bitácoras y qué bonito relato. Es encantador como mezclas cada una de las partes, mezclando parte de tu historia con el presente, cómo hilas los tiempos y las palabras. Cada vez me gusta más como narras.
    La verdad es que puedo imaginar la emoción que sentiste al hacer ese click, ese saber quién somos, de donde venimos, qué nos conforma. Yo también me emocioné la primera vez que vi el video y estoy segura de que si hoy me he comido la uña del dedo meñique mientras te leía, si algún día llego a hacer el test, no me van a quedar uñas que comer.
    Con tu permiso lo comparto y, como siempre aprovecho para mandarte un fuerte abrazo!

  • Me encantó, ví el vídeo hace algunos meses y tenía muchas ganas de hacer el test, seguramente lo voy a hacer algún día. Me encanta saber de donde vengo jaja
    Muy bueno Laura siempre es bueno leerte, que sigan esos viajes mucha suerte!!

  • Guau! Increíble relato, me encanta cómo escribís (siempre), pero esto me fascinó particularmente: estoy completamente obsesionada con los árboles genealógicos, las historias familiares y con andar averiguando “antecedentes” en el ADN.
    ¡Saludos desde Canadá!

  • ¡Me encanto! me hicistes llorar y ahora estoy muy emocionada por hacer el test, para mi saber de donde vienen mis ancestros es muy algo importante, me gusta mirar el mapa y emocionarme sabiendo que vengo de todos lados y imaginarme donde y como vivieron los que estuvieron antes que yo, para mi saber mi identidad es algo muy importante, de parte de mi abuela puedo decir con seguridad que tengo sangre italiana pero la mama de mi abuela era musulmana y yo siempre quise saber de donde y nadie nunca me supo responder y cuando mi mama viajo a Israel me dijo que somos iguales a los musulmanes y yo me sigo muriendo por saber de donde vengo.
    mi abuelo es francés , pero mi mama me dijo que no esta segura que el sea su padre biológico , mi papa dice que tiene algún abuelo español y que la otra parte de su familia eran nativos Argentinos y del papa biológico de mi papa nose nada así que descubrir que existe un test así me llena de emoción y estoy muy ansiosa por saber los resultados.

    • ¡No te quedes con la duda! Este test no define culturalmente quienes somos, pero amplía los horizontes y nos ayuda a entender nuestra historia, a armar ese rompecabezas de nuestros genes. Sin duda es una excusa para darle riendas sueltas a la curiosidad y preguntar mientras se pueda! Y vos tenés una mezcla bárbara! Te va a encantar la experiencia!

  • Me encantó! Amo como escribis! Sos mi bloguera de viaje preferida (aunque esa definición te queda corta: vos sos escritora de acá a la China!)
    Te cuento que no sabía de estos test hasta que alguien me lo comentó en Nueva Zelanda (como también es un país formado por inmigrantes, a la gente le interesa saber de dónde vienen). Desde ese día que estoy super manija de hacerme ese test y todavía no lo hice. Vengo sobrellevando una intriga tal sobre mi pasado por años! Resulta que yo soy pelirroja natural y salí a mi papá (él es pelirrojo), pero resulta también que mi papá nació en Formosa, seguramente en un barrio muy pobre y su familia biológica lo dio en adopción. Así que yo no sé siquiera quiénes son mis abuelos biológicos de parte de padre. Sabés cuantas veces en mi vida me preguntaron “y vos por qué sos pelirroja natural?” Y yo tuve que responder “no sé”? Miles!! Y además me intriga saber si, pese a mi color de pelo y mi color de piel blanco nube, tengo quizá algo de pueblo originario también (me gustaría mucho). Así que bueno, voy a ver si este año en algún momento me decido y me hago el test. Si te interesa después te cuento 😉. Un beso!

    • Faaaaaa qué halago! Muchas gracias!
      ¡Te lo tenés que hacer! ¡Y después me tenés que contar! Qué intriga también para tu papá crecer sin saber de dónde viene, no? Seguramente va a ser algo sanador para los dos, ¡y quién sabe qué cosas descubren!

  • Y el tío de Juan no sé equivoco, la Pachamama se encargó de colarse en el 2% de tus genes. Siempre que leo tu blog me llena de un escalofrío pero del buen sentido. Saludos Lau y la mejores vibras a donde quiera que se encuentren

  • Laura: Qué historia tan bien contada! Me mantuvo en el borde de la silla, sin poder despegar los ojos de la pantalla , hasta saber el resultado del test.
    Me sentí absolutamente identificada. Mi abuelo paterno vino de Italia y mis abuelos maternos de Portugal y, ahora que acabo de jubilarme , creo que llegó la hora de viajar a esos países, dónde aún quedan parientes lejanos y costumbres cercanas. Me encantó e inspiró tu bello relato. Gracias!

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