1.

Solamente puedo pensar en dos cosas: es mi primera vez en Europa y tengo un pasaporte en blanco. Camino lento hasta el tumulto de gente, chequeo de reojo la cara de los dos que están detrás del mostrador. “Migraciones”, en mi sistema nervioso, es el detonante de una bomba nuclear. O de una sandía. Eso. Una sandía grande y pesada que me recuerda su presencia cuando intento caminar. Me paro en la fila del que tiene menos cara de peleado con la vida. La de al lado se empieza a mover más rápido, pero me da miedo cambiar. No quiero pensar ahora en que si me demoro mucho alguien se puede llevar mi mochila, ni en que si pasa algo no tengo a quien llamar. Pienso ─aunque no sé si es mejor─ en los documentos mitad ciertos mitad falsos que tengo en la vouchera. Pasaje de vuelta, sí. Seguro médico, sí. Reservas que aparentan ser ciertas, sí. Prueba de fondos que aunque tuviera no iría a utilizar, sí. Avanzo. El turista que está ahora en el mostrador saca más y más papeles. El de migraciones menea la cabeza con un gesto de desaprobación. A mí me tiemblan las piernas. Quisiera que todo fuera más fácil. Quisiera poder decirle que es mi primera vez en España y en Europa, que me gané un concurso de fotografía, que no tengo reservas porque me gusta viajar sin plan, que tampoco tengo mucha plata pero que con lo que tengo me alcanza, y que no pienso quedarme a vivir ni a trabajar porque estoy escribiendo un libro sobre viajar a dedo y tengo un novio que me espera en mi casa. El señor de adelante toma finalmente su pasaporte recién sellado, y con una expresión de alivio que ni él mismo puede calcular, se pierde por el pasillo en dirección a las maletas. Avanzo fingiendo mucha seguridad. El oficial apenas me mira la cara. Toma mi pasaporte con prejuicio, examina los datos, y cuando se asegura de que el único sello que tengo es de ayer, y es de la salida de mi país, empiezan las preguntas de rutina. Respondo a todas, pero se me nota el miedo. El tipo me mira. Mira la foto de la primera hoja y me vuelve a mirar. Soy yo, pero no le convenzo. Después revisa las páginas nuevamente, y se detiene cuidadoso en el interior de la contratapa. Hace dos semanas mientras almorzábamos en un bar, un nene pasó vendiendo estampitas. Mi mamá, que tiene de religiosa lo que yo de deportista, se tomó su tiempo y le compró una del Ángel de la Guarda. Me dijo que era porque me hacía acordar a su infancia, y porque quería sentir que alguien más me estaba cuidando cuando yo estaba lejos de casa. La pegué en el pasaporte. El oficial se quedó sorprendido. “Es que mi mamá es muy religiosa, y me la dio para que viajara siempre protegida”, le dije sonriendo. Por primera vez en minutos, el tipo me miró a la cara. No fue muy expreso, pero me atrevo a decir que me devolvió una sonrisa, casi impalpable. “Vale, lo entiendo. Mi madre también lo es”, me dijo, y me estampó un sello liberador en la primera hoja del pasaporte. No he vuelto a despegar la estampita desde entonces.

2.

En Keflavik, la versión low cost de los aeropuertos de Reykjavik, está prohibido armar campamento. Intuyo que deben haber sido varios los lunáticos que intentaron prender un fueguito y asar unas costeletas en medio de la sala de espera, porque el cartel de “prohibido acampar” es gigante y está bien visible ni bien uno abre la puerta. Además de la señal que prohíbe prender fuego, hay otras más que dejan bien en claro que no se puede armar la carpa, que no se puede cocinar y que no se puede dormir. Son las 3 de una madrugada de verano, y aunque el sol esté bien arriba y confunda al organismo, todavía falta mucho para que despegue el avión. A falta de asiento, nos acomodamos en un rincón bastante aislado, y por seguridad y para no perder el vuelo, tomamos turnos para dormir. Hace frío, así que extiendo mi bolsa de dormir en el piso, y abro la computadora para mirar una película. Mi amiga se hace bollito en el suelo. No somos los únicos. Poco a pocomás gente se suma a la espera, extiende su aislante, prende su iPod, hace tiempo. No noto al guardia de seguridad sino hasta que alguien empieza a confrontarlo. Hace dos minutos que el señor recorre los rincones de Keflavik pateando gente. El mecanismo de selección que usa es muy sencillo: si estás en posición horizontal y tenés los ojos cerrados, te despierta de un zapatazo. Suave, pero zapatazo al fin. El chico al que acaba de despertar está indignado. ¿Con qué derecho, señor? Con el que le da el cartel. Despierto a mi amiga antes de que la ligue, y mientras algunos lo ignoran y vuelven a dormirse, el señor sigue repartiendo correctivos y amenaza con ampararse en el derecho de admisión. A mí me advierte: puedo quedarme en el piso en tanto y en cuanto no apoye la cabeza, ni deje de mirar el computador, ni tenga la bolsa de dormir a la vista. No tiene sentido quejarse, así que la mayoría se dedica a inventar poses imposibles para dormir sentados y evitar así las patadas del señor. “Keflavik debe estar muy lejos en la lista de los mejores aeropuertos del mundo”, pienso. Y no dejo de preguntarme cuál es el sentido de torturar así a un montón de pasajeros, sólo para mantener la estética.

3.

Parada en la puerta, sonrisa a la orden y uniforme bien planchado, la mujer nos da la bienvenida antes de que podamos terminar de subir la escalera. Sus antenitas luminosas se mueven suave al compás del viento, y las estrellitas fosforescentes que tintinean sobre su cabeza marcan el paso entre cada escalón. La escena sería completamente normal, sino fuese que estamos subiendo a un avión y que la mujer en cuestión no es sino una de las azafatas. Nadie dice nada, pero todos en la fila nos preguntamos qué cuernos es lo que está pasando que toda la tripulación actúa tan normal con gorros de gomaespuma y cotillón de casamiento.

─ Coco, esto no me parece seguro. ¿Dónde viste azafatas así?

─ ¿Y dónde viste vos terroristas con serpentinas, Estela?

─ Es el vuelo de despedida de nuestro capitán ─ interrumpe la azafata, justificando la fiesta.

Estela no se queda contenta, pero al igual que el resto de los pasajeros tendrá que volar desde Barcelona a Buenos Aires escuchando por alta voz las palabras de agradecimiento del resto de la tripulación hacia el señor que  está a punto de jubilarse. Cuando el avión finalmente aterriza en el aeropuerto de Ezeiza, un camión de bomberos espera por nosotros a ambos lados de la pista. Alguien explica por micrófono que se trata de una tradición: los bomberos van a “bautizar” el último vuelo de este capitán, a modo de despedida. Y así, mientras avanzamos lentos por el asfalto, los bomberos nos mojan desde afuera. Algunos aplauden fuerte. Las azafatas vuelven a las antenitas, y se emocionan, y se abrazan y siguen hablando por alta voz, mientas algunos turistas sacan fotos como pueden.

─ Qué bananeros ─ rezonga Estela, indignada con sus compatriotas. ─ Esto en otros aeropuertos del mundo no pasa.

─ No, la verdad es que en algunos ya no se usa, y en otros está prohibido no se entiende bien por qué ─interrumpe la azafata. ─Y es una pena, ¿sabe?, porque pasamos tanto tiempo trabajando juntos, que es lindo poder despedirse así.

Qué suerte que acá, además de bananeros, seguimos siendo humanos.

4.

En la pantallita del asiento, el mapa sobre que el que supuestamente estamos sobre volando, indica que estamos justo encima de Casablanca. Hay un avioncito que parece de Windows 98 y que se mueve discontinuamente a medida que avanzamos sobre el cielo. Nuestra ruta va quedando marcada por una línea verde flúor que tampoco parece ir de la mano de los tiempos tecnológicos que corren. De acuerdo con mis cálculos, vamos a aterrizar en treinta minutos. De repente, sin embargo, el avión da un giro y para sorpresa de muchos, empieza a dar vueltas en círculos. Los treinta minutos se transforman en cincuenta, la gente empieza a preocuparse y las azafatas mandan a todos a abrocharse el cinturón de seguridad. Si alguien da explicaciones lo hace en árabe, y sin entender lo que está sucediendo, la mitad del avión se empieza a impacientar.

─Disculpe, pero vamos a perder la conexión, ¿qué es lo que está pasando?─ pregunto por tercera vez a una azafata que pasa, esperando alguna respuesta. La mujer, a pesar de su sonrisa obligatoria, parece molesta.

─ Es que el rey de Marruecos está visitando el aeropuerto y hasta que no se retire no podemos aterrizar.

─ Pero ¿y los que tenemos conexiones? ¿Es una visita sorpresa?

─ Es el rey ─me dice, como respuesta absoluta e incuestionable.

─ ¿Y tenemos combustible suficiente para pasear acá arriba hasta que el señor se retire?

Como toda respuesta, la empleada regordeta se limita a sonreír. Eso me pone más nerviosa. Al desconcierto de todos los no residentes que no entendemos cómo la presencia de una persona puede demorar el arribo de otras tantas, se suma el desconcierto de toda una tripulación que no tiene por costumbre cuestionar. “Es el rey” se convierte en la única respuesta.

Los veinticinco minutos siguientes que su alteza dedica a la visita aeroportuaria, son una mezcla de ansiedad, risas, nervios y resignación. Cuando finalmente aterrizamos, la pantallita muestra un avión desorientado, un firulete sobre la ciudad que es bien digno de Paint, y una demora de más de una hora de vuelo, completamente innecesaria. Decido traerme la foto como suvenir. Si el recuerdo va a ser absurdo, al menos que haya con qué ilustrarlo.

Dos lecturas recomendadas, si sos de los que disfruta de los aeropuertos y sus rutinas:

# “Oda a los aeropuertos”, de la loca de Angie D’Errico

# “El arte de perder”, de Josefina Licitra (a quien admiro muy fuerte)

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Laura Lazzarino

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