En el año 2013, en medio de la publicación de Caminos Invisibles y de muchos viajes cortos, tomé un curso de crónica periodística, con la intención de darle una vuelta de tuerca a mis textos. La que publico acá, es mi crónica final. Me acordé de ella en África, en medio de un viaje que me puso muchas veces frente a situaciones incómodas, muchas de ellas respecto al Islam. No sé por qué no la había publicado antes. Supongo que el momento es este, en que me siento a releerla y a pesar de ya no ser la misma que hace tres años, sigo sonriendo con esta historia. 

EL TURBANTE EN LOS TIEMPOS DE CÓLERA

En un país embelesado por su flamante Papa, existe un grupo minoritario que opta por seguir el camino del sufismo, la vertiente esotérica del Islam. Desafiando a los estigmas y a la mala prensa, se atreven a la barba y al turbante. Esta es una crónica sobre la vida de un sheikh que nació gaucho y se hizo musulmán: cómo es adorar a Allah y vivir a 13000 kilómetros de La Mecca.

 “Esta es mi arma de destrucción masiva”, me dice. Le acabo de preguntar sobre los prejuicios contra los musulmanes y él, barba profética y turbante verde, me mira a los ojos y despliega sin rodeos una sonrisa descomunal. Si pudiera estirar aún más los labios, llegaría a tocarse las orejas. El hombre habla, conduce y no deja de saludar. El linyera que duerme en el semáforo, el médico que está entrando al hospital y la señora del auto de en frente: todo el mundo le responde. Pocos adivinan que, dentro de ese carromato destartalado, el que saluda como reina de la primavera es el sheikh de la ciudad. De hecho, pocos en Olavarría saben lo que es un sheikh.

Según datos oficiales, uno de cada seis hombres en el mundo profesa el Islam. La segunda religión después del catolicismo se expande desde las dunas del Magreb hasta las fílmicas playas de Indonesia. Las pampas argentinas ni aparecen en los principales registros: estamos fuera del área de cobertura. Sin embargo, existen en el país unos 400.000 musulmanes de los cuales cerca de 1.500 pertenecen a la rama esotérica del Islam: el sufismo. Lo que diferencia principalmente a esta minoría es la devoción a un maestro vivo. Los sheikhs de cada ciudad son sus representantes.

A Carlos Silva solamente sus clientes lo llaman Carlos. Para su familia, sus amigos, y el resto de los sufís, Carlos es Yusuf. El hombre impaciente que fumaba como chino y dormía despierto dejó de existir el día en que un Dios de otras tierras lo interceptó en su camino. Pegó media vuelta y abrazó la metamorfosis: cambió los pantalones pinzados por unas babuchas holgadas, dejó de afeitarse para siempre y, en lugar de puchos, empezó a calmar su ansiedad con ciclos diarios de treinta mil “Allah”. El hombre habla sin largar el tashbee, ese collar de bolitas que pasa por las yemas de sus dedos a velocidades astrales y lo ayuda a mantener la cuenta.

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Sufismo viene del termino suf, que quiere decir lana. La etimología no hace referencia a pastores de ovejas ni a sabios hiladores. Alude, por el contrario, a una de las virtudes más poderosas de los primeros adeptos: el ascetismo, materializado en una única prenda de lana como toda posesión. Bajo la lámpara ambarina del living comedor de su casa, Yusuf enfatiza: “El sufí trata de desprenderse del mundo material, de las contaminaciones de la vida. Los primeros sufís eran pobres. Imshalla todos pudiéramos alcanzar el ascetismo”. Por cada conversación en español, Yusuf pronuncia decenas de palabras como esa. Imshalla, mashallah, alhamdulillah. Las notas musicales extranjeras expresan deseo o gratitud. Uno nunca sabe cuando, en medio de una oración silvestre, el sheik lanzará una de sus palabras santas.  “Nosotros buscamos domar el ego, trabajar el espíritu para convertirnos en mejores personas. La vida tiene que ser una cortesía con cada instante.” Más que una religión, el sufismo es una forma de vida.

Mientras trato de quitar los ojos de ese conjunto apacible que forman su barba, su sonrisa documental y el pequeño gorro verde que siempre lleva puesto, Yusuf me habla de Mawlana. Ese viejito sereno y arrugado de los retratos es el maestro supremo de los Naqshbandis, la orden sufí a la que Yusuf adhiere. Vive en Chipre, tiene noventa y tantos años y es descendiente directo del Profeta ─paz y bendiciones─. Algo así como el Papa, pero sin parafernalia ni Vaticano. Mawlana tiene una mirada alumbrada y amorosa, pero penetrante. Donde quiera que me pare, su ubicuo retrato parece mirarme a los ojos. En casa de Yusuf, hay siempre uno en cada ambiente.

– Yo llegué al sufismo como todos: en busca de respuestas y de cambios. Había renegado de todas las religiones. Para que te des una idea, yo era un tipo de lo más ateo. Es más, lo jodía siempre a mi viejo que había sido monaguillo. Le decía que seguro el cura era un depravado. Los Testigos de Jehová me veían y rajaban, se cansaron de que los sacara a patadas en el culo… Ahora que lo pienso, más que ateo yo parecía el anticristo.

La carcajada apenas le deja terminar la frase. Ríe tan estridente que Norita, su mujer, se contagia. “El primer contacto que tuvimos con Musulmalandia fue boludeando por San Telmo”, interviene ella. “Hacíamos turismo arriba del 60. Vimos una mezquita hermosa que hay por ahí, y nos bajamos”. Él se limita a asentir. Más tarde me confesará que si ama a Nora, más la ama aún por haberlo acompañado en su decisión. “En esa época, Yusuf no era así como vos lo ves ahora. Cuando yo me enamoré, siempre andaba de saco y maletín. ¡Era un muñequito de torta!” Nora le tironea de la barba y le besa la nariz. “¡Mi enano de jardín..!” Luego se apresura, saca un álbum de fotos de un cajón y me lo muestra. Tiene razón. El gringo formal de momento Kodak no tiene nada que ver con la persona que tengo en frente.

Antes de cambiar la corbata por el turbante, Carlos era, simplemente, un hombre corriente: divorciado, cuatro hijos, un segundo matrimonio, y muchas cuentas que pagar. No iba nunca a misa. Su religión era su trabajo. Una mañana se miró al espejo con otros ojos. “Esto no es así”, se dijo. “No puede ser así. Laburar – comer – dormir. Tiene que haber algo más”. Primero, recuerda, fue un buscador apurado. En la era del “llame ya”, Carlos quería respuestas, y las quería rápido. Probó con el zen, con las plantas sagradas, con el yoga. Descartaba entusiasmos con la misma velocidad con que encendía cigarrillos. Un día lo invitaron a una sesión de respiración holotrópica. De allí saltó al reiki y, en esa arqueología espiritual, llegó al sufismo.

-El primer sufí que conocí me pareció un pelotudo. Hablaba del ego y él tenía un ego así de grande. Igual, reconozco, dejé de fumar. Hasta ahí, el vasito de vino y los puchos no me faltaban. Después me anoté en un encuentro que se llamaba “Seminarios del corazón”. Me anoté a escondidas.

-¿Cómo a escondidas?

-¡Y sí! ¿Qué iban a decir mis amigos de fútbol? Ahí lo conocí a Shahabuddín, el sheik de Glew. Y fue re loco porque el tipo se me acercaba y yo empezaba a moquear. ¡Pero moqueba mal, eh! Así que donde lo veía, rajaba para la otra punta. Yo pensaba: ¿quién mierda es este barbudo? ¿Qué quiere? Y no podía dejar de llorar. Fue muy fuerte.

El seminario duró dos días. Cuando fue el momento de despedirse, Carlos se dio cuenta de que no quería. Había llegado incrédulo, cargado de sus propias miserias y ahora se sentía liviano. Le pidió a Shahabuddín que no se fuera. Después de tanta crisis, alguien parecía tener el elixir para su propia felicidad. Así fue como, baiat de por medio, Carlos Silva se volvió Yusuf. El nombre que le bajó de los cielos en su ceremonia de iniciación en el sufismo significa “el que se supera”. Lo que tenía de cumplido, lo tenía también de mandato.

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Para las 9 de la mañana, el sheikh lleva ya varias horas de pie. Como buen musulmán, se  levantó antes del alba, lavó su cuerpo y apuntó en dirección a La Meca. Para llegar hasta allí, sus plegarias debieron pasar por miles de hectáreas de soja, cruzar el Océano Atlántico, trepar dunas y sortear fronteras: desde Argentina hasta Arabia Saudita hay unos 13000 kilómetros de distancia. Habiendo cumplido sus deberes, nos subimos a La Wapa, su furgoneta, y empezamos el recorrido. Desde hace varios años, Yusuf se gana la vida como distribuidor de agua mineral. La lista de clientes a los que iremos a visitar esta mañana incluye fábricas del parque industrial, un jardín maternal, una unidad penal y varios comercios céntricos. Trato de imaginar el shock que deben haber sentido cuando lo vieron aparecer vestido de musulmán. Yusuf mantiene su barba –mitad colorada, mitad canosa – prolijamente peinada. El penetrante olor a rosas que emana su vello sería la envidia de más de una marca de shampoo. A veces, mientras habla, Yusuf la acaricia en un acto involuntario. Su gesto de Sr. Miyagui no concuerda con su cara de vikingo, pero inspira confianza. “Nunca perdí un reparto por hacerme sufí. Aunque más de uno me quedó mirando raro.”

“Ay, Carlitos… ¡cuando te pode esa barba!”. El que grita y se acerca meneando la cabeza es uno de sus clientes más antiguos. Le ayuda a bajar dos bidones, nos ofrece café de dispenser, y se despide con amabilidad. En lo que resta del día, las escenas se parecerán unas a las otras. La única que lo llamará Yusuf, seré yo.

-Cuando te vestís como un sufí, la gente te mira con cara de “se te chifló el moño”. No entienden… Pensá que yo empecé trabajando en la recepción de un hotel. Después, por mucho tiempo, vendí publicidad, y después me dediqué a repartir bidones de agua. No es lo mismo si vas a ver a un gerente de jean y zapatillas, que si te ponés saco y corbata.

En un instante casi imperceptible, el semblante le cambia. Parece haberse visto en un espejo de otro tiempo. Se reconoce, pero no puede evitar buscar unos centímetros bajo su barbilla con la yema de los dedos. El reencuentro con su barba lo alivia y la sonrisa vuelve a afincarse: sus días de Ken siguen estando lejos.

-Muchos me decían: “Carlitos, ¿qué te pasó? ¿Estás bien?” Se piensan que estás deprimido, que la estás pasando mal. Pero vos estás allá arriba –mira al cielo con una alegría monumental-, tenés el corazón a dos mil por hora y te parece que vas a estallar de amor. Cuando aparecía siempre afeitado, nunca nadie me preguntaba cómo estaba. Largué la yilé, me puse un gorrito y los locos se agarraron la cabeza. Ahí fue cuando empecé a repartir papelitos.

-¿Papelitos?

-Sí, papelitos explicativos. Me hice un resumen, le saque muchas copias y las cargué en La Wapa. No me quedó otra. Si a cada uno que me preguntaba le tenía que explicar qué es el sufismo, por qué tengo la barba larga y encima convencerlo de que seguía siendo el mismo… ¿Sabés la energía que desperdicié? A la gente que realmente me interesaba, me tomé el tiempo de explicarle. A los demás, era: “¿loco, en qué andás metido vos?” y pum! les chantaba un papelito.

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El jueves a las 20:00 hs nos damos cita en el Club de Atletas Veteranos. Los sufís se reúnen allí a celebrar el dhikr, es decir, para recordar a Dios y tomar conciencia de su presencia. Según sus creencias, todo el mal de la humanidad y de uno mismo deviene de este olvido. Yusuf pone agua para el mate, enciende los calefactores y se sumerge en la tarea de acondicionar es salón enorme, donde reposan cajas rebalsadas de trofeos y medallas.

-En muchas de las canciones, en realidad, lo que recitamos son los noventa y nueve nombres que tiene Dios. El Misericordioso, el Paciente, el Generoso…Si te ponés a pensar, esas son cualidades comunes que todos deberían cultivar en su corazón. Nosotros recordamos a Allah, pero también nos recordamos a nosotros mismos lo que debemos ser.

Desde las paredes nos observan maratonistas sexagenarios. Los entrenados del cuerpo pronto serán testigos involuntarios de aquellos que vendrán a entrenar el alma. Yusuf cuelga una foto enorme de Mawlana. Sobre los fríos cerámicos, despliega alfombras y frazadas, arma una ronda de almohadones y deja un bastón en el centro, por si acaso se nos olvida que en esta vida somos caminantes que estamos de paso. Con la sala principal preparada, y el agua lista, vuelve a la cocina y empieza la ronda de mates. Poco a poco va llegando el resto de la gente. Vienen mujeres solas, parejas, familias. En la mesa se habla de fútbol, de las maestras del jardín, de una esposa engripada y de un albañil que se quebró la muñeca y dejó la pared a medio terminar. En ese primer punto de contacto que es la cocina, hay mate, hay bizcochitos, hay chistes y hay nenes que corretean entre la mesa. Cada vez que alguien llegue, la charla se interrumpirá por unos instantes. “Salam Alleikum”, dirá el recién llegado, y todos le responderán a su turno “Alleikum es Salam”. Se saludarán uno por uno, con un beso y un abrazo más duradero de lo normal –es para que sus corazones puedan sentirse-. Todos los presentes, descubriré, tienen dos nombres: uno en árabe –que les fue dado en el baiat – y otro en español –con que los anotaron en el Registro Civil –. Éstos últimos no llegaré a conocerlos.

Para dar comienzo al dhikr, nos descalzamos y entramos en la sala. La luz principal se ha apagado y brilla, tenue, una lámpara de pie. Yusuf comienza la lectura. Ha cambiado su pequeño gorro verde por un turbante abultado que termina en punta. El cono –sabré después – funciona como una extensión que pone al sheik en contacto con el mensaje divino. Yusuf habla de las dificultades de la vida, de cómo el Profeta –paz y bendiciones- logró superarlas. Intercala los párrafos en español con pasajes en árabe del Corán. Luego, abren los brazos para recibir el mensaje divino y cantan, cantan mucho. Con las palmas apuntando hacia el cielo y los oídos aguzados en los sonidos extraños, percibo cómo los tonos se elevan y aquello que comenzó casi como un susurro es ahora un grito a viva voz. Desconozco si todos comprenden por completo aquello que entonan. Incluso, pienso, puede que esa neblina lingüística llena de jotas y haches aspiradas les permita montar esas palabras con un sentido íntimo y personal. De repente, el corazón se me acelera. Yusuf me sonríe. Me prometo no darle el gusto de moquear, pero sucumbo. No soy la única,  la chica que está sentada a mi lado también llora mientras entona. Ahora que presto atención, hay varios paquetes de Karilinas sobre la alfombra. Yusuf canta sonriente, alza sus manos, mueve su torso en círculos. Las canciones no cesan. Parecen olas. En este entrenamiento del corazón, los sufís toman conciencia de su respiración. En cada inhalación y exhalación debe estar presente el nombre de Allah.

Una hora después, la ceremonia concluye. La alfombra sagrada se transforma en mesa, y cenamos. Los niños ingresan a la sala, las conversaciones se vuelven más cotidianas y, luego de la última oración del día, cada sufí regresa a su hogar. Los motivos por los que personas tan dispares como un baterista de rock, un farmacéutico o un ama de casa se acercaron al Islam no distan mucho entre sí. En tiempos de crisis la solución puede estar donde uno menos lo imagina. Aunque ese lugar sea el mismo sitio que los petrodólares politizaron, que Hollywood demonizó y que la prensa de todo el mundo se encargó de estigmatizar.

“¡Chau Bin Laden!” grita uno desde una bicicleta y levanta el brazo. Yusuf le toca bocina y se ríe. Me enseña su arma personal de destrucción masiva. La activa, apunta y dispara. Da justo en el blanco. El de la bicicleta le devuelve la sonrisa y agita nuevamente su mano.

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Laura Lazzarino

14 ComentariosDejar un comentario

  • Increíble crónica! La forma en la que escribís, describís y relatas es mágica. Leerte me animó a tener mi propio blog y aunque sean los primeros pasos me hace muy feliz. Gracias por llevarnos de viaje con vos!

  • Curioso el mundo sufí. Lo conocí hace pocos años por una compañera de universidad conversa al Islam y sufí que pasó una temporada en Chipre con Mawlana y familia, contaba maravillas. Cuando murió Mawlana Sheikh Nazim lo sentí hasta yo que no profeso esta fe ni ninguna en particular. No se explicarlo pero su comunidad me transmite calma, paz y tolerancia. Aquí en España la comunidad sufí organiza encuentros inter-religiosos que parecen muy interesantes, a ver si algun día tengo la ocasión de acudir. Para quien visite la ciudad india de Ajmer, la famosa mezquita es sufí y hombres, mujeres y niños sin separación alguna cantan, rezan y danzan en el patio interior.

  • Hola Laura, vengo leyéndoos a ti y a Juan desde hace aproximadamente dos meses. Encontré los blogs por casualidad buscando información sobre Etiopía pues tengo unas amigas que fueron allá de vacaciones…..Impresionantes los dos blogs. Son de una calidad literaria y humana poco común. Si alguna vez visitáis España un consejo: no dejéis de ir por Asturias (mi tierra de adopción) , una de las zonas más hermosas de este país. Y si os pasáis por Madrid ( donde nací y vivo) contad conmigo para lo que necesitéis. Un abrazo!

  • Bonita crónica Laura.
    El Islam y sus numerosas caras, digo yo.Y que solo tiene una, diría un musulmán convencido de sus creencias.
    Lo cierto es que yo también me he topado con caras que no me han gustado. Con situaciones que me han puesto a prueba. Y con otras lindas y respetables. Aquí en Marruecos conviví con personas que practican el sufismo, vi rituales de trance, y prácticas que me dejaron fascinada por cuan diferente puede ser la fe de una persona a otra, aun dentro de la misma religión.

    Tu texto es un ejemplo mas de que no todo es generalizable.
    Y que hay mil formas de profesar una fe.

    Un abrazo

  • MI PRIMER HIJO !!ADORADO AMADO TODAVIA RECUERDO MI EMOCION CUANDO SENTI SU PRIMER MOVIMIENTO EN MI VIENTRE !!DESDE ESE MOMENTO YA NUNCA MAS ME SENTI SOLA!!!CONFIESO SOY LA PRIMERA QUE ME ASUSTE MUCHO CON SU CAMBIO!!!EL SE ENCARGO DE HACER QUE ENTENDIERA !!QUE ES LO HACE FELIZ !!!HOY COMO PUEDO TRATO DE ACOMPAÑARLO!!!!GRACIAS LA NOTA ES MUY LINDA!!ATTE!!MARIAN SILVA

    • Gracias por comentar!!! Me alegra que te haya gustado. Yusuf es una persona muy hermosa, que sabe transmitir amor, y eso es lo importante! Lo queremos mucho a él y a Norita. Y siempre estamos pensando en volver a Olavarría. Sentite orgullosa como mamá!

  • Lauri te sigo hace anios, gracias por llevarme a todos lados con vos 🙂
    Me muero si algun dia me Los cruzo en Ola! Jaja naci en esos pagos pero hace anios vivo en Nueva Zelanda. Fuerte abrazo Lau! Gracias por tanto, tus relatos me Han hecho compania en momentos oscuros de mi Vida.

  • Hermosa crónica. Me gusta mucho como escriben y lo que escriben, por eso ya tengo los libros del viaje por Sudamérica y el del Tibet.
    Está buenísimo la crónica porque desanda el camino de esa primera impresión “un Sheik en Olavarria, debe estar re loco ese tipo” a poder trasmitir un mensaje que es de comprensión y amor. Felicitaciones, sigan viajando mucho, y escribiendo!

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