Tengo una relación superespecial con mi nariz. No es que me guste ella en sí (que, seamos honestos, además de mi prima E. que tiene una nariz perfecta como un tobogán, no conozco a nadie que esté ciento por ciento conforme con su nariz de fábrica). No es la estética lo que me hace amarla sino su capacidad quirúrgica de oler, catalogar, identificar, asociar y desmenuzar aromas en cualquier parte del mundo. No lo sé, quizá en otra vida mi nariz haya sido nariz de perro. A lo mejor tiene alma de detective y yo todavía no me doy por enterada, pero lo cierto es que mi nariz está alerta, incluso cuando yo misma estoy en volando pajaritos.

gondar etiopia

El día que se inventen fotos de olores…ese día voy a sentir que la tecnología oyó mis plegarias. Mientras tanto, ilustro este post con fotos de Gondar. Este es el castillo de Fasiladas, en el corazón de la ciudad.

Mi nariz hizo que entendiera Islandia de un solo respiro, que encontráramos una acopiadora de tabaco escondida en los Valles Calchaquíes, que redescubriera el café en Berat. Aunque también tiene su lado B (no saben lo que es viajar con mi nariz en un bus público africano, o tener que hacer pis en un baño etíope virgen de limpieza desde el momento en que lo construyeron), mi olfato sigue siendo uno de mis sentidos preferidos, y me daba mucha curiosidad cómo iba a ser viajar por África descubriendo sensaciones nuevas con la nariz.

gondar norte de etiopia

En centro de la ciudad, donde aún se puede ver algo de arquitectura italiana. Al fondo, el castillo.

Aunque mi primer post sobre Etiopía fue acerca de la experiencia más que mística que tuvimos en Lalibela, nuestra primera ciudad en el país fue Gondar. A Gondar se la conoce como la “Camelot Africana”. Durante los años 1632 al 1639, el Emperador Fasiladas decidió convertirla en su capital, no sólo debido a su geografía (Gondar está rodeada por tierras fértiles), sino por su ubicación estratégica en la ruta de las caravanas. Esclavos, metales y materia prima desde el sur, acceso al Mar Rojo desde el norte. El legado de aquella historia es una ciudad donde abundan castillos y palacios, entre monasterios, iglesias ortodoxas finamente decoradas, arquitectura italiana de la época de la ocupación, cafés y pastelerías en cada rincón. Gondar es una ciudad que hay que visitar en Etiopía, y hacia allá fuimos con la idea de quedarnos dos o tres días que, por varios motivos (lo atrasado que estábamos con el blog, la buena internet, el clima, lo rico de la comida, lo barato de los jugos de mango, lo cómodo del colchón y unas cuántas etcéteras más) se convirtieron en casi dos semanas.

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Esta es una típica postal de Etiopía. Así luce el techo de Debre Selassie, uno de los monasterios más visitados de la ciudad.

Sí, necesitábamos hacer nido y Gondar nos vino como anillo al dedo. Alojados en una pensión cuesta arriba, separada del centro, rodeada de verde y con un cielo que siempre amenazaba a llover (y eso se valora mucho tras casi tres meses de desierto), nos inventamos una rutina. Un camino al centro, un lugar donde comer, una calle de adoquines donde salir a pasear, un puesto callejero de paltas y bananas para desayunar. El día en que me senté a escribir en mi cuaderno sobre Gondar, me di cuenta de que la gran mayoría de mis recuerdos tenían que ver con los aromas, que Gondar me había abierto las fosas nasales con sus olores florecientes, que mi mapa mental estaba más guiado por mi nariz que por sus formas, rincones o colores. Así que lo dibujé, para no olvidarlo, y lo hice post para compartirlo.

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Hay algo de mágico en el sentido del olfato (que seguramente tenga una explicación científica que no deseo saber). Y es que los olores no se pueden evocar. Hagan la prueba. Si les digo, por ejemplo, “We are the champions”, el clásico de Queen va a sonar instantáneamente en su cabeza. Aunque no se sepan la letra, aunque no entiendan qué dice, aunque no la sepan completa. La repiten, el cerebro reemplaza lo que falta, la tararean. Si les digo, “panqueques con dulce de leche”, a menos que no sean argentinos osean extraterrestres y odien el dulce de leche, la boca les va a empezar a salivar (la mía ya lo está haciendo), y van a rememorar el sabor glorioso, aunque haga siglos que no comen panqueques. Todos pueden evocar el dolor que produce quemarse con fuego, o recuerdan simples detalles de su escuela primaria que pueden traer a su cabeza en el momento que quieran. Pero intenten evocar el aroma a chocolate caliente. O mejor aún, traigan a la punta de la nariz el olor único e irrepetible de la persona que aman. ¿Ven? No se puede. Sabemos que conocemos esos olores, que los reconoceríamos en cualquier lugar o momento en que aparecieran. Sabemos que nuestra mente los tiene bien guardados ahí dentro, pero no podemos traer su recuerdo a menos que ese olor aparezca. Esa, para mí, es la magia del olfato: que el recuerdo aparece de improviso, ni bien la nariz detecta el olor, y nos asalta en medio de cualquier lugar, haciendo conexiones inverosímiles. Así, por ejemplo, el olor a cloro excesivo me hace acordar a mi viaje de 15; el olor a ajo en los dedos me hace acordar mucho a mi mamá, el olor a pasto húmedo cuando recién deja de llover, me lleva inmediatamente a mi casa. Y me hace sonreír mucho, claro, porque hay veces en que no soy consciente de esas asociaciones libres que hace mi mente (una vez, en Cairo, me hicieron oler una hierba y mi veredicto fue “esto huele a Bolivia”. Juan después coincidió en que olía a hoja de coca, y me cerró el círculo).

Pero volviendo a Gondar, el camino que hacíamos casi a diario desde la pensión en donde estábamos hasta el centro era todo un arcoíris de aromas y, por ende, una fiesta para mi nariz. Ya vieron el mapa, vamos ahora a las referencias (si un día van a Gondar, a lo mejor mi mapa cumple su función existencial y los guía por esos mismos caminos).

1. Pasillo de tierra

Salimos del hotel hacia la calle empedrada. En frente está la escuela. Doblamos a la izquierda y nos metemos por un pasillo de tierra, que es una especie de calle no oficial, un atajo entre la montaña. De un lado está el cerco de una casa de la que siempre salen voces infantiles al vernos pasar, del otro, un muro que seguramente bordea a la escuela o a alguna otra casa. No se ve. Está tan alto que es imposible adivinarlo. Hay que tener cuidado porque por este pasillo transitan muchas personas, y cuando vienen subidas a uno de sus carros tirados por burro no hay espacio, y hay que echarse contra la ligustrina.

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Acá mi nariz se frunce, porque independientemente de la hora en que vengamos, el pasillo huele a pis. Como eran mis primeros días en Etiopía, todavía no lo sabía, pero pronto me iba a dar cuenta de que los hombres etíopes no tienen el menor reparo y mean en cualquier lado, a la vista de todos, incluso en plena ciudad. Y cuando sale el sol, bailan los aromas. Nadie los ve, claro, pero están ahí, por todas partes. La parte final, sin embargo, es un alivio. No sé bien de dónde viene, pero casi siempre huele bien fuerte a palo santo. El palo santo, para ser honesta, no es uno de mis olores preferidos. Me remite mucho a los mercados de brujas de La Paz, y cada vez que lo huelo no puedo evitar recordar los fetos de llama colgando de los puestos, las plumas y los menjunjes. Me da nauseas. Pero acá, qué curiosidad, lo banco. Es mucho mejor que el olor a baño público.

2. Las cuatro hermanas

A la salida del pasillo hay un señor de uniforme con una trompeta en la mano. Tiene un banquito chiquito para sentarse y una catarata de Santa Ritas rosas y naranjas que le adornan el cuadro. No parece, pero el hombre es el guardia de seguridad de Four Sisters, un restaurante bastante conocido en Gondar. Los guardias de seguridad son cosa casi obligatoria en Etiopía. Y no por prevención, sino por disposición del gobierno (y costumbre diría yo). La mayoría de ellos se pasa la jornada escuchando música en el celular, mirando el techo, no haciendo nada. Porque Etiopía es un país seguro, eso sí. Pero este hombre tiene otra función: cada vez que un cliente entra al restaurant, se pone de pie y toca su trompetita que parece un cuerno de vaca, para anunciar al recién llegado. A veces, cuando es de noche, también acompaña a la gente con una linterna super poderosa, porque el alumbrado público a veces anda y a veces no. La cosa es que este señor, al igual que toda la esquina, huele a sahumerio. Las cuatro hermanas queman todo palito que huela rico a toda hora, y el señor obtiene un perfume natural y ahumado que deleita mi nariz.

El señor no se dejó tomar una foto. Le daba vergüenza. Así que acá va la entrada del lugar, con unos palitos quemándose en un rincón.

El señor no se dejó tomar una foto. Le daba vergüenza. Así que acá va la entrada del lugar, con unos palitos quemándose en un rincón.

3. El campito

Así que salimos del pasillo, nos encontramos al señor, y aparecemos en el campito. No recuerdo si ya lo dije, pero esta no es una calle oficial, así que para seguir camino hay que atravesar esta especie de potrero, cubierto con una tierra roja tan pero tan finita que parece talco. Si uno cruza en diagonal y corta camino, la nariz se muere por un rato. Pero si, en cambio, sigue la línea de la izquierda, entonces la nariz empieza a oler verde. Es olor a fresquito de montaña, a airecitos de peperina, a tierra mojada, a pasto fresco, a primavera de mañana.

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4.  La calle donde se vive en la vereda y el árbol que huele de noche

Cruzamos el campito y caminamos cuesta abajo. A la izquierda hay una hilera de casas que extienden sus fronteras puertas afuera. Uno nunca sabe con qué se va a encontrar. A veces hay lonas de pimientos rojos secándose al rayo del sol. Otras, mujeres dobladas fregando en fuentones, y yo no puedo verlas sin que me duela la cintura. A veces tenemos suerte y están haciendo injera, y aunque la injera no me gusta para nada (ni sé ya las veces que dije eso), el olor a la salsa picante sobre el panqueque de tef es tan dominante, que sin dudas es el que mi cerebro va a etiquetar como “olor a Etiopía” para el resto de mi vida.

Pero volvamos al mapa. Decía, caminamos cuesta abajo por una calle empedrada hasta que llegamos a una curva. Y esa curva, señoras y señores, es mágica. Acá hay un árbol enorme que sólo huele de noche. De día es probable que pase desapercibido detrás del muro de piedra al que más de una vez me quise trepar. Siempre que pasamos me paro a oler, y siempre le pregunto a Juan qué habrá del otro lado. La curiosidad, confieso, me quita el sueño.

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Un día, caminando perdidos, descubrimos que al final de un callejón medio desierto hay un portón oxidado y prometedor. En estos casos me pasa siempre lo mismo: una parte de mí me dice “trepate a ver que hay, trepate, trepate, trepate, trepatetrepatetrepatetrepatetrepate”. La otra (esa que hubiese deseado que se callara más seguido en mi vida) me dice “noooo, ¿cómo te vas a trepar? A ver si todavía alguien te ve y llama a la policía. Pedí permiso, pero no rompas las reglas”. Y me debato, claro, mientras nos vamos acercando. Juan me ve la cara, y justo cuando me está por decir que nos trepemos, aparece un guardia de seguridad de un hotel que está cerca. No, con testigos no se puede, así que vamos por el Plan B, a ver si el señor nos da permiso, o nos regala su complicidad por lo menos. Yo creo que no hace ni falta preguntarle, porque el guardia que sabe más por viejo que por guardia, nos ve la adrenalina en la cara y medio en etíope medio en inglés manda a llamar a otro, que resulta ser el cuidador del lugar.

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Portón tentador.

El tipo nos mira, le señalo el portón, le hago señas de treparme, le pongo cara de buena, y entonces sin mucho preámbulo caminamos hacia el lugar y, en dos minutos, me rompe la ilusión: corre el cerrojo, que ni candado tenía, y entramos caminando como panchos por su casa. Está bien, la parte aventurera de traspasar la puerta no se pudo cumplir, pero eso no le quita entusiasmo. Mientras caminamos por el predio –enorme, lleno de árboles y flores y hojas secas en el piso─ el guardia nos dice que hace ocho años esto era un hotel. A juzgar por el estado de abandono, diría que semejante mole lleva parada desde hace todavía mucho más tiempo, pero la realidad es que el Hotel Terara fue construido por los italianos, y frente al poco turismo, a la mala administración y al nulo mantenimiento, estuvo a punto de cerrar varias veces. Frente a este panorama, los propios empleados se organizaron en una cooperativa y lo mantuvieron a flote como pudieron, hasta que en 2008 cerró sus puertas definitivamente. Para ese entones, hacía rato que los tiempos de gloria habían quedado lejos. Hay quien dice que el mismo Haile Selassi fue huésped honorífico de este hotel. Rumores que incluso afirman que el emperador lo tenía entre sus favoritos, y llegó a alquilarlo entero como residencia de verano. No hay documentación que pruebe ninguna de estas historias, pero supongo que lugares como el Terara Hotel son caldo de cultivo para los mitos urbanos.

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Caminamos por el jardín. Una ventana abierta nos revela una montaña de pocillos de café rotos, bajo la mesada de la que alguna vez fue cocina. Intento forzar una puerta, pero el guía se las sabe todas y me hace señas de que más allá está abierto. Cuando queremos acordar, estamos dentro de un hotel vacío, un hotel frío y con olor a oscuridad, un hotel que me provoca una nostalgia impensable. Encuentro un encanto mágico en las construcciones abandonadas, un recordatorio terrible de que ninguna época dorada es para siempre (y, a la vez, que ninguna decadencia es irreversible). Me acuerdo del hotel magestuoso y decadente que visitamos en Coracia con Aniko, de lo raro que se ven las piscinas profundas vacías, de la adrenalina incontenible brotando a chorros cada vez que abrimos la puerta de lo que alguna vez fue una habitación. Paseamos por los pasillos oscuros, pero salimos pronto porque en realidad, no hay mucho para ver. Caminamos por el jardín, nos asombramos con la piscina descomunalmente grande y llena de hojas, me enamoro de las plantas con flores turgentes y efervescentes. Entonces, justo a la vuelta de la pileta, allá abajo donde el jardín empieza a descender, lo veo: es mi árbol de olor nocturno, ahí, extendiendo sus ramas hacia la calle. Me costó darme cuenta, pero estoy del otro lado del muro.

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Desde el día en que tuvimos nuestro paseo privado por el hotel en ruinas, la bajada por la calle del árbol perfumado nunca se sintió del igual manera. Con el misterio resuelto el mapa comenzó a ensancharse, y ahora, aunque no lo sintiera, sabía que al pasar por allí había otros olores que quedaban atrapados del otro lado…

5. La curva de la ceremonia

Más abajo, y ya casi llegando al centro, hay una curva que huele a café. Estamos a pocos metros de la salida del castillo de Fasiladas, y los puestitos de artesanía y de postales, se mezclan con los que venden café recién tostado. En casi todos, hay un cartel que anuncia “Coffee Ceremony”, y es que en Etiopía, el café tiene todo su ritual, y aunque estos puestitos sean para los viajeros casuales, lo mismo se hace puertas adentro, en las casas, sin necesidad ni excusa más que la de compartir. Y aunque yo no sea una gran fanática del asunto, reconozco que el aroma a café recién tostado se volvió una cortina sabrosa que atravesar, un punto final en este mapa antes de entrar en el centro de Gondar…

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N. de E: Ninguna nariz fue dañada durante la escritura de este post. Pueden intentar escribir mapas aromáticos en sus casas.

N. de E: si viajan a Gondar y quieren recorrer este mismo mapa (o buscan un buen lugar donde dormir), nosotros nos quedamos en Sycamore Pension. No tienen web, pero está muy cerca del Four Sisters Restaurant (y con mi mapa llegan seguro!).

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Laura, me gustó mucho este post, tengo tambien el sentido del olfato super desarrollado, aveces siento que en otra vida fuí perro jajajaja…mi papá siempre me dice que ya estoy oliendo el pedo, antes de que se lo heche jajajajaa!
    En fin; buena vibra!

  • Te entiendo perfectamente! A mi me pasa lo mismo.
    Mi sentido del olfato está tan desarrollado ,que a veces es una desgracia y otras veces es una dicha , pero sin dudas el ambiente me invade si mi permiso.

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