I – La misa

A las 5 de la mañana Juan y yo hacemos fila en las puertas de Bete Medhane Alem, una de las iglesias cavadas en roca que hay en Lalibela. El panorama es fuerte: la misa va a comenzar en una hora, pero ya hay gente besando las paredes, rezando compenetrada, emergiendo desde el horizonte con sus túnicas blancas, mirándonos desde arriba. El murmullo es constante, y aunque estamos aquí invitados por el propio sacerdote de la iglesia, no puedo dejar de sentirme una intrusa.

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Frente a mí, una mujer se arrodilla e intercala besos y toques con la frente al primer escalón que da paso a la iglesia. Después se va contra el muro en penitencia autoimpuesta, dejando tras de sí sus sandalias de goma color flúo, que pronto pasan a ser parte de la marea de ojotas y chancletas y zapatos que se desparraman por el pasillos rocoso. Nosotros permanecemos en cuclillas, mirando para el piso de vez en cuando, tratando de que nuestros ojos no se interpongan entre la fe y el respeto, de que nuestra presencia no sume más desequilibrio del que ya supone el mero acto de estar ahí. Además, por qué negarlo, las figuras que nos miran desde el horizonte me dan miedo. Las iglesias están excavadas y los que vienen de lejos se paran al borde del abismo para rezar desde arriba. Están quietos, y es probable que en su estatismo estén rezando, pero a mis ojos son apariciones, como esas que mi abuela me contaba que veía en el campo cuando era chica. Sus túnicas blancas les dan aún más el aspecto fantasmagórico que tanto me impresiona, y cuando uno se para bajo la rama de un árbol tengo que cerrar los ojos porque desde lejos parece que se hubiese ahorcado.

Pasillos cavados en piedra

Pasillos cavados en piedra

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A las 6 y media, empujamos un poco contra la puerta que hace de embudo. Hay un aroma a bosta de vaca mezclado con café, y sudor y caminata larga en toda la fila. La gente viene a pie quién sabe de dónde, porque así lo ha hecho desde siempre, porque eso es lo que se hace cada domingo. Sólo los niños tienen el coraje de expresar la sorpresa que les produce nuestra presencia, y nos señalan y se ríen y nos hablan, y aunque me muero de ganas de responderles aunque no me entiendan, no quiero pecar de irrespetuosa. Así que guardo mi lugar, me planto, me lo gano porque las fuerzas que quieren desplazarnos son muchas, y aunque dentro hay espacio para todos, hay una desesperación de recital, de ansiedad incontenida, de fe exagerada, que lleva a todos a querer entrar primero.

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Después de un rato de espera, lo logramos. Tenía la fantasía de que la misa sería como lo que estamos acostumbrados, que quizá mujeres y hombres de dividirían en lugares diferentes de la nave, que el cura daría el sermón en amhárico y que habría un silencio solemne. No sé de dónde salieron mis ideas, pero lo imaginé así. Sin embargo, dentro de la iglesia nada se parece a lo que conocemos. El piso alfombrado está desnudo. No hay bancos, ni retablos, ni pesebres. En el centro del recinto, el sacerdote y los diáconos cantan al ritmo de los tambores y de los bastones que hacen sonar contra el piso. Llevan una cruz de oro que se van pasando, y mientras encienden velas sin dejar de cantar, alguien aplaude y otro alza las manos hacia al cielo. A un costado, una mujer amamanta en cuclillas. Otras varias se doblan enérgicamente frente a una imagen de la Sagrada Familia. Otros miran. Otros rezan. Algunos siguen entrando, y unos pocos se retiran. Nosotros damos vueltas sigilosos, nos persignamos por las dudas, absorbemos en silencio. La luz que se filtra por las ventanas de piedra es muy poca, y entre cánticos y rezos uno pierde la noción del tiempo: ya no se sabe qué hora es, pero tampoco qué momento de la historia.

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II – El exorcismo

Anna me busca en la multitud, y supongo que no soy tan difícil de encontrar. Me susurra que habla inglés, me pregunta de dónde vengo, me muestra la cruz de ceniza que tiene en la frente, me pide una foto. Entonces escucho. Es imposible no oírlo, porque los gritos retumban en las paredes de piedra. Ensordecen. Y congelan. Del otro lado de la iglesia una mujer se está desgarrando. Pareciera que todo el dolor del universo se ha mudado a su garganta. Yo corro entre los que rezan, esquivo tambores, me olvido del mundo. Anna corre detrás. Cuando llego, los gritos se han transformado en gemidos y ahora ya no sé si lo que siente es dolor o placer, si es sufrimiento o sexo, porque la mujer gime desde las entrañas.

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Una muchedumbre la rodea, y debo abrirme paso para encontrarla con los ojos. Ahí está, arrodillada y eléctrica sobre la alfombra roja, retorciéndose fuera de sí. Cuando empieza a orinarse, la gente se aparta, y el pis corre lento empapando el piso. El sacerdote se acerca. Toma su cabeza con una mano y con la otra, sin piedad, empieza a azotarla en el cuello con una toalla mojada en agua bendita. Dice algo a los gritos. Ella llora. Un joven retira la toalla y le entrega al cura una cruz de madera, que pronto se blande sobre la espalda de la mujer, para limpiarle los pecados. Las mujeres que se han agrupado a su alrededor, miran espantadas, mientras el diácono recorre la ronda tirando agua bendita con los dedos. Sus gestos están tan cargados de furia que me hacen pensar que no es sino ácido lo que salpican sus manos. Todas se cubren la cara. La que llora sigue gimiendo, agachada, frente pegada al piso. “Un espíritu malo se le metió en el cuerpo y el cura se lo está sacando”, me susurra Anna. No puedo reaccionar. Lo que estoy viendo no es otra cosa que un exorcismo. Acá, ahora, a metros de distancia. Me paralizo. El ritual dura unos minutos más hasta que la poseída ya no lo está, o al menos finge no estarlo hecha bolita contra la alfombra, en silencio. Pienso que todo se termina, pero tardo poco en darme cuenta que al revés: el domingo, el de estos rituales, acaba de empezar.

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El sacerdote busca en la ronda con los ojos fijos. Algunas mujeres bajan la mirada. Tienen pánico. Otras se sonríen nerviosas. Otras se alejan. El sacerdote llama a dos y empieza la limpieza, aunque sin tanto espectáculo. Gritan poco. Se arrodillan. La mujer anterior se escabulle y desaparece por la puerta excavada en piedra. Yo digo suficiente, y me alejo sin pensar a dónde. Nunca sabré si la mujer realmente creía estar poseída, si se orinó porque es una de las del 70% a quienes mutilaron genialmente y ahora sufre de incontinencia, si lo que vi ese domingo es algo de todas las misas. Lo que sí sé, aunque no tenga fotos de mi cara, ni de la lágrima que bajaba en puntas de pie por mi mejilla, ni de la mujer que tras los azotes se fue caminando a su casa, es que de ese domingo en Lalibela no voy a olvidarme jamás.

La foto que me pidió Anna

La foto que me pidió Anna

III – La boda

En la calle empedrada, apenas unos metros afuera de la iglesia donde acaban de limpiar un alma a los toallazos limpios, hay dos burros cansados que están de casamiento. Claro que los burros no lo saben, y claro que les da lo mismo que lo que parta sus lomos no sean fardos de hierba ni de leña, sino un hombre blanco y una mujer negra vestidos como reyes. La expresión de los burros es vacía. Miran hacia al frente y avanzan a paso lento haciendo soñar sus pasos cuesta arriba sobre los adoquines gastados. Nadie escucha el zapateo, porque mientras los recién casados avanzan, sonrisas mínimas, haciendo equilibrio entre el andar desbalanceado de los animales y las sombrillas coquetas con que se cubren, un grupo de hombres los rodean a puro canto y tambor.

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Vestidos de blanco, alzan sus manos al cielo y tararean algo que suena como “Lalibeeelaaa”, y bailan en ronda, y hacen sonar una especie de trompeta. No sé por qué lo hago, pero al verlos corro fuerte, logro ubicarme justo delante de la procesión y empiezo a sacar fotos. Alguien me dice que es un señor inglés que vino a casarse hasta acá, pero nadie sabe decirme si a la mujer la conoció en Londres o si la eligió al azar, de puro fetiche. Mi pregunta, de hecho, parece desubicada. Se está casando con un blanco y pompas, ¿de verdad importa el amor?

Retomamos el camino de regreso casi en silencio. Nos hemos despertado cerca de las tres, y aunque el sol no llega a su trono de mediodía, sentimos que este ha sido un día largo. Que necesitamos dormir. Que no queremos hablar porque hablar inevitablemente llevará a pensar, y pensar, ya lo tengo asumido, cansa mucho.

Los planes, sin embargo, cambian pronto, porque los domingos son domingos y la fiesta, aunque el cansancio pese, no se termina. Ahí, donde hace un rato descubría burros y matrimonios, se está celebrando otro casamiento. Presupongo por la sencillez  que se trata de una boda más simple, aunque los trajes de reyes parezcan ser una constante, como los cantos, los tambores y las sombrillas. Así que los sigo, les tomo fotos aunque vayan a pie, aunque no nos miren, aunque no haya mucho más que ver.

Para mí son dos fotos en una, como todo lo que vino después.

Para mí son dos fotos en una, como todo lo que vino después.

Cuando la ronda se termina, la procesión desembarca en una carpa, y de la mano de uno de los amigos del novio terminamos sentados frente a los recién casados, en lo que parece ser la fiesta. Mi cerebro, entonces, se divide en dos, porque dos mundos son los que veo y no me atrevo a considerarme capaz de conjugarlos.

Hay una parte de mí que saca fotos mentales. Es una fiesta. La luz se vuelve semi anaranjada por las telas de la tienda, y sentados sobre sillas de escuela, pies descansados sobre pasto, vemos la bendición que todos los desean al nuevo matrimonio. Los novios reposan sobre sus trajes de reyes. El mantel de plástico, floreado, hace juego con los carteles del fondo, y pronto sirve para apoyar la olla del guiso, que no tardarán en servir. Hay injera, claro, porque hasta en los días de fiesta se come el panqueque de tef. Hay también cerveza casera, que es agria y dulce a la vez, y tambores, y muchos hombres que nos miran y sonríen. Junto a la pareja hay un señor de edad, con la piel manchada y rugosa, y una mirada dura que parece haberse perdido en el tiempo. Les besa las manos a los novios. Les apoya una cruz en la frente. Los bendice.

Los recién casados

Los recién casados

La procesión

La procesión

La bendición

La bendición

El chico que está sentado junto a nosotros se las rebusca para hablar aunque hable poco inglés, y nos cuenta que son todos diáconos de la Iglesia de Saint George, incluso el novio, y que el hombre mayor es el cura que tiene más de ochocientos años. Abro los ojos como mundos. Me lo jura por la Biblia. Agrega “es por comer injera todos los días”. Pienso que me voy a morir joven. Me sonrío. Después llega la comida, que se sirve en panqueques enrollados y ollas humeantes de menjunjes picantes y espesos. Hay algo con papa y huesos de cordero, y como acto de bienvenida ─por algún motivo curioso les resulta un honor nuestra presencia─ le sirven la parte más grasosa a Juan, que se siente bendecido. Comemos con las manos, sin vergüenza. Después vuelven a los tambores, a las danzas, a los cantos. Los celebradores celebran con gritos de garganta y labios curvos de felicidad. Hay fiesta, de eso no hay dudas.

La iglesia de Saint George, una de las postales más famosas de Lalibela. (Perspectiva 1, para que dimensionen el tamaño).

La iglesia de Saint George, una de las postales más famosas de Lalibela. (Perspectiva 1, para que dimensionen el tamaño).

 (Perspectiva 2, para nos vean a nosotros).

(Perspectiva 2, para nos vean a nosotros).

La otra parte de mí ─la que me habla cuando me estoy por quedar dormida, esa que a veces quisiera amordazar por un rato─ mira la escena como abstraída. Claro que nos sentimos bienvenidos, y claro que sería por demás de descortés empezar a preguntar, pero no puedo quitar mis ojos de la novia. Su cara de aburrimiento/soledad/resignación me llena el alma de preguntas todo el tiempo que dura la fiesta. ¿Es también una fiesta para ella? Las únicas mujeres que veo son las que sirven la comida. A lo mejor son sus amigas. A lo mejor no. A lo mejor sus amigas están ausentes, como su mamá, como su abuela, como el resto de su familia. No puedo averiguarlo. En un punto, ella también parece ausente. Se está casando y parece ida. Siento un impulso ridículo de abrazarla, de traerla de vuelta, de sacudirla. ¿Pero para qué? ¿No será que acaso así es como deben ser las cosas? Intento hacer contacto visual y sonreírle, pero no obtengo ninguna respuesta.

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Cuando me sirven la injera y comemos y cantan, yo aplaudo y sonrío, y tarareo. Hago de cuenta que todo está bien porque en realidad lo está, aunque no pueda contener mis pensamientos. Después del baile la fiesta se desarma y estamos tan cansados que no podemos hacer otra cosa que dormir. Y rumear mucho, para consensar todo, para escribir, para absorber.

Alguien me dijo que mis textos de África son tristes. Yo respondí que son sinceros. Ninguna mujer debería poder disfrutar del espectáculo ajeno en su totalidad sin preguntarse si su par, a esa que vistieron como reina y que no sonrió en toda la mañana, está feliz el día de su matrimonio. No. No puedo contarles el orgullo de presenciar la boda, porque temí un cuento de Cortazar y sus zapatos me dieron miedo. ¿Por qué ella en ese sillón y yo de este lado? Yo elijo a Juan. Ella, ¿sabe lo que es elegir? Tal vez estoy juzgando mal y así es como deben ser todas las bodas por estos lados. Pero yo no sé vivir, no sé viajar, no sé escribir sin hacerme preguntas.

Información para viajar a Lalibela

De todos los atractivos que tiene Etiopía, este es uno de lo que hay que visitar sí o sí. Queda lejos, es un poco caro y no tan simple de acceder, pero es algo único. Si tienen poco tiempo, busquen el modo de ir. No se van a arrepentir.

 El complejo comprende 12 iglesias, algunas en mejor estado de conservación que otras, pero todas igual de impresionantes. La entrada única cuesta U$D 50 (un precio que nos pareció un poco excesivo, porque aunque incluye todas las iglesias y es válido por cinco días, con dos alcanza para verlo todo). No hacen descuento para estudiantes, y se paga al cambio del día. Les recomiendo intentar ir un domingo, que es cuando más movimiento hay, e ir a misa. Para eso también te piden la entrada.

 Llegar a Lalibela supone un viaje largo e incómodo. La ruta que se mete en la montaña desde Gallena no está pavimentada y el bus tarda cerca de 12 hs (o más) hasta Addis. Nosotros lo hicimos a dedo y nos encantó. El camino tiene unos paisajes alucinantes y la ida es casi toda en bajada, así que da para pasear.

 Dormir en Lalibela es también una experiencia: se pueden escuchar a los diáconos cantando hasta altas horas de la madrugada o caminar por las calles con sus trajes típicos. Nuestra recomendación es el Lalibela Hotel, a pocos metros de las principales iglesias, con un jardín – terraza con vistas increíbles. Además de baños limpios (que créanme, no abundan) y agua caliente, la ubicación es un buen contraste entre el centro de la ciudad y la naturaleza en que se encuentra ubicada. Pueden escribir directamente aquí: info@lalibelahotels.com

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Laura Lazzarino

14 ComentariosDejar un comentario

  • Elena, te entiendo ( en serio) lo que sentiste al ver la mujer. Ser mujer es difícil no importa el lugar del mundo donde nos encontremos.

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