Desde el marco desgastado de una puerta que está abierta, unos rulitos castigados por el viento y la arena se asoman con gracia. Lentamente, una cara redonda como una manzana emerge de la oscuridad de la casa. La risa viva, infantil, es la alarma que me indica que sus ojitos nuevos se acaban de chocar conmigo, pero para cuando reacciono lo único que logro ver es la mano pequeña, reseca probablemente desde que vino al mundo, que se aferra a ese marco y a esa casa, esperando volver salir. De repente, los pasillos de la aldea de barro se han llenado de vida. Mis pasillos, los internos, menos intrincados que los de este oasis prehistórico, liberan a la nena que sigue viva en mí y corro hasta la puerta. Entonces, la niña de adobe, la de los mocos petrificados de tantas ráfagas de polvo, huye a pura risa esperando que la atrape, dando saltitos histéricos de la felicidad que acaba de descubrir. Yo también me río, por supuesto, porque ella y yo acabamos de burlar a la geografía y al tiempo, y sin barreras de edades ni desierto nos hemos puesto a jugar, como si nada más importara. Es que de hecho, aquí y ahora, nada más importa.

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En medio del Sahara, remoto desde siempre, florece a los codazos el Oasis de Siwa. Hasta hace no tanto tiempo, llegar hasta este punto implicaba un viaje legendario: había que atravesar el desierto, luchar contra el viento, encomendarse a las estrellas. El propio Alejandro Magno inmortalizó este lugar en el mismo momento en que decidió cruzar el mar de arena y llegar hasta aquí para que el Oráculo de Amún lo legitimase como hijo de los dioses y le diera el poder de gobernar Egipto. Hoy, que una carretera asfaltada une la aldea con Alejandría, el tiempo y el misterio del viaje quedan acortados a unas cuantas horas de ruta, pero a pesar de ello Siwa sigue conservando su esencia de isla, solitaria, alejada, única.

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Después de un rato de corretear por los pasillos misteriosos, la niña de rulitos quebradizos desaparece en la oscuridad consistente de su casa. No sé si espera que la siga, pero desde afuera puedo escucharla hablar bajito y me puede la duda luchando contra el respeto. No se entra a una casa sin haber sido invitado. Estoy a punto de pegarme la vuelta y entonces la mamá, de cuyo rostro apenas puedo ver los ojos, me dice algo que no entiendo y me hace señas de que pase. Metro sesenta, bebé en brazos, mirada tenue. El contorno de su mirada me sugiere que no debe tener más de veinte. Toca los rulos de la niña curiosa y se lleva la mano al pecho. Es su hija. Le sonrío. Cuando Juan dice algo del otro lado de la pared, la mujer cambia la mirada y se esconde tras la puerta con temor de que el hombre extranjero vaya a descubrirla. Hay un miedo nuevo en sus ojos. La voz de Juan, la presencia masculina que se presiente aunque no se vea, ha cambiado las cosas. Ella quiere compartir conmigo, pero no puede. O no debe. O no se anima. Le hago señas de que Juan se va a quedar ahí. Le dijo “marido”, me llevo la mano al pecho para amedrentar la amenaza, pero no logro combatir el miedo. Los ojos le siguen contaminados. Tras unos minutos de intentar recuperar la confianza en vano siento que es momento de irse, que no puedo hacer más. Beso a la niña y acaricio las manos de la mujer, que me sonríe amable sin salir de su escondite improvisado. Me alejo con la satisfacción a medias, sabiendo que acabo de espiar un mundo mágico tan frágil como poderoso.

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Las calles de tierra Shali, la ciudadela antigua, son tan estrechas que uno no sabe dónde termina el camino y donde empiezan las paredes. Todo es color de atardecer: los senderos, las casas construidas con la tierra, las vigas hechas de palmeras que sobresalen rebeldes desde arriba. Algunas construcciones rendidas exponen las grietas de una existencia ardua de mantener. Otras lucen puertas verdes y azules, ventanas pequeñas para que en verano no entre el calor ardiente, techos altos que conserven el fresco. No hay veredas ni árboles porque estos caminos están diseñados apenas para los pocos hombres que se le animan al desierto, y para sus infaltables burros que los siguen a sol y a sombra. Hasta hace unos años, eran pocos los viajeros que lograban entrar a esta fortaleza, y muchos menos los que lograban salir. Hoy, que los extranjeros llegan de a poco, los choques culturales van tomando direcciones impensadas, como ahora mismo, que mientas nosotros seguimos pensando en la fragilidad de lo que acaba de ocurrir, otra voz de mujer niña empieza a llamarnos a los gritos desde un lugar que podría ser una esquina.

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Mumma tiene una sonrisa que apenas si le entra en la cara. El velo negro, recogido sobre su cabeza, le cuelga hacia atrás como una bandera de libertad que flamea feliz en medio del desierto. Viene acompañada de una mujer mayor ─presumo que su madre─ y de otras dos jóvenes que también se han quitado la máscara de tela y cargan fardos de berro como si fuesen bebés de hierba. Sonríen, sonríen mucho. Se cuchichean cosas entre sí que les causan más gracia, y no dejan de agitarnos las manos para que las acompañemos, quién sabe hasta dónde. Les seguimos el paso entre los pasillos ocre de tierra sólida, y las alcanzamos justo en el momento en que una de ellas abre la puerta de un establo minúsculo y lanza uno de los paquetes verdes a un grupo de conejos, que rápido asoman su nariz entre las tablas de la puerta. Entonces nos extienden las manos, nos sonríen mirándonos a la cara y una de ellas dice algo que entiendo como “casa” y por las dudas no hayamos comprendido me toman del brazo y me llevan con ellas.

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Mumma pareciera ser la más joven. Lo áspero de la yema de sus dedos no se condice con el resto de su piel, pero basta mirarle los pies para entender que esos talones nacieron pisando la mezcla del polvo y la arena. La joven bereber habla un inglés jovial de perfecta conjugación y más entusiasmo que academia. Nos invita a pasar a su casa así sin más, y mi apuro por aclarar que el hombre que me acompaña es el marido reglamentario que como mujer digna debo tener, pasa desapercibido en la alegría que tiene por compartirnos el techo. La casa en donde vive es una construcción de adobe con ventanas color pastel y techos altísimos. Ni bien entramos nos quitamos los zapatos y nos deslizamos por las alfombras suaves que cubren los pisos. Juan es el único hombre a la vista. En una sala que pareciera oficiar de living comedor, una ronda de mujeres permanece sentada sobre el piso, espalda contra la pared. Tienen todas el rostro descubierto, y están bordando almohadones con hilos brillosos y agujas invisibles. Mumma nos hace sentar en un rincón, extiende hacia nuestros pies una estufa eléctrica y nos cuenta que en esta casa vive junto a su familia todos los inviernos. Los veranos son tan insoportables que deben trasladarse hasta Marsa Matruh, la primera ciudad a donde llega la ruta, casi frontera con Libia y lugar obligado de todo el segmento medianamente pudiente del pueblo bereber que habita en el oasis.

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Mumma está ansiosa, quiere saber de dónde somos, qué hacemos, si nos gusta Egipto, en qué idioma hablamos, hacia dónde vamos después. Hace las preguntas mientras juguetea con un collar de plástico verde flúor que pronto deja sobresalir de su túnica negra. Tiene más colgantes bajo las ropas, pero mi ojos se posan en sus uñas naranjas ─también flúor─ y en el anillo de plástico que le queda perfecto para enredar el collar y seguir hablando. Las mismas dudas que ella tiene sobre nosotros, yo las tengo sobre ella. No nos cuesta hilvanar una conversación. Mientras la mamá habla con los hijos ausentes intercalando entre sí dos Nokia 1100, una de las hermanas desaparece en la cocina, dejando destellos en el aire. Tiene una túnica celeste cargada de brillos y lentejuelas plateadas, y desde el primer momento en que la vi no pude dejar de pensar que vestía como si la vida le fuera una fiesta. La otra hermana presta atención a las palabras de Mumma, sin dejar de darle el biberón a un bebé regordete que no se atreve a caminar cerca de nosotros. No entiende lo que la hermana menor habla, pero la mira fijo siguiendo el ritmo de las palabras, y de vez en cuando interrumpe para pedir traducción, acotar, o apenas sonreír. Mumma nos cuenta que aprendió inglés en la escuela, y que sus hermanas también pero que ya se olvidaron todo. Se apura a aclarar “escuela primaria”, para luego decir, no sin cierta vergüenza, que le hubiese encantado estudiar más pero que en el pueblo bereber, si una hija quiere seguir el colegio es un problema familiar. Entendemos en seguida que no trata de una cuestión económica sino de orden social: las mujeres han venido a este mundo a dar hijos y para eso no hace falta saber hablar inglés. El silencio que se hace se rompe enseguida. La hermana de Mumma se abre paso junto a sus brillos, y baja de su cabeza una fuente plateada grande como un plato volador que coloca frente a nuestros pies calientes.

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Un plato enorme de arroz, un platito de aceitunas y un par de rábanos recién cosechados son el botín que la familia nos está ofreciendo como desayuno. La madre de Mumma se acerca y raspa un rábano con la cuchara, para luego darle un mordiscón y hacernos señas de que así es cómo debe comerse. Algunos niños van entrando a la sala de a poco: son los hijos de los hermanos de los tíos de los primos. No tiene sentido preguntar el parentesco porque acá los hijos de la familia son los hijos de todos, y las mujeres de uno bien pueden cuidar, alimentar, o responder por los hijos del otro. De las conversaciones que tienen, poco es lo que podemos entender, y es que pronto nos damos cuenta que el árabe al que venimos acostumbrados se va intercalando con otra lengua de la que no hemos escuchado nunca. Mientras compartimos el desayuno con todos ellos, Mumma nos cuenta que para ella es un orgullo poder hablar en bereber. “Nosotros no somos como el resto de Egipto. Nuestro pueblo está aquí desde siempre”, me dice, y me enseña un almohadón que su madre acaba de terminar de bordar, como si la tradición y la historia pudiera resumirse en ese pedazo de tela. Tiene un olivo muy grande que toca las puntas del cuadrado, y mientras lo recorro con los dedos preguntándome cuántos olivos habrán pasado por la historia de esta gente, Mumma nos dice que si queremos, podemos ir a ver la granja de su papá. Antes, indefectiblemente, tendremos que tomar el té.

Hay una mezcla única en el rostro y en los movimientos de Mumma que me hace imposible calcularle la edad. Si tuviese que apostar, diría que es una adolescente, pero la idoneidad con la que carga el bebé de la familia y la seriedad con la que habla me confunden. Su cuñada, una rubia regordeta que acaba de unirse a la reunión, no parece tampoco tener más de quince. Cuando la curiosidad me vence, le pregunto a Mumma si está casada y entonces ella larga una risa que debe pronto traducir a las demás mujeres. Me dice que no, que tiene doce, que todavía le falta. Y luego, en una voz baja completamente innecesaria porque nadie más puede entenderla, me confiesa que seguramente va a casarse en unos años, pero que en realidad ella quiere quedarse chica para siempre. Cuando Mumma me dice estas cosas la tristeza parece pesarme más a mí que a ella. Yo me quedo muda escribiendo con la mente, pero ella ya está con la sonrisa otra vez ideando un nuevo plan. Vamos a ir a su granja, vamos a comer dátiles, vamos a ir con el burro, vamos a pasear entre las palmeras.

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Mumma habla con una destreza que deja sorprendida a su propia familia. De repente todos parecen haberse quedado quietos, mirando cómo la más pequeña conversa a velo suelto con los dos que acaban de llegar. La madre también está sorprendida, pero algo en su sonrisa me dice que también está orgullosa. Sentada en cuclillas frente a un calentador, la mujer mira la tetera oxidada que va tomando temperatura de a poco. Tiene la piel tan arrugada, que los ojos parecen perdérseles entre los párpados, y los pliegos que atraviesan su cara se parecen más a las grietas de las paredes de adobe que al acuse de recibo del paso de los años. Pero hay paz, mucha paz en su semblante. Cuando el humo y el silbido indican que el agua ya está, la mujer toma un vaso pequeño como de whiskey y, sin apagar el fuego ni dejarse conmover por la pava que chilla, lo llena de azúcar hasta la mitad. Recién entonces toma la tetera, la alza unos cuantos centímetros sobre sus hombros, y con una habilidad de años y de genes, deja caer un chorro fino de agua sobre el vaso, que se vierte obediente sin salpicar sobre la alfombra. El azúcar blanco pronto se va tiñendo de marrón, y cuando ya todo en el vaso está líquido, la mujer coloca la pava sobre la alfombra y con la misma destreza anterior vuelca el té acaramelado dentro de la tetera. Así una y otra y otra vez, hasta que finalmente el jarabe parece estar todo diluido y entonces sirve ese té extra dulce en los vasitos mini y nos lo va pasando uno por uno hasta terminar la ronda.

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Después del ritual Mumma y todos los niños de la familia corren hacia la calle, donde un burro los está esperando. Insistimos en caminar pero Mumma y sus hermanas dicen que estamos lejísimos y que si no es en su Ferrari ni vamos a llegar. Y se ríen de nuevo, de su chiste y de nosotros, occidentales, nuevos, preocupándonos por un burro. Bordeando huellas en la arena, emprendemos camino. Mumma sigue mostrando su rostro. Cuando a lo lejos un carro empieza a acercarse, o vemos un hombre trabajar de espaldas en los cultivos, Mumma se apresura a bajar el telón de su risa, y cubre su cara como una niña juiciosa. Como si se tratase de un cinturón de seguridad social o religioso, Mumma espera que ninguna autoridad esté a la vista y vuelve a liberarse la cara, para dejar que el viento le maltrate las mejillas y sentirse libre con los ojos cerrados. Entonces canta, pega un salto para atrapar dátiles en el camino, nos enseña unas manzanitas que crecen silvestres, se trepa a un olivo que está unos metros más allá. La felicidad de Mumma es tan contagiosa, tan independiente de su vida en sí misma, que me parece un milagro. O un oasis. O las dos cosas a la vez.

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El burro marcha firme, y después de un rato de caminos rodeados de palmeras y olivos, finalmente llegamos a la tierra de la familia. Bajo los troncos de los árboles del desierto, un canal de riego hecho a mano desafía la geografía y alimenta los cultivos. El verde es intenso como un grito de victoria. Mumma corta una chaucha y me la enseña. Después busca zapallos en una planta que aún no acaba de florecer, y decepcionada con la naturaleza busca entre las plantaciones de rábanos y zanahorias. Los niños corretean entre las cebollas, saltan los surcos de arena, se trepan a los árboles en busca de aceitunas o de manzanitas o de lo que sea, y Mumma sigue mostrándome con orgullo todos los tesoros que su familia ha logrado exprimirle a esta tierra rebelde.

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Mumma enseñándome cañas de azúcar. Es la única foto que me dejó tomarle, y con el velo, claro. La cámara no deja de ser una autoridad...

Mumma enseñándome cañas de azúcar. Es la única foto que me dejó tomarle, y con el velo, claro. La cámara no deja de ser una autoridad…

Esa noche dormimos pensando en el oasis y en sus mundos de maravilla. Si los lagos que rodean Siwa hacen de este pedacito de Sahara una tregua perfecta, los universos de las mujeres que viven bajo los techos de vigas de palma pueden ser otro oasis en sí, a los que no siempre es fácil llegar.

Osman tiene una piel color de aceituna que pareciera brillar bajo su túnica blanca. Si lo miro fijo mientras habla, puedo adivinar las dunas que se dibujan en lo más hondo de sus ojos, porque Osman trae al desierto en su ADN. Nos ha guiado hasta el borde de la aldea para que pasemos la noche en unas carpas improvisadas, veamos el atardecer esconderse en el horizonte y aprendamos a cocinar haciendo pozos en la arena. Antes de que el sol baje por el cielo, Osman nos lleva con su carro hasta el límite de la duna y nos pide que no nos alejemos, para evitar problemas. Le dijo que no voy a hacerlo, que me da miedo perderme. Entonces Osman pasa por alto el hecho de que vengo con compañía y, lanzándome una mirada intensa y una sonrisa fascinante, me dice: “Soy un hombre del desierto. Si te pierdes, yo te encuentro. Donde sea.” Osman sabe que es seductor, y sabe que en su campamento solitario pocas gringas van a poder resistirse a su linaje de oasis.

Esa tarde vemos el sol esconderse detrás de las montañas de arena, y volvemos al campamento para jugar a leer las estrellas acurrucados junto al fogón.

La mañana siguiente, y ya más en confianza, Osman sacará un celular y detrás de un cristal roto y lleno de arena nos mostrará la foto de una rubia ojicelestes que lo abraza exactamente como si él fuese un oasis. Me dirá que la rumana vino hace unos años a Siwa y que se enamoró. De él, del desierto, de la vida en Shali. Que el amor fue tan fuerte que quiso convertirse ella también en una mujer de adobe, y que se casó con el bereber y prometió olvidarse de la ciorva y de Bucarest para siempre. Osman sonreirá resignado mientras la foto de la rubia parece quebrarse aún más en su celular. No hará falta que lo diga, pero los dos lo sabremos: aunque su amor intercontinental aprendió a hacer pozos en la arena para enterrar ollas de arroz y dejó que el viento le calara las mejillas y se probó túnicas y anduvo descalza, no estuvo jamás ni remotamente cerca de ser una más de las mujeres de Siwa. El desierto, el oasis, la magia, son cosas que se llevan en la sangre. Y nunca, pero nunca se fingen.

   

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Laura Lazzarino

25 ComentariosDejar un comentario

  • Mi enhorabuena por hacer llegar al lector tus vivencias y el cariño con el que lo cuentas. Estoy leyendo acerca de Siwa, y comentas que hay transporte nocturno desde El Cairo, y me gustaría saber si también lo hay a la inversa, de Siwa a El Cairo. Muchas gracias,

    • Hola Silvia,

      Me alegra que te haya gustado. Transporte entre las dos ciudades hay, eso es seguro. Lo que no sabría decirte es si en ambos trayectos es nocturno, porque nosotros lo hicimos a dedo.

      Abrazos y buen viaje!

      Lau

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