Siento que se me está por inmolar el corazón. En los últimos minutos debo haber amagado dos, tres, cinco veces que parecieron cien, y a la larga siempre terminé dando un paso hacia atrás. No importa lo que todos digan, no importa que todos los hagan: cuando algo está mal, está mal. Pero hay que hacerlo, es necesario. Tomo aire como si fuese la última vez, miro al frente como si no hubiese un mañana. Doy un paso firme palpitando el suicidio y me lanzo. La adrenalina de este deporte extremo no buscado me sonroja las mejillas. Siento la estela de los motores peinarme la espalda. No puedo frenar. No debo. Los bocinazos me inundan los oídos. Sé que no son para mí, pero los merezco. Un paso, otro, otro. Una mototaxi me esquiva por detrás y me roza los talones. “No pasa nada”, me repito. El conductor de un minibús me frena a centímetros del brazo, y en una maniobra intuitiva evito que mi mochila le arranque el espejo. Estoy a mitad de camino, pero el temor no pasa. El instinto me dice que cierre los ojos y reemplazo el impulso apretando los dientes. Con las mandíbulas trabadas sigo mirando hacia el frente. Entonces me obligo a actuar rápido para no terminar el viaje debajo de un bus. O de un camión de repollos. O de un carro tirado por caballos. Cuando mi pie izquierdo finalmente se trepa al cordón de la vereda, tengo que contener el impulso de abrazarlo como tierra firme. Acabo de cruzar mi primera avenida en Cairo, una ciudad donde los semáforos, las sendas peatonales y las normas de tránsito no parecen importarles a nadie.

***

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¿Qué es lo que espero de El Cairo? La pregunta me da los buenos días mientras hago esfuerzos paranormales para salir de la cama. Son las 11 de la mañana acá, las 6 de la mañana allá, y mi cuerpo se siente confundido. La verdad es que espero mucho, pero no lo sé calificar. Me niego a las expectativas, y bajo a la vereda intentando ser una hoja en blanco. Acá “cerca” ─dentro de lo que se puede considerar cerca en una ciudad de 20 millones de habitantes─, está Khan el-Khalili, Janaljalili, el reconocido bazar de la ciudad, y nos parece un buen punto para empezar a desenredar la maraña cairota.

Caminamos mirando el mapa de papel que se nos enreda entre las manos cada vez que queremos desplegarlo. De la Plaza Taalat Harb nos movemos con dirección a Ataba, ignorando el aroma seductor de la carne asada esperando ser shawarma. Atravesamos puntos neurálgicos de la ciudad; los letreros en árabe se mezclan con las ofertas en inglés, y no hay un solo local de fast food que no tenga su menú en los dos idiomas. Hay carteles de hoteles, casas de cambio, agencias de viajes. Hay de todo, menos turistas. Desde que la Primavera Árabe irrumpió en las pantallas de TV de todos los hogares del mundo ─todavía recuerdo las banderas egipcias flamear en medio de un pogo político, mientras mi mamá y yo comíamos ensalada de frutas al otro lado del planeta─, Egipto pasó a la lista negra. A nosotros, que cruzamos charco y medio para llegar hasta acá, y que las noticias alarmantes nos llegan mezcladas con otras noticias que nos importan afectan más, las listas que las embajadas publican en sus sitios web de países no recomendados para hacer turismo nos importan poco. Quizá sea por eso que reconozcamos a otros mochileros argentinos haciendo fila para comprar un felafel, y que no nos llame la atención ver a colegas colombianos regatear el precio de unos papiros. Alemanes, holandeses, ingleses y toda la horda blanquecina de viajeros pareciera ser una especie en extinción. En esa disminución infrecuente de mochilas primermundistas, los latinos nos guiñamos el ojo desde lejos.

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Ataba es al subte de Egipto, lo que Diagonal Norte a Buenos Aires. Más aún, para cruzar la ancha avenida bajo la cual pasa el subte, hay que entrar y salir de la estación: no se puede pasar por arriba. Prendida al brazo de Juan por temor a perderlo en el tumulto, bajo corriendo las escaleras confiando en encontrar rápido la salida a la superficie. Un detector de metales me frena en seco, y me deja estupefacta. No lo sabía hasta entonces, pero pronto entendería que para entrar o salir del subte, de un museo, de un shopping, o de cualquier hotel que se precie con una mochila, es necesario pasar por un control muy similar al de los aeropuertos. La amenazas de bomba son más urgentes que adelantados los mecanismos de prevención.

La salida desemboca en medio de un mercado de libros caótico, que mezcla coranes con novelas de amores kitch y los últimos éxitos de Sidney Sheldon. No estamos apurados, pero hay algo en la marea de esta ciudad que hace que Juan y yo caminemos rápido, sin detenernos demasiado en nada, con una urgencia no declarada de querer llegar a destino, aunque el destino sea en sí mismo todo eso que nos rodea. De los libros pasamos a las medias, de las medias a los asquimocos flúo y de ahí a un popurrí de juguetes chinos, pañuelitos de papel, jeans y zapatillas de segunda marca. La banda sonora de las bocinas ─que sospecho está en una búsqueda espiritual de sentido de existencia─ se mezcla con las ofertas de los vendedores. Muy pocos, sin embargo, recurren a su propia voz para cantar las gangas del día. Con el mismo mecanismo con que las mezquitas convocan a sus fieles a la oración, los comerciantes al detal repiten una y otra vez, sin respirar, precios y productos. Los mini megáfonos apoyados sobre las mesas chocan entre sí sus mensajes grabados como tribunas de equipos rivales, y en medio de esas ondas invisibles pero sonoras, caminamos nosotros dos a paso ligero hasta encontrar la calle. Me aturde más el monzón de estímulos que el bullicio inmortal.

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Sharia Al-Musik es el mercado de verdad que se despliega sobre la calle Al-Azhar, que conduce hasta Khan el-Khalili. Digo real no porque el bazar histórico sea menos cierto, sino porque es acá donde se venden todas esas cosas universales de la vida diaria que no son lindas ni para el turismo ni para aparecer en las fotos. En este preámbulo del hermoso bazar, se venden jugos de frutas y medias de nylon entre adaptadores, triciclos, martillos y esponjas vegetales. No hay un solo orden, ni un rubro delimitado. Un par de tijeras escolares bien pueden estar exhibidas junto a una plancha portátil, un desinfectante o un ajuar para bebés. El caos envolvente está teñido de un buen humor que repele cualquier síntoma de hastío. Los cairotas conversan, venden, se ríen mientras el mundo de alrededor parece venírseles encima, y los autos siguen tocando bocinas y corriendo carreras inútiles sobre sus cabezas: Sharia Al-Musik (qué curiosidad que el nombre invoque inevitablemente a la música), está cubierta por las ramas de una autopista. Autos arriba, autos abajo, autos por el costado. En la cúpula de un edificio europeo y desubicado se lee la palabra “Tiring” (cansador) con venecitas, y me pregunto si será pura casualidad o si el arquitecto de la época habrá sido un visionario.

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Me planto en una esquina y empiezo a filmar todo y nada en particular a la vez. Estoy admirada. Juan pregunta en su árabe básico si estamos yendo bien y entonces tres chicos nos responden vaya uno a saber qué con el mejor de los entusiasmos, y acercan dos sillas y nos hacen señas hasta que entendemos que nos tenemos que sentar. Dicen “Aryaentin” “Messi” “Maradona” y sobre una caja de cartón vacía, en un hueco entre dos mesas llenas de calzado, ponen una fuente de metal sobre la que empiezan a vaciar bolsas llenas de ful, un guiso a base de habas que es el plato estrella en Egipto. De otra bolsa sacan berenjenas asadas con tomates, pan árabe, papa fritas, y siguen hablándonos cosas que nos entendemos, mientras Juan se emociona con el reencuentro con su aclamada hospitalidad árabe y el dueño del puesto saca carpiendo a una mujer que se acercó a comprar. Ahí, en la vereda más anárquica que Cairo me mostró hasta ahora, tres desconocidos están compartiendo su almuerzo con nosotros, y a juzgar por la conmoción y el orgullo que tienen, lo están haciendo sin pedir nada a cambio. La comida es exquisita lo mismo que el té que nos invitan después, pero más que los sabores nuevos lo que me envuelve el alma es esta espontaneidad compartida y entendida y festejada.

El entusiasmo me enceguece por un instante, y hago el amague de compartir la foto con el grupo de Whatsap titulado “Novedades de Laura y Juan”, donde parte de mi familia y amigos reciben primicias y se tranquilizan cada vez que es posible. Pero algo me frena. Es ese yo que puede ver a través de sus ojos, porque sus ojos fueron también los míos alguna vez. No es un test psicológico ni una prueba de perspectivas, pero en estas fotos, en este video, también hay dos cosas que ver. Uno puede centrarse en esa misma belleza exótica que vi yo (digo exótica por caratularla de una manera elegante, por ponerle adjetivos a este desorden irrefrenable pero vivo y por ende hermoso a su manera) o puede ver todo lo demás que también forma parte de este escenario: la basura apilada, la tierra hecha barro mezclada con las naranjas y los jugos y los pies, la misma tierra abrazada bajo las uñas de quienes preparan el alimento, la falta de orden, de estructura, de aire. En estas calles de Cairo una cosa no anula a la otra, pero la preponderancia de una o de otra va a depender siempre del ojo que mire. Y eso, no cambia de viaje en viaje. En definitiva, vaya donde vaya uno siempre va a encontrar aquello que quiere encontrar. Yo vine a Cairo a encontrarle la belleza. Y me la está mostrando.

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Khan el-Khalili es exactamente eso que uno se imagina cuando piensa en los bazares de Medio Oriente. Seguramente el paso del tiempo ha modificado su estructura y las mercaderías que se exponen en sus vidrieras y estantes, pero dudo que los siglos le hayan cambiado la esencia. Entre minaretes elegantes y pórticos ornamentados a conciencia, los vendedores de oro, lámparas labradas a mano y antigüedades de dudosa veracidad invitan a pasar a los clientes en todos los idiomas posibles. La barba de Juan les sugiere que somos españoles ─han de ver algún Quijote descifrable en sus facciones─ y desde todos los rincones nos asaltan los “amigos” “bien barato”. No tenemos intención de comprar nada, pero no hay manera de que interpreten nuestra curiosidad solamente cómo lo que es, y después de un rato de asedio y promesas confusas “aquí sólo te engaño poquito, amigo”, decidimos alejarnos en dirección a la Mezquita de Al-Azhar, el centro de estudio islámico más importante de Egipto. Estamos mapa en mano. Queremos husmear la parte de las especias, pero es muy difícil entender las coordenadas de este lugar. Entonces aparece Sabir.

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Uno podría decir que hay ciertas cosas que son popularmente sabidas, pero lo que en la teoría es más que predecible, en la práctica no lo es tanto. Sabir sale detrás de un negocio de libros, y nos pregunta amablemente ─como todos los egipcios─ a dónde queremos ir. Le explicamos brevemente, y él también nos responde brevemente, diciendo que es maestro, que mostrarnos en el mapa es difícil, que nos va a acompañar y que después se va a ir. Con su pullover a rombos y su panza voluptuosa, Sabir camina siempre unos metros delante de nosotros, y cuando algo lindo o importante se cruza en nuestro camino, señala con su índice estirado sin detener su andar. A mí me molesta un poco la prisa con que camina, porque todo para mí es nuevo y porque yo no tengo ningún apuro, así que mientras Juan lo alcanza a pasos agigantados, yo me quedo siempre atrás tomando fotos y haciendo foco en los detalles. Sabir nos muestra un galpón donde están imprimiendo ejemplares del Corán, un taller donde un chico está pegando pedacitos diminutos de nácar con la yema áspera de sus dedos en cajitas de madera, una caravanserai (antigua posta de caravanas) donde esta noche los derviches giradores van a bailar en su hermosa conexión con Dios. Al bazar de las especias tardamos mucho en llegar, y los pasillos son tan intrincados, que es imposible adivinar si Sabir nos está paseando intencionalmente como yo sospecho, si estamos yendo a los puestos que huelen a azafrán o si nos está llevando a su casa. Es muy tarde para averiguarlo, porque el hombre no se detiene, salvo para hacernos entrar a una mezquita (que de hecho es hermosa). Cuando por fin llegamos a las calles donde todos los aromas de oriente se funden en un solo perfume bajo toldos color miel y callejuelas empastadas, Sabir nos presenta al primo del primo de su primo, un Ahmed más de todos los que hay en la ciudad, y me hace sentar para la degustación olfativa.

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El primo trae una cajoncito lleno de frascos de mermeladas vacíos, rellenos con el más variado muestrario de especias. De la mitad para un lado, me indica, son especias comestibles. El resto son aromáticas. El hombre va sacando los frascos uno por uno para que los huela y los identifique: hay canela, cardamomo, azafrán, pimentón, curry, incienso. Mientras todo esto pasa, Sabir espera sentado en una esquina con un té dulce en la mano. Yo no termino de conectar al cien por ciento con toda esa galaxia que florece bajo mi nariz, porque una vocecita despierta me susurra que algo no está bien, que el supuesto maestro que se mostró como un amigo y que nos guió por la ciudad sin que nadie se lo pidiera, está esperando algo a cambio. Y yo no quiero darle nada porque su compañía fue una imposición, pero por otra parte la culpa de saber que no hubiésemos entrado a la imprenta, ni al taller de cajitas de nácar ni a esta primera fila en el bazar si no fuese por él, me puede. Compramos una bolsita con flor de Jamaica para hacer té, y seguimos viaje de regreso hasta el espectáculo sufí. Le decimos gracias a Sabir, pero él insiste en que su casa queda de camino. Cuando llega el momento de despedirse, hacemos eso. A Juan también lo puede la culpa, y entonces saca un billete y lo coloca en su mano como recompensa pero el hombre monta un espectáculo cuyo final, tome el rumbo que tome, va a terminar por hacerme sentir mal. Sabir examina el billete con desprecio. Le parece poco. Quiere ni más ni menos que 60 euros por su servicio de guía. Y lo dice con una soltura y una indignación tal, que parece que realmente se creyera que merece ese dinero. Dice que nos esperó en la mezquita, que nos llevó directo al bazar y que nos esperó a que hiciéramos fotos. Juan le responde que es lo que podemos darle por un servicio que no solicitamos, y a mí la bronca me opaca los recuerdos recientes que me acaban de maravillar. Me siento la más estúpida de todas las turistas. ¿Acaso no debería haberme dado cuenta de que tanta generosidad no podía ser gratis? ¿No lo había leído en todos los relatos de viajeros? ¿Pero cómo imaginarlo si esa misma mañana el almuerzo había sido proveído por gente igual, con la misma sonrisa? Tengo tanta indignación, que debo contener el impulso de arrebatarle el billete fácil que acaba de ganarse. Me quedo tan mal con el escándalo, que decido posponer a los sufís para otro día y volver al hostal. No sé si tengo más bronca con Sabir o conmigo misma. Después iba a entender que la palabra baksheesh (propina) está por delante de cualquier buen gesto que nazca de la mayoría de los cairotas, especialmente si de zonas turísticas se trata. Esa noche me perdono convenciéndome que no importa qué tanto uno haya viajado, ni qué tanta calle tenga. Nadie está a salvo de ser engañado, mucho menos con artilugios que llevan milenios engatusando a occidente.

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Esta vez estoy más lista. Sé que voy a hacerlo. Pongo un pie en la calle y empiezo a avanzar. Sé que no se trata de asesinos al volante, pero no me puedo confiar del todo. Cuando un Corolla me encara intolerante con su trompa, extiendo la mano en señal de alto y miro al conductor a los ojos, con una expresión amenazante que lo hace frenar sin chistar. No camino recto. Voy zigzagueando entre mototaxis y autobuses, adivinando el ritmo de sus marchas y buscando los huecos mejores para no dejar de avanzar. A veces camino en contramano. Todavía sigo pensando que esto es un deporte de riesgo innecesario y me pregunto si habrá estadísticas oficiales de cantidad de peatones muertos al año por el simple gusto de no querer impartir educación vial. Tomo conciencia de cuánto extraño a los semáforos. Sigo avanzando. A veces el corazón se sobresalta cuando veo la trompa de un camión pasar muy cerca, pero no sé si será que me contagié de un poco de Allah, o que ya estoy empezando a habituarme a estas calles egipcias, que tengo fe de que nadie me va a atropellar, de que este es el orden de las cosas. El cordón de la vereda de enfrente cada vez que me queda más cerca.

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Dos semanas antes de que tomásemos el avión, mi mamá adivinó una fisura en mis convicciones y lanzó una granada rotunda, sin dudar. “No estás preparada para ir a África”, me dijo seria, esperando qué se yo qué de mi parte. De sus palabras misil me acuerdo esta tarde, mientras caminamos por alguna calle cerca de Taalat Harb, y las chicas se dan vuelta a ver mi cabellera desnuda. Escucho a una decir algo como Princess Diana, y esconderse luego entre risas tras el velo flameante de su amiga. Mi pelo llama más la atención por corto que por descubierto. Algunas chicas lo miran a Juan sin reparo. Yo recolecto “beautiful” “spectacular” y  una chorrera de piropos en árabe que afortunadamente no puedo entender, pero que asumo indecentes por el tono susurrado con que se lanzan las palabras. Del caos de Sharia Al-Musik pasamos a una sofisticación más o menos acomodada donde las vidrieras llenas de primeras marcas exhiben jeans y lencería erótica a un público de jovencitas recubiertas y tímidas. Por momentos me siento de lo más cómoda en la ciudad, y por momentos me pueden las ganas de salir corriendo. Me superan los miedos latentes como fantasmas caminando conmigo todo el tiempo. Temo hacer algo que esté mal, ofender sin querer, que mis buzos no sean los suficientemente largos, que mis modales no alcancen a demostrar mi decencia. Apenas he logrado memorizar unas palabras en árabe, y aunque llevo siempre la mejor sonrisa como idioma universal, todavía no logro la fluidez que mis movimientos necesitan. Entonces me pregunto: ¿qué hubiese sido estar preparada? ¿Tomar un curso de árabe, haber leído el Corán? ¿Hubiese alcanzado con leer más libros o mirar más películas o charlar con más viajeros para armar una coraza sólida de la que agarrarme cuando me asaltaran estas dudas? Seguramente todo eso hubiese sido de ayuda ─no caeré en la necedad─ pero estando acá, sorteando este caos y buscando mi lugar en medio de un Cairo que no para de mutar nunca, puedo decir con certeza que no hay formación suficiente que te prepare para enfrentarte a esta ciudad y en vez de dejarte abofetear o de meterle una trompada de primera, mirarla a los ojos y abrazarla con franqueza, porque eso es lo que se merece al fin y al cabo. Hay que venir acá, hacer la prueba, ponerle empeño y estrechar los brazos.

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Cerca de nuestro hostel hay una cadena de comidas rápidas en donde ya nos saludan cada vez que nos ven entrar. Pedimos siempre variaciones de lo mismo: una sopa de lentejas para compartir, y dos o tres sándwiches que pueden ser de ful, de felafel, de omellete o de queso con tomate. Nunca gastamos más de U$D 3 entre los dos. La comida egipcia está sobre cargada de aceite y de aromas, y aunque hay días en que extraño mis sopas de verduras, mis tartas y mis recetas para hornear, otras veces disfruto sin culpa de la sinfonía de sabores que puede representar un plato de arroz ofrecido al pasar. La otra noche, sin ir más lejos, caminábamos por alguna calle cerca de Bab Zuweila, y un señor salió a nuestro paso y nos hizo gestos de que nos acercáramos a la mesa ─si es que acaso se puede llamar así a una suerte de casilla de gas donde habían apoyado una bandeja multicolor de la que comían cinco o seis hombres─. No hubo ni tanto preámbulo ni tanta exclusividad como la primera experiencia en Sharia Al-Musik, pero mientras extendíamos las manos en la bandeja comunitaria y llevábamos a nuestra boca el menjunje indescifrable del que sólo pude identificar berenjenas y semillas de sésamo, me pregunté cuántos siglos de historias e invasiones tuvieron que pasar para que esta gente no conciba su alimento sino es recargado de especias y condimentos. (¿Acaso esta comida no sea un fiel reflejo de lo que es el pueblo egipcio en sí?).

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A veces pienso que lo bueno de ser principiante, de no estar preparado, es que la inocencia reina cualquier acto, y hasta el mínimo detalle puede ser motivo para explotar de sorpresa. El día que pasamos internados en el Museo Egipcio y vi la estatuas descomunales sentadas al fondo de la sala, sentí que los ojos me quedaban chicos para expresar tanta emoción, y no supe que hacer con mi cuerpo. La tarde en que nos sentamos a fumar sheesha con Yassim, y fui víctima del primer intento de conversión al Islam ─algo que con el paso del tiempo también iba a aprender que es mucho más común de lo que parece─ no lo viví con fastidio sino que lo tomé como un debate místico entre dos personas que sabían bien en lo que creían, y algo aprendí (aunque no pude contener la risa cuando me dijo que Jesús era un violento y había mandado a sus apóstoles a “boxear” a todos los que no creyeran el él. Utilizó exactamente esa palabra). Sí, ser novato tiene sus consecuencias y uno tiene que subirse al ritmo de la calle para no ser aplastado por su malón, pero también tiene sus momentos mágicos como pasar minutos enteros observando la agilidad con que algunos sacan los panes redondos e inflados del horno, y los apilan en mesas como su fuesen torres de papel; o caminar sin rumbo fijo, guiada apenas por el olor intenso a cardamomo que se desparrama cerca de Bab Zuweila, y terminar perdiendo la tarde intentando descifrar el juego de naipes que entretiene a un par de hombres en la calle.

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“Lo que me gusta de este caos, es que se siente vivo”, me dice Yasmine mientras mete su delgado cuerpo entre la trompa de un Mazda y la culata de un minibús. Tiene una sonrisa tan genuina que me contagia, y le sigo el paso y la conversación mientras nos metemos entre autos que a la vez intentan meterse en doble fila. Ya no escucho las bocinas. Caminando a contramano le cuento sobre mi primera sensación cruzando las calles de Cairo y ella se ríe. “Es verdad, es suicida. ¿Pero cómo puedes sentirte viva sino es haciendo saltar tu corazón?”. Asiento entre risas mientras nos escabullimos en la última fila de camiones y empezamos a hablar sobre la arquitectura de los edificios que se levantan sobre nuestras cabezas. Ya ni sé de qué estábamos hablando cuando volvemos a pisar la vereda.

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Laura Lazzarino

30 ComentariosDejar un comentario

  • Woow!! Realmente lograste transmitir lo que sentiste allá. Sin dudas, una cultura muy diferente a la nuestra, como occidentales, como sudamericanos.

    Muy bueno el blog! Hace un mes más o menos lo encontré. Me sirvió para terminar de decidirme a hacer mi primer viaje! Así que, ¡gracias!

    Conocí muchas personas increíbles, una de ellas me dijo, “después del primer viaje te das cuenta que nada te impide viajar…”

  • excelente relato! Viajé con vos, me transportaste en cada palabra.
    describiste perfectamente situaciones que viví en Marruecos, eso de que te quieran cobrar por algo una visita guiada impuesta.
    Gracias por compartirlo!

  • Tuve las mismas sensaciones en El Cairo. El caos se convierte en algo usual luego de unos días. Es muy intereante. Amo su comida. La panzada de fotos es casi un ritual. Lo recorrí de punta a punta.

  • !Carajo Lau! Cuando uno piensa que no es posible que tus palabras me emocionen mas, me envuelvan mas y me hagan transportar aun mas junto a ustedes, casi caminando a su lado, sales con este texto tan vivo, intimo y tan inmenso a la vez.

    Como lector que ha podido darle un ojo espia a ese detras de camaras de los prearativos de su odisea africana me conmueve muchisimo empezar a deslumbrarme con sus primeros escritos y videos.

    !Los quiero mucho chicos!

  • Excelente relato. Acabo de volver de Tailandia, y yo qué pensé que eso era caos, pero por lo visto, El Cairo está más “heavy”, jaja.

    Me encanta tu capacidad descriptiva. Gracias Por compartir tus experiencias. ¡Saludos!

  • Cada día que pasa los admiro más. ..este relato me transportó. ..hasta creí por un momento sentir el aroma de esas especias…los ruidos y el caos de esa ciudad.
    Lo del guia”impuesto “nos pasó hace años acá cerca…en Salvador de Bahía. .pero no se salió con la suya…lo saqué carpiendo…mostrándole cuanto molestó su actitud…y lo que Fer le iba a dar..compré un sandwich delante de el y se lo di a un pibe mendigo.
    Seguiré atenta a novedades de Uds. Les mando abrazos fuertes a ambos.
    Gracias por hacerme viajar. .

  • Buenísimo relato Lau….se sintió El Cairo en tus palabras!!!! Es muy emocianante todo lo que contás y verlos ahí!!! Esperamos mas novedades!!! Un beso grande para los dos!!! 🙂

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