Hay viajes que marcan la vida de un viajero, y ese viaje para mí fue el que hice a Centroamérica en 2009. Hoy, seis años después, vuelvo a esa parte finita del planisferio para reconfirmar que eso que en su momento me hizo vibrar tanto, sigue estando ahí. Titulé esta serie como “frecuencias centroamericanas” porque viajar por esas latitudes me hace entrar en otra sintonía.

Sabíamos que eran, como mínimo, cuatro buses pero no quisimos calcular el tiempo. Al principio, cuando decidimos que la Ruta de las Flores iba a ser el siguiente punto después de Suchitoto, se nos ocurrió que llegar hasta el primer pueblo no iba a ser tan difícil ─si para verlo ni siquiera hacía falta desdoblar el mapa─. Pero en ese descuido inocente volvimos a caer en el error más común de todos: subestimar las distancias (o sobreestimar el transporte público). No importa que desde Suchitoto hasta Nahuizalco el mapa marque una ruta más o menos directa, entendemos que lo nuestro es toda una ocurrencia cuando la tercer o cuarta persona que escucha nuestra idea también achina los ojos y revolea el brazo hacia atrás indicando que tenemos un mundo de viaje por delante.

─Mira, Lau. Todo lo que le entendí al señor es que tenemos que llegar hasta el Congo y desde allí empezar a bajar ─, me dice Stefa entre risas, mientras escudriña el mapa.

En efecto, si queremos evitar volver hasta San Salvador hay que dar unas señoras vueltas por las rutas salvadoreñas. Las dos coincidimos en que esa aventura es mucho mejor que el trajín selvático que implica volver hasta la capital. Que un Congo centroamericano se atraviese en mi camino justo un mes antes de partir hacia África me parece un buen presagio, y con una bolsa de papaya en una mano, y el infaltable mapa carretero en la otra, emprendemos el viaje hacia Nahuizalco.

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“Cofal fuerte mentolado, dos coras, dolores artríticos, musculares, ese resfriado, ese dolor de espalda, dos coras”. “Bombones de yogur, cuatro por cora, bombones”. “A cora el pepino con sal, papaya, mango, a cora”. De Suchitoto viajamos hasta Aguilares,  disfrutamos del primer devenir de vendedores creativos, con sus versos en rima, sus prospectos ambulantes y sus promesas de curaciones mágicas multiuso. Con cada oferta me sorprende más la naturalización del término “cora”, que no es más que la españolización de “quarter”, la palabra en inglés usada para referirse a 25 centavos. Al igual que en Ecuador, donde el dólar estadounidense también es la moneda oficial, El Salvador maneja su macro economía con billetes verdes, pero el común de la gente tiene los bolsillos llenos de monedas. Pagar con un billete de 50 ─o a veces, incluso, hasta de 20─ puede representar un problema, porque nadie tiene vuelto para dar. Lo curioso de El Salvador, sin embargo, es que el cuarto de dólar ─la cora─ tomó una identidad propia que va más allá del valor monetario que representa. Cuatro bombones valen una cora, y la bolsa de fruta ─sin importar la cantidad que entre dentro de esa bolsa o el peso o el tamaño─ también. Las cosas más fundamentales de la vida cotidiana se miden en coras. La transformación o, mejor dicho, el empoderamiento que la moneda de un cuarto adquirió en El Salvador es tan trascendental que por momentos pareciera que es una denominación completamente independiente del dólar billete. La moneda que rige Franklin es válida y conocida en cualquier lugar del mundo; pero se vuelve cora vital, cora diaria, ni bien uno pone un pie en El Salvador.

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De Aguilares seguimos hasta Apopa, y en una estación de servicio nos sentamos a esperar el próximo bus que finalmente nos lleva hasta Congo. En un cruce fresco una señora nos vende jugos de manzana, y mientras yo juego a imaginarme en qué se parecerá este Congo con el país que copa el corazón de África, pasa el próximo bus y nos vamos hasta Sonsonate, bordeando lagunas custodiadas por volcanes, y adentrándonos en el verde tupido de las rutas del El Salvador. Cerca de las cinco de la tarde, llegamos finalmente a Nahuizalco.

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Hay un fluir tan constante en este viajar por El Salvador, que si antes de venir mis recuerdos centroamericanos estaban envueltos en un halo de magia (que yo atribuía en gran parte al paso del tiempo), ahora toda esa hermosura volvía a cobrar sentido. Hasta hace unos meses me gustaba decir que había habido algo de inconciencia en mi viaje por Centroamérica, que si yo había salido fresca con la mochila sin pensar en nada más era porque no tenía mucha noción del peligro que implicaba semejante andanza para una chica viajando sola. Ahora que no soy tan chica y que tengo un poco más de noción de las cosas, sigo sin encontrar motivos para quedarme en mi casa. Nahuizalco, la primera parada de la Ruta de las Flores, iba a ser una confirmación más de lo maravillosa que es esta parte del mundo.

Para recorrer la Ruta de las Flores se puede empezar por cualquiera de los dos extremos. Nosotras elegimos el sur, para que nuestro avanzar por el mapa fuese también un ir escalando por la ruta, una sensación de trepar, así fuese en el papel. El pueblo de Nahuizalco, al comienzo del recorrido, es tan pero tan pequeño que en algunos mapas apenas aparece. El bus se frenó en una esquina, el chofer nos hizo seña de que ya habíamos llegado, y emprendimos las escaleras cuesta abajo mientras varias señoras presionaban en sentido contrario con sus caderas redondas y sus palanganas llenas de hierbas. Ni tuvimos que preguntar a dónde ir, porque desde el medio de la calle ya vimos las cúpulas de la iglesia blanca e infaltable que seguramente debía estar frente a una plaza. Dos cuadras nos separaban del punto central, y ya en el camino notamos que Nahuizalco era un pueblo distinto. Las guías lo ensalzan diciendo que es uno de los centros indígenas más importantes de la región, pero acostumbrada como estoy a los efectos del turismo (a los nocivos y a los grandilocuentes), supuse que quizá encontraríamos más marketing que tradición. En darme cuenta de que estaba equivocada tardé lo mismo que en bajar del colectivo.

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Llegamos a la plaza central, enorme, impoluta, justo cuando las nubes del chaparrón obligado de cada tarde empezaban a cubrirlo todo. Hacia la izquierda, frente a la catedral, varios puestos de comidas típicas eran atendidos por mujeres de todas las edades. Los mostradores modernos no desentonaban con el mercado campesino, situado justo sobre la calle lateral. Allí, un centenar de señoras ofrecían sus productos, la verdura fresca y lavada, las plantas medicinales todas acomodaditas en cada fuentón.

No sé por qué tuve un presagio repentino, y no pude contenerlo. “Stefa, me temo que acá no vamos a encontrar alojamiento”. Y viendo que, efectivamente, no había ni un cartel a la vista que indicara lo contrario, empezamos a preguntar a las mujeres del mercado. Una imitó a las mujeres de Suchitoto, y achinó los ojos meneando la cabeza. Otra nos mandó no sé cuántos kilómetros más al sur, porque en el pueblo no había nada. Recién la tercera tuvo un momento de iluminación y nos aconsejó pedir ayuda (que interpretamos como asilo) en la Casa de la Cultura. Hacia allá nos fuimos.

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Justo cerrando la puerta de un museo sencillo, pero muy bien presentado, lo encontramos a Marvin, veinti tantos, estudiante de turismo y encargado de la oficina. Nos dijo al instante que seguro que sí, pero nos pidió que lo acompañáramos hasta la Municipalidad a pedir permiso para tirar unas colchonetas en la parte de atrás del museo. Creo que ni me detuve a preguntarle a Stefa si estaba de acuerdo de la alegría que tenía (las cosas fluían, estaba viajando de nuevo, íbamos a ¡dormir en un museo!), pero me bastó mirarla de reojo para entender que estaba tanto o más feliz que yo.

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Ya en la municipalidad Marvin llamó a quien tenía que llamar, después nos llevó hasta el museo, dejamos las mochilas y nos invitó a comer algo en el mercado moderno. Nos dijo que había una señora que hacía unas pupusas de yuca que eran de otro planeta, pero Stefa y su sangre colombiana pedían pollo con frijoles, y me plegué a ese menú. Marvin nos contó que el municipio estaba haciendo mucho por el turismo, pero que todavía les hacía falta un hostel. Que ese mercado donde estábamos comiendo era nuevo, de comidas elaboradas, pero que no podíamos irnos sin conocer el mercado nocturno. Y es que el mercado campesino, ese donde antes habíamos preguntado direcciones, es una cosa tradicional del pueblo. Sucede que la gran mayoría de los habitantes de Nahuizalco trabajan fuera, y regresan tarde. No sé si Marvin estará en lo cierto y esa sea la razón principal, pero el punto es que en Nahuizalco el mercado abre de noche. Las mismas actividades que en cualquier otro lugar se desarrollarían desde la madrugada hasta el mediodía, en este pueblo inician con el caer del sol. A las siete de la tarde se ve a las señoras comprando sus ingredientes, negociando bolsas de mercadería, sirviendo comida, exhibiendo sus artesanías. Cuando esta tradición empezó, naturalmente, no había luz eléctrica. Todo el comercio se hacía a la luz de las velas. Hoy, que muchas doñas miden coras mientras usan el whastap, la luz de los focos sigue estando prohibida, y las papas y el loroco se eligen al resplandor de las velas.

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Hacía poco que habíamos llegado, y ya estábamos encantadas con el pueblo. Marvin nos había tomado como su tesis personal, y mientras Stefa le hincaba el diente a lo que quedaba de pata de pollo, nuestro guía de prestado insistía con las pupusas de yuca. Hacia allá me fui. En el último puesto de la hilera, una señora bien plantada regenteaba el local mini donde otras dos chicas daban vueltas las tortillas a velocidad de plato volador. Le fui sincera:

─Vengo porque me dijeron que usted tiene unas pupusas de yuca que son cosa de no creer. Así que quiero probar una.

La mujer, lejos de intimidarse, dobló la apuesta:

─Después de esta, m’hijita, no va a querer probar otras.

Le conté que en Argentina no había pupusas, que veníamos de Suchitoto y que las pupusas de Nenita nos habían encantado. Fue como declararle la guerra. Albi, como me dijo que se llamaba, no sólo le hizo un vudú mental instantáneo a Nenita sino que me aseguró a que si sus pupusas no me parecían mejores, iba a ir personalmente a Suchitoto a resolver el asunto. Claro que todo esto lo decía a los gritos para hacer matar de risa a sus puesteros vecinos y para dejarle en claro a sus empleadas que le habían herido su orgullo salvadoreño. Después, cuando hubo puesto los puntos sobre las íes, me preguntó qué cómo era eso de que en Argentina no había pupusas, y si ya teníamos dónde dormir. A los ojos de Albi, las dos cuestiones eran igual de urgentes como de importantes. Del poco valor que le damos a la harina de maíz me lamenté enseguida; sobre el alojamiento, le conté la solución que habíamos encontrado pero a ella le importó poco. Me dio la pupusa que había pagado, me volvió a recordar que su receta era única, y resolvió que Stefa y yo nos iríamos a dormir a su casa esa misma noche.

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La pupusa de yuca era, en efecto, única pero me hacía acordar mucho al chipá, y ese recuerdo paraguayo me encantaba pero a la vez le quitaba el sabor de lo auténtico que otras tortillas me habían hecho sentir. Mientras esperábamos que Albi cerrara el negocio nos sentamos a ver un espectáculo de marimba que se había armado en plena plaza. Marvin seguía con nosotros, contento de que las cosas funcionaran, de que fuésemos a dormir en una casa de familia y de que estuviésemos fascinadas como estábamos con su pequeño pueblo. Después de la marimba vino un señor que cantaba rancheras, después pusieron música y un nenito de unos cinco o seis años me sacó a bailar ignorando por completo la risa de sus amiguitos, después alguien agarró el micrófono para hacer unos anuncios. La feria de platos rebalsaba de familias. Pregunté si tanta fiesta se debía a alguna ocasión especial, y me respondieron que era fin de semana. No lo sabía entonces, pero no volvería a ver en El Salvador vida nocturna como la Nahuizalco. Cuando Albi empezó a juntar las mesas y Stefa y yo pensamos que lo habíamos visto todo, Marvin nos dijo con mucho orgullo que aún faltaba lo mejor. Entonces, alguien tomó el micrófono. “A continuación, el Municipio de Nahuizalco presentará un espectáculo internacional. Les pido con mucho cariño que aplaudan para recibir al mejor imitador de Michael Jackson de todo el país. Es el campeón, y es de Nahuizalco”. Y la gente aplaudió. Con un traje de lentejuelas plateadas, un rulo kosher que le colgaba hasta los hombros y la cara empolvada con mucho sacrificio, un joven totalmente compenetrado se tomó los testículos con la mano izquierda, y arrastrando las suelas hábilmente hacia atrás, se adueñó de la pista. La gente lo ovacionaba. Marvin se enorgullecía. El chico repetía al pie el repertorio obligado de cualquier imitador del Rey del Pop: caminata lunar, revoleo de brazos y jueguitos con el sombrero. Yo me mordía la boca pensando en los poderes inimaginables de la globalización. El chaparrón le aguó el show enseguida, y con Albi agitando su mano bajo un paraguas nos despedimos de Marvin y corrimos hacia la casa de esta mujer, que pronto nos adoptó como si fuésemos familia, y nos conociéramos de toda la vida. Esa noche dormimos en una habitación fresca con sábanas limpias.

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Si a uno no le avisan que está cruzando Salcoatitán, lo más probable es que se pase de largo. La ruta que atraviesa el bus es la calle principal de este pueblo aún más chico, y más allá de unos cuantos murales de mosaico, y una feria donde la comida típica se mezcla con baratijas chinas y algunas casas de tacos mexicanos, no encontramos gran cosa para ver. Nos habíamos puesto como meta frenar en todos los pueblos, así que caminamos la ruta de punta a punta, tomamos unas cuantas fotos y media hora más tarde estamos de nuevo esperando el bus.

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El punto de llegada de hoy es Juayúa, uno de los municipios más promocionado en la Ruta de las Flores. Viajamos sin apuro, y eso me da una liviandad que había olvidado en los últimos viajes. Con tiempo y sin planes, Stefa y yo disfrutamos del ritual diario de elegir qué desayunar, de esperar el bus sin prisa, de bajarnos donde nos parece y de elegir qué hacer y cuándo hacerlo según se nos antoje.

Juayúa es un pueblo colonial bastante más desarrollado de los dos que ya habíamos visto. Es domingo y hay una feria de platos más pretenciosa y más cara que la de Nahuizalco, y los puestos de baratijas que se apiñan bajo las lonas negras convierten las calles en pasillos infernales que calcinan el aire a la hora de la siesta. No nos gusta a primera vista, y entonces nos damos cuenta de que después de la experiencia en Nahuizalco, tenemos las expectativas muy altas. Por eso decidimos esperar hasta el lunes para juzgar mejor la plaza, visitar la iglesia, caminar sin apuro.

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ruta_de_las_flores_laura_lazzarino15Es casi el mediodía y el sol castiga sin tregua. A pocas cuadras de la plaza encontramos una hostería, y el señor de la oficina de turismo nos recomienda ir a Los Chorros de La Calera a pasar la tarde. Necesitamos agua, así que no tardamos en subirnos al moto taxi. Unos minutos más tarde empezamos a bajar por unos peldaños improvisados en la montaña, esquivando gente cargada como para picnic. Las cascadas van apareciendo a medida que avanzamos. Algunas brotan de paredes de concreto hechas sobre el barranco. Alguien dice que el origen de esa agua es todo un misterio, pero a mí me parece una exageración. El camino va dando vueltas como en caracol, bordeando un acantilado en la montaña. Abajo también hay piletones naturales, pero parece que la gente prefiere quedarse en el camino. Después de unos cuantos minutos llegamos hasta una piscina de piedras donde sólo hay una familia bañándose, y decidimos que ese es nuestro lugar. Nos da un cierto resquemor seguir bajando, y mucha más pereza pensar en volver a subir. El agua está helada, pero el calor hierve. Stefa se mete y sale en seguida. Yo misma me sorprendo de mi coraje, y Stefa tiene que convencerme para salir.

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Los pueblos de la Ruta de Las Flores tienen un patrón que bien podría ser el de cualquier pueblo colonial de Latinoamérica. Hay calles adoquinadas, una plaza central con calles diagonales que la atraviesan, una iglesia ─siempre parecida, siempre con cúpulas redondas y retablos de madera y paredes pintadas de color pastel─. Hasta ahora, nadie supo decirme cuál fue el criterio para agrupar a estos municipios bajo el mismo recorrido turístico, y la supuesta explicación oficial “se llama Ruta de las Flores porque en el camino se ven muchas flores” me parece circular, y poco cierta. Hay verde sí, pero no veo ningún jardín del país.

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Juayúa sin puestos ni visitantes domingueros es precioso. La iglesia frente al parque tiene más de 500 años y es un centro de peregrinación muy conocido, debido al Cristo Negro que allí se venera. La leyenda dice que donde ahora está el altar, antes había una ceiba; luego de una tormenta un rayó la partió, y apareció un Cristo rodeado de orquídeas. Pedimos permiso a un hombre que está limpiando las lámparas de la iglesia, y después de mucho insistir nos deja subir a las cúpulas a ver el pueblo desde lo alto. Los cerros como telón de fondo nos roban la atención por un buen rato, pero las palomas insistentes nos quitan el encanto. Para las diez de la mañana consideramos que hemos recorrido bastante, y volvemos al mismo lugar donde nos bajamos ayer para ir hacia los tres pueblos que todavía nos quedan por ver. No sabemos con qué vamos a encontrarnos.

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Cerca del mediodía, Apaneca está desolado. El blanco resplandeciente de su iglesia nos obliga a cubrirnos los ojos. Es la postal de todos los folletos, y aunque por dentro la construcción no esté terminada, semejante santuario no pasa desapercibido. Somos las únicas que recorremos el templo, y después seguimos camino por sus calles. No hay siquiera un perro vagabundo que nos mueva la cola en una esquina. Sabemos que desde acá hay algunos tours que se pueden hacer hacia sitios arqueológicos cercanos, o incluso unas cascadas, pero en la calle no hay nadie, y después de las fotos obligadas nos volvemos a subir al próximo bus.

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Si fuese un poco más tarde, Ataco sería mi elección para pasar la noche. Lo sé porque a pesar del calor y de todo cerrado, las paredes tienen una impronta de bienvenida que me dan ganas de quedarme. Hay grafitis en todas las fachadas y un movimiento en pausa que volverá a su curso normal ni bien acabe la hora de la siesta. El calor es de inframundo, pero eso es secundario. Stefa carga su mochila flan unas cuadras, y después decide que es mejor dejarla en un negocio. Una señora nos hace de custodio mientras almuerza un plato de arroz sentada en unas escaleras altísimas. Tiene ropa de segunda ─y supongo que de tercera también─  colgada en las paredes del frente. No imagino quién puede venir a comprar un saco de gabardina con este clima del demonio, pero ella espera paciente.

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Ataco es una preciosura. Sacamos muchas, muchas fotos. Cada pintura nos parece más linda que la anterior. Hay una intensión de belleza que no es casual, y un estilo en todo que diferencia al pueblo de lo que venimos viendo hasta ahora. Caminamos un buen rato, entramos a cuanto negocio de artesanía se nos cruza (y es que en Ataco viven muchos artistas y artesanos y la regla de que “en todos lados venden lo mismo” parece no cumplirse), y terminamos el tour en la infaltable plaza con iglesia. Es temprano para hacer escala, y sentimos que avanzamos poco en el mapa, así que seguimos camino.

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El caño de escape del último bus que estamos por tomar es una destilería de nubes negras. El motor hace ruidos extraños, el chofer se baja y todos los que esperan arriba empiezan a hacerse preguntas. El chico que vende los boletos nos insiste en que subamos, que el bus sale pronto, que paguemos el pasaje. Pero yo me miro la mano y sé que esta vez, como tantas otras veces, el pasaje lo tengo pegado al pulgar, y sólo tengo que esperar a que llegue mi transporte. “¿Stefa, nos vamos a dedo?” Y ella larga su sonrisa y encara hacia adelante.

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No es la primera vez que inicio a alguien en esta adicción viajera de moverme a dedo. En Portugal, tuve mi primera vez viajando a dedo sin Juan, y fue también la primera vez de Aniko. En Uruguay, le tocó el turno a Lala. Ahora Stefa estiraba el brazo y nuevamente yo les rogaba a todos los dioses que alguien nos frenara rápido, que viajáramos sin problemas, que saliera todo bien. Habremos demorado diez minutos en frenar el primer vehículo. Agradezco. Dos señores nos hacen lugar en un asiento trasero lleno de folletos y de cajas con repuestos, y empezamos a viajar mucho antes que el bus saliera de la parada. Los dos hombres tendrán unos cincuenta y nos contaron que estaban viajando por trabajo. Van desde San Salvador hacia Ahuachapán a llevar repuestos de unas máquinas todas las semanas, pero pocas veces les frenan a mochileros: casi nunca hay alguien. No quiero juzgar a todo un país en base a mi primera experiencia haciendo dedo, pero algo me dice que viajar en autostop por El Salvador sería más fácil de lo que puedo imaginar.

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Llegamos a Ahuachapán antes de darnos cuenta. Nos encontramos con una señora ciudad, que no parece tener mucho que ofrecernos en comparación con los pueblos que venimos visitando. No tenemos que debatir mucho para ponernos de acuerdo: las dos sentimos que cumplimos el ciclo, que es hora de cambiar. Recorremos la plaza central y después seguimos camino hacia la frontera con Guatemala. El Salvador nos regaló mucho más de lo que podíamos pedir.

Algunas recomendaciones para viajar por la Ruta de las Flores:

 La Ruta de las Flores es un circuito turístico promovido por el gobierno de El Salvador que tiene más buenas intenciones que sustento. (Y quizás por eso me guste tanto). No vayan esperando encontrar grandes atractivos: muchos viajeros argumentan que no hay muchas cosas para ver; yo creo que lo lindo de este circuito está en su autenticidad. Si quieren historias, es un lugar para ir a buscarlas. Hay que sacar provecho de que no está recontra explotado, y disfrutar de eso.

Recorrer la Ruta de las Flores en bus es muy sencillo y muy barato. Hay transportes a cada rato, y los tramos nunca llegan a valer un dólar (como mucho, la mayoría está entre 40 y 70 centavos). Consigan monedas, es fundamental.

 Si están con poco tiempo se puede hacer todo en dos días. El mejor lugar para hacer base es Juayúa. Nosotras nos quedamos en la Casa de Huéspedes Doña Mercedes, y pagamos U$D 20 la habitación doble con baño compartido y cocina. Muy limpio, muy tranquilo y muy bien ubicado. En Apaneca hay muchos hostales, pero todos estaban un poquito más caros.

 Aprovechen las oficinas de turismo que hay en todos los pueblos. Atienden bien, tienen buenos mapas, y hay mucha predisposición para atender al viajero.

 Si van a Nahuizalco, busquen a Albi, cómanse una pupusa y díganle que son las mejores del mundo.

 Si alguien quiere abrir una franquicia para vender pupusas en Argentina, ya saben dónde encontrarme.

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Laura Lazzarino

18 ComentariosDejar un comentario

  • “”se llama Ruta de las Flores porque en el camino se ven muchas flores” me parece circular, y poco cierta. Hay verde sí, pero no veo ningún jardín del país.””

    Es por que la calle se llena de flores silvestres en epoca seca creo es en diciembre no recuerdo bien pero si he visto que la calle que conecta Juayua-Apaneca-Ataco completa a izquierda y derecha se llena de una flor amarilla.Para la proxima si queres ver un jardin de verdad te recomiendo visitar aca:

    http://www.entrenubescafe.com/ quizas el jardin más bonito del Salvador.

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