Desde el momento en que me consagré como viajera (?) (ponele: volví a mi casa sana y salva después de dos años de andar yirando con la mochila y todos se resignaron a que esto no era una etapa de rebeldía atrasada sino una elección de vida) mi papá empezó a insistir con hacer un viaje con sus tres hijos. Al principio era una idea vaga de sobremesa, pero confieso que ya desde ese momento me gustaba la iniciativa: aunque no llegáramos a concretar, plantear un viaje en familia como una manera de compartir algo especial, juntos, era dar un paso al frente en este modo de ver los viajes como algo más que vacaciones. Sin embargo, pasó el tiempo y los fines de semana largos se fueron agotando al punto de llegar a Navidad, a mi nuevo viaje y a dejar la idea como algo lindo para hacer algún día. Este año, conmigo de vuelta a Argentina, mi viejo volvió a subir la apuesta y puso fecha: el fin de semana del 12 de octubre nos vamos a algún lado. No tuvimos mucho tiempo para juntarnos los cuatro a planear nada y organizamos un viaje de la manera en que no se debe organizar un viaje: a los ponchazos. Sí, en casa de herrero cuchillo de palo: todos suponían que la responsabilidad de armar el viaje iba a recaer en mí, pero como esto no se trataba ni de hacer dedo ni de acampar, dividimos las tareas y que salga lo que salga. (Acaso no sea esa, muchas veces, la mejor manera de organizar las cosas).

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El viernes a las 8 papá tocó bocina en casa, Franco (14) se cambió al asiento de atrás, yo asumí el puesto de copiloto y con una canasta llena de galletitas Amor, saquitos de té y el mate listo, partimos a Rosario a buscar a Carla (27), mi hermana. El destino final: los Esteros del Iberá, en Corrientes. Habíamos elegido ese punto en el mapa por varios motivos. Queríamos algo abarcable en 4 días, contando las horas de viaje. Pero también queríamos hacer algo diferente, algo que tuviese un poco de aventura pero a la vez que fuera el escenario especial para este viaje especial que estábamos haciendo. Por primera vez íbamos a ir los cuatro juntos sin mamás ni abuelas, y era el primer viaje de los tres hermanos después de mucho, mucho tiempo.  Como la organización del viaje había sido medio improvisada, no teníamos casi idea de qué nos iba a deparar el destino, mucho menos la ruta, pero ajustamos cinturones, encaramos para Circunvalación, y dimos el viaje por comenzado.

1. De por qué DETESTO el GPS

Dos días antes de la partida, Juan y yo habíamos estado mirando mapas en la casa de mi papá. Más precisamente, habíamos escudriñado el Atlas Firestone siguiendo la ruta que nos parecía más conveniente para llegar a Mercedes, la última ciudad antes de entrar en los Esteros. Habíamos estado los tres eligiendo caminos, mirando posibilidades, evaluando paradas, almuerzos y estaciones de servicio. La guía (o “la revista”, como le dice mi papá) había quedado sobre la mesa. Supuse que OBVIAMENTE mi papá la iba a cargar en el auto. Pero las obviedades son cosas tan subjetivas que pueden devenir en que a la mujer de mi papá le pareció obvio volverla a poner en su lugar y a mi papá le pareció obvio que si no la veía por ahí era porque debía estar ya en la guantera. Conclusión: terminamos en la ruta con un GPS endemoniado que ni siquiera tenía la delicadeza de hablar en gallego para hacernos reír y con unas hojitas impresas de Ruta 0 o no sé qué otra web resuelve ruta, sin poder mirar el mapa desde arriba, sin saber si el camino que la computadora había elegido por nosotros era el mejor, o el más corto, o el más lindo. La tecnología estupidiza, de eso estoy segura. No te da el poder de elegir, de razonar, de equivocarte por tus propios medios. Entre la hojita y el GPS nos quedamos con la hojita, y entre recalculando va, recalculando viene, fuimos cruzando la provincia de Entre Ríos. Victoria, Nogoyá, Villaguay, Chajarí. Frenamos para ir al baño, para estirar las piernas, para cargar nafta, para cambiar de asiento. Cuando cruzamos el límite provincial y entramos en Corrientes el sol hacía rato que se había quedado lejos, y el cielo era de un gris violáceo tan sólido que aunque nadie lo dijo todos entendimos lo peor: la lluvia era inevitable. A medida que nos fuimos adentrando, los nervios empezaron a teñir la atmósfera del auto. Hacía horas que veníamos adivinando el camino. El relojito que marca la hora en que uno supuestamente va llegar nunca adelanta en los GPS. Siempre unos minutos más, que se hacen horas con cada frenada y eternos con cada parpadear. “Si faltan 90 km. no podemos estar nunca a dos horas del destino”. “Este GPS anda mal”. “Tenés que hacer como el abuelo, que nunca salía sin el mapa carretero”. Los silencios de mi papá los interpreté como fastidio. “Puede que esté desactualizado”, dijo a lo último, entre dientes. Me pareció curioso hablar de desactualización habiendo reemplazado el mapa intildable por una computadora mini que lo único que sabe hacer es recalcular. Afuera el cielo se pintaba de plomo.

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2. Llegada a Colonia Carlos Pellegrini (lo peor que puede pasar nunca es tan pero tan malo)

La primera vez que recuerdo haber escuchado hablar sobre los Esteros del Iberá fue durante 2006, el año en que viví en Puerto Iguazú. Era un destino exótico, y sólo se lo recomendaban a los gringos que estaban un poco más allá de la idea “viaje=fiesta=chupi=minitas=wuuuuuuu”, porque no era para cualquiera, ni para ir por las dudas. Era caro, eso sí, y bastante difícil de llegar porque para ir a los Esteros “había que llegar hasta Corrientes, de ahí te iban a buscar para llevarte hasta Colonia Carlos Pellegrini y desde ahí visitabas Iberá”. Todo ese choclo de indicaciones más las recomendaciones de que era un lugar aislado y por ende inaccesible y por ende caro, hicieron que yo me imaginara a Iberá no sólo como un lugar prohibitivo, sino como uno de esos lugares “a donde nunca voy a ir”. (Nota al margen: eso era antes de que empezara a viajar, después me di cuenta de que si uno quiere, puede llegar a cualquier lado, y hasta gratis). La cosa es que nunca se me ocurrió mirar un mapa y me quedé con la idea de que los esteros estaban más allá de Carlos Pellegrini. O mejor dicho, que lo que había para hacer estaba mucho más allá.

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De todo esto me acordaba ahora que el asfalto quedaba detrás, mientras mi papá aminoraba la marcha a casi 20 kilómetros por hora y la poca luz que quedaba se iba escondiendo detrás de esos árboles que siempre hay en los horizontes. Las luces altas del auto fueron las primeras en delatar la lluvia, y la mousse de barro en que se había convertido el camino empezó a hacer patinar las cubiertas. Ahí entendí por qué los 90 km. se habían traducido en 2 horas: Esteros es uno de esos lugares a los que hay que merecer llegar. Claro que si hubiera asfalto llegaríamos más rápido, y claro que si hubiese asfalto no estaríamos todos a los saltos, agarrados de uñas y dientes, sintiendo como si nos doliera a nosotros cada vez que el auto agarra un pozo. Pero, perdónenme los amantes del progreso, ojalá que nunca pavimenten.

Tardé poco en darme cuenta que una sonrisa de satisfacción plena se me había pintado en la cara. Estaba empezando a sentir el viaje.

Justo antes de que se apagara la luz, una familia de carpinchos cruzó delante de nosotros y la emoción nos hizo olvidar de todo. Después vimos más carpinchos, y pájaros enormes como manchas en el cielo, y un zorro y hasta un bambi. Un cartel nos anunció los límites de la reserva. Entramos a los Esteros de noche, y para Colonia Carlos Pellegrini todavía faltaba. El GPS seguía estirando la llegada. Buscando las luces perdidas a lo lejos,  mi papá nos confesó que tenía terror de quedarse sin nafta porque el viento nos peleaba en la cara y para colmo no pasaba nadie. “Papá, actuemos como viajeros: ¿qué es lo peor que nos puede pasar? A lo sumo, vamos a tener una historia para contar a la vuelta”. Y si, las tuvimos, pero no fue la de quedarnos varados: cuando el auto había hecho sonar todas las sirenas y había prendido todas las luces del tablero, mi papá le puso valentía y cruzamos con lo justo el puente de madera y hierro, que está a la entrada del pueblo. Con una lluvia que no amagaba a calmar ni mañana ni pasado, nos fuimos a dormir, pidiéndoles un cacho de sol a todos los dioses.

3. Con la lluvia los verdes son más

A nuestros rezos no los escuchó nadie, pero supongo que alguien se apiadó levemente de nosotros porque a la mañana siguiente la lluvia que corría era muy finita y no alcanzó a empapar nuestros ánimos. Mi hermana y mi papá salieron en búsqueda de tortas fritas y de nafta, y volvieron con una docena de sacramentos “porque esto era todo lo que tenía el panadero, además de pares de alpargatas y pelotas de fútbol”. Nafta le compraron a un señor que soplaba una manguera y la conectaba a un bidón, porque en Colonia Carlos Pellegrini tampoco hay (y también espero que siga sin haber) nada que se parezca a una estación de servicio. El pueblo donde viven cerca de 700 personas tiene calles de barro rojo y arena y vive principalmente del turismo. Además de los lodges imposibles que se publicitan en las webs más paquetas (que no bajan de 500 pesos por noche por persona), hay algunas cabañas y pensiones sin páginas web y dos campings muy bien acondicionados que suelen estar llenos de familias.

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(Y la alegría también)

Con la panza llena de mates y facturas nos fuimos hacia la entrada de la reserva. Si veníamos con la idea de cabalgar o de andar en kayak, nos alcanzaba con mirar para arriba para entender que nada de eso sucedería. La pregunta era: ¿íbamos a poder hacer algo con este clima? Desde el centro de interpretación uno de los Guardaparques nos señaló el sendero de los monos y hacia allá fuimos, esquivando los pocos turistas que no se habían resignado ante la lluvia. (Ventaja número 1 del clima inmundo: no hay casi nadie).

Caminamos despacio por las pasarelas húmedas y nos fuimos adentrando por el túnel de verdes que cubría el camino. Hay de todos los colores que el verde puede permitir, y hay texturas, formas, universos. Helechos, lianas, palmeras y una infinidad innombrable de plantas. El silencio de la selva es húmedo e impone respeto. A lo lejos escuchamos el aullido de un mono carayá, y mi hermana me mira con miedo. Pero pronto se calla y logramos ver cómo intenta cubrirse de la lluvia ─en vano─ bajo las hojas de una palmera. Algunos pájaros se camuflan muy cerca de nosotros y hay que andar atentos para poder descubrirlos. Por suerte, y aunque somos cuatro, sabemos trabajar en equipo, y cuando mi hermano ve un bicho nuevo señala como Cristóbal Colón y se queda en silencio, para no espantar a nadie. Debemos ser los únicos turistas que seguimos celebrando los carpinchos (hay por todos lados), pero no podemos evitarlo.

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Definitivamente no sos humano si no te dan ganas de agarrar a ese bebé y estrujarlo todo.

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Este gato montés nos hizo el día. Se apareció de la nada y empezó a caminar delante de nosotros, junto a su cría. Nos dimos cuenta en seguida que no era un gato doméstico por la forma de sus ojos y por cómo arrastraba la cola. Los guarda parques después nos contaron que se crío en cautiverio, y que por eso no le teme a la gente.

Este gato montés nos hizo el día. Se apareció de la nada y empezó a caminar delante de mi papá, junto a su cría. Nos dimos cuenta en seguida que no era un gato doméstico por la forma de sus ojos y por cómo arrastraba la cola. Los guarda parques después nos contaron que es una hembra que se crío en cautiverio, y que por eso no le teme a la gente.

La lluvia nos lleva de regreso al centro de interpretación, y aunque sea para darnos el gusto, paseamos un rato por la pasarela. El yacaré del que todos hablan se fue hace rato, y por momentos nos parece ver sus ojos grandes asomarse a lo lejos. El paisaje es soberbio. Agradezco la tormenta.

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Este es un federal. El color rojo de las plumas de su cabeza es típico de los adultos.

4. La libertad (como debe ser)

Ayer jugamos al Uno, dormimos la siesta, le dijimos al señor de la cabalgata que no se preocupara, fuimos rechazados en 5 restaurantes distintos (parece que si no venís con la pensión completa no te queda otra que el Comedor de Don Marcos), y terminamos pidiendo una pizza por la ventana de una señora que había puesto un cartel de “Rotisería” en la vereda. Cuando nos fuimos a acostar volvimos a repetir las plegarias y amenazas del día anterior (“si esto sigue así mañana nos vamos” “por favor, que deje de llover”), aunque en el fondo estuviésemos contentos igual.

Hoy las nubes están un poco más indecisas, y antes de que nadie se arrepienta mi papá reserva una excursión en lancha y volvemos a hacer los mismos senderos que ayer, pero sin tormenta. Dos tatús se cruzan entre nuestras piernas ni bien nos bajamos del auto y a mí me parece que eso es señal de buen augurio. Volvemos a hacer los tres senderos, y de a poco la cosa se va poniendo mejor.

No es nada fácil fotografiar a un tatú que viene a toda carrera.

No es nada fácil fotografiar a un tatú que viene a toda carrera.

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Cuando llegan por fin las tres de la tarde, nos calzamos los pilotines y vamos a hacer la excursión en lancha. Pasamos por debajo del puente, y después de unos 25 minutos, el guía apaga el motor y empieza a señalar el horizonte. Ahí, petrificado pero muy atento, está el primer yacaré.

Sospecho que la parte que más le gustó a mi papá, fue ponerse este pilotín y sentirse un verdadero explorador

Sospecho que la parte que más le gustó a mi papá, fue ponerse este pilotín y sentirse un verdadero explorador…

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En los Esteros del Iberá conviven dos especies de yacarés: el negro y el overo. Aunque los machos pueden alcanzar hasta dos metros de longitud, son muy pocos los que quedan debido a la caza furtiva que se daba antes de la constitución del parque. Hoy, son esos mismos cazadores los que, convertidos en guarda parques, se dedican a preservarlos. Avanzamos lento sobre el agua, y los yacarés van apareciendo con sus ojos aceitunados y sus dientes alertas. Algunos carpinchos adultos chapucean muy cerca. Hay garzas, federales, chajas. Y está todo muy vivo, muy cerca, muy libre. Todo como debe ser.

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5. La vuelta a los pájaros

“Parece a propósito, hoy que nos vamos sale el sol”. Y sí, yo pienso que es a propósito, porque si estos días hubiesen sido de este sol, esto hubiese sido un infierno de gente. En cambio, tuvimos los Esteros para nosotros solos. Los kilómetros de tierra ya no son de barro, pero igual los hacemos lento. Nos volvimos un poco adictos a mirar con atención, y frenamos muchas, muchas veces a mirar pájaros que se camuflan. Reconozco que antes de este viaje, el avistamiento de pájaros me parecía lo más aburrido del mundo. No sé si será porque en Iberá vimos pájaros por todos lados o si a lo mejor le encontré la vuelta a pararme en silencio, esperar y observar. Lo que sí sé es que somos cuatros los entusiasmados.

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Y a pesar de la lluvia y de no haber podido hacer todo lo que queríamos, Esteros del Iberá terminó siendo ese lugar especial para ese viaje especial que queríamos hacer (y que espero que repitamos pronto).

Curiosidades y algo de info útil

La palabra Iberá significa “agua que brilla” en idioma originario.

Los Esteros del Iberá son el segundo humedal más grande del mundo (entre 15.000 y 25.000 km2) después del Pantanal (que ubica en las fronteras de Brasil, Bolivia y Paraguay).

Para visitar los Esteros no hay que pagar entrada ni es necesario contratar guía: las pasarelas se pueden hacer por cuenta propia. Muchos dirán que un guía ayuda a comprender mejor lo que uno ve, y eso es cierto. Sin embargo, nuestra experiencia fue mejor solos; cuando uno va charlando es inevitable hacer ruido y los animales se ahuyentan.

La única excursión que pagamos fue la lancha. Vale AR$150 (U$D 12 aprox.) y realmente vale la pena: es la mejor forma de poder ver los yacarés bien de cerca.

Alojarse en los Esteros puede ser lo más costoso de todo, especialmente si uno contrata con pensión completa. Nosotros nos quedamos en el Hospedaje Iberá ([email protected]) y pagamos AR$ 250 por persona por una cabaña con cocina, dos cuartos y baño privado. Todo nuevo, muy limpio, muy familiar. Nos encantó.

La comida es todo un tema si uno no reserva, porque lo único abierto al público general es “Lo de Don Marcos”. La comida es casera y un plato ronda los AR$ 80. El menú es escueto, pero los platos son muy abundantes (y ricos).

Un mes antes de que nosotros fuéramos, Juan también estuvo en los Esteros, pero en lugar de Colonia Carlos Pellegrini, entró por el Portal Carambola. Su viaje fue completamente diferenteSi estás buscando algo distinto, no dejes de leer su post.

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Laura Lazzarino

16 ComentariosDejar un comentario

  • Hola, me gustó mucho leer tu blog, muy interesante la información. Estamos pensando en ir en semana santa, no tenemos vehículo propio, iríamos desde Retiro en micro pero no sé dónde nos convendría hospedarnos, vimos en colonia pellegrini algunos lugares (ofrecen paquetes de alrededor de 5000 pesos con todo incluido) o si conviene hospedarnos en otro lugar. Nos dijeron de uno de los hoteles que el viaje para llegar a colonia pellegrino es de alrededor de 1500 pesos en auto particular que sale desde la terminal. Nos podrías aconsejar al respecto? Gracias, saludos!

    • Hola Bárbara,

      La verdad es que nosotros fuimos con auto, y no sabría decirte el precio para llegar hasta allí. Sí es cierto que no hay transporte público, y que la ruta es de ripio. Es un viaje, pero no tengo idea de esos costos, y me imagino que en Semana Santa, al ser temporada super alta, todo está más caro.

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