Tenía cerca de 12 años cuando compré por primera vez un libro sola. Recuerdo el sol tibio de agosto en la vereda, la mano transpirada con la plata hecho un bollo en el puño cerrado, los nervios. “Quiero veinte poemas de amor y una canción desesperada”, le dije, firme. Y más que un pedido, lo mío fue una declaración. En mis entrañas, yo sentía que estaba haciendo algo de grandes.

Pablo Neruda fue el telón de fondo de mis amores de adolescencia. El paso de los años y los corazones rotos fueron cambiando mis gustos literarios, pero aún me jacto de poder recitar de memoria algunos de sus versos. Si antes me intrigaba conocer a las mujeres que le regalaron la inspiración, ahora sentía más curiosidad por los lugares en donde Neruda pensó sus poesías. ¿Cómo eran las paredes que poblaba? ¿Qué miraba cuando pasaba frente a sus ventanas? ¿A qué sonaba su escritorio?

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Viajé a Chile hace unos meses y me propuse visitar las casas que Neruda habitó. Sabía que eran museos, que iba a encontrarme con muchos otros viajeros y que probablemente no encontraría esa intimidad o ese misterio que imaginaba. Cuando es así, prefiero apostar a la sorpresa. Releí los versos que no hojeaba desde mi adolescencia y mantuve los ojos entrecerrados hasta que llegamos a Isla Negra, la primera de sus casas, la primera en mi visita.

Isla Negra

A los pies de un acantilado, con ventanas fabulosas que miran siempre al mar. Así ideo Neruda esta casa, que compró en 1939 y que tardó siete años en acondicionar. Isla Negra es un barco con cimientos; el navío perfecto para el marinero en tierra que era Neruda.

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El viento salado revuelve las copas de los árboles. Bajamos por la calle de arena y entramos al jardín de la casa. Junto a la puerta, una locomotora, que Pablo hizo traer tirada entre bueyes y jeeps. Es un anticipo: si Isla Negra es un museo por haber sido su casa, también lo es por las colecciones que adornan cada uno de sus ambientes. Neruda se refería a sí mismo como “cosista”, y esta vivienda es el reflejo de esa pasión acumulativa: más de 3500 objetos adornan Isla Negra. Un sinfín de caracolas en el vestíbulo (o un masajeador de pies natural, como él decía), máscaras traídas de todos sus viajes (¿qué secretos guardarán en sus ojos?), botellas de colores en las ventanas del bar (que servían para ver el mar de otros tonos) y hasta una colección de postales eróticas del siglo pasado empapelando el baño. Mapas, instrumentos musicales, cuadros, relojes, globos terráqueos. Los ojos se me pierden en cada rincón y pienso que el significado del nombre de la casa no pudo ser más exacto. Isla negra es una burbuja de maravillas. “En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir”, escribió Neruda en sus memorias. “El niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta”. Pienso que de algún modo este lugar es una de sus poesías en formato arquitectura.

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De los ambientes de la casa hay uno que me conquista: la sala donde Neruda tenía su colección de mascarones de proa. Las mujeres de madera que lideraban los barcos fueron rescatadas de ser destruidas en los desguaces. Neruda les dio un hogar, un nombre a cada una, y les inventó una historia. María Celeste, La Guillermina, La Venus Cabalgante… A todas las puso mirando hacia la ventana, para que no sintieran nostalgia del mar. Algunos dicen que por las noches, cuando sólo el rumor del mar hacía eco dentro de la casa, los mascarones recitaban versos en diferentes idiomas que Neruda transcribía para volverlos a la vida. A lo mejor ya no se oyen porque las musas siguen fieles a su poeta. Quizá sus cantos sean el motivo para que la casa museo permanezca cerrada de noche.

Me cuesta pensar que después de esta visita las otras casas podrán impresionarme. No por nada Neruda decidió descansar en Isla Negra, mirando siempre al mar. “Compañeros, enterradme en Isla Negra / frente al mar que conozco, a cada área rugosa /de piedras y de olas que mis ojos perdidos / no volverán a ver”. En la proa de su barco/casa descansan los restos de Neruda junto a los de Matilde, su último amor, y a quién le dedicó la segunda casa de mi visita.

Algo de info útil para visitar Isla Negra

Valor de la entrada: U$D 8 público general / U$D 3 estudiantes y jubilados.

Horarios de atención: martes a domingo de 10:00 a 18:00 hs. (hasta las 20 hs. durante enero y febrero).

 Cómo llegar a Isla Negra

Esta casa-museo se encuentra en la comuna El Quisco, en la región de Valparaíso.

 Desde en Valparaíso o Viña del Mar, se puede llegar con la línea de buses Pullman Bus Lago Peñuelas. El viaje tarda unas 3 horas y cuesta 6 U$D que se pagan en el momento (no se puede comprar on line). Desde la parada, se puede caminar hasta encontrar la casa.

 Si están mochileando por esa zona, hay una línea de buses que recorre todo el litoral, desde Algarrobo hasta San Antonio, y que pasa muy cerca de Isla Negra.

 Lo mejor:  Las colecciones, todas. Entrar en Isla Negra es como perderse en un caleidoscopio. Cada objeto tiene su historia, y hay muchos detalles que ameritan pasar un buen rato.

Las audioguías vienen incluidas en el precio de la entrada. Hay que escucharlas para comprender mejor y sacarle más provecho a la visita. La historia del caballo es increíble.

 Lo no tan bueno: Es una de las casas más visitadas, así que hay que ir temprano porque los cupos para entrar son limitados.

Como en todas las casas de Neruda, las fotos en los interiores están totalmente prohibidas. Tuve la suerte de ir con un pase de prensa acreditado, y sólo me permitieron elegir dos ambientes para tomar fotos. Es inevitable quedarse con las ganas.

La Chascona

Me impresiona cómo los espíritus de las casas se reflejan tanto en su arquitectura. Si Isla Negra era una casa-barco y tenía el mar a disposición como reina de horizontes, La Chascona era una casa de amoríos ocultos, y como hogar de trampas supo bien pasar desapercibida, así fuese a la vista de todos.

Chascona significa “desprolijo” en idioma originario. Neruda la bautizó la casa en honor a los pelos rebeldes de Matilde, su amante, allá por la década del 50, cuando hacía malabares para mantener dos relaciones amorosas a la vez. La Chascona se encuentra en el Barrio de Bellavista, en Santiago, y tiene dos puertas: la principal, que evidentemente es de la casa, y una segunda, al costado, que pareciera entrar a otra propiedad. Neruda hizo mil vericuetos para mantener su amor oculto hasta que, finalmente, se separó de su segunda esposa y se instaló en La Chascona junto a Matilde.

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La distancia que lo separaba del Pacífico no fue excusa para olvidar su pasión, y Neruda acondicionó también La Chascona como si fuera un barco. Barras, timones, ojos de buey. Lo más impresionante, sin embargo, es la colección de juguetes que mandaba a pedir a cada amigo que se iba de viaje.

El golpe de Estado del ´73, poco antes de que Neruda muriese, tomó por asalto la casa del poeta. En busca de pruebas o quizá de venganza, la casa fue destruida brutalmente. Matilde rescató buena parte de los objetos y, con la vuelta a la democracia y la ayuda de los familiares de Neruda, La Chascona fue puesta en valor nuevamente. Hoy no rastros de esa época oscura.

Algo de info útil para visitar La Chascona

Valor de la entrada: U$D 8 público general / U$D 3 estudiantes y jubilados.

Horarios de atención: martes a domingo de 10:00 a 18:00 hs.

  Cómo llegar a La Chascona

Desde Terminal de Buses / Estación Central / Centro de Santiago: Tomar el Metro hasta la estación Baquedano. Caminar hacia el norte por calle Pio IX. Una vez en el Cerro San Cristóbal, doblar hacia la derecha allí está La Chascona.

Lo mejor: El retrato que le obsequió Diego Rivera, donde se puede observar a Matilde oculta entre los rasgos de Neruda.

Lo no tan bueno: Es una casa más estrecha que Isla Negra, y tiene muchas escaleras. Es mejor ir temprano para evitar amontonamientos.

La Sebastiana

Soy de las que piensa que siempre es bueno dejar algo pendiente para poder volver, y en ese caso, no tuve más remedio. Es muy difícil visitar todas las casas de Neruda en un solo viaje, y a mí me tocó dejar La Sebastiana para la próxima. No voy a compartirles lo mejor y lo peor, pero sí al menos algo de historia…

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La Sebastiana debe su nombre al arquitecto que la ideó, Sebastián Collado. Neruda quería una casa “que pareciera flotar en el aire, pero que estuviera bien asentado en la tierra”. La Sebastiana tiene vistas de 365°, y a medida que uno va subiendo el mar se va apoderando de todo. El océano Pacífico era “tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte”, escribió Neruda. “Por eso lo dejaron frente a mi ventana”. Al igual que en sus otras viviendas, objetos traídos de diferentes viajes adornan el interior de esta casa, que quedó inconclusa debido a la muerte del poeta.

Algo de info útil para visitar La Sebastiana

Valor de la entrada: U$D 8 público general / U$D 3 estudiantes y jubilados.

Horarios de atención: martes a domingo de 10:00 a 18:00 hs.

  Cómo llegar La Sebastiana

Desde Terminal de Valparaíso: Tomar el bus 612 (conocido también como la O) hasta la calle Ricardo de Ferrari esquina Alemania. 

Este viaje a Chile fue parte del proyecto #3TravelBloggers y contó con el apoyo de Avianca. Mantengo total control de lo que escribo (aunque a veces escriba descontroladamente). Si querés ver el capítulo que filmamos durante esa estadía (donde aparezco hablando sobre los mascarones de proa!) acá lo comparto. Y dejo también los links al blog de Juan y al de JL Pastor, mis compañeros en este viaje, para que puedan leer sus textos también.

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Laura Lazzarino

3 ComentariosDejar un comentario

  • Me encantó Isla Negra! Que lindas las botellas y que idílica la idea de ver el mar de aún más tonos distintos de los que reflejan sus aguas. Me hubiese encantado ver aún más fotos para cotillear en los detalles! ¿Será que me gusta ver las casas ajenas y cómo viven en ellas los demás?
    Buenos viajes Laura!!

    Andrea

  • Hola. Yo trabaje en la Sebastiana un tiempo y encontraba un horror andar diciendo a los turistas que no se puede sacar fotos. El motivo de eso es que la Fundación Neruda (dueña de las casas) es privada y para ellos es un negocio vender postales con las fotos del interior, por eso que no dejan que el público se fotografíe dentro. Es tontera, pero es una de las cosas que se me exigía explicar al entregar el audioguía. La Sebastiana es muy bonita, pero a mi parecer, es mejor el barrio.

    Cuidate mucho 🙂

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