En agosto de 2015, mi amiga Lala y yo agarramos un feriado largo, lo estiramos, nos tomamos el buque y cruzamos a Uruguay, el país más cercano a mi casa y al que, curiosamente, no había tenido oportunidad de visitar. Estos textos son el resultado de ese viaje.

1. Bienvenida a Uruguay

Desde que me subí al taxi hasta que me bajé en la terminal, el señor tachero no dejó de repetirme que me iba a encantar Uruguay. “Es como acá pero sin tanta lacra”, me decía sereno, y no me animé a ahondar en semejante afirmación. Me bajé y la fila de gente hacía cola en caracol adentro de la oficina de embarque. Lala agitaba la mano por encima de la multitud. Estábamos felices: desde la vez en que habíamos viajado juntas a Costa Rica y Panamá, en 2009, no habíamos vuelto a coincidir mochilas. Se notaba: ella venía con la Montagne de 80 litros ─a medio llenar, y creo que en esa decisión de agarrar la mochila grande mi amiga pensó más con los deseos que con la razón─, yo con mi mochilita de mano a punto de reventar.

─ ¿Eso sólo trajiste, amis?

─ No traje computadora. Si logro sobrevivir con lo que hay acá, me gradúo.

Supongo que entendió que el sacrificio mayor había sido dejar atrás la tecnología. Lo necesitaba. Necesitaba el viento en la cara, la paz, la mochila y la nada. Lala me mostró una sonrisa de esas grandes que son sólo de ella, y nos sentamos a esperar. Eran las 7 de la mañana y yo ya estaba cansada. No sé cuánto tiempo de viaje arriba del barco me la pasé hablando, y cuánto tiempo dormí, pero cuando llegamos a Colonia el sol de la mañana me pegó en la cara como si fuera mediodía. Hacía diez días que por mi casa no paraba de llover. Me desperté contenta. Estas sí que son formas de darle a uno la bienvenida.

2. Saldo de una primera vez (para ella)

El destino final para el primer día era Montevideo. Las opciones para llegar, dos: colectivo o autoestop. Prejuzgué. El pasaje no era caro y supuse que mi amiga no me iba a decir que sí de entrada. Por las dudas, tiré la línea: ¿te animás a hacer dedo? Obvio. Y allá nos fuimos.

La salida de la ciudad no estaba lejos. El día estaba espectacular. Los chicos que pasan en bicicleta nos tiraban besos y se reían. ¿Cuánto podíamos tardar? No tenía idea. No sólo que no tenía referencias de Uruguay (mi Juan decía que era muy fácil, el Juan amigo de Lala que era imposible), sino que además caí en la cuenta de que nunca había hecho dedo “sola” en Latinoamérica. No me apachuché. Ya estábamos ahí. Si mi primera vez sin Juan había devenido en una linda lista de destinos recorridos a dedo, no había motivo para desconfiar de Uruguay. A los 15 minutos ya estábamos viajando.

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El primer auto era de dos estudiantes de agronomía que iban hasta Juan Lacase. Hablaban poco, pero sonreían mucho. Dijeron que conocían algo de Argentina, que ellos también viajaban a dedo. Yo estaba fascinada con las palmeras al costado del camino. Nos dejaron en un cruce cerca de un puesto de dulces, y nos pusimos a esperar.

─ ¿Y? ¿Qué tal la primera vez a dedo, amigui?

─ ¡Bien! ¡Yo con vos me animo!

─ No te creas que siempre es así de fácil. Si se pone medio lento, acudimos al “porfavor”. Ese gestito nunca me falla.

─ Me da risa que cuando pasan los autos hacés un ruido como si estuvieras llamando a un perro.

─ No hago ningún ruido yo.

─ ¡Sí! Escuchate y vas a ver.

Tenía razón. Años de ruta y recién me vengo a percatar de este tic. Se acerca un auto y empiezo a chasquear con la lengua. Es el mismo ruido que hago cuando me acerco a una vaca. No sé qué tiene que ver.

De los chasquidos pasamos a los chistes, a reírnos de recuerdos, a chusmear, y nos estábamos riendo tanto que nos olvidamos de que estábamos ahí para frenar un auto y seguir viaje. En ese momento me dí cuenta de que la parte más difícil de hacer dedo sola no sería tanto el medio al peligro, sino el aburrimiento hostial de estar parada sola en medio de la ruta. Con Juan cantamos canciones, inventamos letras. Cuando estamos inspirados planeamos viajes. Con Aniko hablamos de todo y todo el tiempo, sin parar. Con Lala nos reímos. ¿Qué haría sola? Me agarraría a piñas con la impaciencia….

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José Luis frenó después de un buen rato de concentración rutera. Trabajaba en la intendencia de Colonia, estaba divorciado dos veces, había construido tres casas y estaba yendo a comerse un asado que nos dio un poquito de envidia. No paraba de repetir que nos admiraba, y estaba tan contento de llevarnos que cuando fue el momento de bajar, unos kilómetros más adelante, nos invitó a visitarlo en su trabajo para compartir un café batido de no-se-qué-secretaria. “Hacen bien, chicas. El mundo está hecho para los valientes”.

Esa tercera parada fue la desolación. Nos apostamos al lado de un cartel, no pasaba nadie. Así que empezamos con las morisquetas. Que el dedo en ola, que el muñeco inflado de estacionamiento, que el baile sin mover los pies. Y entonces frenaron ellos. Venían con un carro enganchado que estaba vacío, y tenían el asiento de atrás lleno de cosas. Habrán tenido 50 y 20 años, y en seguida nos dijeron que iban hasta una quinta a antes de Montevideo a buscar papas. Que todas las semanas hacían el mismo recorrido. Que yo tenía cara de seria. Mi explicación de cansancio no sirvió. El señor puso la música en alto y me empezó a guiñar el ojo por el retrovisor, a ver si con el tema que me había puesto me sacaba una sonrisa. No pude mirarla a Lala a la cara para no largar la carcajada. El baile de la momia era el hit del auto, y el sobrino se lo tarareó desde el principio al fin.

Y ahí, frente a la estancia de papa, hicimos dedo por última vez antes de llegar. La pareja estaba viajando a Montevideo a comprar regalos por el día del niño. Lo último que recuerdo es que ella dijo que era maestra y que también pedía por favor, que por eso no pudo resistirse. Después me dormí. Nos dejaron en un shopping que supuestamente estaba cerca del lugar donde íbamos, pero que en realidad nos quedaba a más de cuarenta cuadras. No importaba. Habíamos llegado a dedo a Montevideo.

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Laura Lazzarino

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