(Si este blog fuera una revista, este post estaría en la sección “Viajar en pareja” y habría una fotito mía con cara de inteligente, lista para responder a la pregunta de una chica que se quiere ir de mochilera pero no sabe si se va a aguantar al novio las 24 hs. del día. Suerte que no lo es).

Tengo una historia de amor que parece sacada de un cuento de hadas. La debo haber contado en tantas oportunidades, que cada vez que alguien me pide que cuente cómo nos conocimos (siempre me lo piden a mí, obvio) termino dudando de mis palabras. No sé si lo que relato es un capítulo de mi vida o el argumento de una comedia romántica de domingo a la tarde. Lo naturalicé, supongo, pero lo que pasó fue muy, muy real.

***** Acá va la historia, brevemente, en caso de que no la conozcan. Si ya la escucharon, saltéense este cuadro y sigan con el resto de la nota *****

Corría el año 2009 y yo estaba destrozada. Una vida de rutina en Buenos Aires me había pasado por encima y, como ya conté tantas otras veces, en lo único que podía pensar era en huir de la ciudad. Tenía 25 años, algunos viajes en la mochila, un sueño de dar la vuelta al mundo estacionado en la puerta de mi casa, un título de Licenciada en Turismo, una carrera de Comunicación a medio hacer, un alquiler, un trabajo estable que además de engrosar el currículum me daba bien de comer, un flamante ex novio y un placar llenísimo de opiniones ajenas que me fruncían el ceño con cara de desaprobación cada vez que yo mencionaba la palabra “viaje”.  Hacía meses (que a la vez hacían años) que me había dado cuenta de que esa vida que estaba viviendo no era la mía, y que la olla a presión me amenazaba con explotarme adentro. Antes de que yo misma me diera cuenta, había tomado la decisión: abril de 2010 iba a ser mi último mes en la city porteña. Como en ese momento no tenía mucha idea de cómo ganar dinero en el viaje, y no tener muchos ahorros me asustaba, la solución al problema había sido una de las tan famosas visas Work and Holiday (o work and travel, ya no me acuerdo) para Nueva Zelanda. Me la habían dado después de reventar el mouse a clics. Y en esa batalla dedo vs. tecnología, había empezado a saborear la victoria de la independencia.

Una tarde recibí un mensaje en mi blog. Alguien me decía algo así: “Si te gusta leer y te gusta viajar, te recomiendo que leas ‘Vagabundeando en el Eje del Mal’, es el libro de un chico marplatense que viajo a dedo por Medio Oriente”. Esa misma tarde salí del trabajo y me lo compré.

Lo que viene después, es historia conocida: le mandé un mail (aunque nadie me crea yo no lo quería enganchar, pero simplemente no podía creer que hubiese alguien con los mismos pensamientos y las mismas ganas de viajar que yo). Él me respondió, yo le volví a responder, y después de 4 meses de mail va mail viene, en abril de 2010 nos encontramos en Salta. Desde ese momento, no nos separamos más. Todavía no conozco Nueva Zelanda.

Cinco temporadas más tarde, los viajes y el amor siguen vigentes, pero hay una parte del argumento que parece que falta (como en todos los cuentos de Disney). Veamos: una doncella moderna (es decir, yo) atrapada en la torre más alta de un castillo (o en el último piso de un edificio comercial en plena calle Florida) de un reino maldecido (Buenos Aires). Un príncipe azul (y muy flaco) viene a rescatarla a bordo de un corcel (que no es corcel sino camión y que tampoco es suyo porque le hizo dedo). El príncipe besa a la princesa, se enamoran, son felices y viven juntos para siempre. Fin. ¿Y lo que sigue?

Escribo este post unos cuantos meses después de que sucediera esta historia que voy a contar, que es la de un mini viaje para la pareja que vive viajando. No me gusta la palabra crisis, pero viajar en pareja no es únicamente engordar como chanchos comiendo perdices. Nos amamos, pero a veces nos queremos matar. Y eso, queridos lectores románticos, no te lo dicen en ningún cuento de hadas.

Muy frecuentemente me preguntan si prefiero viajar sola o de a dos, o si es mejor una cosa o la otra. Yo siempre respondo que viajar solo es necesario en algún momento de la vida, pero que viajar con otra persona, sobre todo si esa persona es tu amor, hace que algunas cosas se disfruten el doble. Igualmente ─y sobre todo cuando el tiempo viajando se acumula─ nosotros aprendimos a seguir algunos pasos, algo así como una lista de recomendaciones para que las cosas de a dos sean más sencillas. Después de mucho pensar, estos son los tres “no-tan-secretos” ingredientes de una vida de viajes en pareja.

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1- Escapar de la rutina de la no-rutina

Llevábamos más de siete meses de viaje. No era la primera vez que estábamos tanto tiempo juntos, pero a diferencia del viaje por Sudamérica, esta vez además de viajar, estábamos trabajando mucho juntos. Caminos Invisibles nos puso ese desafío, porque si antes vendíamos nuestros libros en la playa, ahora teníamos que hacerlo por medio de blog, y eso era mucho más meticuloso. Y viajar… viajar es hermoso, pero no es vivir de vacaciones. Además de la convivencia 24×7 hay que sumarle el hecho de que viajando uno está tomando decisiones constantemente, priorizando algunas cosas sobre otras, exponiéndose a ambientes nuevos de manera continua, y no siempre es sencillo ponerse de acuerdo. A veces viajar a dedo cansa, enfermarse en los viajes cansa, acampar o dormir de prestado cansa.

De repente, nos dimos cuenta de que necesitábamos hacer algo por nosotros, de esas cosas que siempre decimos que hay que hacer, y al final nunca cumplimos. No nos importó el presupuesto de 7 U$D diarios, ni que nos quedara a trasmano, ni que eso retrasara los planes del resto del viaje. Agarramos nuestras cosas, buscamos uno de los lugares más bonitos de Bulgaria, y nos tomamos el tren.

Hacer algo por la pareja, aunque suene redundante con el resto de la vida, es fundamental para que el viaje de a dos no se vuelva una rutina. Hay que encontrar momentos de privacidad, de esos que no abundan cuando uno viaja con bajo presupuesto.

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2- El humor como súper poder contra cualquier contratiempo

Koprivshtitsa es un pueblito en medio de las montañas a tan solo 110 km. de Sofía. Las casas tienen ventanas y balcones de madera, y aunque hay algunos museos hermosos, fuera de temporada no hay mucho para ver. Nos dimos cuenta de que había algo raro cuando empezamos a caminar y los dueños de los hoteles empezaron a seguirnos en la calle. Éramos los únicos turistas en kilómetros. Estábamos muy fuera de temporada, y no teníamos ni idea. Dejamos atrás los vendedores eufóricos y empezamos a explorar el pueblo vacío. A la vuelta de una esquina, había algo que parecía un hotel y tenía la puerta abierta, pero no había nadie atendiendo. Me metí a husmear, y vi que las habitaciones eran todas de madera, y la cama grande era enorme, y tenía unas ventanas gigantes que daban a la calle por donde entraba mucho sol. Cuando vino el señor a preguntar, ya habíamos decidido quedarnos allí. Por 23 euros la noche, teníamos habitación con baño privado, desayuno casero incluido y un viejito como suerte de mayordomo que cada vez que nos veía se llevaba la mano al corazón y nos decía “mon amis”. Nunca entendimos como se llamaba, pero la candidez de su mirada y las historias que nos contaba en francés (y que apenas si podíamos entender) nos alegraban el alma cada mañana.

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La primera noche, le preguntamos al hombre si podía hacernos de comer. Casi todos los lugares estaban cerrados y hacía tanto frío que no teníamos ganas de deambular por el pueblo. El señor no hablaba ni una pizca de nada más que de búlgaro, pero nos hizo señas de que lo siguiéramos hasta la cocina. Yo quería papas fritas, pero por más que señalara las papas y el aceite, no supe si me había entendido hasta que no puso el plato sobre la mesa. Soy tan pero tan ansiosa a veces, y tenía tanta hambre, que la espera me puso de un mal humor irracional, y se me notó en la cara. Juan, que a esta altura ya me conoce como yo misma, empezó a sonreírme mirándome a los ojos y a hacerme morisquetas, hasta que descontracturé y me empecé a reír yo también. Terminamos comiendo unas papas fritas casi casi tan ricas como las que cocina mi mamá. Es una escena tonta, que podría haber terminado en una discusión si Juan me hubiera llamado la atención (con razón) por mi mala cara. Por eso, el humor es parte fundamental para mantener el equilibrio de nuestra pareja. Saber reírse de uno mismo, desenojarse más rápido que enojarse. (Este es un consejo para chicos que tengan novias un poquito enojonas como yo: háganlas reír. No hay berrinche que resista).

3- Un rato para cada uno

Un día salimos a pasear por el pueblo. Juan quiso irse detrás de un carro tirado por un burro, y yo me quedé en un pequeño negocio que había sacado una valija a la vereda y estaba llena de postales en blanco y negro y cartas escritas en búlgaro que no podía entender, pero que me daban mucha curiosidad. No sé cuánto pasó hasta que Juan volvió con una historia bajo el brazo. En esos momentos de soledad y silencio, volví a recordar lo importante que es poder estar solos aun estando de viaje. Siempre decimos que vamos a hacerlo y al final no lo hacemos nunca: nos olvidamos. Y es que nos llevamos tan bien, y tenemos casi siempre los mismos intereses, que nos da mucha fiaca separarnos, sobre todo porque después de tantos años, a veces se me olvida cómo hacer para disfrutar viajando sola. Siento que me falta otra mitad para poder compartir. Pero es una trampa a largo plazo: no tiene el mismo sentido hacer actividades individuales después de una pelea, así que mejor acordarse a tiempo.

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Y por acá se fue Juan...

Por acá se fue Juan…

Acá me quedé yo...

Y acá me quedé yo…

Hace unos días, en una mini entrevista que me hizo un amigo mochilero, volvió a surgir la pregunta de si viajar en pareja era mejor o peor que viajar sola, y si el amor y los viajes son cosas compatibles. Yo me acordé de Koprivshtitsa y de esos días en Bulgaria en donde la rutina del viaje parecía devorarnos. No sé si hay una respuesta universal para la primera pregunta: creo que cada pareja es un mundo, y cada viaje es especial. A mí me gusta más viajar con Juan que viajar sola, pero a veces encontrar el equilibrio no es fácil, y no hay que dejar que las fantasías de príncipes azules y de viajes como modelo incuestionable de felicidad nos nublen la mirada. Y sí, el amor y los viajes son compatibles siempre y cuando quieran viajar los dos, y de la misma manera. Hay muchos de temas en los que es necesario aceitar los roces para poder seguir adelante, pero si el amor es bidireccional (como dije en la entrevista: amor hacia el otro y amor hacia lo que se hace juntos) entonces todo tiene una solución.

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4 (o recomendación bonus)- Sáquense muchas fotos juntos

Aunque parezcan cliché, aunque estén despeinados, aunque su novio sea muy alto y salga con la cabeza cortada en todas las fotos. No hagan lo que hacemos nosotros, que nos vamos de luna de miel a un lugar mágico y nos hacemos muchos mimos pero nos olvidamos de la cámara….

Y si todavía quieren más consejos o si tienen pensado hacer un viaje en bici de a dos, no dejen de leer este Decálogo para sobrevivir a un viaje con tu pareja que escribió Jime, cicloviajera que pedalea junto a Andrés, su compañero de vida, y que me parece fenomenal.

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Laura Lazzarino

12 ComentariosDejar un comentario

  • Hola Lau! Qué buen post, y el de Jime Sánchez también es una genialidad!
    Con mi pareja estamos planificando el primer viaje juntos luego de haber viajado cada uno por su lado. Quería preguntarte… ¿Qué tan útiles son las bolsas de dormir que se unen? ¿Vale la pena vender las individuales y comprar de esas?. Gracias y no dejen de viajar y escribir! Abrazo!!

  • “no tiene el mismo sentido hacer actividades individuales después de una pelea, así que mejor acordarse a tiempo”. Cierto! jajaja
    Me gustó el post y el que desmontes la falsa idea del chupi-feliz viaje en pareja forever… 🙂
    Un abrazo!

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