Me di cuenta de la seriedad del asunto cuando Andy apiló unos escombros y nos hizo seña de que trepáramos por ahí. Nadie demostró ninguna euforia ni desesperación por inaugurar el pasadizo. El hueco que señalaba había sido abierto a martillazos en una de las pocas partes de la estructura que no era de concreto macizo y que, en términos legales, ahora estábamos a punto de violar. Me ofrecí por un acto de ansiedad más que de valentía. Para subir sin lastimarme las manos, tuve que ponerme mis guantes y trepar con destreza por la escalera improvisada. Del otro lado de la pared de vidrio rota estaba el descanso de unas escalinatas que alguna vez habían sido de terciopelo ─obviamente─ rojo. No supe qué sentir primero: si el frío negro y húmedo de la historia abandonada, o la oscuridad helada y en ruinas de todo eso que se quiere olvidar. Me decidí por el miedo.

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Supe de la existencia de Buzludzha casi por casualidad. Alguien había mencionado el “descubrimiento” de unos mochileros que viajaban por caminos rurales, y poco a poco el hallazgo ─que más de desconocido estaba siendo ignorado─ se había esparcido por internet. Era algo de gringos, porque los búlgaros no parecían tener tanto interés en que la cosa se hiciera pública. De fascinación o curiosidad, mejor ni hablar. Y es que el edificio abandonado más espectacular del mundo supo ser el mayor centro de convenciones del Partido Comunista de toda la historia, un monstruo de más de 600 toneladas y 60 metros de diámetro que descansa sobre el pico dinamitado de la montaña que lleva el mismo nombre. No todos conocen bien su historia, pero todos lo identifican por su forma de plato volador gigante.

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“Construido por el pueblo” (y destruido por éste también), Buzludzha abrió sus puertas a una locura de gente que acampaba en la montaña esperando a conocerlo en el año 1981, pero lo que estaba pensando para durar un siglo, cerró sus puertas menos de una década después, cuando el comunismo vio su fin en Bulgaria. Desde entonces, el gigante compacto pasó de mano en mano. Nadie puede afrontar su salvación.

Lo prohibido sabe a entumecimiento en las escaleras de Buzludzha. Estamos casi en invierno, y aunque son ya las 10 de la mañana una niebla intensa envuelve todo, y apenas es posible ver unos metros más allá. Desde afuera, la intención de bandera flameante que tuvo el arquitecto al diseñar esta obra aparece entre la neblina como un plato volador retro, pero igual de amenazante. Detrás de su centro se alza un obelisco inmenso. En la punta, una estrella matada a escobazos sigue alzándose ─¿orgullosa?─ con lo rojo que le queda. Una invasión comunista intergaláctica parece inminente en las montañas búlgaras. No hay explicación histórica que alcance para dar crédito a lo que se tiene en frente. El UFO es realmente de otro planeta.

Una vez que todos estamos dentro, Andy enciende la linterna e ilumina los escalones. Hay que tener mucho cuidado en Buzludzha: donde antes había alfombras hoy hay restos de escombros, fierros atravesados y muchos vidrios que crujen bajo las suelas. Yo no sé si los demás sienten la misma consternación que yo, pero nadie se anima a emitir palabra. A medida que avanzamos, la luz se hace más visible. Estamos llegando al anfiteatro, y allí donde antes había ventanas de vidrio, hoy entra un fresco que disipa la niebla de a poco. Andy se asegura que todos estemos dentro y nos da tiempo libre para explorar por dónde queramos. “¿En serio?”, pregunto. Y se ríe de mi excesiva precaución.

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Un Lenin me mira con perspicacia desde uno de los muros. Le pregunto que lo llevó a presidir las paredes de lo que parece más una casa de ET que el símbolo del proletariado, pero no me contesta. Quizá los más de 6000 trabajadores que se emplearon en la construcción de este monumento podrían darme una respuesta. O a lo mejor, como leí después, ni siquiera les importó tanto el qué como el hecho de ser parte.

Tanto las paredes internas como las externas del coliseo están revestidas de mosaicos, que fueron colocados a mano. Además de los rostros de Engels, Stalin y Lenin, estaban los de Blagoev (fundador del socialismo en Bulgaria), Dimitrov (abogado búlgaro, Secretario General de la Internacional Comunista) y Zhivkov (Secretario General del Comité Central del Partido Comunista). El resto son escenas de la vida diaria en Bulgaria, la historia del país antes y después del comunismo, incluso eventos de la historia mundial, que a pesar de la falta de muchos mosaicos todavía hoy pueden apreciarse.

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La humedad se condensa por todos los rincones. Hay incluso estalactitas, y Buzludzha se materializa como la metáfora perfecta. Nos paramos en el centro del anfiteatro, justo debajo de la hoz y el martillo más fotografiados de Bulgaria, y hablamos. La acústica me pone la piel de gallina. ¿Es posible que tanta grandeza quede en ruinas es cuestión de años? ¿Podría alguien haber vislumbrado que tanto esfuerzo duraría vivo tan sólo una década? Se calcula que para restaurar Buzludzha se necesitan 12 millones. No queda en claro si de levas, dólares o euros, pero da lo mismo: 12 millones de lo que sea es una fortuna para un país en donde más de un millón y medio vive bajo umbrales de pobreza, y el 70% de la población considera su situación económica “insoportable”.

La maravilla arquitectónica en ruinas me genera una mezcla de pena y melancolía ajena, pero no tengo tiempo para ponerme a reflexionar. Llevamos más de media hora fotografiando el techo que amenaza con venirse abajo dentro de muy poco. La luz le da un aire de intergaláctico. Andy nos dice que todavía falta lo mejor.

Tomamos nuevamente las linternas y empezamos a descender por la escalera desnuda. Antes, dicen, había esculturas enormes en bronce, pero la gente se las robó. El mármol de la entrada (la oficial, la que está bajo candados) también falta. Y es que más allá del vandalismo y la oportunidad, mucha gente sintió que lo que allí se dejaba a su suerte le pertenecía, y decidió recuperarlo. Buzludzha se financió con el dinero del pueblo, por un estado que levantaba la bandera del pueblo por sobre todas las cosas. Caído el sistema, recuperado el capital.

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Volvemos a zambullirnos en la oscuridad, esquivamos escombros y botellas vacías. Pasamos por salas de máquinas derruidas y pronto nos encontramos nuevamente en silencio, frente a la puerta de lo que fue un ascensor. “Ahora sí hay que tener cuidado”, dice Andy, y empieza a trepar por unas escaleras de las que sólo percibo el olor a óxido penetrante. El neozelandés dueño del único emprendimiento que realiza excursiones a Buzludzha se pierde pasamanos arriba, y desde allá nos guía con su linterna. Somos 5, y aunque nadie lo dice, todos intuimos que estamos trepando por las escaleras de emergencia de la torre que corona el monumento (porque si los 60 metros de diámetro no bastaban, a Buzludzha le construyeron una torre de 70 metros, en cuya cima se encuentran las estrellas comunistas más grandes del mundo). No se sabe cuántos pisos son, ni cuántos faltan, pero a la tercer o cuarta escalera ya tengo los guantes mojados, y por más esfuerzo que haga con las pupilas la negrura es tan sólida que mejor no pensar. Desde borrachos hasta extraterrestres reales desfilan por mi imaginación. En este escenario, el comunismo es lo que menos miedo me da. Avanzo lento con Juan cuidándome la espalda. Se oyen jadeos, clin, crash, cosas que se rompen, fragmentos de algo que se cae y se estrella allá, bien debajo de nosotros.

No sé cuántos pisos pasan, pero llegado un punto la voz de Andy nos dice que tengamos cuidado con la cabeza, que la próxima escalera es muy baja, y que estamos a punto de llegar. Y si antes todo era negro y frío y nublado, ahora la luz del mediodía se cuela entre las estrellas rojas de casi 12 metros de altura… o lo que queda de ellas. “Hay que imaginar el resentimiento de la gente cuando cayó el comunismo. Se la agarraron con todo lo que encontraron a su paso, y Buzludzha no fue la excepción. Estas estrellas se construyeron para que fueran vistas desde toda Bulgaria, y a la gente se le dijo que eran tan pero tan grandes, que se podían ver desde Moscú. Cuando el comunismo llegó a su fin, se corrió el rumor de que estas estrellas estaban hechas de rubí. No es nada delirante de creer. Así que la gente empezó a dispararles a ver si podían vender el cristal y ganar algo de dinero”. Además del vandalismo desenfrenado, la explicación de Andy también justifica que no haya ninguna agencia local que ofrezca paseos a Buzludzha, ni transporte público, ni ningún tipo de promoción, pese a que el edificio está entre las 30 construcciones abandonadas que hay que visitar antes de morir.

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Si ya estábamos asombrados, el paisaje desde arriba es indescriptible. Las nubes están bastante más abajo que nosotros, y estamos más cerca de volar que de volver a pisar tierra firme. El panorama amplio nos llena de algo parecido al poder. Cualquiera, desde acá, caería en la tentación de querer conquistarlo todo. Algunos de los chicos se trepan hasta el último fierro para sacar la foto más alta. En este punto, nosotros estamos satisfechos. Vuelvo a bajar las escaleras entendiendo que muy probablemente, la muerte de este gigante no tenga marcha atrás, y que al fin y al cabo, todo en la historia es parte de in ciclo. Afuera nuevamente aprovechamos el tiempo para sacar fotos de la entrada. Hay grafitis que parecen burlarse de la rigidez del régimen caído.

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Hasta hace poco, en la puerta de entrada había un cartel muy grande que decía “Forget your past” (Olvida tu pasado), e intuyo que con esa sola frase se podría resumir el daño y la indiferencia entendible hacia este edificio. Hace unas semanas alguien le agregó un “Never” (nunca) adelante, y ahora la frase en rojo histriónico parece una orden más vigente que nunca. No sé cuánto tiempo más se podrá explorar Buzludzha sin que eso implique un riesgo inminente, pero hay que hacerlo. Así sea para experimentar la grandilocuencia de un régimen que marcó la historia de esta parte del mundo, y no olvidar.

Algo de datos útiles:

Buzludzha, como cualquier exploración urbana, tiene sus riesgos y no es para todo el mundo. No hace falta mucho estado físico, pero sí saber cuáles son los riesgos que se asumen. Adentro hay muchas cosas sueltas, mucha oscuridad y muchos vidrios que podrían hacer que una pavada termine siendo un accidente serio. No vayan solos, traten de ir al menos de a dos o tres.

Para visitar Buzludzha se puede llegar desde Veliko Tarnovo. Las rutas están en muy mal estado, y casi no hay señalización. Si van a hacerlo por su cuenta, es más que recomendable llevar un buen mapa, no ir sólo y llegar temprano (especialmente si van en invierno). Además de un bien calzado, agua y algo de comida, es imprescindible llevar una linterna.

– Nosotros fuimos a finales de otoño y desistimos de hacer dedo porque por ahí no pasa nadie, y teníamos miedo de quedarnos varados. Por eso, y porque no queríamos ir solos, optamos por hacer un tour. Andy va en 4×4, lo cual le agrega algo de adrenalina al paseo, y la tiene muy clara. Si me permiten un consejo, ahórrense el trajín y vayan con él. Pueden reservar la excursión (20 euros) en el Hostel Mostel de Valiko, ya sea allí mismo o por mail. El paseo dura todo el día.

– Si se quedaron manija con las fotos (había elegido 50 para postear, pero tuve que seleccionar porque me di cuenta que eran demasiadas), les recomiendo que vean este mini documental con la historia de Buzludzha. Está en búlgaro y subtitulado al inglés, y lo interesante es que habla el arquitecto que lo diseñó a medida que recorre las ruinas.

– Y si les gustan los edificios en ruinas, no dejen de leer el post de Ani, de cuando nos propusimos explorar lugares abandonados en Serbia y Croacia

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Laura Lazzarino

8 ComentariosDejar un comentario

  • Huy, llegaron tarde…
    Anduve por Bulgaria en Mayo/2015 y probablemente pase cerca al ir de Veliko a Plovdiv, pero no me entre de la existencia de este lugar.
    Me hizo acordar (no por su forma) a la pirámide que hay en una plaza de Tirana, el Museo Enver Hoxha, hoy casi abandonada y sin quererlo, convertida en un símbolo de su época.

  • Estuve por ahi de mochilero como hace 5 años. Tuve la fortuna de conocerlo gracias a nuestro guia ingles que a su vez era el dueño del hostel de veliko Tornovo.
    La visita fue impactante y si dejas volar la imaginacion…….una experiencia inolvidable.
    Felicidades por el blog Laura.

  • Hola Laura ( soy la del contacto en Cairo) el régimen marco la historia del mundo entero, no sólo la de esa parte del globo!! Buenísima la nota!!!! Abrazos a los dos!

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