Las primeras fotos que vi de Croacia eran fotos de verano, y estaban todas pintadas con un mar de color publicitario, que hacía que mis recuerdos del Caribe parecieran chiquitos. Había playas de piedra, islas con forma de corazón, acantilados abrumadores y siempre un horizonte entre turquesa y verdoso que daba unas ganas tremendas de zambullirse en la pantalla sin ojotas ni protector solar. Era algo un poco hipnótico, pero me dejé encantar a conciencia. El verano me hace feliz, y mucho más feliz cuando es en meses directamente relacionados con el frío. Junio en la playa = victoria.

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Con las sobredosis de fotos y de información, quería llegar al mar más o menos desde que me había subido al avión en Argentina. No importaba que antes tuviera que pasar la noche en el aeropuerto de Barcelona, que primero fuéramos a pasear por Zagreb, que después nos instaláramos en Belgrado y terminásemos viajando en tren por algunos pueblitos del interior de Serbia. Yo sabía que en algún momento ─más precisamente a mitad del viaje─ íbamos a llegar a la costa croata. Sin importar qué tan irreales fueran los colores de esas fotos o la perfección de esas playas, el mar, sin lugar a dudas, tenía que ser protagonista de uno de los desafíos. Y qué mejor que desafiar al mar y a nosotras mismas haciendo una de las cosas que mejor sé hacer. Ya está, hagamos dedo.

Generalmente, navegar me hace muy mal. Soy una chica de río. Nací a pocas cuadras del Paraná, en una costa barrosa y llena de camalotes, con un olor a tierra y a agua húmeda que yo reconozco como mi casa en cualquier parte del mundo. El agua de mi río es marrón, y yo al río no me meto. Mi relación con el río es desde la orilla; desde allí conversamos. Pocas veces me aventuro a embarcarme, y cuando lo hago, el río es tan gentil que el barco ni se mueve, y yo me olvido que estoy sobre el agua líquida y disfruto aún más del olor a Paraná penetrante. Con el mar, en cambio, no tengo la misma suerte.

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Hacer barcoestop iba a ser un desafío por partida doble. Teníamos que subirnos a un barco que nos quisiera llevar por voluntad propia, y yo tenía que tener el suficiente control de mi cuerpo para no vomitar o desmayarme a mitad de camino. Así de dramáticas son mis descomposturas. Si navegamos mar adentro me pongo verde a los 15 o 20 minutos de zarandeo y entonces me tengo que acostar para que el movimiento me afecte menos. Lo de mirar el horizonte no me sirve. Acostarme va bien siempre y cuando quede momificada en posición horizontal hasta que lleguemos a tierra firme. Si no, si intento sentarme o cambiar de posición, vienen las arcadas. No tengo que especificar lo que pasa después, pero créanme que es colosal y que a la horrible incomodidad de expulsar todo lo que ingerí hay que agregarle la destreza de embocar barco afuera, en pleno movimiento (lo que genera un cuento del huevo y la gallina: vomito porque me siento descompuesta y toda la maniobra de vomitar me descompone). Lo más tremendo es que ahí no se termina. Mi cuerpo quiere seguir aun cuando ya no tengo nada más que sacar, y entonces viene lo peor: hago tanta fuerza, me pongo tan débil, que empiezo a ver negro hasta que pierdo el conocimiento. En síntesis: una tortura china para mí y un castigo para el que no lo sufre, que tiene que oficiar de enfermero a bordo de ese lavarropas que es el barco. Si vemos delfines, si las gaviotas nos vienen a comer de la mano, si una sirena se pone a cantar una serenata a cinco metros del barco, yo me lo pierdo porque estoy acostada. (Si estoy colgada cintura afuera del barco la imagen es tan patética que no se acerca ni una mojarra). Ya me pasó navegando en Honduras, ya tuve tiempo para delirar las 36 horas de cruce del Pasaje de Drake rumbo a Antártida. Se preguntarán a esta altura por qué someterme a semejante suplicio. La verdad es que me encantaría que nada de todo esto me pasara. Me encantaría convertirme en la reina del barcoestop, recorrer las islas del Caribe o el Pacífico Sur en barco o, lo que es mejor, cruzar de Europa a Sudamérica navegando. Entonces pienso que capaz la práctica hace al (estómago) maestro, o que en cualquier otro país voy a encontrar un Dramamine biónico que me va a quitar todas las penas. Hasta no probar, no lo voy a saber.

La reina del barcoestop... :P

La reina del barcoestop… 😛

Vimos el mar por primera vez desde arriba de un bus, rumbo a Kastav, un pequeño pueblo en la península de Istria. La emoción fue tanta que no pude disimular. Ahora comenzaba mi segunda parte del viaje, ahora arrancaba el verano, ahora todo iba a estar bien (esto no tiene sentido, porque todo ya venía bien, y porque no había nada que arreglar, pero esa es la sensación que me da el verano, no me pregunten por qué). Lo primero que tengo que decir, es que las fotos no mentían. No estaba ni remotamente cerca de una de las playas más espectaculares de Croacia, pero qué mar. Si antes quería darme un chapuzón en el monitor, ni les cuento ventanilla de por medio. Ni bien llegamos a Kastav y nos acomodamos en la casa de nuestro couch, empezamos a hacer planes para llegar hasta Malinska, en la Isla de Krk (desafío aparte: pronuncien este nombre sin sentir que se les atragantó un carozo de aceituna). Y como el bus era ridículamente caro, nos pusimos a hacer dedo.

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En el medio se nos antojó meternos al agua, así que hicimos parada para nadar. Estaba helada, pero no importó. El agua tiene tanta sal que uno flota muy fácil. Y hay peces, muchos peces.

El objetivo de llegar hasta Malinska tenía más que ver con el desafío de Ani, pero ya que el pueblo tiene un puerto muy accesible, empezamos a pensar en los pormenores del barcoestop. Hacer dedo en tierra es bastante fácil. No lo digo porque ya tenga viajes de sobra. Me refiero a que, sin importar si se tiene o no experiencia, todos tenemos más o menos una noción de cómo funciona, de qué hacer, de cuáles son las reglas. El punto de partida, claro está, es la ruta. ¿Pero, y con los barcos? Sí, el puerto. Pero con pararse en un muelle no alcanza. Hay que hablar, hay que convencer, hay que ofrecer algún tipo de trabajo a cambio (aunque muchos piensen que eso anula el concepto de “a dedo”). ¿El destino? Una de dos: cualquier barco tiene que quedarte bien, como a nosotras, o tenés que enganchar justo el barco que va exactamente hacia el mismo lugar donde querés ir vos. Y la razón es simple: no te podés bajar del barco a mitad de camino. Lo que es peor, pensándolo bien, es que si la situación se torna tensa, si el capitán empieza a navegar como un loco, si se pone a tomar alcohol, si aprovecha la situación para querer sobrepasarse, si decide hacer sushi con tus brazos y piernas y mollejas, no tenés mucha escapatoria. Estamos fritas. Modo paranoia detectado = inexperiencia.

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Intenté, justamente, que no me venciera el miedo a lo desconocido, pero una de las primeras cosas que había aprendido esa tarde en Malinska, es que el barcoestop es algo totalmente distinto al autoestop, y que la experiencia podía servirme, quizá, para romper con el temor de preguntarle a algún capitán, o con el sexto sentido de saber a quién preguntarle y a quién no, pero no me iba a ayudar mucho más allá. Esa misma noche, me metí a investigar en todos los foros que encontré en Internet. Lo primero que descubrí ─aunque esto más o menos ya lo intuía─ es que lo mejor es acercarse a los puertos bien temprano por la mañana, sobre todo si se quiere hacer un viaje largo. La insistencia, es otro factor. Mientras que para ir de un punto A a un punto B por carretera se puedan esperar horas, para lograr ir de una isla A a una isla B, quizá hagan falta días. No teníamos mucho tiempo disponible, y eso ya representaba un problema. Las habilidades náuticas eran otro punto a tener en cuenta, ya que muchos capitanes aprecian que uno de una mano a bordo a cambio del pasaje. Acá, como ya les dije, yo tenía problemas en mayúscula. Además de las ráfagas de vómitos aseguradas, no tengo la menor idea de nada. Y si ya de por sí tengo que pensar con qué mano escribo para distinguir derecha e izquierda (no exagero), imagínense diferenciando babor de estribor, ni qué decir de proa y popa que encima me causan gracia. Si por algún motivo el capitán tuviera algún tipo de emprendimiento comercial, así fuera de alimento balanceado para medusas, yo podría ofrecerle un link en mi blog. Al fin y al cabo, ese no deja de ser mi trabajo. ¿Pero si no? Me daba vergüenza admitir que éramos dos chicas queriendo viajar gratis al 100%, pero supuse que esa era una ocasión para sacar provecho de la condición femenina, y sonreír y caer simpáticas, siempre buscando una pareja o una familia para descartar la opción del sushi. Resueltas o aclaradas las circunstancias, ese era más o menos el plan. La próxima parada iba a ser Split, y sabiendo que desde ahí parten muchos barcos a las islas cercanas y que los puertos son bastante accesibles, fijamos el primer intento allí.

Uno de los puertos de Split.

Uno de los puertos de Split.

Intento de barcoestop n° 1: El ferry de Split

Split es preciosa. Nosotras llegamos cansadas después de un viaje complicado, pero el desafío seguía presente, así que juntamos nuestra mejor voluntad, y hacia allá fuimos. Queríamos llegar, en la medida de lo posible, a la isla de Milna, pero en su defecto, cualquier barco nos dejaba bien. Fuimos primero al puerto privado, y todo lo que encontramos fue una colección magnífica de barcos amarrados. Había de todos los tamaños, en todos los estados, de todos los colores. Uno más lindo que el otro, pero no había ningún dueño a quien preguntar. Sentí como si estuviéramos haciendo dedo en un estacionamiento. Tuvimos que enfilar para el otro puerto, aun sabiendo que era de un perfil más comercial. Nos encontramos con dos ferrys enormes, los dos con viajes a Milna para el día siguiente. Pedimos hablar con el capitán. Les explicamos sobre los desafíos, les contamos del viaje, de Islandia, de las ganas que teníamos que navegar las costas croatas. No se trataba solamente de no pagar, queríamos subirnos no como dos pasajeros más, sino como dos escritoras de historias. Queríamos ver la sala de mando, escribir sobre el trabajo del capitán. Nunca sabremos si fue porque somos dos chicas, o porque la propuesta fue innovadora, o porque Aniko se estaba pasando bronceador por los brazos mientras hablábamos con el capitán, pero el hombre no tardó en decir que sí. Dijo que le gustaría, que había lugar, y que él podía ayudarnos, pero que antes teníamos que hablar con Ivana. Acto seguido sacó su celular, dijo algunas palabras en croata y nos indicó que estuviéramos a las 6 al otro día. Por las dudas, nos dieron un mail, por si queríamos mandar la propuesta, contarle un poco mejor sobre los desafíos, presentarnos. Nos fuimos a la playa con una victoria bajo el brazo. No queríamos darnos por hechas hasta no subir al barco, pero todo había sido tan natural, que no había motivos para desconfiar….excepto, por un pequeño detalle.

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Puede que lo que esté por decir suene controversial, que algunas de mis colegas se sientan ofendidas. Lo tengo que decir igual: las minas somos yeguas. Y lo digo así sin rodeos, vulgar, explícitamente, porque decir “las mujeres somos mal llevadas” no reflejaría la ferocidad con que una mujer puede arruinarle de manera intencional los planes a otra mujer. Yo no sé si son celos, inseguridad, poder o cuestión de territorio, pero ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que un conductor deja de frenar por la mala cara que le pone la mujer, o las veces en que alguien te está por invitar a su casa y declina con excusas inverosímiles después de haber hablado con su mujer. Ahora, Ivana, mujer, esposa del dueño del ferry, nos decía que no en la cara sin más. Si ayer te dije que sí, bueno, ahora te digo que no. Y si le mandaste un mail a mi marido (que yo no sabía, es el que lee los mails del [email protected]), entonces yo, que soy mujer, que soy su mujer, que soy tan dueña de este ferry como él y tan mujer como vos, te digo que no. Y movete de la fila porque hay gente que quiere pagar. Y así, con cara de “yo también soy mujer y sé que me decís que no porque sos una yegua malvada”, pagamos nuestro pasaje y nos subimos al ferry.

Barcoestop: 1 – Lau y Ani: 0

Intento de barcoestop n° 2: El barco en andamios en Milna o los veleros de fiesta

El ferry no era la gran cosa en sí mismo. Yo, por las dudas, me había tomado la versión croata del Dramamine. No sentía mareo, y eso estuvo bien, hasta pasada media hora de viaje cuando empecé a sentir un sueño incontrolable y de repente no podía estar ni parada ni sentada que me dormía. Primero pensé que era por haber madrugado, pero cuando llegamos a Milna y tuve que mojarme la cara cada media hora para no dormirme, empecé a sospechar que a lo mejor el remedio croata para la descompostura era atacar las náuseas con sueño, mucho sueño.

En Milna nos estaba esperando Jurko, dueño de la marina de la isla y miembro de couch. Nos sentamos en un café a esperar a su amigo, y mientras nos presentábamos y yo luchaba contra mis párpados, le contamos sobre el desafío. Jurko tenía 3 buenas noticias:

1. Él era dueño no de uno, sino de muchos barcos y podía, así fuera para entrar en calor, cruzarnos al otro lado de la bahía. No supimos si contar eso como una victoria o no. Para mí fue como sumar medio punto.

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2. Uno de esos barcos estaba en tierra, sobre unos andamios bien altos, y era el lugar donde íbamos a dormir. Lo tenía especialmente para los couch. No sería como hacerle dedo a un barco peeeero…

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3. Esa misma noche, iban a atracar frente a nuestro barco terrestre, 40 veleros de la empresa The Yatch Week, algo así como una fiesta navegante para gringos con plata. ¿En qué consiste? Uno reserva su lugar, paga muchos, muchos billetes verdes, y lo llevan durante una semana de puerto en puerto, de fiesta en fiesta. Navegar, casi que no importa, lo interesante (?) es pasársela de joda en islas que uno ni sabe dónde quedan. Según Jurko, con un poco de carisma y otro poco de alcohol podríamos conseguirnos un lugar hasta la próxima isla.

Así que cruzamos en un barco, nos instalamos en el otro barco, nos fuimos a la playa, me hice una siesta al lado del mar, y a la noche nos dispusimos a conseguir nuestro ticket. La ilusión, sin embargo, nos duró poco. Primero porque al lado de las gringas excitadas que para las 8 de la noche ya estaban borrachas y enloquecidas al grito de wuuuuuu, nosotras no teníamos mucho que hacer. Segundo, porque los pocos coordinadores sobrios que quedaban, nos explicaron que al ser un barco privado no había posibilidades de sumar gente extra. Que lo lamentaban, pero que era un no rotundo. Un poco cabizbajas nos subimos al barco terrestre de Jurko, que para nuestra revancha despertó la envidia de los coordinadores. Eso era lujo de verdad.

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Esta playa existe, este mar existe, y es así como se ve en la foto. Sáquenme de acá, porque me quedo a vivir, ya le avisé a Juan.

Atardecer en Milna.

Atardecer en Milna.

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Barcoestop: 2 – Lau y Ani: 0.5, ponele

Intento de barcoestop n° 3: Si no es barco, que sea lo que sea

La tarde siguiente la pasamos probando nuestra suerte en el puerto de Milna, pero las respuestas eran siempre parecidas: a los barcos privados, a menos que el dueño esté a bordo, no se puede. Y en el mismo momento, encontrar a los dueños, es una lotería.

Nos fuimos a Dubrovnik con una sensación de frustración. Por un lado sentía que no habíamos hecho lo suficiente, pero por otra parte sabía que habíamos hecho lo que el tiempo nos había permitido. La lección era: para hacer barcoestop hace falta tiempo. 

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Sabíamos que en Dubrovnik iba a haber muchos barcos, pero si no habíamos tenido suerte en puerto chicos, pretender conseguirlo en uno de los puertos más recurridos de Croacia era demasiado ambicioso. Al fin y al cabo, lo que yo quería era recorrer la costa desde el mar, interactuar con el agua de algún modo más allá que nadando. De pronto, tuvimos una idea: ¿y si cambiamos de rumbo? ¿Qué tal si en vez de buscar “navegar” en barcos, intentamos “navegar” otras cosas? El final del viaje se acercaba, y aunque podría haberme pasado todo el verano panza arriba metida en el mar, no quería irme sin cumplir el desafío.

─ Estamos jugadas, Ani. Busquémos subirnos a lo que sea.

─ Yo quiero andar en moto de agua. (En ese momento pensé que me lo decía en chiste, o que Aniko estaba loca).

─ Yo…yo quiero andar en kayak!

Y así fue, yo me puse a buscar la manera de conseguir un kayak, y Aniko de conseguir un jetski. De los puertos pasamos a las playas, de los capitanes, a los guías. Yo no sé si es que en Dubrovnik hay tanto turismo que ya está todo visto, o si los croatas están hasta refritos de los fanáticos de Games of Thrones y de los coreanos que se sacan fotos ridículas en cualquier parte, pero lo que no habíamos conseguido en una semana de ir y venir, lo terminamos logrando en dos tardes. ¿Dijeron desafíos, así como juegos? ¡Qué divertido! ¿Y vienen viajando cumpliendo pruebas? ¡How cool! ¿Y no tienen carné y nunca manejaron una moto de agua? ¡Wow, qué arriesgadas, pero les presto la moto igual! (Ok, voy a decir que hasta que no estábamos arriba yo NO sabía que Aniko no sabía manejar. Definitivamente no me decía las cosas en chiste. Aniko está loca).

Pixeladas y todo, esas somos nosotras dos!

Pixeladas y todo, esas somos nosotras dos!

Y hasta acá llegamos...

Y hasta acá llegamos…

Diosas antes de arrancar...

Diosas antes de arrancar…

Anikoooo nos vamos a mataaaar!

Anikoooo nos vamos a mataaaar!

Si tuviera que cerrar el marcador, creo que este sería el puntaje:

Barcoestop: 2 – Lau y Ani: 2

(0.5 por el barco de Jurko + 0.5 por el kayak + 1 por la moto de agua, que como es difícil vale doble). Aunque si lo pienso bien, dormir en un barco a unos cuantos metros de altura, también tiene su mérito…

No sé si en cuestiones técnicas ganamos, perdimos o empatamos, pero para mí fue un desafío cumplido. De las playas croatas

no me quería ir más. Y ahora, que ustedes me leen y que las fotos que están viendo son mías, les digo: ese color existe. No fui ni a la isla con forma de corazón ni a la playa de arena, pero Croacia es un paraíso.

Algunos datos sobre este desafío y sobre barcoestop

 La cantidad de veces que intentamos subirnos a un barco fue de aproximadamente 10. La cantidad de veces que nos rebotaron la misma. (El barquito de Jurko no lo cuento porque él lo ofreció antes de que pidiéramos).

La cantidad de veces que intentamos conseguir un kayak fue de 1, lo mismo que la moto de agua. Lo conseguimos al primer intento. Suena más o menos así:

La web hitchwiki tiene un pantallazo general sobre barcoestop. Pero si quieren más info, lo mejor es leer “Barcoestop. El manual para navegar por el mundo por poco dinero”, de la Editorial Viajera. Lo mandan a todo el mundo. Yo lo tengo pendiente.

Acá van las gracias merecidas a Alexandra y a Dado, que nos llevaron a kayakear por la costa croata a pesar de la tormenta, y que se rieron mucho con nuestras locuras del desafío. La experiencia es impresionante, sobre todo por el snorkel del final. Si se dan una vuelta por Dubrovnik y tienen ganas, Adventure Dubrovnik tiene paseos en kayak bien completos, y es seguro, aunque no tengan experiencia.

Gracias también a S. que nos prestó la moto de agua. (No pongo en nombre para no comprometerlo, porque de verdad, no teníamos idea de lo que estábamos haciendo). Si alguien tiene ganas, alquilar motos de agua en Dubrovnik no es difícil, aunque sí un poco costoso. A mí la experiencia me encantó, especialmente por la adrenalina.
Este post forma parte de la serie “Desafío Serbia-Croacia”, un viaje de tres semanas que estoy haciendo junto a Aniko, de Viajando por Ahí. Pueden leer el Desafío #7: Explorar lugares abandonados en su blog. También pueden seguir el día a día de nuestro viaje por Twiter, y mandarnos sus desafíos para las ciudades que vienen.

En este desafío contamos con el apoyo de:

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Laura Lazzarino

8 ComentariosDejar un comentario

  • Estaba por ir a dormir (aca es media noche), y al ver que publicaron nuevos desafios me meti medio somnolienta a leerlos. Me mori de la risa y solte una carcajada tremendo cuando lei “…Sentí como si estuviéramos haciendo dedo en un estacionamiento”. Hacia mucho que no me reia tanto! Gracias Lau!!!

  • Genial el post Lau! Ahora te hago una pregunta que me queda dando vueltas, y que me hago porque uno de mis sueños es hacer más o menos lo mismo que ustedes: en qué idioma hablaban ahí? Me decís que hablás croato y voy hasta donde estés y te felicito. Yo sé bien italiano y sobrevivo en inglés… será funcional?

    • Hola Germán! Te cuento, en serbia hablan serbio (y usan el alfabeto cirílico, voy a escribir sobre eso más adelante) y en Croacia hablan croata. No hablo ninguno de los dos. Nosotras nos manejamos en inglés, que hablamos bien y, sorprendentemente, con un poco de alemán. Como mucha gente vivió en Alemania o en Suiza durante épocas de exilio, te encontrás gente mayor que no habla inglés pero sí alemán. De todas maneras, la voluntad de comunicarse la tienen, pase lo que pase, y si no es con idioma, alguna vuelta le van a encontrar! No te preocupes que no vas a tener problemas!

  • ¡Buenísimo! Un empate entre Lau+Ani y barcoestop es muy meritorio. Y lo importante es que disfrutaron y se divirtieron, así que son claras vencedoras de este viaje por Croacia.
    ¡Abrazos!

  • Hola Laura,
    Te acabo de conocer gracias a un vídeo conferencia que realizaste con Daniel tabaro no se hace cuanto, pero recién acabó de descubrir su mundo y me encanta. Jajaja. Tengo 21 años proximos a los 22 como tu cuando comenzaste tus aventuras, me acabó de graduar y pues si, estoy decidida a comenzar mis viajes, solo que aun sola no me atrevo pues no se ni como conseguir dinero estando en otro país, ciertamente tengo un ahorro. Pero no se como proseguir y no tengo amigo o amiga que me acompañe en mi aventura, quería saber si es posible viajar con ustedes o con otros viajeros que tengan un poco mas de experiencia que tu conozcas. Muchas gracias por tu blog está buenísimo. Éxitos.

    • Hola Mariana! Me hiciste sonreír con tu mensaje 🙂 Nosotros no organizamos viajes con gente, y si bien a veces viajamos con otros mochileros es una cosa más bien espontánea. Ppdés fijarte en esta web: http://www.viajerosunidos.com.ar que sé que ponen en contactos a viajeros para encontrar compañeros. De todas maneras, que estar sola no sea un impedimento. Animate, que va a ser un paso muy importante!

      Un abrazo y buen viaje!

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