Lo primero que pensé cuando llegamos a Berat, es que sus famosas mil ventanas no eran otra cosa que mil ojos que nos miraban desde las colinas, a ambos lados del río Osum. La imagen, como todas las primeras impresiones, me quedó estampada. Hacía un calor horroroso y el aire estaba enviciado con un polvo fino que se me pegó por todos lados. Así y todo, a pesar de la incomodidad del sol, de las calles en subida y de las mochilas en la espalda, llegué a Berat feliz. Lo recuerdo ahora, casi tres meses más tarde. Ahora que afuera todo es frío, que ya crucé varias fronteras desde que abandoné Albania, que las emociones saltaron desde mil trampolines y el furor y el olor fresco de las calles empedradas son más un recuerdo que una sensación en la piel.

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En Berat nos quedamos a vivir durante casi 25 días. Ya no recuerdo el orden en que sucedieron las cosas, ni en qué momento dejé de mirar esas montañas con ojos de descubrimiento y pasé a adoptarlas como parte del paisaje diario. Los recuerdos se me van trenzando y quizá tenga sentido. A la larga, todo tiene que ver con todo (aunque escribirlo no sea cosa fácil). Este es mi intento de ordenar mis memorias, como si desparramara fichas sueltas de un dominó sobre la mesa, como si fuese abriendo de a una esas ventanas que tanto recuerdo.

Mini residentes, o el intento fallido de alquilar una casa

No nos pasa nunca. Nosotros no viajamos a la suerte, ni nos echamos raíces en ninguna parte. En eso, tengo que decirlo, la última palabra la suele tener Juan. Yo sí soy más una Susanita momentánea de mundo, y no hay semana en que no elija una casita donde quedarme a hacer mermeladas y jardines en los que ver pasar la tarde o sentarme a leer. Suelo querer quedarme a vivir en todos lados, pero pocas veces se da. Este viaje, sin embargo, es distinto. Estamos sin tiempo hasta diciembre, viajando más con el corazón que con los pies. Por eso, cuando un virus en mi blog se juntó con dos pedidos de notas y unas cuantas tareas más, decidimos hacer algo que no habíamos hecho jamás: alquilar una casa. Nos habían comentado que en Albania era posible conseguir departamentos por 50 euros la semana, y con ganas de estar solos, hacer nidito y trabajar en paz, nos aferramos a la ilusión. Y qué mejor que hacerlo en una ciudad hermosa como Berat.

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Llegamos, revoleamos las mochilas en la recepción de un hotel y nos fuimos a caminar por el laberinto de callecitas, ansiosos por encontrar nuestro próximo hogar. Tardamos nada en darnos cuenta que lo que queríamos era imposible. En primer lugar, no había cosa tal como una casa o un departamento en alquiler, y cualquiera fuera nuestro pedido o nuestras explicaciones, todos los caminos conducían a una guest house, donde los precios no bajaban de 30 euros por día, sin parámetros: daba lo mismo que fuera un hotel prolijo a un sucucho de 3×2. De cocina, Internet y privacidad, ni hablar. A la cuarta pensión me harté y me encapriché y pataleé porque qué odio, una vez que tengo un poco de plata para pagar mi tranquilidad, que todo sea tan difícil. A las 8 de la noche terminamos en el BackPackers Berat, el único hostel como Dios manda en toda la ciudad. Fue un pedido desesperado: le explicamos al recepcionista la situación, y como pensábamos quedarnos una semana, le pedimos descuento. Al día siguiente, más relajados y menos sudados, nos mudábamos al cuarto más lindo de todo el hostal, terraza privada con vista al río incluida. En ese momento no lo supe, pero después de unos días entendí que eso era lo mejor que nos podía haber pasado, y agradecí que ninguna casa se cruzara en nuestro camino. En el Berat Backpackers nos íbamos a quedar a vivir.

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Rutinas inventadas

Durante una semana fue siempre igual. A las 8 de la mañana, Sasha nos abría la puerta sin golpear. Desayunábamos té con tostadas y a eso de las 10 empezábamos a trabajar. Escribir, escribir, escribir. Cuando el canto de la mezquita cortaba el silencio del atardecer, sabíamos que era hora de apagar las compus y salir a dar una vuelta. Como todos los locales, hacíamos la pasadita por el puente. Nos diferenciábamos de ellos por dos cosas básicas: nunca teníamos nuestras mejores galas, ni estábamos en busca de un marido. Así y todo nos divertía ver el desfile de modas improvisado a lo ancho del río, los grupitos fumando a escondidas, los vendedores de frutas mezclados con los adolescentes y sus celulares, el aura mágica que le daban las ventanas iluminadas de Berat. Hacíamos las compras, cenábamos lo que cocinábamos y terminábamos la noche con nuevas ideas para seguir escribiendo más y más.

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Al sexto día, se terminó el contrato. Habíamos entregado el trabajo a tiempo, pero algo nos decía que no era momento de seguir. Pagamos y el vuelto vino con propuesta. Un voluntariado de pocas horas a cambio de alojamiento (ya no en el cuarto con balcón, pero sí con patio de viñedos y plantas de membrillo a disponibilidad), durante dos semanas. Dijimos que sí y fue sin pensarlo, porque ni bien mudábamos nuestras cosas al cuarto nuevo, me invadió la desesperación. Otra vez recepcionista de hostel, otra vez jefe, otra vez todo eso que había dejado atrás a mis veinte años. ¿Qué estaba haciendo? Lo supe pronto: estaba haciendo una pausa, estaba viajando lento, y estaba bien. Esa casa del siglo pasado se volvió mi casa y nos acostumbramos rápido. No había lugar más fresco en todo el verano de Berat que el sillón bajo la planta de membrillos. Me enamoré.

La escuela de las calles de piedra

Siempre me avergoncé, pero para todo lo que sea historia tengo memoria de mosquito. No me explico cómo aprobé parciales y finales, cómo fui la responsable de los mejores resúmenes de toda el curso y hoy, apenas cinco o seis años después de aquellos exámenes, no pueda recordar fechas puntuales, ni relacionar la historia argentina, por ejemplo, con la historia mundial de la misma época. Sin embargo, viajar me sirvió para darme cuenta que la culpa no era del todo mía, porque, oh sorpresa, de las cosas que aprendo viajando, de la historia de los lugares, no me olvido más. Así me pasó con Berat.

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Fue la tribu Iliria, en el siglo III A.C. la primera en establecer un asentamiento llamado Antipatrea sobre estas montañas. Durante los siglos X y XI D.C. los bizantinos engrosaron sus fortificaciones, tarea que fue continuada por los búlgaros, luego de que la invadieran en el siglo IX. En el año 1345, los serbios ocuparon la ciudad y la renombraron como “Beligrad” -ciudad blanca- dando origen al nombre actual. El Imperio Otomano conquistó Berat en el año 1450 y la retuvo hasta 1912, año en que Albania se independizó. Cuando el régimen comunista de Enver Hoxa -que gobernó el país desde 1946 hasta 1985- inició su campaña atea y destruyó la gran mayoría de iglesias y mezquitas del país, Berat salvó su centro histórico por ser considerada como “ciudad museo”. En la actualidad, su casco antiguo alberga una de las pocas muestras de historia religiosa de Albania, y esas muestras cobraron un sentido único delante de mis ojos cuando entendí por qué y por quiénes estaban ahí.

Hoy, la parte antigua se divide en tres barrios tradicionales:  Gorica (se lee Goritza), Mangalem y Kalaja. El primero es el que está del otro lado del río, y es en donde está nuestro hostel. Tradicionalmente es un barrio cristiano (en Albania la gente presta mucha atención a la religión, y es una de las primeras cosas que te dicen cuando se presentan). A mí me gusta porque al estar un poco alejado de “lo que hay que ver”, tiene esa alma auténtica de barrio: nenes jugando a la pelota en la calle, señoras sentadas en los umbrales conversando y una vida urbana que transcurre entre sus calles angostas de piedra, por donde no pueden pasar autos. Mangalem es algo así como el barrio del medio, porque es el que hace de nexo entre los otros dos, y es la parte musulmana del pueblo. Tanto, que lo primero que te chocás cuando cruzás el puente es la Mezquita de los Jóvenes -construida en el siglo XIX para los hombre solteros y los jóvenes artesanos-. Un poco más allá están la Mezquita del Sultán -que data del siglo XIV y es la más antigua de Albania- y la Mezquita de Plomo -la más grande de la ciudad, cuyo nombre de debe al metal que recubre las cúpulas esféricas-. Kalaja, por último, es el barrio alto, donde se encuentran los restos del antiguo castillo. Aunque la mayoría de los muros datan del siglo XIV, las partes bajas aún conservan restos de las murallas construidas por los ilirias. Lo curioso es que, aunque el fuerte es Patrimonio de la Unesco, la gente todavía vive dentro de sus murallas, por lo que el paseo es más una caminata por el barrio que una visita a una antigua construcción. Kalaja también es un barrio católico, aunque de las más de veinte iglesias que se encontraban aquí, apenas una docena se mantiene en pie y están casi todas cerradas. Hay que dar justo con el cuidador para que abra la puerta…

Cinco ventanas, cinco sentidos

Vista

Adentro de la capilla sin nombre, la oscuridad secuestró al tiempo. Hace frío de encierro, y las pupilas recalculan despacio. Hay frescos perfectos en las paredes y en el techo, y aunque hace falta acercar los ojos hasta los muros, los hombres están ahí. Las expresiones intactas, bizantinas. La oscuridad crea una especie de neblina invisible y constante. Me acerco tanto a cada imagen que siento que voy a tocar esas figuras con los párpados. Todo está pintado a metro y medio del suelo. Yo mido un metro sesenta. Lo que mejor veo, son los pies. Después, lo que hay arriba, se va desdibujando a medida que la vista se acostumbra, y es como si esos rostros estuvieran ahí para decir algo, algo que a oscuras me cuesta mucho entender. El cuidador de la iglesia -que abrió la puerta para otros turistas y que no tuvo más remedio que dejarnos pasar- hace tintinear el manojo de llaves con impaciencia. Es hora de irse. Cuando cierra la puerta, no hay ni un rayo de luz capaz de sobrevivir ahí dentro.

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Oído

Sa kushton?, le digo, con el arroz en la mano. La mujer abre los ojos como planetas y se ríe, porque la gringa que viene todas las tardes a comprarle a la despensa, por fin aprendió a preguntar cuánto cuesta cada cosa. Me responde y no le entiendo. Los centavos no me los sé. Sé contar solamente hasta ocho. La mujer se ríe de nuevo y, como todas las tardes, me anota cada precio en un papelito, a medida que voy señalando lo que quiero. Le pago la cantidad justa de Leks, y me voy diciendo Faleminderit, con una sonrisa. Ella me responde algo que no sé. No me importa. El universo que se abre al escucharme a mí misma diciendo palabras en otro idioma es asombroso. Estoy empezando a sentir Albania, realmente.

Gusto

Yo le digo Gezuart y él me responde chin chin, porque le sale fácil, porque le parece gracioso. Son apenas las 10 de la mañana, y en ese vaiven del vasito desde el brindis hasta mi boca, tengo tiempo suficiente para preguntarme cómo voy a hacer para tomarme todo es líquido que cualquiera podría confundir con agua, pero que acá no podía ser sino raki. Tiene un nombre simpático, y hasta se me ocurre que la “i” final es porque debería ser chiquito, porque nadie debería tomar más que un sorbo y basta. Acá, el destilado de una fruta que nadie sabe especificarme si es uva o una cereza silvestre, se toma como el mate en Argentina: a toda hora, en cantidades industriales, para socializar, para empezar en día, para charlar de algo importante. Acerco la nariz y el olor solo me desinfecta hasta las entrañas, pero no puedo rechazar, así que frunzo los ojos y me lo tomo todo, hasta el fondo de la copita. Él me festeja la valentía y rellena la copa, sin importar los Jo, los Faleminderit, las manos en señal de es demasiado. Gezuart, chinchin, y dale que va que Albania te da la bienvenida, aunque te embriagues a las diez de la mañana y no sepas cómo hacer para llegar al hostal sin estallar de la risa, con el estómago ardido y el paladar contento porque el raki tampoco es tan feo, y otra copita más seguro que me podría tomar. Pero qué linda que es la vida, y qué empinadas están las calles, no me acordaba. Faleminderit.

mangalem

Tacto

Los hombres de Mangalem pasan largo rato sentados en el umbral o en la vereda, revoleando en silencio su tasbih, ese rosario que usan los musulmanes para recordar a Allah a toda hora. Tienen un gorrito blanco que no se quitan nunca, y una pila de zapatos en las puertas de sus casas, porque acá nadie entra sin dejar el calzado fuera. Juan me dice que lo turco se nota tanto que cien años no son nada. Me paro a medio conversar con uno, que nos hizo señas con la mano. Habla un poco de inglés. La charla pasa desapercibida, pero cuando nos estamos yendo el señor me dice gracias y se lleva la mano al pecho, justo sobre el corazón. Yo hago lo mismo en un acto involuntario, pero entonces me doy cuenta de que vengo imitando ese gesto desde hace semanas, y que me hace muy bien. Decir gracias y llevarse la mano al corazón es sinceridad corporal.

Olfato

Sé que va a sonar raro, pero tengo que decirlo así, sin vueltas: en Albania descubrí el café. O mejor dicho, en Albania descubrí que hay otro café diferente y que me encanta. Es café turco, dicen, aunque el paquetito diga de manera bien específica que es importado desde Brasil. Los albaneses sirven el café en pocillos muy chiquitos, y lo preparan en un jarrito que tiene medidas justas: 2, 3 o 4 tazas, no más. Dicen que en Berat es donde se vende el café más rico, y en algunas calles hay negocios en donde solamente se comercia café. Son lugares chiquitos, algunos más sucuchos que otros, desapercibidos completamente para la vista. No para el olfato. El aroma a café es tan dominante, que ni la pizzería ni los pollos a las brasas del local de enfrente consiguen aplacar el olor que reina la calle. Y es una delicia.

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Actos poéticos

Estando en Berat, leí este post en el blog de Magali Vidoz, y me quedé pensando, porque tiene razón: viajamos a las ciudades y absorbemos todo, como aspiradoras: sacamos fotos, queremos que haya sol, que esté lindo, paseamos, escribimos, filmamos, todo hermoso y nos vamos. Cuando viajamos así somos como termitas de energía y aunque no haya como medirlo, aunque el efecto no pueda verse, nos llevamos más de lo que dejamos. ¿Y si las ventanas eran ojos? ¿Si me estaban siguiendo los pasos por su ciudad, devolviéndome mi propia mirada? Decidí jugar a que sí. Salí a caminar sin rumbo fijo y empecé a contarle secretos a las calles de Berat. “No puedo dejarte demasiado, pero a lo mejor con un pedacito de mí, baste”. Le dije que me estaba acostumbrando a viajar y que eso me daba miedo, que no teníamos un plan y que esto también me asustaba, que la libertad desencadenada me parecía abrumadora. Después le hablé de lo contenta que me ponía que hiciéramos choripanes bajo sus parras, lo feliz que me sentía de haber hecho dulce de membrillo por primera vez allí, en el patio de una de sus casas, porque volver a hacer dulce era como decir “estoy en mí” y a veces el movimiento constante me resulta muy cansador. Le hablé de Juan, de la ansiedad de haber terminado de escribir un libro que recién ahora se me estaba pasando, de las presiones que me ponía continuamente por ser mejor, por aprender. Le elaboré mi paradoja de querer siempre seguir creciendo y mi miedo canoso a la vejez. Creo que la ciudad me escuchó, porque al final del día ni ella ni yo éramos las mismas. Habíamos destrabado algo.

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Algo de info útil para viajar a Berat:
 Cómo llegar: desde Tirana hay minibuses que parten a diario. El recorrido es de 3 horas aprox. y el pasaje cuesta unos 5 U$D. Hay que prestar atención porque no está muy bien señalizado en dónde bajarse, y sé de muchos que terminaron a la salida de la ciudad. Preferible pasar por insistente y pregintar.

 Dónde dormir: hay muchas opciones para todos los gustos, pero los precios nos varían demasiado. El dormi en el Berat Backpackers cuesta 12 euros. El cuarto privado 14 por persona. Incluye desayuno, y además de interntet hay cocina. Si van, saluden a Zack y a Laura de mi parte.

 Qué ver: casi todas las atracciones son gratuitas, o muy baratas. La entrada al castillo cuesta 1 euro. Vale la pena el Museo Etnográfico, para ver cómo era la vida en la época del Imperio Otomano.

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Laura Lazzarino

18 ComentariosDejar un comentario

  • Hola Laurita, te encontre en mi investigación antes de viajar a Europa sola, bueno estoy viendo la opción de pasar a albania y me tope nuevamente contigo y este articulo me encanto, pero me da igual un poco de miedo viajar sola, partiría de Atenas, que me recomiendas. Espero leas esto a tiempo, besos y buenas nuevas rutas.

  • Lau, no sé por qué caí en tus post de Albania, pero juro que me enamoré. Me enamoré de cómo la describís, y me enamoré del país. En estas semanas en que siento que tengo demasiado de Sudamérica, demasiados años viajando por acá, me da unas ganas tremendas de cruzarme y viajar en bici por allá. Un beso grande!

    • Uy Nati, no te vas a arrepentir. Albania caló hondo en mi corazón, y eso que es un país chiquito. Pero su gente es tan amable, tan hospitalaria, que se la extraña en cualquier parte del mundo. En lo personal, los Balcanes y toda esa zona de Europa me parece fascinante, por su historia y por su presente, que quizá por ser menos “desarrollado” que la Europa occidental hace que sea más auténtico y humano. Pero Albania…Albania siempre tendrá el primer lugar!

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