Hay veces en que prefiero llegar vacía. Dejar de lado todo el peso de la información, los bombardeos de las audioguías. A mí, que la historia se me mezcla en distintos laberintos, me conmueve pararme frente a ciertos espectáculos con calma, invadida por el asombro del descubrimiento, sin necesidad de saber por qué están ahí, qué significan, desde cuándo. Me llena la belleza por la belleza misma, y me gusta descubrir mis propios detalles sin que nadie me diga hacia dónde tengo que dirigir la mirada, y por qué. Cualquier viajero podría decirme que así se pierden muchas cosas y tendría razón. No pretendo que mi práctica sea una oda a la ignorancia. Digamos que, simplemente, hay veces en que me gusta más conocer la historia después, y quedarme con las dos sensaciones: la del momento puro (e ignorante) y la del después recargado (o con más información).

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Salí para Ravenna tarde, porque perdí mi tren y porque casi tomo uno equivocado. En ese correr por los andenes y bajarme con el corazón en la boca por darme cuenta de que estaba a punto de ir para otro lado, me desconocí. Yo no soy así de despelotada, menos cuando viajo sola. Y odio llegar (muy) tarde. Pero ahí estaba, distraída con todas las cosas que se me cruzaban por delante y era yo misma, que más que volar cachilo estaba volando Italia. Acepté mi modo fluir y me subí al tren correcto, después de preguntar quichicientas veces.

Cuando unas semanas atrás había tenido que decidir qué quería ver en Emilia-Romagna, elegí la ciudad de Ravenna casi haciendo ta-te-tí, porque me daba miedo decir la verdad (“quiero verlo todo, elijan por mí que va a estar bien”) y tirar por la ventana cualquier expectativa de seriedad. Así que me pasé una tarde leyendo sobre la región y finalmente dije: “Quiero ir a la universidad del helado, ver el patrimonio de la UNESCO en Ravenna, tener tiempo libre para explorar Bologna, aprender a preparar pasta y comer mucho queso” (bueno, sé que esto último tampoco sonó muy serio que digamos, pero tenía que asegurarme de que se entendiera). Me acordé de ese mail durante mi viaje a bordo del tren correcto. ¿Qué tendrán los Patrimonios de la UNESCO que cuando estoy cerca de uno me sale el alma de coleccionista y tengo que ir? Para ser sincera, no tenía mucha noción de qué era lo que me iba a encontrar en las iglesias de Ravenna. Iba así, liviana de información, de expectativas y hasta de responsabilidad, pero me sentía muy bien.

Llegué con un calor de mediodía que jamás me había imaginado en Italia, y después de buscar mis pases me fui derecho a la Basílica de San Vitale. Lo primero que hice al entrar fue tirar la cabeza hacia atrás, pegar la nuca a la espalda y quedarme muda. Ahí fue cuando me di cuenta de que me paso gran parte de la vida mirando hacia el cielo, incluso en situaciones en las que no hay cielo, o mejor dicho, en que el cielo está inventado, como acá.

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El techo interior de la basílica esta compuesto por un millar de mosaicos del tamaño de una moneda. Los mosaicos de Ravenna son pequeños y brillosos, uno al ladito del otro, en perfecto lugar, en perfecta armonía. Hay muchas escenas bíblicas, paisajes naturales, situaciones históricas. Son mensajes claros para quien los sabe leer, pero un bello y perfecto enigma para los que (y aclaro que no era la única) nos quedamos con los ojos clavados admirando la majestuosidad de algo compuesto por partes tan diminutas. Es imposible mirarlos y no pensar en eso de que el todo es mucho más que la suma de las partes, porque ¿qué es de por sí sólo cada uno de estos mosaicos? ¿Qué sería de este cielo bizantino si faltaran dos, cinco, quinientos pedacitos de color? ¿No somos todos, acaso una pieza pequeñita de un rompecabezas mayor, hermoso, contemplable solamente desde lejos? ¿Y mi historia? ¿Cuántos mosaicos le falta a mi historia? ¿Cuánto sé de todo eso que me une a esta tierra por herencia y que sin ser completamente consciente llevo en la sangre?

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Cerca, un guía grita de memoria las explicaciones de cada imagen a un grupo de estudiantes que siguen su dedo índice en manada. Habla de los romanos, del arte, de los más de mil quinientos años que tiene la iglesia y de su importancia en la historia de la humanidad. Alguien pregunta por uno de los hombres que nos mira desde el techo. Otra chica dice algo sobre Gala Plácida y a mí se me ocurre que si yo pudiera levantar la mano preguntaría cuántos mosaicos hay en toda la construcción, cuántas manos trabajaron colocando uno por uno, si se equivocaron, si acertaron de una con la perspectiva, de dónde salió tanto color. No creo que haya forma de saberlo, y supongo que eso es lo que más admiración me causa. Me quedo suspendida en ese banco durante no sé cuánto tiempo.

Después visito el mausoleo de Gala, el baptisterio de Neón, me doy una vuelta por la tumba de Dante, camino por las calles veraniegas de Ravenna y termino en la Basílica Sant’Apollinare Nuovo, que también está repleta de mosaicos pero que no tiene ningún banco (lo que me tienta a tirarme en el piso a mirar mejor, por suerte me freno a tiempo). Me tomo el tren de vuelta con los ojos repletos de pedacitos y el corazón lleno de algo. Intuyo que es belleza, y quiero conservarla por un rato. Sin pensar en los romanos, en los católicos o en los motivos que tuvieron para construir semejante obra me quedo con la luz reflejada en los cuadraditos, con el asombro de con el fresco reconfortante de la iglesia en una tarde de verano.

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La versión recargada de la visita la hice unos días después, revisando las fotos y mis notas. El profesor gritón, obviamente tenía razón: todas las construcciones datan del año 500 D.C., cuando Ravenna era la capital del Imperio Romano de Occidente. La Basílica de San Vital, al igual que el Mausoleo de Gala Plácida, el Baptisterio Neoniano y la Basílica de Sant’Apollinare Nuovo forman parte de los ocho monumentos declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, por ser las muestras más antiguas y mejor preservadas del arte greco romano.

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Este es el techo del baptisterio, también hecho de mosaicos. El que está en el centro es Jesús, siendo bautizado.

Gala Plácida era hija del Emperador Romano Theodosio I. Capturada por los visigodos, liberada tras la muerte del rey y devuelta a los romanos, fue regente del imperio por más de diez años. Gala aprovechó su poder para demostrar su devoción a la fe cristiana, construyendo y enriqueciendo varias iglesias. Murió en el año 405. El mausoleo donde descansan sus restos era en realidad un oratorio, y se duda de que la intención de Gala haya sido utilizarlo como sepulcro. Los símbolos que se encuentran en su interior (que en temporada alta es muy difícil de apreciar por la cantidad de gente, y por lo pequeño y oscuro del lugar), representan la victoria de la vida eterna por sobre la muerte.

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Tanto en el mausoleo como en el resto de los edificios, los elementos realistas de las imágenes representadas en los mosaicos, fueron sacrificados en pos de realzar los elementos espirituales. En muchas ocasiones, Jesucristo es representado como un hombre mayor, con la barba crecida, con el fin de resaltar que era un hombre sabio, a pesar de haber muerto joven.

Algo de datos útiles para visitar Ravenna:

 Ravenna se encuentra a 75 km de Bologna, y a una hora de tren. El pasaje cuesta 7 euros.

Para visitar los monumentos conviene comprar un billete integrado, que vale para cinco atractivos, y cuesta 8,5 euros. (Si se compran los tickets por separado cuesta mucho más caro). Con un día entero alcanza para ver los lugares más importantes.

 Lo mejor es ir fuera de temporada, para evitar los grupos grandes (especialmente para poder apreciar el interior del mausoleo).

 Si sos fanático de la historia, en el mismo lugar donde venden las entradas se puede pagar por una audioguía, o comprar guías en papel por unos pocos euros. Si, en cambio, disfrutás como yo, lo mejor es empezar por San Vitale, que es la más hermosa de todas las iglesias, y seguro te deja con la boca abierta.

Este post pertenece a la serie del Blog Ville Italia, organizado por el Ministerio de Turismo de la región de Emilia Romagna. Todos los contenidos editoriales siguen siendo producto de mi total antojo, como siempre 🙂

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Laura Lazzarino

2 ComentariosDejar un comentario

  • Hola Laura
    Nadie sabe todo, todos sabemos algo y cada dia aprendemos y conocemosalgo nuevo, la palabra ignorancia la reemplazaria por desconocimiento…
    un fuerte abrazo

  • Laura, en junio 2015 estuve con mi esposo en Ravenna y tu publicación me hace sentir nuevamente ahí.
    Magnifica ciudad !!!!!!!

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