Hace unos días, rejuntando papelitos atrapados en mi diario de viajes, me encontré con estas notas de Puerto Rico. Son notas sueltas, cargadas de impresiones de momentos, porque así fue el viaje, un rejunte de episodios intensos. Decidí publicarlos para que el viaje no quedara inconcluso, porque sentí la obligación de incluir estos pensamientos en el raconto del viaje, que no fue solamente disfrutar de playas hermosas y comer hasta el dolor de panza. Acá van, son fragmentitos de San Juan, pensamientos en vivo y en directo. Las fotos, aclaro, no tienen nada que ver. O sí. A lo mejor son las fotos de los momentos en que estas ideas llegaron a mi mente.

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adoquines azules en San Juan 1

En unas pocas horas toca volver al aeropuerto y de ahí volar hasta casa. La lista de “cosas que hacer en Puerto Rico” está casi completa. Paseamos por la ciudad antigua, fuimos a las playas más lindas, bailamos salsa, bebimos ron. Faltó ver tortugas, pero la desasón que siento no puede ser por algo tan puntual. No, es por otra cosa. Es el vacío que a veces dejan estos viajes fugaces, viajes pantallazos funcionales al turismo y a veces escuetos a la hora de escribir. Me quedé con ganas. Ganas de La Perla, ganas de banquinas boricuas, ganas de más, ganas demás. Supongo que eso es bueno, mejor querer volver a no querer regresar jamás.

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El auto parece surfear las olas de asfalto. En Puerto Rico no hay bicicendas, ni ciclistas, ni lugar para ir a pie. El transporte público es una especie casi extinta. Tampoco se ven muchas plazas fuera del centro histórico: fueron todas reemplazadas por estacionamientos enormes que hacen a la vez de espejos del sol caribe. Para vivir en Puerto Rico hay que tener un auto. No hay vueltas. En estos parques motorizados lo único que florece son los carteles de las franquicias de comidas rápidas. Están todas, las mismas de siempre ofreciendon las mismas no comidas de siempre de los mismos no lugares de siempre. Podría ser Miami, podría ser cualquier lado, pero es acá. Cualquier aventurado podría decir que en la isla hay mucho más orden que en cualquier otro país latino. Las autopistas son tan magnánimas que no dejan lugar a vendedores ambulantes, y apenas si se ven las casas de los barrios. Puede que desde algún punto de vista retorcido quizá tenga razón, pero cómo me gustaría subirme a una guagua, cómo quisiera que pasara una doña y me ofreciera un flancito de coco en vasito de plástico, una alcapurria al paso, una sonrisa de me encanta ser de acá.

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Fuente de las Raíces en el Paseo de la Victoria 1

El martes leímos poesía en la Plaza de Armas. Habíamos estado todo el día de acá para allá en el centro histórico, aporvechando la luz para las fotos, bebiendo piña colada al paso y siguiendo la agenda para no fallar. La tarde trajo este suspiro. Nos sentamos. Una mujer leyó un poema de amor que no me robó el aliento. Después alguien cantó una canción y le gritó al gobierno sin subirse a ningún banco, y tenía tanta bronca y tanta angustia condensada en sus palabras que me hizo llorar. A veces el odio logra conmoverme mucho más. Siguió una señora nuyorican. Ahí aprendí que así se llaman los hijos de los portorriqueños emigrados a la tierra del invasor, y nacidos en su ciudad gloriosa. Gente que a la larga no es de ningún lado. La mujer leyó sus versos. ¿De dónde eres? Where are you from? I am constantly asked. Y lo dijo y lo repitió en inglés y muchos de los interpelados bajaron la mirada. Se me erizó la piel. Qué difícil esta isla. Qué difícil ser de afuera. Después nos invitaron a nosotros a leer y me sentí pequeña. Hablaron de los viajeros, aplaudieron que el encuetro hubiera tomado un carácter internacional y mientras todos celebraran no podía dejar de preguntarme con qué qué, porque no era ni autoridad ni derecho ni tupé, pero con qué qué puedo venir yo a hablar de mis miedos de desarraigo si mi mochila es voluntaria y nada más. Leí lo mismo. Hablé de la casa que acababa de abandonar, de los aviones, de los mapas. Leí mi poesía formato blog frente a una treintena de personas y la voz me tembló, y me di cuenta por primera vez que era la vez primera que las palabras salían de mi boca y entraban por los oídos, que mis manos y los ojos ajenos quedaban afuera de esta ecuación escritor/lector. Me dio miedo. Les gustó. Fuimos dos. Ahora sentía otro motivo para quedarme más en San Juan. Qué lindo sería tener a gente como esta más cerca de vez en cuando.

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Defensa marítima el Morro

Ahora que lo pienso, el miércoles nos hicieron un masaje. Fue ponerme la bata y sufrir un ataque de risa. Cosa impensada, situación surreal. La chica amabilísima me preguntó qué me dolía y claro que la respuesta fue la espalda, y cuando quiso saber por qué recurrí a la muy cierta historia de las horas sentadas en las sillas Thonet del comedor, sillas no aptas para escribir, corregir, pensar y reescribir un libro de 352 páginas, más blog, más mail, más todo. De las banquinas, la mochila, las horas de espera y las caminatas con la vida en los hombros no dije nada, me dio vergüenza. “Qué dura la vida del mochilero”, le susurré a Juan. “Preparate que un unos meses nos toca Asia Central y ahí te quiero ver”. Tiene razón. ¿Relájate y goza?

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Quedan pocas horas y sigo sin sentir que conozco Puerto Rico. Jéssika viene al rescate. Que nos va a llevar a ver un poco de la noche local, con sus amigos de la universidad. Primero vamos a ver el edificio docto, y no quiero ofenderla pero el motivo por el que me encanta es que parece una torta de arquitectura. No digo nada, pero saco fotos. Después vamos a un bar y esa es una manera de decir, porque vamos en realidad a la calle. La gente compra cerveza, se sienta en la vereda, y entonces, justo cuando me estoy yendo siento que acabo de llegar. Los Pleneros de la Cresta suben al escenario imaginario y tocan como si el mundo fuera a terminar mañana. No puedo evitar sentirlo personal. Al principio me muevo en la silla, después me mezco, después me pierdo. La plena me gusta más que la salsa, aunque tenga menos publicidad. Será porque la salsa se nutre de giros y eso me marea un poco, será porque es de noche y nada está planificado en San Juan.

universidad de San Juan

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Volver, volver, volver. La plena se está apagando. Jessika me regala un dulce de naranja con ajomjolí y una banderita de su Puerto Rico natal. Que nos falta ver mucho. Que la cosa es compleja. Que viva Chavez y Latinoamérica unida. Que mejor ser pobre y digno que rico y subyugado. Que no se cuántas cosas más. Yo pienso en el arroz con habichuelas que me prometió su amigo para el día en que volvamos. Falta mucho, pero quiero que ese día sea mañana. ¿Será que alguna vez voy a cansarme de viajar? ¿Será que los ojos van a colmarse, que voy a saturar la capacidad? “Si vuelven podemos coger el carro y visitar el Yunque”, y el itinerario de futuro incierto comienza a armarse. Ojalá. Ojalá.

Casa de Gobierno

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La escala es en Nueva York. Bajamos del caribe a la ciudad aeropuerto, y de ahí a la fila de compatriotas estereotípicos esperando volver a casa. El de adelante habla de dólares como “mangos verdes”, y se queja de que la estación Jamaica estaba demorada, y resalta la cantidad de obras de teatro que fue a ver en una semana. Nos mira de arriba abajo sin disimular la más mínima discreción. “¿Y ustedes de dónde vienen?” “De Puerto Rico”, y no se por qué le respondo si después de todo acaba de interrumpir mis pensamientos de isla suspendida para después con sus relatos de lamento por una cigüeña que seguro se equivocó de hemisferio y lo dejó unos miles de kilómetros más al sur. “Me parecía. No tienen pinta de venir de Niuiork”. Menos mal.

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Laura Lazzarino

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