Aclaración pre lectura: se viene un post largo. Pero me tomé mucho tiempo en armarlo, así que por favor, lean! 🙂 Este, que es el último desafío sobre el que escribo, se trata de cómo sobrevivimos a los precios astronómicos del alojamiento en Islandia, y de cómo nos las ingeniamos para no pasarla mal. A diferencia de los otros, tanto este como el n°10, fueron desafíos constantes, que tuvimos que sortear desde que pusimos un pie en Reykjavik hasta que nos volvimos a subir al avión. Por eso este también es un post sobre todo el viaje, sobre el recorrido que hicimos y sobre cómo aprendimos a encontrar un equilibrio, nos enamoramos del país y pataleamos hasta el último minuto rogando un día más de Islandia.

Tenía la billetera aterrorizada. Habíamos conseguido un vuelo barato, habíamos decidido dar toda la vuelta a dedo y sabíamos por anticipado que ninguna de las dos iba a renegar de comprar en el super, o de tener que cocinar. Traslado, viajes y comida eran ítems medianamente resueltos. ¿Pero y el alojamiento? No se trataba de un lugar donde dormir solamente: necesitaríamos donde bañarnos, donde cocinar, donde dejar nuestras cosas, una heladera para guardar la comida. Empecé a buscar hostels para tener una idea y cerré la web espantada: lo mínimo rondaba los 30 euros por noche, en cuarto compartido, sin sábanas ni nada. No quería gastar más de 10 euros por día y, al menos en Latinoamérica, ya había comprobado que siempre, pero siempre, aparecía un techo bajo el que dormir. Se lo dije a Ani: “No quiero pagar ni una sola noche. Podemos hacer couch, llevo la carpa, y después vemos. Capaz sale algún que otro ‘a su casa’, o sino podemos preguntar en la policía, los bomberos o en la iglesia. Alguna puerta se nos va a abrir.”. No tuve ni que preguntarle si se animaba. Ya había sacado su cuaderno y estaba anotando la lista de desafíos.

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Este hermoso mapita bricollágico es obra de Aniko Villalba. Como soy un queso dibujando, mejor copio con aviso 🙂 La línea fuxía es nuestro recorrido, yendo de norte a sur, y empezando en Reykjavik. Para los que son medios chicatos, es justo donde señala el avioncito.

Noches 1, 2 y 3 – Reykjavik: “Tienes un e mail”

Aterrizamos en el aeropuerto de Keflavik, a unos 30 km. de la ciudad capital y una hora más tarde estábamos ya en casa de Johanna, una chica coreana/neozalandesa que había sido la única en aceptar nuestra solicitud de alojamiento. Más de 20 pedidos enviados a través de couchsurfing y la única en responder positivamente (y hasta diría que fue casi la única en responder) había sido ella. Para ser honesta, tenía muchas expectativas de que nos recibiera alguien local, pero…a sofá regalado no se le miran los dientes. Después nos íbamos a enterar (y volveríamos a comprobarlo) que la mayoría de los islandeses son bastante vagos para contestar mails. Los ven, los leen, los piensan, capaz hasta los responden mentalmente, pero pocos se sientan a escribir. Por eso, si tienen pensando viajar a Islandia a través de Couchsurfing, lo que les recomiendo es que manden muchas solicitudes, y que lo hagan con anticipación.

Desconectamos unos días en Reykjavik, y luego seguimos (o mejor dicho empezamos) con la travesía rumbo norte.

Noche 4 – Stikkysholmur: “Quiero dormir gratis acá, Señor”

Los aventones habían decidido que pasaríamos la noche en una de las ciudades más lindas de la península de Snæfellsnes. Por primera vez experimentábamos la noche no-noche a la intemperie, y hasta me atrevo a decir que por primera vez también empezábamos a tomar conciencia del efecto que el sol de media noche estaba haciendo en nosotras.

Cuando llegamos estábamos bien. El pueblito nos pareció hermoso, y empezamos a considerar la opción de inaugurar la carpa, pero pronto vimos que la policía tenía un edificio monumental, y se nos ocurrió ir a tocar el timbre. No tuvimos mucha suerte: en Stikkysholmur la vida es tan pero tan tranquila, que a las 10 de la noche ya no hay nadie en la comisaría. Después de ahí divisamos los contenedores del supermercado, hicimos dumpster diving (si no sabés lo que es, te recomiendo que hagas clic y leas el post), y con los brazos cargados comenzamos a sentirnos eufóricas, sin entender por qué. No había un alma en la calle, el cielo amenazaba con desaguarse ahí nomás, y estábamos completamente a la intemperie. Pero, así todo, no podíamos parar de reír. Reíamos a carcajadas mientras llevábamos una sandía bajo el brazo y a lo lejos veíamos como un hombre cortaba el césped de su casa y la luz era estática, y todo, pero todo, nos parecía surreal. Pero todavía necesitábamos dónde dormir.

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Stikkysholmur a las 11 de la noche…

Después de unas vueltas vimos que había una especie de pensión, y poniendo nuestra mejor cara, se nos ocurrió ir a preguntar. Dejamos los trastos y la sandía en la puerta, nos enseriamos un poco y, portfolio y revistas en mano, decidimos entrar. Nos encontramos con un señor un tanto osco y nos abatatamos, pero la euforia pudo más. Nos presentamos como escritoras argentinas, le contamos del desafío y le pedimos si tenía un lugar donde poner las bolsas de dormir. Básicamente, lo que queríamos era un techo. No nos importaba si eso venía o no con colchón incluido. Lo que no queríamos era tener que estar afuera. El señor nos escuchó, incrédulo. Nos preguntó “si estábamos bien” en clara alusión a nuestro status legal, a lo que respondimos que podíamos mostrarle todos los papeles: estadísticas del blog, libros, notas en revistas y pasaportes. Creo que una parte suya seguía sin entender ni la propuesta ni nuestra seguridad, por lo que arremetió:

— ¿Entonces lo que ustedes quieren es…?

— Queremos dormir gratis acá, Señor.

Fue escuchar esas palabras, ya no me acuerdo de boca de quién, porque sin haber tomado una gota de alcohol me sentía borracha y una voz dentro mío me decía: “no puedo creer la caradurez de ustedes dos”.

— Bueno…yo no tengo un hotel para andar regalando habitaciones…

Silencio.

—…pero estoy dispuesto a negociar. Puedo dejar que se queden las dos por esta noche, a cambio de un link en su web.

Y así fue como, la cuarta noche de este desafío terminamos durmiendo en el Harbour Hostel (si van, porfa digan que son amigos nuestros!).

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El puerto de Stikkysholmur. El hostel es ese edificio color cremita con los techos celestes, justo frente la muelle.

Noche 5 – Akureyri: “Y llovía, y llovía”

Puedo soportar el frío, puedo soportar el viento, el calor, la humedad. Lo que no me banco, (y es extraño porque sólo me pasa eso cuando viajo) es la lluvia. Se larga a llover y es siempre un bajón, porque ya no se puede hacer dedo, ni salir a pasear, ni nada. Y si estás a la deriva, como estábamos nosotras dos, mejor ni te cuento…

Llegamos a Arnarstapi a la tarde, aunque se imaginarán que a esta altura de verano nórdico, la hora carecía totalmente de relevancia. Arnarstapi es un pueblito de pescadores muy chiquito, al sur de la península, con unos paisajes volcánicos increíbles. O eso me imaginaba, porque las nubes estaban bajas y las cortinas de agua eran tan espesas, que lo único que veíamos era lo mucho que nos íbamos a mojar. Nos dejaron en una pensión muy top, pero que tenía una cabañita de madera a medio terminar (aparentemente iba a ser una oficina, pero en ese momento, a pesar de no tener nada más que las cuatro paredes y el techo, nos pareció el lugar perfecto para pasar la noche). No fuimos las únicas con la gran idea: a la dueña también le pareció el lugar perfecto para hacerse unos mangos extras y sin querer/poder/saber hablar inglés se limitó a decirnos “ten euros” y señalarnos a cada una con su mejor cara de “no las quiero acá”. Y me saltó la indignación. 10 euros sin baño, ni electricidad, ni nada y encima me mirás como si mi vida dependiera de ello. Chau. Me voy a mi carpa. Y entonces empezamos a caminar hasta que encontramos un terrenito frente a un arroyo y plantamos la carpa bajo la lluvia.

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El alojamiento en cuestión. La foto está sacada desde la cabañita de la que nos rajaron.

Creo que nunca la había armado tan rápido. Antes que nos diéramos cuenta ya estábamos adentro.

Fue una noche difícil: llovió sin parar, hizo frío y nuestras camperas estaban mojadas por lo que no podíamos usarlas como abrigo. Aún así saqué algunas conclusiones:
a) mi carpa se la banca y yo la banco a ella,
b) extrañaba dormir en carpa,
c) voy a necesitar una bolsa de agua caliente.

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Llovió como el Arca de Noe

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Estos pájaros, son una especie endemoniada de gaviotines, que están por toda Islandia. Al principio pensé que chillaban entre ellos, hasta que casi al final del viaje, tuvimos una pelea cuerpo a cuerpo. Fue injusto, ellos eran muchos más.

Noche 6 y 7 – Olafsvik: “A su casa”

Nos despertamos y seguía lloviendo, la mujer seguía sin poder/querer/saber hablar inglés y nosotras seguíamos muertas de frío. Queríamos salir de ese pueblo a toda costa, porque la señora se había encargado de dejar bien claro que la ganga de 10 euros era por la noche anterior, y no teníamos el menor ánimo de volver a la carpa mojada.

Logramos avanzar hasta Olafsvik, un pueblito pesquero completamente de paso. Llegamos y corrimos al mercadito de la estación de servicio a refugiaros de la lluvia y el frío. No teníamos ni idea cómo seguir, pero a esa altura tampoco nos importaba: habíamos alcanzado un nivel increíble de fluir. Las cosas iban pasando como tenían que pasar, no íbamos a preocuparnos por nada y, en el peor de los casos, la carpa nos iba a rescatar. Pero queríamos que alguien nos invitara a su casa. Queríamos dormir calentitas en algún seno familiar, porque hasta ese entonces no habíamos tenido chances de experimentar cómo eran los islandeses puertas para adentro. Nuestro primer recurso fue encarar a la chica del minimercado. Le explicamos que necesitábamos un lugar donde dormir, que no tenía que ser nada cómodo, sino más bien un espacio cerrado donde poder tirar las bolsas de dormir. Si hubiésemos estado en Latinoamérica, hubiésemos pedido un lugar donde acampar al resguardo. Esa fórmula nunca falla por dos motivos: en casi ningún pueblo hay un camping, pero en casi todos hay algo de inseguridad, por lo que pedir espacio en algún patio o garaje tiene toda la lógica. En Islandia, en cambio, donde todo es un lugar para acampar y en donde no pasa nada de nada, un pedido tal no tenía ningún sentido. Recurrimos al clima, a la carpa mojada y a todas las indirectas que se nos ocurrieron. Nada funcionó. La chica no podía ir más allá de recomendarnos un hotel, o una guest house, o un camping en el pueblo de al lado.

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Probamos con hacer dedo. Sabíamos que en Borgarnes, al sur, teníamos un couch, y no estábamos tan lejos. Pero ya era muy tarde, y todos estaban dando la vuelta al perro. Sólo una chica nos frenó tres veces. Preguntó a dónde íbamos, una vuelta al perro después nos indicó el mejor lugar para hacer dedo, y otra vuelta al perro más tarde quiso saber qué queríamos, por qué nos íbamos. Contraatacamos con el discurso de la carpa mojada, un lugar seco donde tirar las bolsas, nada de lujo. Pensó un rato y recomendó el mismo hotel, el mismo guest house, el mismo camping que la otra chica. Aniko fue por más y le dijo que con un garage nos conformábamos, pero ella sacudió la cabeza, nos deseó suerte, y arrancó. A esta altura, estábamos un poco molestas. Yo seguía sin querer pagar por dormir, pero a la vez no entendía que era lo que estaba pasando. ¿Nadie nos ofrecía nada por temor, o porque no se imaginaban que realmente podíamos dormir en cualquier lado? Entonces vimos a un chico cargando nafta en su camioneta y decidimos insistir, a ver si tal vez, así fuera por el gusto de hacerse el banana con sus amigos, nos dejaba quedarnos en su casa o en su garage o en algún lugar seco. Dos chicas solas, pidiendo dónde dormir…. el pibe nos miró de arriba abajo, le hizo señas al amigo que venía en otra super camioneta con una novia con uñas fuxias de Barbie, y nos mandaron al hotel. Ahí fue cuando llegué a la conclusión de que los islandeses son muy literales. Si les decís que te comerías una vaca entera, difícilmente entiendan que tenés mucha hambre y es probable que termines con una res completa arriba de tu plato. No parece haber picardías o chamuyos en esta cultura. Si querés que alguien te invite a su casa, no se los tenés que insinuar, se lo tenés que decir. Pero claro, decirle a alguien “puedo dormir en tu casa” es un poco caradura, incluso para nosotras dos. Pero como todo en la vida, las cosas llegan. Hicimos un intento fallido de que nos dejaran dormir en el piso de un hotel que estaba cerrado, y cuando nadie más parecía venir al rescate, entonces apareció Artlie. Lo vimos cruzar el puente y ya casi por costumbre fuimos a preguntarle. No habíamos terminado el discurso que él ya había dicho “pueden venir a mi casa” y así, sin tanto preámbulo, terminamos durmiendo en esta habitación:

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Artlie vivía con su mujer y su hijo, en una casa que había heredado de su tío. Constantemente pedía disculpas por los arreglos que le faltaban hacer, pero tanto Ani como yo no dejábamos de ver un castillo en aquel hogar sencillo. Nos gustó tanto y nos sentimos tan cómodas, que decidimos quedarnos una noche más. “Tómenselo con calma”, nos dijo. “Pueden quedarse el tiempo que quieran. Y si un día quieren venir a pasar una temporada, saben que son bienvenidas.”. Olafsvic no es ni turístico ni el lugar más lindo de Islandia, pero de seguro volvería.

Noche 8 – Siglufjörður: “El camping que quiero”

Caímos en Siglufjörður porque la señora que nos frenó iba hasta allí, y sobre la marcha cambiamos los planes. El “a su casa” esta vez no funcionó, pero Louise insistió en que había un camping donde podíamos quedarnos. Naturalmente, habiendo superado las peripecias del mal clima, teníamos menos ganas de pagar que antes, pero nos daba un poco de vergüenza decirlo tan abiertamente. Así que dejamos que nos condujera y después veríamos.

Una de las cosas que me gustan de Islandia, es la naturalidad con se toman la acampada. Hay sitios en todo el país, bien a mano, con todas las comodidades (o al menos, las básicas). Esta no era la excepción, y el camping terminó estando en el medio del pueblo, con una vista increíble. Como todavía no era temporada alta, no había que pagar, pero así todo las cosas seguían funcionando: baños calefaccionados, duchas con agua caliente y hasta lavarropas. Creo que nunca dormí en un camping con tanto lujo…

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Levantarse con esta vista…

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Noche 9 y 10 – Halteyri: “La puerta está abierta”

El próximo punto del camino era Akureyri, la ciudad más grande del norte de Islandia, y el sitio en donde nos animamos a dar abrazos gratis. No habíamos conseguido couch ahí mismo, pero sí en Halteyri, un pueblito a 20 km. al norte. Llegamos y Vidir, el dueño de la casa, no estaba. Así todo nos dijo que podíamos entrar, que la puerta estaba sin llave. Ahí me di cuenta de que eso de la seguridad era extremo. Habían pasado todo el día afuera, dejado sus cosas sobre la mesa, y ahí estábamos nosotros, invadiendo una casa ajena por la puerta del frente, sin más. No había rejas, ni candados, ni nada. Nos quedamos dos días, y aunque por su horario de trabajo no pudimos compartir demasiado, sí disfrutamos del lugar, y volvimos a soñar con quedarnos una temporada completa en Islandia.

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Noche 11 – Seyðisfjörður: “El italiano del pueblo o casi casi un hospital”

A medida que pasaban las noches, el desafío de dormir gratis iba tomando potencia. Si al principio considerábamos la posibilidad de, tal vez, si se nos complicaba mucho, si pasábamos mucho frío, si extrañábamos mucho a mamá, pagar un hostel, para la noche 11 el “no” lo teníamos rotundo, y estábamos dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias. Claro que era más por principios que por economía, y creo que eso nos incentivaba a llegar más lejos.

Llegamos a Seyðisfjörður con un nombre en la libreta: Michelangelo Bortoloni. Lo había visto a última hora en couch, pero no había tenido tiempo de mandarle un mensaje. Le dije a Ani: ¿qué tan difícil puede ser encontrar a un italiano en un pueblito de 600 habitantes? Así que pusimos el plan en marcha: había que encontrar al italiano, caerle simpáticas y lograr que nos alojara esa noche, así sin más.

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Entramos al primer bar que vimos abierto. Había una islandesa de pelo casi blanco en la barra, y ni bien le mencionamos al susodicho, empezó a fruncir la cara con gesto de disgusto. “Sonamos”, pensé. “Ya veo que el tano se murió, o la abandonó, o se fue sin pagar la cuenta”. Debo haber puesto cara de preocupada, porque la islandesa sonrío (supuse que lo anterior había sido una muestra del humor local (?) ) y me dijo que enseguida lo llamaba. Sí, el italiano era el cheff del lugar. ¿Cuánto habíamos tardado? Menos de cinco minutos.

Ahí nomás apareció Michelangelo, con una sonrisa llena de dientes y una cara de desconcierto que difícilmente podía disimular. No podía alojarnos, y era cómico porque entre nuestras disculpas por aparecer de la nada y las suyas por no poder recibirnos, la gente empezó a mirarnos con gracia y la islandesa de la barra se puso de mal humor. Nos prometió intentar convencer a un amigo, pero nos fuimos del bar antes de que la rubia platinada nos revoleara una ballena desde el mostrador. ¿Y ahora qué hacemos? Empezar a caminar. Había una fiesta en el pueblo y probamos nuestras chances en la entrada, pero no causamos ninguna curiosidad. Por el contrario, los únicos que se acercaron a hablarnos eran los señores mayores que a falta de música (no sé por qué no escuchaban música en la fiesta!) le habían entrado un poco a las copas y se les trababa la lengua. La juventud estaba vestida de gala y no combinaba con nuestra pinta de trekking reciclado de hacía varios días, así que nadie nos dio ni la hora. Lo que sí nos dio fue el efecto sol de media noche. Ya sé que hablé de eso, pero a medida que pasaban los días ya empezábamos a calcular cuándo nos iba a pegar, y esta vez fue justo en las escaleras de la fiesta. Es como si de repente nos hubiésemos fumado todo el cannabis de Islandia, y empezamos a reír y reír como dos estúpidas. Eran más de las 9, había mucha luz todavía y no teníamos donde dormir. Después se nos ocurrió que a lo mejor podíamos intentar en un hotel que estaban refaccionando, pero ya no quedaba nadie en la obra y no había cómo entrar. Entonces nos pusimos a pensar, como si fuera una adivinanza.

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A ver, un lugar donde podamos dormir bien y que no sea un hotel…pensemos. ¡Ya sé! ¡Un hospital!

Y entonces, después de dar muchas vueltas y sacar muchas fotos, fuimos a ver qué tal estaba el hospicio. Pensándolo bien, no era mala idea. Camas tenía que haber, iba a quedar muy bien en la lista de los desafíos, y con probar no perdíamos nada. Llegamos sin saber bien qué decir más que la verdad. Si algo parecido había funcionado en Stikkisholmur, por qué no habría de funcionar acá. Pero al igual que allá con la estación de policía, acá el hospital estaba cerrado. Nos quedamos manoteando el picaporte, con todas las mochilas en la vereda. Pero entonces apareció una mujer, un poco preocupada ante nuestra actitud. Nos preguntó si estábamos bien, si necesitábamos un médico. Le dijimos que necesitábamos un lugar para pasar la noche, y sin pensar en cómo iba a sonar la historia, le hablamos del desafío, de los blogs, de lo mucho que nos gustaba escribir nuestras historias y de lo caro que se nos hubiera hecho pagar por todas las noches. Mientras le contábamos todo me quedé esperando su cara de espanto, pero muy por el contrario se empezó a reír de nuestra locura y nos ofreció una solución. “Tengo una pensión en el edificio del viejo hospital. Si tienen bolsas de dormir se pueden quedar ahí esta noche. Los cuartos son los mismos que los que eran del hospital”.

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Acá me gustaría contar que después  que nos instalamos, el italiano llamó para decirnos que había conseguido un lugar. No fuimos, pero sí le aceptamos unas cervezas en el bar. Quería contarlo porque hacía tiempo que nadie se tomaba tan pecho la idea de couch, o que nadie se tomaba de manera tan personal un problema que era básicamente nuestro. En este link pueden ver la web del lugar.

efecto del sol de medianoche

Efecto sol de medianoche..

Noche 12 – Stöðvarfjörður : “¿No tiene una frazadita que le sobre?”

Llegamos a Stöðvarfjörður para visitar la fábrica de artistas, pero ya era de noche y no quedaba otra que esperar hasta el día siguiente. Intentamos que nos dejaran dormir adentro pero no tuvimos suerte, así que no quedó otra que dormir en la carpa. Al igual que en Siglufjörður, en el pueblo había una zona para acampar, sólo que era completamente gratis pero sin ducha ni calefacción.

— Nos vamos a morir de frío y no da…

— ¿Y si pedimos frazadas a la gente? Total, seguro que alguien nos presta, y es obvio que no nos las vamos a llevar.

— Mataría un edredón, ¿te imaginás?

— Vamos y vemos.

Y armadas nuevamente con una caradurez que a esta altura no tenía precedentes, empezamos a golpear puerta por puerta. La primera casa era de una familia. El señor estaba cortando el pasto y nuestro pedido le pareció de lo más lógico. Ahí nomás llamó a la mujer y nos dieron dos mantitas de polar. Poco, pero por algo se empieza. Así que fuimos a la segunda casa, y de ahí a la tercera. Llegó un momento en que parecíamos hormigas llevando mantas al hormiguero y volviendo a cada puerta por más, y hasta se nos ocurrió jugar una carrera a ver quién conseguía más abrigo, pero ya nos pareció un despropósito. Con un botín de 5 frazadas y un edredón, nos armamos un colchón en la carpa, y nos aseguramos una noche abrigada. Eso sí, antes de armar todo nos pusimos artísticas y jugamos al patchwork en el pasto. Una especie de Art Attack pero sin TV.

los viajes de nena

Noche 13 – Gerði: “El sí viene con langostas”

Reconozco que a veces me frustro con facilidad. Cuando las cosas no salen y pareciera que hay que forzar hasta los caminos más evidentes, me pongo de mal humor. Lo que me cuesta recordar es que siempre, pero siempre, las cosas pasan por algo. Si algo no se da, por más obvio que parezca, entonces es porque:

a) algo mejor vendrá (ya sea de manera directa o encadenado con el siguiente suceso),
b) no tenía que pasar por algún motivo que no tenemos tampoco por qué conocer.

Salimos de Stöðvarfjörður tarde y sin excusas, sin tener en cuenta que estábamos a punto de emprender la parte menos viajada de todo el recorrido. Lo entendimos pronto, cuando a falta de vehículos terminamos arriba de un tractor con un viejito simpático que no hablaba nada de inglés, pero que nos llevó hasta una granja donde trabajaba junto a su señora. La mujer chapurreaba algo y nos dijo que, si queríamos, nos podíamos quedar en su casa, señalando un caserón al otro lado de la ruta. No tuvimos mucho tiempo de festejar, porque se apresuró a mencionar la palabra “carpa” y no supimos si nos querría cobrar por el patio o si simplemente no nos quería dentro de su hogar. Hicimos dedo un rato, y como no pasaba nadie nos acercamos a la vivienda. La mujer se asomó, señaló un patio lleno de piedras y tras decir “camp” y sonreír un poco, nos cerró la puerta en la cara. No queríamos acampar y menos ahí, así que seguimos haciendo dedo.

Frenó un chico jovencito que se ofreció a llevarnos a 10 km. antes de la laguna de Jökulsárlón. Iba hacia lo que resultó ser una especie de campamento donde vivían todos los chicos que trabajaban para la única empresa de navegaciones en la laguna. El lugar parecía un oasis: una cabaña muy pero muy grande con cuartos, cocina, vista espectacular; varias cabañitas alrededor y una especie de quincho donde había, al menos, veinte chicos tomando cerveza. ¿Qué tan difícil podía ser que tiráramos las bolsas de dormir en cualquier lado, sólo por una noche? IMPOSIBLE. Primero nos dijeron que no había lugar, y después se encargaron de dejarnos bien en claro que no nos querían ahí, que es algo muy distinto. Sólo cuando vieron que nadie más pasaba por la ruta dijeron que podíamos acampar, pero al parecer las frazadas estaban contadas y nadie quería responsabilizarse de darnos una. A esa altura yo tenía un mal humor que no sabía ni de frío ni de inconveniencia, y estaba dispuesta a acampar arriba de un iceberg con tal de no quedarme en ese lugar. Porque si hay algo que no tolero, es permanecer donde no me siento bienvenida. Por suerte, alguien se apiadó de nosotras (o quizá sólo quiso sacarnos del lugar) y nos propuso llevarnos hasta Gerði, unos pocos kilómetros al norte . Nos dejó en un hotel boutique. “No hay chances”, pensé. “Pero el no, ya lo tenemos”.

caballos de islandia

Los caballos de islandia me recuerdan a Bon Jovi, de todos los colores.

Esperamos a que la recepción se desocupara y nos acercamos al mostrador como si no tuviéramos dos días sin bañarnos, ni los puños de las camperas renegridos, ni unas ganas innombrables de dormir en una cama. A pesar de la facha, las dos estábamos preparando notas sobre nuestra peripecia para algunos medios, así que sacamos portfolio, tapa de la revista La Nación, copias de las notas que publicamos en revistas y le ofrecimos un intercambio. Si nos daban alojamiento por esa noche, los mencionaríamos en los artículos. Las dos pensamos que nos iba a decir que no de entrada, pero el chico se llevó todo y volvió a los cinco minutos. Nos dijo que les interesaba, pero que podía hacernos un 2 x 1, con la cena incluida. Para los precios islandeses, la oferta era muy buena. Para nuestros bolsillos mochileros, pagar 60 euros cada una para pasar la noche, estaba tres universos más allá de nuestro alcace. Vimos la posibilidad empezar a alejarse, pero entonces canté retruco:
— Además de periodistas, somos travel bloggers. Te ofrezco un enlace en cada blog además de las notas, sólo por el alojamiento. (Total, teníamos unas sopitas instantáneas y alguien nos iba a brindar un poco de agua caliente).

Tengo que reconocer que mi reacción fue tan rápida que ni yo me lo esperaba, pero de repente empecé a ver cómo la posibilidad volvía a nuestra mesa, mientras mi cuerpo iba mutando en un comerciante turco en pleno gran bazar. (Debería haber una palabra para explicar este regateo formal).

Volvió a irse, pero esta vez regresó con las llaves. No habíamos tenido tiempo de hablar, pero Ani y yo ya nos estábamos mirando con aires de gloria, porque en apenas unas horas habíamos pasado de mendigar en el campamento a tener un cuarto privado con baño privado y calefacción. Pero como siempre, lo mejor estaba por venir…

— Dice el cheff que hay bastante langosta que sobró, y que ya no sirve para mañana. Si no les molesta, tienen la cena incluida.

Si se preguntan si teníamos una especie de cábala, no, no la teníamos. Pero sí teníamos una forma un poco peculiar de festejar: el baile de la gallina victoriosa. Es una historia larga, pero Aniko y yo nos autodenominamos “Gallinas”, con su variación “Galli”. Así que cada vez que lográbamos cosas como esta, esperábamos a que la persona en cuestión se fuera y empezábamos a dar vueltas a la cama, agitando los brazos como gallinas cual Mick Jagger, y matándonos de la risa porque ni nosotras mismas nos creíamos lo que acabábamos de lograr.

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Las langostas en cuestión…

Y el enlace prometido: www.gerdi.is

Noche 14 – Vik: “Creepy pero acogedor”

Sabíamos que con las langostas habíamos llegado al techo de nuestras posibilidades, así que los días venideros nos conformábamos con no pasar frío. El desafío estaba casi terminado, habíamos superado las expectativas y sólo queríamos terminar el viaje quedarnos en Islandia para siempre.

Llegamos a Vik y llovía, y habiendo probado la teoría de las frazadas sabíamos que cualquier lugar era bueno para acampar. Pero queríamos más techo. Fuimos al primer hostel que encontramos. No tuvimos que explicar nada. Ni portfolio, ni estadísticas, ni pasaportes. Tengo que reconocer que el aspecto de afuera no me gustó, no por sucio ni por feo, sino más bien por espeluznante. Adentro nos recibió una señora rodeada de duendes y cuadros de pelos (sí, eran cuadros con figuras hechas de pelo), que estaba tejiendo. Le empezamos a hablar y antes de que dijéramos nada nos dijo que sí, que tenía un cuarto que no usaba donde nos podíamos quedar. Y eso fue todo. Después apareció el día siguiente a decirnos que debíamos irnos y no volví a verla más. No pudimos despedirnos, ni pedirle datos del hostal, ni nada. Ahora que lo pienso, o mejor dicho que lo escribo, se me ocurre que tal vez la señora no era una señora y que quizá ni siquiera era de este mundo.

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Son cuadros de pelos… Por suerte, afuera era mucho más lindo:

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Foto de Aniko Villalba

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Para los incrédulos: esta foto no está retocada, ni tiene subido el contraste, ni nada. Se ve así, de ese verde, nomás!

Noche 15 y 16 – Reykjavik: “Midnight sun”

Volvimos a usar couch y volvimos a sentir el rechazo silencioso de los islandeses. Esta vez nos alojó un lituano muy particular, que nos llevó a jugar juegos de mesa al cine, con un montón de otros “nerds” como nosotros, que competían en juegos de roles en tableros inentendibles. Después caminamos mucho, probamos comidas nuevas y disfrutamos del espectáculo que ahora se hacía más latente: el sol de medianoche como tal. Creo que las fotos hablan por sí solas.

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11 de la noche en Reykjavik.

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Después de dos semanas en la ruta, volver a Reykjavik, esa ciudad que nos parecía diminuta, se nos hizo como regresar a la metrópoli, y a pesar de saber que teníamos el vuelo de regreso, las dos seguíamos soñando con volver a las rutas islandesas…

Noche 17 – Keflavik: “Ku kux Clan de mochileros”

Llegamos al aeropuerto a la medianoche porque nuestro vuelo salía a las 6 de la mañana. Estaba, naturalmente, todo cerrado, y apenas había donde sentarse. Contra las paredes, unos cuantos mochileros habían armado su cucha, y nosotros hicimos lo propio. Teníamos más de tres horas de espera. Como no teníamos despertador, Ani se durmió y yo me quedé mirando una película, sentada, envuelta en mi bolsa de dormir. A eso de las 3 y media, vino un guardia de seguridad muy malhumorado a despertarnos a todos.

— No podés dormir acá  —me dijo de mala gana.

— Pero no estoy durmiendo, estoy con la computadora.

— Vos entendés, no podés hacer una cama en el piso.

Resulta que en el aeropuerto de Keflavik está prohibido dormir. Es decir, podés siempre y cuando lo logres en las sillas diminutas y escasas que tienen desparramadas, pero si osas sentarte en el piso, guarda con ponerte cómodo y ni se te ocurra cerrar los ojos. “O juntan las bolsas de dormir ya mismo, o los hecho del aeropuerto”, fue la última advertencia del guardia a los chicos que estaban al lado nuestro. El resultado: postales como esta:

dormir en el aeropuerto de keflavik

Conclusiones:

Finalmente cumplimos el desafío. Con ingenio, paciencia y bastante voluntad, logramos no pagar ni una sola noche de alojamiento, pero mucho más allá de lo económico, lo que conseguimos fue mucho más que un lugar donde dormir: vivimos historias, aprendimos sobre nuestros propios límites y capacidades, y nos divertimos un montón.

aniko villalba laura lazzarino

Y si alguien se está preguntando si logré gastar menos de 10 euros por día, la respuesta es sí: el promedio diario de gasto fue de 6,5. euros.

Acá pueden leer el desafío 10: “Dar la vuelta a la isla a dedo” escrito por Ani.

Durante las próximas semanas Aniko y yo vamos a turnarnos para ir relatando los logros (y también los fracasos) de este juego. Pueden también seguir el desafío y sugerir propuestas con el hashtag #desafioislandia o en nuestra Fan Page.
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Laura Lazzarino

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